¿QUÉ TE IMPORTA? – Dr. Álvaro Pandiani

Intereses egoístas y amor genuino.

Hasta el día de hoy uno de los más grandes reyes del antiguo Israel, Salomón, es recordado por las personas de nuestra sociedad, sean lectores o no de la Biblia. Quizás en forma involuntaria, y seguramente en la más bella ignorancia del episodio que origina la expresión, es habitual que cuando una discusión o un litigio son zanjados mediante la división del objeto o asunto en disputa por partes iguales, oigamos a las personas hablar de una “decisión salomónica”. La “decisión salomónica” forma parte de nuestra cultura y nuestro lenguaje, y prácticamente todos sabemos a qué se refiere; aunque, como dijimos, no muchos sepan o tengan claro de dónde surge, o por qué al hecho de resolver un enfrentamiento o dilema dividiendo en partes iguales la sustancia del dilema se le llame de esa manera.

El episodio que da origen a la expresión está, como saben todos los buenos lectores de la Biblia, en el Antiguo Testamento, y puede leerse en 1 Reyes 3:16-28. Allí se cuenta que dos mujeres prostitutas vivían juntas en una misma casa, y cada una de ellas tenía un hijo, seguramente fruto de una relación sexual ocasional, habida en el marco de su “profesión”; ambos eran recién nacidos, y dormían junto a sus madres. Una madrugada, una de ellas despertó para amamantar a su hijo, descubriendo que estaba muerto; el relato avanza rápidamente y nada dice acerca de la angustia que la muerte de su pequeño debe haber provocado en la mujer, y cuán negras han de haber sido para ella las horas que transcurrieron hasta el alba. Porque esta mujer amaba a su bebé; eso surge del sentido común, y también de lo que luego puede leerse en el texto. Cuando amaneció la mujer notó que el niño muerto que había encontrado a su lado no era el suyo; acto seguido miró a su compañera, viendo allí a su hijo. Entonces comprendió: su compañera había ahogado a su niño con su propio cuerpo, y luego de despertar y comprobar lo sucedido, había hecho el cambio. Podemos imaginar, aunque el relato tampoco lo incluye, el escándalo mayúsculo que ha de haberse suscitado entre las dos mujeres, con un niño muerto y otro vivo de por medio. El punto es que el asunto terminó ante el mismísimo rey. No resulta tan llamativo que hallan ido al rey, pues en la persona del monarca se reunían los poderes legislativo, ejecutivo, y también judicial; lo sorprendente es que hallan podido acceder a la presencia real, salvo que hubiera transcurrido un período prolongado de tiempo, durante el cual la madre a la que su compañera había hurtado el niño pugnó por llevar su caso ante el rey.

Salomón venía de tener su experiencia mística en Gabaón, en la cual Dios le había prometido mayor sabiduría que la de ningún otro mortal, y el caso que se le presentaba para poner a prueba tal sabiduría era sin duda delicado y complejo: dos mujeres enfrentadas reclamando cada una ser la madre del único niño sobreviviente, la palabra de una contra la otra, aparentemente ningún rasgo físico distintivo que permitiera orientarse hacia la verdadera madre, y por supuesto nada de ADN ni ningún tipo de prueba de las que ahora disponemos para dirimir un asunto tan espinoso. La decisión que el rey Salomón debía tomar era difícil; un error podía afectar negativamente para el resto de la vida a la verdadera madre, y también al niño, y además podía perjudicar su imagen como rey, gobernante y juez de su pueblo. Y entonces, tomó la decisión que el mundo hasta hoy en día, tres mil años después, conoce como “decisión salomónica”: mandó traer una espada, y cuando la trajeron, ordenó cortar al niño en dos partes, y entregar una mitad a cada mujer.

