EL SERMÓN DEL MONTE – Prof. Daniel Carro

El discípulo: Sal y Luz

Mateo 5:13-16

El Sermón del Monte es un código de valor teológico y ético de fundamental importancia para comprender la naturaleza del reino de Dios, para conocer la personalidad del Rey de ese reino, y para adecuar la calidad del súbdito a las demandas del reino.

Este Sermón es como un diseño para la vida del discípulo, es como un boceto de lo que el cristiano debe ser.  Dios nos da el diseño de lo que debemos ser, nuestra debe ser la voluntad de adecuarnos a ese diseño, de ser como nuestro Dios quiere que seamos, de vivir como Cristo quiere que vivamos.

El Sermón comenzó con una gran apertura, las Bienaventuranzas, en las que Jesús detalla las características del discípulo de Cristo, el carácter del ciudadano del Reino de Dios, la personalidad del miembro de la familia de Dios.

En las Bienaventuranzas, Jesús dice que el discípulo es dichoso porque reconoce su pobreza, porque sólo así podrá entrar en el Reino de los Cielos (5:3); es dichoso porque llora, porque sólo así será consolado por Dios (5:4); es dichoso porque es manso, porque recibirá la tierra por heredad (5:5); es dichoso porque está hambriento y sediento de justicia, porque será saciado (5:6); es dichoso porque ha aprendido a ser misericordioso, porque Dios ha derramado su misericordia en su corazón (5:7); es dichoso porque Dios purificó su corazón, y por eso tiene la esperanza de ver a Dios (5:8); es dichoso porque Dios ha derramado su paz en su corazón y le ha hecho ser un pacificador, y vivir con Dios en relación Padre-hijo (5:9) y que es dichoso porque Dios ha derramado su justicia en su corazón, y por eso recibe persecución de aquellos a quienes molesta la justicia de Dios (5:10-12).

Ahora Jesús cambia un poco la tónica del Sermón, y comienza a describir en detalle ese boceto de la vida del discípulo que él está por hacer frente a ellos.

¿Qué es lo primero que dice de ellos?  Que son sal y que son luz.

Lo que a Jesucristo le interesa es que el discípulo no pase desapercibido frente a la sociedad que le rodea.  Un discípulo que no hace su parte en la sociedad es un cero a la izquierda en el Reino de Dios.

Jesús comienza diciendo que el discípulo es sal (5:13).  ¿Qué hace la sal?  Los comentaristas bíblicos han señalado varias cosas.  Primero, la sal es símbolo de pureza e incorruptibilidad.  Además, la sal preserva de la putrefacción los elementos con los que está en contacto.  Tercero, la sal fortifica el cuerpo.  Fija las vitaminas.  Es nutritiva.  Por último, la sal sazona.  Todo es más rico con sal.

Luego dice Jesús que el discípulo es luz (5:14-16).  ¿Qué hace la luz?  Primero, la luz alumbra.  Destruye la obscuridad.  Además, la luz descubre la verdad y, por contraposición, la mentira.  Tercero, la luz hace posible la comunión y la hermandad entre los hombres.

¿Porqué describe Jesús al discípulo como sal y como luz?  Creo que hay al menos tres razones que aparecen sutilmente en su argumentación:

Primero, el discípulo goza de la naturaleza del cristianismo así como la sal goza de la naturaleza de lo salado y la luz la naturaleza de lo luminoso.

La sal es para salar, nada más.  La luz para iluminar, nada más.  Cada una de estas funciones es tan evidente de por sí que comenzar a abundar en ellas es superfluo.  No necesitan más ilustración.  Cada uno de estos elementos es simple, se encuentran así en su estado natural, no hay que hacer nada para componerlos, sólo encontrarlos y utilizarlos.

La sal es salada por naturaleza.  La luz es luminosa por naturaleza.  Sal que no fuera salada o luz que no fuera luminosa no tienen sentido.

Así es con el cristiano, dice Jesús.  El cristiano es cristiano por naturaleza.  No está compuesto o arreglado con algo.  No se puede simular ser cristiano por mucho tiempo.  Se es naturalmente, o no se es.

La sal que se usaba en la época de Jesús venía del mar Muerto.  Mucha de ella estaba mezclada con un producto muy parecido a ella, pero que no salaba, ni preservaba, ni alimentaba.  Pronto descubría alguien si la naturaleza de la “sal” que había comprado era verdadera.

