MISERIA INDESCRIPTIBLE – Parte 2


Informe final de la Misión Humanitaria Médica Haití de Operación Movilización (OM)

Marzo 2010.

Dr. Álvaro Pandiani.

El jueves 11 de marzo todo el equipo uruguayo, más la canadiense mencionada (Sally), una colaboradora norteamericana, los traductores haitianos y el coordinador de campo (Claude), salimos a bordo de un pequeño y bastante incómodo microbús hacia un destino más allá de las montañas que rodean Puerto Príncipe: la región de Mirebalais. El Dr. Eddy Delaleu también fue, en un vehículo aparte junto con algunos colaboradores personales.

El viaje duró aproximadamente dos y media a tres horas, por una carretera bastante bien conservada que discurre por las montañas, lo que nos permitió contemplar algunos de los más hermosos paisajes de montes y valles de Haití. En la zona montañosa vimos cuarteles de cascos azules nepaleses. Cruzadas las montañas, llegamos a un pequeño poblado, dependiente de la ciudad de Mirebalais, en el que había un gran mercado rural, tipo feria. Allí nos detuvimos y ocupamos un predio al aire libre, adyacente al mercado, donde iniciamos la asistencia médica, bajo los árboles. El trabajo se extendió desde las diez de la mañana hasta las 4 de la tarde, atendiéndose alrededor de doscientos pacientes. Dos de estos debieron ser trasladados por presentar afecciones graves: una niña de cuatro años con una neumonía, y un recién nacido gravemente deshidratado. Al final del trabajo subimos al microbús a los niños con sus respectivas madres y los llevamos hasta la ciudad de Mirebalais; ésta nos impresionó más ordenada y limpia que Puerto Príncipe. Para llegar al hospital debimos cruzar un arroyo en el que vimos gran cantidad de gente bañándose y lavando ropa; el cruce debió hacerse por un puente accesorio, casi al nivel del agua, pues el puente principal había colapsado. Según pudimos saber, el Hospital de Mirebalais había sido un centro asistencial administrado por los haitianos, hasta que cubanos y venezolanos en conjunto, aproximadamente once años atrás, se hicieron cargo del mismo, modernizándolo y transformándolo casi en un centro de tercer nivel de atención. Allí nuestros pacientes fueron recibidos por la directora (cubana) del centro, luego de lo cual nos retiramos.

El viaje continuó atravesando otra vez Mirebalais, en sentido contrario. Salimos por otra carretera, y luego de aproximadamente una a una y media hora, tomamos un camino de tierra que discurría por lo que los haitianos llaman “forrest” (bosque), y para nosotros era francamente selva; luego de una viaje de otra hora y pico, que incluyó el cruce del lecho de un río casi seco, para lo cual no había puente, por lo que el microbús debió introducirse en el agua, llegamos a una comunidad parroquial cristiana, enclavada en medio del “forrest”, o como ellos decían “en el medio de la nada”. Allí nos alojamos hasta el día siguiente; nos fueron asignadas habitaciones, contamos con grandes latones con agua de tanque para bañarnos en duchas a medio construir (prácticamente a la intemperie; afortunadamente ya había caído la noche), y luego comimos y tuvimos nuestra reunión a la luz de las velas. Todo fue hermoso, maravillosamente exótico.

Ese día tuvo, sin embargo, una nota tremendamente negativa. Durante la asistencia en el mercado notamos que la gente que había concurrido por asistencia se mostraba muy demandante, generándose a cada rato altercados con los colaboradores locales, que trataban de organizar la fila. Llamó la atención ver a algunas personas con dinero en la mano. Con profunda consternación supimos que se le estaba cobrando a la gente por la asistencia médica, que nosotros brindábamos en forma gratuita. Junto con eso tuvimos la confirmación de algo que habíamos sabido el día anterior por medio de Ray Cooper: las aspiraciones políticas del Dr. Eddy Delaleu llegaban a su postulación como Presidente de Haití para el año 2011.