Pero la gente, como siempre, se equivoca. Es necesario que leamos atentamente hasta el final del relato, para ver cuál fue la verdadera decisión salomónica. Inmediatamente de dada la orden que, huelga decirlo, acabaría en la muerte del niño, la verdadera madre (aquella que se sabía la auténtica madre del bebé), conmovida hasta lo más profundo por la vida de su hijo, rogó al rey que el niño no fuera asesinado, sino que se le entregase a la otra mujer. Esta otra, por el contrario, ante la orden del rey, no solo que ya no quiso al bebé, sino que incluso prefirió su muerte. La auténtica decisión salomónica vino cuando el rey reconoció en la mujer que rogó por la vida del niño algo que evidentemente faltaba en la otra: el amor de madre. A la verdadera madre del niño le importaba la vida y el bienestar de su hijo, mientras que a la otra no le importaba un comino, pues ni amaba al niño ni quería a su compañera, sino que en su dolor y en su amargura procuraba para ésta la misma desgracia que había caído sobre ella. Podríamos decir que, tres mil años antes de nuestra era, este rey sabio hizo un pequeño experimento psicológico con estas dos mujeres; y así, entregó el niño a quién probó ser su verdadera madre, pues demostró amarlo tanto como para estar dispuesta incluso a renunciar a él, con tal de asegurar su bienestar.

Demostró que el niño le importaba, no para simplemente poseerlo, sino porque deseaba su bien.

Amor y renuncia se conjugan en este relato con bienestar y felicidad, teniendo como vínculo el interés genuino de quién ama por el ser amado. No deja de ser llamativo que, más allá de que éste es un relato bíblico, esta lección de amor provenga de una prostituta; es decir que una mujer cuyo modo de vida siempre ha sido enérgicamente condenado por las estructuras religiosas de todos los tiempos, nos muestra un aspecto esencial del auténtico amor: se demuestra; se demuestra porque a la persona que ama le importa lo que ama, o aquel a quién ama. Qué lección de amor nos da esta prostituta desde el fondo de la historia; qué lección de justicia nos da el rey Salomón, quién pese a estar frente al litigio de dos prostitutas se preocupó por hacer lo correcto, por decidir lo justo; y qué lección de tolerancia nos da el Espíritu Santo al incluir en el registro del escritor sagrado el recuerdo de esta mujer, de la que no sabemos el nombre, pero sí el amor que tuvo por su hijo, y el sacrificio que estuvo dispuesta a hacer, porque le importaba la vida del niño. Que lección de verdadera tolerancia; no de la tolerancia actualmente de moda, que permite el pecado aceptándolo como válido, como legítima forma de expresión y realización personal, sino de aquella tolerancia como la que tuvo Jesús, quién se acercó a las prostitutas, a los delincuentes, a todos los pecadores, y hasta comió con ellos, procurando guiarlos al arrepentimiento, para que entraran al reino de Dios.

Sería interesante imaginar qué hubiera pasado si esta prostituta que fue ante Salomón hubiera tenido la oportunidad de conocer a Jesús, pero eso sería pura especulación. Lo importante es recoger la lección: ¿Amamos? Decimos amar, pero ¿nos importa lo que amamos? ¿Nos importa quién amamos? ¿Actuamos según cuanto nos importa la felicidad de quién amamos? El amor que decimos tener, ¿es posesivo, resultando nada más que en la expresión de nuestros propios intereses, la búsqueda de aquello que nos satisface? ¿O realmente somos capaces de conjugar interés con desprendimiento? ¿Estamos dispuestos a renunciar a aquello que nos importa?

Por los corredores del tiempo y desde las páginas de la Biblia nos llegan palabras con afirmaciones insólitas acerca del auténtico amor: “el amor… no hace nada indebido, no busca lo suyo… todo lo espera, todo lo soporta”. “El amor no hace mal al prójimo” (1 Corintios 13: 5,7; Romanos 13:10)

¿Qué nos importa? ¿Nuestra familia, nuestra iglesia? ¿Nuestro país? ¿Nos importa por amor, porque amamos a nuestra familia, a nuestra iglesia, a nuestro país? ¿O porque tenemos un interés egoísta, porque esperamos un beneficio personal de aquello o de aquel que nos importa?

¿Qué te importa, y por qué?

Iglesia En Marcha.Net
7 Jul '10

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