El discípulo es la sal de la tierra.  El discípulo es la luz del mundo.  La sal y la luz no son algo que se pone en la mano del discípulo para que éste los use.  El discípulo es la sal y es la luz.  El discípulo participa de la naturaleza que Dios le ha dado en Cristo Jesús, naturaleza de sal, naturaleza de luz, naturaleza de pureza y transparencia que deja ver a Dios.

El discípulo recibió esa naturaleza en su arrepentimiento y confesión frente a la cruz de Cristo.  La luz del evangelio sólo queda clara en la cruz, faro de luz de poder eterno, que atrae a cada hombre y mujer al espíritu del Señor y al poder de la resurrección.
Esta es la primera gran verdad.  Se es cristiano por naturaleza.

Segundo, la vida cristiana resulta no sólo contradictoria sino ridícula si el discípulo no actúa de acuerdo con su nueva naturaleza en Cristo.

La sal no puede sino salar todo aquello con lo cual está en contacto.  La luz no puede sino iluminar todo aquello que se le pone por delante.  La sal no puede esconder su naturaleza, la luz no puede esconder su naturaleza, el discípulo no puede esconder su naturaleza.

El razonamiento del versículo 15 es muy claro.  Si alguien encendiera una luz para taparla, su accionar sería tan ridículo y contradictorio como si alguien quisiera ser un cristiano pero se mantuviera oculto y separado de la sociedad.

La sal es para salar.  La luz es para iluminar.  Si el discípulo pretende ser cristiano sin salar el mundo, si pretende ser cristiano sin iluminarlo, su accionar se vuelve contradictorio y ridículo.  Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.  Un discípulo tampoco puede andar escondiéndose de la sociedad que le rodea.

Cada discípulo de Cristo es un elemento noble e indispensable en la sociedad que le rodea.  Pareciera que los discípulos son demasiado buenos para vivir en este mundo, pareciera que están preparados sólo para el cielo.  Sin embargo, el discípulo es el mejor ciudadano del mundo, porque es quien verdaderamente hace que el mundo siga existiendo, por su acción dentro de él.

Como la sal, el discípulo preserva la sociedad que le rodea de la desintegración moral, espiritual, religiosa y aún política.  Como la sal, el discípulo fortifica la sociedad que le rodea, la nutre con su ejemplo, fija las vitaminas de la sociedad, fortifica los lazos sociales que nutren las relaciones entre los hombres.  Como la sal, el discípulo de Cristo sostiene al mundo, dando sabor y color a las cosas que se viven.

Como la luz, el discípulo desparrama la verdad de Dios por la sociedad que le rodea.  Como la luz, el discípulo educa a los hombres en Cristo Jesús.  El discípulo no participa en el oscurantismo de las ideas, fundamenta la verdadera educación para la liberación de todas las potencialidades del hombre.  Como la luz, el discípulo de Cristo es el verdadero agente liberador de Dios en la sociedad contemporánea.

Esta es la segunda gran verdad.  Si el discípulo no sazona como sal, si no alumbra como luz, su accionar dentro de la sociedad es contradictorio y ridículo.

Tercero, si el discípulo no cumple su función dentro de la sociedad se vuelve completamente inútil.

La sal que no sala, no sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.  La luz que no ilumina no sirve tampoco para nada.

Muchas otras cosas en este mundo, cuando han perdido su característica primordial, todavía tienen otros usos secundarios.  Pero la sal, ¿para qué otra cosa sirve sino para salar?  La luz, ¿para qué otra cosa sirve sino para iluminar?

Resulta difícil tratar de imaginarse para qué podría uno usar un paquete de sal que no sala.  Resulta imposible saber qué hacer con una bombita de luz que no ilumina.  Es que no hay términos medios con la sal, como tampoco lo hay con la luz.  O se es, o no se es.

Así es con el cristiano, o es, o no es.  No hay nada en el mundo que sea tan inútil como un cristiano de apariencia.  Aquellos que parecen cristianos pero no lo son, aquellos que se presentan a otros como cristianos pero que no viven de acuerdo al evangelio de Cristo, son como sal sin sabor, son como luz que no alumbra.

