MISERIA INDESCRIPTIBLE – Parte 1

Informe final de la Misión Humanitaria Médica Haití de Operación Movilización (OM).

Marzo 2010.

Dr. Álvaro Pandiani.

La madrugada del jueves 4 de marzo de 2010, a las 4:09, partió desde el Aeropuerto Internacional de Carrasco el equipo de la Misión Humanitaria Médica Haití de Operación Movilización (OM – Uruguay), integrado por siete profesionales de la salud cristianos evangélicos uruguayos: Álvaro Pandiani – médico (jefe de equipo), Lázaro Sánchez – enfermero (segundo jefe del equipo), Mauricio Amaral – médico (tesorero), Inés Montesano – médico (tesorera), Matías Lateulade – médico (encargado de insumos médicos), Pablo Vázquez – enfermero (encargado de insumos médicos), y Silvana Vargas – enfermera (encargada de insumos generales).

Abordamos el vuelo de COPA Airlines rumbo a Panamá, en cuyo aeropuerto hicimos conexión con otro vuelo de COPA hacia Santo Domingo, adonde llegamos a las 13:10 (hora de República Dominicana). Llevábamos con nosotros 150 kilos en insumos médicos, adecuadamente rotulados como tales, los cuales pasaron sin costo por gentileza de la aerolínea; vimos la mano de Dios sobre nuestra misión desde el inicio en esto, así como en el hecho de que todos los bultos de insumos (eran 19 bultos, algunos muy “abultados”), y todos nuestros equipajes, llegaron a destino sin problemas, y no perdimos ni debimos reclamar nada ante las oficinas de la compañía aérea.

Nos recibió en el aeropuerto SR (pidió anonimato,  enfermera y misionera uruguaya que había viajado hacia Haití con el equipo de Proyecto América el 26 de enero pasado, y que tras una semana de trabajo allí se trasladó a Santo Domingo, donde aún permanecía, y quién cumplió un importante papel coordinando nuestro alojamiento en la capital dominicana hasta el día siguiente, y el traslado hacia Puerto Príncipe, así como el itinerario inverso, una vez finalizado el trabajo. Sandra se unió al equipo como encargada de insumos generales, junto a la hermana Silvana Vargas.

Junto con Sandra venía el pastor Zorrilla (hijo). Nos trasladamos a la casa de dichos pastores, en Santo Domingo Norte, donde nos alojamos. Esa tarde hicimos una breve recorrida por el barrio, fundamentalmente procurando soluciones al problema de las comunicaciones con Uruguay. En la noche, luego de cenar con la familia que nos alojó, tuvimos nuestra primera reunión de trabajo, con la presencia del pastor Zorrilla, un verdadero patriarca negro que nos ilustró abundantemente sobre la situación espiritual y política de su país, y luego hizo una sentida oración por el equipo.

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El viernes 5 de marzo nos levantamos a las cuatro de la mañana y tuvimos nuestro primer devocional, los ocho juntos. Luego de un desayuno frugal, salimos hacia Puerto Príncipe en una camioneta equipada con tráiler, perteneciente a la empresa dominicana de transportes Servitur, con un chofer profesional de nombre Peter, cuyo don de gentes y solvencia en el camino nos llevó a solicitar que la empresa lo enviara para el regreso, lo que obtuvimos.

El viaje a Puerto Príncipe insumió aproximadamente unas 8 a 9 horas, incluyendo 2 horas que estuvimos detenidos en la frontera, en un escenario bizarro compuesto por un camino en pésimo estado, por momentos sendero de tierra, cerca de la orilla sucia de un lago de aguas estancadas, sobrevolado por cuervos; nuestro vehículo estuvo largo rato detenido junto a enormes camiones de la Cruz Roja Dominicana, el WFP (Programa Mundial de Alimentación), y otras organizaciones humanitarias, vehículos particulares (autos, camionetas, microbuses), numerosas motos en las que viajaban una, dos, tres o cuatro personas, que se metían a bocinazos por todas partes, cientos de peatones particulares, policías, soldados dominicanos en uniformes similares a los usados por USA en Irak, y algunos cascos azules de la ONU. El cruce de la frontera se logró finalmente gracias a la decisión (por momentos prepotente decisión) con que nuestro chofer ignoró las más elementales leyes de tránsito y se lanzó a contramano en tercera y cuarta fila por la izquierda, hasta atravesar la línea del borde, sin que a ningún representante de la autoridad de frontera le llamara la atención: solo reaccionaban indicándonos por dónde pasar; parecían interesados nada más en que nos fuéramos de allí. De hecho, pasamos sin ser registrados y sin que fueran chequeados ni sellados nuestros pasaportes.

El cruce de la línea fronteriza fue impactante por el abrupto cambio de paisaje; el aceptable orden del lado dominicano se transformó en un opresivo espectáculo de hacinamiento, precariedad y pobreza, palpable en el miserable mercado público que bordeaba la ruta. Eso más el pésimo estado de la carretera y la evidente pobreza del suelo, colinas de caliza con escasa vegetación, incrementaban la sensación de haber ingresado a un país indigente, desafortunado, en el que la calamidad era una realidad cotidiana.

Y aún no habíamos llegado a Puerto Príncipe.