Allí donde nosotros estábamos brindando asistencia médica humanitaria gratuita a una comunidad pobre, sin acceso a servicios básicos y sin recursos, una comunidad golpeada por el infortunio y la miseria, otros estaban cobrando dinero. Peor aún, lo que nosotros hacíamos como una obra de misericordia, inspirada en el Espíritu de Jesús e impregnada de amor cristiano, otros lo estaban usando para anunciar a un político como candidato. La consternación que sentimos todos los integrantes del equipo uruguayo dio paso al rechazo al sentirnos utilizados de esa manera; la primera reacción fue detener allí mismo la tarea. Pero se optó por poner paños fríos, y aguardar a que llegara la noche para hablar con Claude Fillingham, el coordinador del campamento y representante del fundador de ACTS. Algunos llegamos a pensar que ACTS, una organización estadounidense con fachada de entidad religiosa y humanitaria, podía estar apoyando las ambiciones políticas del Dr. Delaleu, como una vía de canalizar los intereses del gobierno de su país de origen (Estados Unidos) en Haití. Pero a pesar de todo se siguió haciendo el trabajo; se siguió ofreciendo la asistencia médica. Se hizo así, porque la gente estaba allí; la consideración fue que habíamos recorrido miles de quilómetros para llegar hasta ese lugar a ayudar a esas personas, y lo que decidimos fue hacer lo que habíamos ido a hacer. Y gracias a Dios se hizo. Luego de eso, tuvimos los dos pacientes graves mencionados, a los que, estamos convencidos, la intervención de nuestro equipo salvó la vida.

Esa noche hablamos con Claude sobre el tema. El norteamericano no solo negó saber nada de lo que había pasado, sino que su disgusto y angustia al enterarse de la manera en que había sido usada la obra de misericordia realizada fue tal, que llegamos a preocuparnos por su salud. Claude prometió que la situación se iba a aclarar a cómo diera lugar. Por nuestra parte, le aclaramos la posición del equipo uruguayo, y nos dimos por satisfechos con sus palabras.

Al Dr. Delaleu hacía horas que no lo veíamos.

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El viernes 12 de marzo amaneció muy temprano, y pudimos ver que estábamos casi al pie de unas montañas boscosas; el alba creciendo detrás de esas montañas fue un espectáculo hermoso que nos regaló aquella mañana en Haití.

Atendimos allí, en ese lugar “en el medio de la nada”, no obstante lo cual desde las seis de la mañana empezó a aparecer gente, que siguió afluyendo sin que supiéramos de dónde. Atendimos en total trescientos doce pacientes, debiendo suspender la tarea por la hora, dado que los coordinadores no querían que nos cayera la noche fuera de Puerto Príncipe, y debimos ir nuevamente a Mirebalais para llevar desde allí otros dos pacientes: un niño de alrededor de diez años con un cuadro compatible con meningitis, que lucía muy grave (otra imagen de lo peor de África, en Haití), y un anciano con una neumonía también grave. Ambos fueron llevados al Hospital de Mirebalais, donde fueron recibidos gentilmente por la doctora cubana en funciones de directora, quién con amable sonrisa nos pidió que en el futuro volviéramos solo como visitantes.

Llegamos al campamento entre las seis y las siete de la tarde. Nos encontramos con la llegada de otro equipo proveniente de los Estados Unidos. En la reunión de la noche, uno de los coordinadores locales dijo que el equipo uruguayo podía ser reconocido porque siempre estaba haciendo una de tres cosas: tomando mate, cantando o riendo. Así nos veían, según este coordinador. En días sucesivos sabríamos que ellos estaban observando también otros aspectos de nuestra conducta y accionar, y que un poderoso testimonio estaba siendo dejado por el equipo, en medio de aquel campamento.

Esa noche el equipo norteamericano llegado el martes anterior, que debía abandonar Haití al día siguiente (sábado 13), se encontró con que la aerolínea que trabajaba en convenio con ACTS, por la cual los equipos provenientes de Estados Unidos habían obtenido sus pasajes, había roto dicho convenio; por lo tanto, todos los hombres y mujeres que debían volver a Estados Unidos al día siguiente se encontraron varados en Haití. La desesperación de aquellas personas era verdaderamente conmovedora, y a varios de ellos les manifestamos nuestra solidaridad y apoyo en oración.

Ante esta situación, y sabiendo que nuestra vía de salida de Haití y regreso a Uruguay era por completo independiente de ACTS, personalmente me sentí como protegido en un capullo, en el hueco de la mano del Señor. Extrañamente sereno en medio de la universal desesperación, traté de expresar a quienes estaban en semejante trance que oraríamos por ellos, y que el Señor les daría la solución. Todos los uruguayos lo hicieron así, y en nuestra reunión nocturna de trabajo oramos por ellos.

Aquella noche, el generador siguió funcionando hasta mucho después de medianoche.