Son según la descripción de Judas 12-13, “…nubes sin agua, llevadas de acá para allá por los vientos.  Son árboles marchitos como en otoño, sin fruto, dos veces muertos y desarraigados.  Son fieras olas del mar que arrojan la espuma de sus propias abominaciones. Son estrellas errantes para las cuales está reservada para siempre la profunda oscuridad de las tinieblas”.

La frase que se traduce al castellano “Si la sal se desvaneciere”, en griego dice literalmente: “entonteciere”, “estupidizare”.  Es decir, si el cristiano se entonteciere, si se hiciere el estúpido, ya nada queda que pueda hacerse con él.  No puede ser más un símbolo de pureza, de preservación y de fortificación.   Si la luz se apagare, ya no queda esperanza de verdad, de comunión, de iluminación.

Si el discípulo no es sal, ¿quién sazonará este mundo?  ¿Qué poder preservará a este mundo de la putrefacción total?  Si el discípulo no es luz, ¿quién lo será?  ¿Qué vela podrá reemplazar la luz poderosa del evangelio de Jesucristo y del poder de su resurrección?

Si el discípulo no cumple su función preservadora, limpiadora, fortificadora, sazonadora de la sociedad, ya nadie queda que pueda desempeñar su oficio.

Si el discípulo no cumple su función iluminadora, educadora, juzgadora de la sociedad, ya nadie queda para desempeñar su oficio.

El discípulo debe darse cuenta de la importancia de su función dentro de la sociedad y cumplirla a conciencia.

Sólo cuando el discípulo cumple esta función preservadora, unificadora, fundamentadora de todo aquello que une, que junta, que hace a la comunidad, es cuando la comunidad social puede subsistir.  De otro modo, la comunidad se desintegra y se disuelve por falta de fundamento verdadero.

Sólo cuando el discípulo cumple esta función juzgadora, iluminadora y educadora de la luz, es cuando la comunidad social puede subsistir.  De otro modo, la comunidad se desintegra y se disuelve por falta de juicio correcto sobre las acciones de los hombres.

“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres…” dice Jesús.  Jesús no tiene problema con que los demás vean nuestras buenas obras.  Es más, para él, las obras buenas están para ser vistas.

Las obras buenas son para ser vistas de los hombres, pero a la vez son para señalar a Dios, no al hombre.  Para poder cumplir esta doble función, las obras deben ser visibles para otros pero invisibles en sí mismas.

Así es la paradoja de las obras: La sal sala las demás cosas, pero ella misma pasa desapercibida.  La luz alumbra las demás cosas, pero ella misma es invisible.  Si las obras buenas fueran para ser vistas en ellas mismas, habría que glorificar al hombre, no a Dios.

Esta es la doble naturaleza del cristiano.  Por un lado el discípulo fundamenta la sociedad, y le da cuerpo; pero por el otro lado, también destruye y denuncia lo que no está fundado correctamente sobre el único fundamento adecuado: Jesucristo.

Conclusión

El discípulo es sal.  Sazona, preserva, fundamenta, fortifica, une.  El discípulo es luz.  Alumbra, descubre la verdad y la mentira, juzga al mundo, hace posible la verdadera comunión entre los hombres.
El discípulo fundamenta, pero a la vez juzga a la sociedad.  Unifica, pero descubriendo el fundamento verdadero de la unificación.  Preserva, pero manifiesta la verdad de esa preservación.  Fortifica y une, pero descubriendo la verdad y la mentira.

Así es la naturaleza doble del discípulo: Es sal, y es luz.  Ni la sal debe apagar la luz, ni la luz debe entorpecer la sal.  El discípulo ha de ser las dos cosas o nada: Sal y luz, luz y sal, o nada.

Seamos sal, seamos luz, y vivamos así la vida cristiana a la que Cristo nos llamó.

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Daniel Carro es Profesor de Teología en el Centro de Estudios Teológicos John Leland, en Arlington, Virginia, USA.  También se desempeña como Embajador Latino de los Bautistas de Virginia.  Pastor y profesor en su nativo país de Argentina por más de 25 años, el profesor Carro continúa desarrollando ambas facetas de su ministerio desde el año 2000 en Virginia.  También continúa como miembro del Departamento de Estudio e Investigación y del Grupo de Trabajo de Educación Teológica y Académica, ambos dependientes de la Alianza Bautista Mundial, de la cual fue Secretario Regional para América Latina en los años 1995-2001.  Fue electo Vicepresidente Primero de la AMB para el período 2010-2015.

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19 Jun '10

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