EL SERMÓN DEL MONTE

La dicha de quien desea ser discípulo de Cristo

Mateo 5:3-6

Comenzamos una serie de estudios sobre el Sermón del Monte.  En el mensaje introductorio señalamos diversas cosas:

Primero, que vale la pena usar nuestro tiempo en estudiar el Sermón del Monte.  El Sermón del Monte es un código de valor teológico y ético de fundamental importancia para comprender la naturaleza del reino de Dios, para conocer la personalidad del Rey de ese reino, y para adecuar la calidad del súbdito a las demandas del reino.

Además, notamos que el “Sermón” contiene una serie de refranes o sentencias como resúmenes para aprender de memoria de otros tantos sermones predicados por Jesús en un momento de su vida, comenzando su ministerio.

Tercero, dijimos que el Sermón es como un diseño para la vida del discípulo, es como un boceto de lo que el cristiano debe ser.  Pero a la vez es el diseño de la vida de Jesús, el único verdadero cristiano que jamás ha existido al pié de la letra.  En la comparación con su Señor como el discípulo se siente desafiado a mejorar su vida.

Hoy comenzamos a analizar la enseñanza del Sermón.  Notamos que comienza con las “Bienaventuranzas.”  En ellas Jesús detalla las características del discípulo de Cristo, el carácter del ciudadano del reino de Dios, la personalidad del miembro de la familia de Dios.

Mateo registra estas bienaventuranzas como un poema en dos estrofas.  Las cuatro primeras bienaventuranzas (vv. 3-6) pertenecen a la primera estrofa, y las cuatro últimas (vv.7-10) a la segunda estrofa, siendo la “bienaventuranza del v. 11, junto a la exhortación del v. 12, una adición al v. 10.

En la primera estrofa, que veremos hoy, Jesús detalla las características de aquel que aspira a ser un discípulo de Cristo, un ciudadano del Reino, un miembro de la familia de Dios.

En la segunda estrofa, que Dios mediante estudiaremos el próximo domingo, Jesús detalla las características de aquel que ya es su discípulo, ciudadano de su Reino, miembro de su familia.

En ambas estrofas Jesús comienza a dar el “diseño” de la vida del discípulo.  No es un diseño rígido, es más bien un bosquejo que el mismo discípulo debe realizar en sí y completar.

Es interesante darse cuenta que Lucas, en el pasaje paralelo de Lucas 6:20-26, en lugar de dar dos estrofas de bienaventuranzas, da una de bienaventuranzas y otra de “ayes.”  Los ayes son lamentos que el Señor hace sobre quienes no anhelan, no desean, no buscan ser sus discípulos, no quieren ser ciudadanos del Reino, no intentan ser miembros de la familia de Dios.

Veamos hoy esta primera estrofa de las bienaventuranzas, que trata de las características de aquel que desea, del que anhela, de quien aspira ser un discípulo.

La primera bienaventuranza nos recuerda que la dicha del que desea ser un discípulo es haber descubierto que es pobre, lo cual le permite buscar primeramente el reino de Dios y su justicia, y justamente por eso y sólo por eso podrá entrar en el Reino de los Cielos.  (Mt 5:3)

“Dichoso,” dice el Señor, “bienaventurado” es quien reconoce su pobreza, porque de él será el Reino de los Cielos.

Según Jesús, sólo quien reconoce su pobreza está capacitado para ser su discípulo.

Debemos darnos cuenta, para comenzar, que Jesús no está intentando hacer aquí una diferencia cualitativa entre pobres y ricos, como algunos han querido interpretar basándose en el pasaje paralelo de Lucas 6:20, donde falta la frase “en espíritu” leyéndose sólo “pobres.”

Los “ricos,” para Jesús, son quienes se creen a sí mismos ser ricos, del mismo modo que los “sanos,” para Jesús son quienes se creen sanos, y por eso no tienen necesidad de médico.  Esa fue la contestación que Jesús dio a los fariseos en Mateo 9:12: “Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos”.  Ellos se creían sanos, por eso despreciaban a Jesús, que comía con los recaudadores de impuestos y los pecadores, es decir, con los que ellos consideraban “enfermos”. Jesús los reprende duramente.