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El sábado 13 de marzo se realizó, como todos los sábados, asistencia en la Clínica solo durante la mañana, atendiéndose alrededor de un centenar de pacientes. Ese día hicimos contacto (por segunda vez en realidad) con el coronel Carlos Ramírez, comandante de la Base de la Fuerza Aérea Uruguaya en Haití, quién nos invitó a visitar la base y cenar en la misma. La tarde de ese sábado fuimos trasladados en una camioneta de OM – Haití por el hermano Wilson Joseph hasta la Base referida, a la que llegamos a las 7 de la tarde. Allí conocimos oficiales de la Fuerza Aérea y también de la Policía Uruguaya allí destacados como parte de la MINUSTAH (dos oficiales de Policía que estaban alojados en la Base de la Fuerza Aérea debido a que habían perdido sus alojamientos por causa del terremoto). También conocimos allí a un uruguayo que trabaja como piloto de helicóptero para el WFP (World Food Programme – Programa Mundial de Alimentación) de la ONU. Cenamos en el Casino de Oficiales de la Base, regresando al campamento de ACTS próximo a las once y media de la noche. Volvimos en dos camionetas de la ONU, acompañados por los dos oficiales de Policía, y por el Coronel Ramírez en persona, junto a su chofer. Es de destacar el operativo que montaron para el regreso (sobre todo los policías, que salieron con equipo y armamento), y que el viaje se hizo en medio de una atmósfera de tensión ya que, como se mencionó, supuestamente había toque de queda, pero sobre todo porque, según nos contaron, los haitianos rechazan cada vez más la presencia del personal de Naciones Unidas, llegando a apedrear y atacar sus vehículos. Gracias a Dios, llegamos al campamento sin sufrir incidentes.

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El domingo 14 de marzo en la mañana fuimos llevados por el hermano Wilson Joseph al culto en su Iglesia (Eglise Methodiste de Thor). El servicio se desarrolló en francés, proporcionándonos los hermanos algunos traductores al español.

Me es imposible no destacar el hecho de que, frente mismo a la Iglesia, a escasos metros de la entrada, una casa de grandes proporciones había caído hasta quedar reducida a escombros, mientras que el templo de la Iglesia se había mantenido en pie. En la misma entrada del templo había carpas de gentes sin hogar, allí refugiadas.

También es de destacar lo que experimentamos durante el canto desarrollado por los haitianos; aunque cantaban en su idioma, que apenas comprendíamos, el Espíritu del Señor se movió de una manera maravillosa, sacudiendo y quebrantando el corazón de todos.

Esa tarde fuimos invitados a almorzar en la Iglesia, y compartimos un rato muy ameno y fraternal con los hermanos de esa congregación, que nos recibieron y trataron con mucho amor y consideración. Posteriormente, el hermano Wilson Joseph nos llevó a un lugar donde pudimos comprar artesanías y recuerdos para nuestras familias. Regresamos al campamento al anochecer.

La tarde de ese domingo estuvo jalonada por otro hecho peculiar. Reunidos circunstancialmente algunos de nosotros, junto con colaboradores norteamericanos del área de administración de la Clínica, el Dr. Eddy Delaleu hizo referencia a lo sucedido el jueves anterior en el mercado rural, y enfáticamente deslindó toda responsabilidad con quienes habían estado cobrando a las personas por la atención médica, agregando que se encargaría de que algo así no volviera a ocurrir.

No hicimos comentarios.

El día libre y la compra de recuerdos nos hicieron sentir la proximidad del fin de la misión; sin embargo, aún quedaban varios días de trabajo.

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El lunes 15 de marzo atendimos en la Clínica. Dado que ese día un equipo formado fundamentalmente por integrantes del grupo llegado desde los Estados Unidos el viernes anterior había partido hacia un punto fuera de Puerto Príncipe (cuyo nombre no nos fue comunicado, o no retuve si lo fue), no contamos con todos los traductores, y por lo tanto el trabajo se vio limitado. Aún así, atendimos casi cuatrocientos pacientes.

La noche de ese día llegó otro nutrido y variopinto grupo proveniente de los Estados Unidos. A cargo del mismo venía el Dr. Martin Thornton, quién desde ese día asumió (para mi tranquilidad) el cargo de Director Médico de la Clínica. El Dr. Thornton hablaba algo de español, y se reveló como un hombre muy sencillo y humilde, con el cual pudimos entablar un agradable vínculo. Este colega ponderó mucho el trabajo realizado por el equipo uruguayo, apenas al día siguiente de haber llegado; dicho tan rápido parecía una formalidad, pero según nos manifestó, su ponderación surgía de lo que le habían contado los coordinadores de la Clínica, fundamentalmente Claude. Thornton también nos compartió, al tercer día de su llegada, las impresiones que estaban dejando en todo el personal de la Clínica nuestros devocionales matinales; agregó que le gustaría lograr algo similar con su equipo, algo que le resultaba difícil por lo grande y heterogéneo de su grupo, cuyos integrantes procedían de diferentes puntos de los Estados Unidos. Esto también nos dio la pauta del testimonio cristiano que estábamos dejando, en forma espontánea y no planificada, entre los integrantes del staff de ACTS y Operación Hope, los cuales, como ya se dijo, no eran todos cristianos.

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El martes 16 de marzo partimos nuevamente en el microbús hacia la pequeña ciudad de Leogane,  a la que arribamos tras aproximadamente dos horas de viaje. Junto al equipo uruguayo fueron dos o tres enfermeras estadounidenses, que atendían por su lado y ocasionalmente consultaban con alguno de los médicos uruguayos, y también la canadiense Sally, la cual, como se dijo antes, siempre estaba junto a nuestro equipo. La asistencia allí se hizo, nuevamente, al aire libre; vimos algunos casos clínicos interesantes, que fueron comentados en la reunión de trabajo de la noche, pero no fue necesario trasladar a ningún paciente a un centro hospitalario. Atendimos, en total, cuatrocientos sesenta y cinco pacientes. Regresamos al campamento en Puerto Príncipe con la caída del sol.

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El miércoles 17 de abril fue nuestro último día de trabajo en Haití; iniciamos la tarea en el horario habitual, contando con aún menos traductores, pues algunos se habían ido con la segunda Clínica Móvil. Desarrollábamos nuestra tarea con normalidad cuando, sobre las once de la mañana, supimos que el equipo de la Clínica Móvil regresaba pues, según nos contaron, no encontraron en el lugar al que habían ido las adecuadas “condiciones de seguridad” para trabajar. Dado que este equipo, formado íntegramente por miembros del grupo recién llegado de Estados Unidos, volvió a la Clínica, nos propusieron ser relevados en el trabajo ese día; ante esto, decidimos continuar hasta el mediodía, para luego suspender nuestra tarea médica definitivamente.

En la tarde nos reunimos con Wilson Joseph y Marc-hancy Saintcharles, yendo con ellos al Auberge du Québec, en cuyo restaurante compartimos una muy buena velada,  en la que compartimos nuestros testimonios, e impresiones sobre el trabajo evangelístico y espiritual en Haití. Volvimos al campamento de ACTS antes de la caída del sol.

En la noche regresó el grupo que había partido la mañana del lunes anterior hacia un campo de trabajo fuera de Puerto Príncipe. Entonces nos enteramos que habían atravesado por situaciones difíciles, pues pasaron carencias diversas, y además les había tocado recibir personas gravemente enfermas y el equipo no había llevado médicos; no supimos las causas de la mala planificación del trabajo de este grupo, no nos fueron comentadas, y tampoco las preguntamos.

Esa noche, en la reunión de trabajo del campamento, se anunció nuestra partida para el día siguiente. El hermano Pablo Vázquez compartió espontáneamente unas palabras, y cantó por última vez entre aquellas personas.

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El jueves 18 de marzo nos levantamos muy temprano, pues no estábamos seguros si el transporte llegaría a las siete, o a las diez de la mañana. Luego de nuestro tiempo devocional, desayunamos y nos dispusimos a aguardar. Mientras, se multiplicaban las despedidas, que ya habían comenzado la noche anterior, y de las cuales las más emotivas fueron con los traductores haitianos que habían trabajado tan estrechamente con nosotros, y con Claude, que tan difícil situación tenía aún que enfrentar como representante de ACTS en el lugar. Llegaron las ocho de la mañana, y el lugar de espera de la Clínica ya estaba lleno de gente, de pacientes haitianos que venían a consultar, a buscar la ayuda médica que allí se les pudiera dar, sin que les cobraran por la misma. Dentro de la Clínica seguía el trabajo, la intensa rutina de trabajo, de asistencia de pacientes que llegaban en un goteo continuo y al parecer interminable. En tanto, nosotros aguardábamos, con nuestros equipajes prontos, y las carpas ya limpias y entregadas.