Es la misma situación a la que habla el Señor por boca de Juan el evangelista, al escribir el Apocalipsis.  En el mensaje a la iglesia de Laodicea, dice el Señor: “Tú dices: Yo soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad. Pero no sabes que eres desventurado, miserable, pobre, ciego y estás desnudo. Por tanto, yo te aconsejo que compres de mí oro refinado en el fuego para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, para que no se descubra la vergüenza de tu desnudez. Y unge tus ojos con colirio para que veas” (Ap 3:17-18).

Por eso Lucas agrega un “ay” para estos “ricos,” porque ya tienen su consuelo recibido en las riquezas, ya tienen recibida su recompensa, ninguna otra tendrán.  “Pero ¡ay de vosotros, ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. “¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. “¡Ay de vosotros, los que ahora reís!, porque lamentaréis y lloraréis” (Lc. 6:24-25).

Los discípulos, sin embargo, son pobres.  Han reconocido su pobreza, y especialmente la espiritual.  El discípulo ha reconocido que frente a Dios ninguna riqueza es suficiente, y menos la espiritual.

“Pobres en espíritu” no significa que son “apocados” o poca cosa, sino exactamente lo contrario.  Hace falta mucha valentía para reconocer nuestra pobreza, especialmente la espiritual.

Por eso, la promesa para quien reconozca su pobreza, y su inadecuación frente a Dios, es el Reino de Dios, ser discípulo de Cristo, ser ciudadano del Reino, ser miembro de la familia de Dios.

Ahora bien, ¿no es esta la verdadera riqueza?  ¿Qué son las riquezas materiales junto al hecho de ser considerados hijos de Dios?  ¿Qué es nuestro orgullo y qué nuestros logros humanos frente a la tremenda posibilidad de llegar a ser ciudadano del Reino de Dios?  Por eso Jesús dice que el Reino de Dios es como una perla, super valiosa, más valiosa que todas las perlas de este mundo (Mt 13:44), como un tesoro, super valioso, más valioso que todos los tesoros de este mundo (Mt 13:45-46).

Sólo una persona puede conseguir el Reino de Dios, quien reconoce su pobreza.  Sólo una persona puede llegar a ser miembro de la familia de Dios, quien se humilla.  Sólo una persona puede ser discípulo de Cristo, quien reconoce su ineficacia para salvarse a sí mismo, y espera en Dios para su salvación.

La segunda bienaventuranza nos enseña que la dicha del discípulo es llorar, y que, justamente por eso y sólo por eso será consolado por Dios (Mt 5:4).

Esta bienaventuranza es una cita de la profecía de Isaías 61:1-2, que Jesús se otorgó a sí mismo.  “El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para… consolar a todos los enlutados…” Es la misma profecía que Jesús leyó en Nazaret, cuando quisieron matarle (Lc 4:18-19).

Es discípulo está de luto, por eso llora.  Está de luto por sus propios pecados.  Ha reconocido su pecado flagrante, y llora por su propia miseria espiritual.

También llora el discípulo por la miseria espiritual del mundo.  El mundo le duele, le hace entristecer, como al Señor.

Dos veces nos relata el evangelio que Jesús lloró: frente a la tumba de su amigo Lázaro, y frente a Jerusalén, cuando vio su triste destino.  Así también el discípulo está de luto no como un deber que le impone su Señor, sino porque verdaderamente siente la pena de su pecado y del pecado del mundo.

El consuelo no es algo que el discípulo consiga por sí mismo, es algo que es dado por Dios.  “Será consolado.”  Notemos que el verbo está en voz pasiva.  No es que el discípulo se consuela a sí mismo.  Es Dios quien le consuela.  Si hemos recibido el consuelo de Dios ya ningún otro consuelo es suficiente o necesario.

¿En qué tenemos nuestro consuelo?  ¿En los bienes materiales?  ¿En nuestra propia seguridad humana?  Sólo quien busca su consuelo en Dios es apto para el Reino de los cielos.

La tercera bienaventuranza nos enseña que la dicha del discípulo es ser manso, y que justamente por eso, y sólo por eso recibirá la tierra por heredad (Mt 5:5).

Esta bienaventuranza es una cita textual del Salmo 37:11.  Los mansos de este mundo no son los que heredan la tierra, sino los violentos.  Tienen la tierra, pero no son dichosos.  Tienen las riquezas, pero les duelen.

El discípulo, por el contrario, es dichoso porque su herencia no ha sido conseguida con rivalidad o violencia, su heredad no ha sido arrebatada de nadie.  El seguidor de Cristo no forma grupos de presión, no reclama derechos para sí, antes renuncia a todos sus derechos y vive para la gloria de su Señor.  Todo esto, porque él es manso.