Finalmente, a las diez de la mañana llegó la camioneta de Servitur, con Peter al volante. El dominicano metió el vehículo casi hasta el fondo del terreno, y Claude vino tras él diciéndole un montón de cosas en inglés, tal que al verme Peter me dijo: “no sé qué quiere este norteamericano, me está volviendo loco”. Sin embargo, todo anduvo bien; cargamos maletas y bolsos, y luego de más despedidas emotivas, a las diez y veinte de la mañana (once y veinte, hora dominicana), los ocho uruguayos más Sally Kupp, la enfermera canadiense, abandonamos la Clínica.

El viaje a Santo Domingo nos llevó varias horas, incluida una que perdimos en la frontera haitiano – dominicana, tal que llegamos a la capital siendo casi las ocho de la noche. Entonces fuimos a cenar a un restaurante al que nos llevó Peter (a quién invitamos a comer con nosotros): el  Adrián Tropical, a orillas del mar.

Del Adrián Tropical fuimos a la casa de los pastores que nos habían alojado a nuestra llegada, llegando a las once y media de la noche. Allí pernoctamos.

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El viernes 19 de marzo a las tres de la madrugada estábamos en pie. En ese momento, reunidos los nueve, oramos por Sally, quién recibió a Jesús en su corazón. A las tres y media Peter llegó con la camioneta para trasladarnos al aeropuerto. Entonces nos separamos definitivamente de Sandra y de Sally, quienes permanecieron en República Dominicana unos días más.

En el aeropuerto de Santo Domingo tuvimos nuestro penúltimo devocional, y tras un vuelo de unas dos horas en un avión de COPA Airlines, estuvimos otras tres horas en tránsito en el aeropuerto de Panamá, donde tuvimos nuestro último devocional como equipo. Luego abordamos otro vuelo de COPA hacia Montevideo.

Llegamos al aeropuerto de Carrasco a las 21:15, según estaba previsto. Luego de la despedida, el equipo se separó para reunirse con sus familias.

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Reflexiones finales.

Es imposible participar de una tarea de este tipo, y no quedar profundamente sensibilizado por la realidad con la que se toma contacto al llegar al lugar mismo de la calamidad, y atender directamente a los que sufrieron y sufren las consecuencias del desastre. Como ya fue expresado, los días son intensos, bien que el trabajo es agotador. Pero también se viven intensamente, no solo en el aspecto del trabajo médico, sino también en el humano, en el relacionamiento con los enfermos, y sobre todo en este caso, con los colaboradores y coordinadores locales. Nosotros creíamos que debíamos evangelizar a cada paciente a la manera tradicional, mediante una presentación hablada, extensa y pormenorizada del evangelio de Cristo, y cuando las dificultades derivadas de la barrera idiomática, las limitaciones impuestas por la organización bajo cuya égida trabajamos, y la propia intensidad del trabajo asistencial, entorpecieron ese ideal de cómo debía ser la “evangelización”, eso repercutió en el ánimo de todos. Sin embargo, como ya fue expresado también, por la gracia de Dios el grupo estaba dejando un testimonio de amor cristiano que permeó los corazones de muchas personas, y las reacciones y devoluciones a ese testimonio vinieron de direcciones inesperadas: los traductores, y el personal extranjero de ACTS en Haití; en algunos casos también, por supuesto, de los propios pacientes.

Estoy seguro que serán inolvidables para todos los miembros del grupo uruguayo las palabras de agradecimiento de los traductores haitianos; ninguno de ellos dejó de mencionar la inmensa gratitud que sentían hacia nosotros por haber dejado nuestro país y recorrido miles de quilómetros con el fin de ayudar al pueblo haitiano. Recuerdo a uno de ellos diciendo “gracias, gracias, gracias”; a otros preguntando si alguna vez volveríamos a Haití; a otros más solicitando que los recordáramos en nuestras oraciones, y también pidiendo que no les olvidáramos.