Ser “manso” no debe ser confundido con debilidad.  El débil abandona sus derechos porque no se atreve a luchar por ellos.  El manso los abandona porque quiere.

El manso deja sus derechos en las manos de Dios, porque sabe que “de Jehová es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan” (Sal 24:1).  El manso sabe que Dios le dará su heredad cuando fuere tiempo, sin que él tenga que conseguirla arrebatándola de nadie.

El manso imita a su Señor, quien dijo: “Venid a mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt 11:29).  Jesús fue tan manso que aún siendo irritado y violentado en la cruz del calvario, tuvo fuerza para pedir a Dios: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23:34).

La cuarta bienaventuranza nos enseña que la dicha de quien aspira a ser discípulo de Cristo es estar hambriento y sediento de justicia, porque por eso, y justamente por eso, su hambre y su sed serán saciadas por Dios (Mt 5:6).

Jesús dice que el discípulo tiene hambre, hambre y sed de justicia.

“Mamá tengo hambre, pero hambre de caramelos…”  ¿Qué hambre tenemos nosotros?  ¿Cuál es la comida que nos sacia?

Allí en el pozo de Jacob se encontró Jesús con la mujer samaritana.  Cuando los discípulos volvieron con la comida, le rogaban que comiera, pero Jesús dijo: “Yo tengo otra comida que comer…  Mi comida es que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, y que acabe su obra” (Jn 4:34).

En la versión de Lucas de esta bienaventuranza Jesús dice un “ay” contra quienes ahora están saciados, porque luego tendrán hambre.  Cuando Dios venga en su poder y gloria, los ricos de este mundo habrán pasado y todas sus empresas se habrán marchitado.  Todos los reinos de este mundo se habrán opacado.  Entonces quedará sólo el Señor, como el Rey de reyes y Señor de señores.  Entonces, ¿quién tendrá hambre, y quién estará saciado?

¿Cuál es la naturaleza de nuestra esperanza?  ¿Qué tipo de hambre y sed tenemos?  ¿Esperamos realmente la venida del Reino glorioso de nuestro Señor?  ¿Estamos gastando nuestras vidas en conseguir cosas y más cosas, o la estamos invirtiendo en esperar el establecimiento definitivo del Reino de amor y justicia de nuestro Señor?

Conclusión

El que desea ser un discípulo del Señor es aquel que puede reconocer su pobreza, material y espiritual frente a Dios.  Es el que puede estar tan apenado por su pecado y por la miseria del mundo hasta llegar a llorar.  Es el que pretende vivir mansamente, sin arrebatar su heredad a los puñetes, sino esperándola del Señor.  Es el que anhela y desea el establecimiento del justo Reino de Dios.

¿Es así como eres tú?  ¿Son éstos tus deseos y tus anhelos?  Si es así, de veras aspiras a ser un discípulo de Cristo.

Cristo Jesús te está llamando a entregarte a él y comenzar desde hoy a ser un discípulo de Cristo, un ciudadano del Reino, un miembro más de la gloriosa familia de Dios.

Profesor Daniel Carro

————————————————————-

Daniel Carro es Profesor de Teología en el Centro de Estudios Teológicos John Leland, en Arlington, Virginia, USA.  También se desempeña como Embajador Latino de los Bautistas de Virginia.  Pastor y profesor en su nativo país de Argentina por más de 25 años, el profesor Carro continúa desarrollando ambas facetas de su ministerio desde el año 2000 en Virginia.  También continúa como miembro del Departamento de Estudio e Investigación y del Grupo de Trabajo de Educación Teológica y Académica, ambos dependientes de la Alianza Bautista Mundial, de la cual fue Secretario Regional para América Latina en los años 1995-2001.  Fue electo Vicepresidente Primero de la AMB para el período 2010-2015

————————————————————–

Fuente: Estudios Bíblicos de ABA

Igelsia En marcha.Net

29 May '10

Hay 1 Comentario.

  1. JOSE DISLA
    12:49 pm septiembre 27, 2012

    Necesito por favor me ayude con lo siguiente, si es posible
    LAS CARACTERISTICAS DEL SERMON DEL MONTE.
    ME LAS PUEDE ENVIAR AL CORREO licjdisla@yahoo.es
    se lo agradecere.

Deja un comentario

*