Uno de los testimonios más removedores y conmovedores llegó vía e-mail, cuando ya estábamos de regreso en Uruguay. Ray Cooper nos contaba que uno de aquellos traductores haitianos dijo a los líderes de ACTS: “No creo que yo sea cristiano. Crecí en un hogar, cristiano, leí la Biblia, fui a la Iglesia, pero no tengo a Cristo en mi corazón como el equipo uruguayo. Yo quiero tener lo que ellos tienen en su corazón”. El mismo Claude Fillingham, nuestro “Base Camp Commander”, quién cuando terminábamos de cargar las maletas en la camioneta de Servitur y ya partíamos se acercó y me dijo: “los voy a extrañar, muchachos”, escribió en la certificación del trabajo que realizamos (entre otras cosas): “Fue con gran compasión y dedicación que el equipo trabajó para hacer cambios significativos en la salud física, mental y espiritual del pueblo haitiano”.

Y nosotros le damos gracias a Dios por haber podido dejar ese testimonio; a Él sea la gloria.

Antes de finalizar, merece destacarse otro aspecto del trabajo del equipo uruguayo de OM en Haití: el funcionamiento fue tan armónico, la unidad de propósito y de espíritu tan evidente, que varios de los extranjeros con los que allí trabajamos nos preguntaron si es que veníamos trabajando juntos desde tiempo atrás. Y no era ese el caso; no fue ese el caso. La unidad nació, creo, de la unanimidad en el sentir que nos reunió para viajar juntos y trabajar juntos allá en Haití. La compasión y dedicación, a la que se refirió Claude Fillingham, nacieron del anhelo, la intención y las ganas de hacer con amor, en el nombre del Cristo en el que creemos, una obra de misericordia a favor de personas necesitadas de ayuda.

Otra vez, a Dios sea la gloria.

Para finalizar, quiero citar algunos conceptos vertidos en el informe final de la Misión a Sri Lanka, en el año 2005, informe en el cual a su vez cité algunas ideas que escribí por primera vez cuando regresé de El Salvador, hace nueve años. Tienen que ver con las perspectivas de futuro para misiones humanitarias de este tipo, realizadas desde Uruguay; entonces escribí que estas misiones podrían constituir incluso: un ministerio; una forma particular de servicio a Dios, a través de este servicio de atención médica al prójimo, en situaciones tan particulares como las que surgen después de un desastre natural, o provocado por el hombre. Tras un terremoto, un maremoto, o una guerra. Algunos ya lo ven como tal. El inicio de un ministerio; algo nuevo, por lo menos para nosotros los uruguayos. No un trabajo misionero tradicional; un ministerio de predicación, evangelismo, plantación de iglesias o apoyo a la iglesia local. Más bien, un servicio de amor puesto en marcha ante la emergencia. Ante la emergencia del sufrimiento, la enfermedad, el desastre y la tragedia. Un ministerio que consista en poder salir a cualquier punto del planeta para tender la mano a quién ha sido golpeado por una realidad devastadora y cruel, sin importar su cultura, nacionalidad, religión, ni siquiera su idioma, porque siempre hay una manera de comunicarse. El amor de Dios en acción, llegando a cualquier lugar del mundo desde este pequeño país. Se pudo en El Salvador…se pudo en Sri Lanka (y ahora también en Haití), porque esta idea loca está, creo yo, en el corazón de Dios. Por eso sé que lo hecho no fue en vano, que fue útil, que dará frutos. Pero… también en Uruguay debe dar frutos…El fruto más importante será la continuidad de este ministerio médico humanitario, allá donde la necesidad surja y podamos ir, como parte del Cuerpo de Cristo, tendiendo una mano que alivie el sufrimiento y enjugue las lágrimas, donde sea. Por ahora, una utopía. En manos de Dios, ¿quién sabe?

Hoy, luego de haber estado en Haití, después de haber visto lo que vi y hecho lo que hice, sigo pensando de la misma manera.

Iglesia En Marcha.Net

1 May '10

Hay 2 Comentarios.

  1. LiriodelCampo
    10:12 pm mayo 9, 2010

    Lo felicito doctor Alvaro. Puedo ver en lo que leo que tiene un amor por la gente que pocas veces vemos en los medicos que estan muy deshumanizados hoy día.

    Dejaron huella en los haitianos pero veo que Haití dejó huellas en usted y seguro que en todo el equipo.
    Que precioso leer informes tan sencillos y tan sentidos. Dios quiera que muchos tengan su llamado ante el dolor y la miseria.

    Bendiciones para todo el equipo de su hermana.

    Liriodel Campo

  2. matias lateulade
    11:39 pm junio 4, 2010

    notable el informe. que precision para recordar los hechos, la verdad que asombra

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