El impacto visual que representó la llegada a la capital solo fue superado por el impacto moral que produjo circular por las calles de la ciudad, atestadas de vehículos y de gente. Lo primero que llena el paisaje al entrar a Puerto Príncipe son los extensos campamentos que bordean las vías de tránsito; literalmente, miles de personas sin hogar se hacinan en esos campamentos, refugiándose en tiendas de todo tipo, algunas bien armadas, y otras simples lonas tendidas entre palos y cuerdas para protegerse de los elementos. Los enormes campamentos de refugiados sin hogar fueron una constante que vimos por toda la ciudad; ya en el sector urbano propiamente dicho, estos campamentos se ubican casi exclusivamente en predios de organizaciones diversas, en general religiosas, tales como terrenos de iglesias (católicas y protestantes), pero también organizaciones humanitarias, como un campamento de grandes proporciones que vimos en un gran predio perteneciente a Médicos Sin Fronteras. Por lo general, estos terrenos están cercados por altos muros y protegidos por portones que se cierran durante la noche, y algunos tienen custodia de hombres armados con escopetas; esto debido a la grave inseguridad que se vive en Puerto Príncipe, sobre todo por las noches, tema sobre el que hay más para contar.

Aquella primera recorrida por las calles de la ciudad resultó abrumadoramente gráfica. Las palabras que mejor definen el estado de la capital y su gente son: precariedad y miseria. Precariedad que antecede los terribles efectos del terremoto del 12 de enero pasado, y que se ve en el deplorable estado de deterioro de las calles, la casi inexistencia de veredas, la decadencia de las edificaciones que aún siguen en pie, entre las que alternan por todas partes los escombros y restos derruidos de los edificios que cayeron; todo tiene un aspecto general sucio y empercudido, un aspecto de abandono, de absoluta falta de mantenimiento, de inexistencia de servicios públicos. A esto se añade la profusión de zanjones y cañadas utilizados como vertederos de basura por los habitantes de la ciudad, en el fondo de los cuales, en varios lugares, pudimos ver piaras de cerdos alimentándose de los deshechos allí arrojados.

Allí viven millones de haitianos, a los que vimos en esa primera tarde en Puerto Príncipe moverse a pie o en vehículos, en medio de un tránsito caótico y desenfrenado, junto al cual el tránsito de Sri Lanka (que nos había puesto los pelos de punta) parece bastante ordenado, y el tránsito de Montevideo es un remanso de quietud y respeto a las leyes. Los haitianos manejan a lo loco, siempre avanzan primero, desconocen las más elementales normas de tránsito, se meten a contramano a bocinazos, se lanzan a los cruces sin mirar (vimos muy pocos cruces con semáforos), entran o salen de las avenidas sin importarles quién viene, hacen cambio de frente en plena calle, atestada de vehículos que circulan en ambas direcciones, deteniendo el tránsito hasta acabar su maniobra, y los pocos policías que vimos, frustrados, poco y nada pueden hacer. En los embotellamientos, que son permanentes, buscan pasar lanzándose a contramano, y cuando la fila también está bloqueada, se lanzan más hacia la izquierda buscando la otra fila (y el que viene de frente que frene o se las arregle), y así hasta llegar a subirse a la vereda del otro lado, y los peatones a buscar refugio. Cuando finalmente quedan embotellados, se bajan de los vehículos, se hacen indicaciones, discuten a los gritos, que parece que ya se toman a golpes de puño, y luego se saludan y siguen tranquilamente su camino.

Así viven millones de haitianos, en medio del caos y la precariedad, y a muchos los vimos parados en las calles, a veces en grupos, de brazos cruzados, sin nada que hacer aparentemente, con la falta de expectativas y la desesperanza en los ojos; existiendo en medio de una miseria que por momentos roza lo indescriptible.

Finalmente, frente al Aeropuerto de Puerto Príncipe encontramos por “casualidad” a Ray Cooper, nuestro contacto de OM – Estados Unidos, quién junto a Marc-hancy Saintcharles, de OM – Haití, nos condujo a la Clínica de ACTS World Relief, en el barrio Carrefour, calle Diquini 63, frente al Hospital Adventista. Allí empezamos a comprender por fin el contexto en el que íbamos a trabajar. ACTS World Relief es una organización humanitaria estadounidense de extracción religiosa adventista, en donde trabajan personas de diversas denominaciones cristianas, algunos cristianos nominales, e incluso no creyentes (o por lo menos, no practicantes). El director del campamento era Claude Fillingham, enfermero de origen estadounidense, que llevaba en Haití casi 2 meses, habiendo llegado pocos días después del terremoto del 12 de enero. El director médico en ese momento era el Dr. Brown, también estadounidense. La Clínica funciona en la sede de la OHFCOH (Operation Hope For the Children Of Haití), entidad fundada por el Dr. Eddy Delaleu, un haitiano de aspecto culto y refinado, que se presentó en todo momento como cristiano. La sede consistía en una casa de grandes dimensiones, muy bien construida pues no mostraba signos de daño derivados del reciente terremoto. La casa y los terrenos circundantes están retirados aproximadamente unos cincuenta metros de la calle, siguiendo una senda de tierra enmarcada por altos muros que la separan de las fincas vecinas; antes de llegar se atraviesa una cañada de unos tres metros de ancho, por unos dos a dos y medio metros de profundidad, increíblemente atiborrada de basura. El interior de la casa cuenta con una oficina de administración, abierta a todos los integrantes del staff; una oficina de dirección, solo para los jefes y coordinadores; áreas de asistencia con hasta diez estaciones (no divididas en consultorios), más una estación privada para exámenes físicos de áreas sensibles al pudor; farmacia; cocina, y tres baños, de los cuales dos contaban con duchas. La casa tiene un patio posterior, vedado al público en general, en el que se realizaban cada día las reuniones de trabajo, a las 7:30 y 19:30 horas; este patio estaba a su vez enmarcado por una cinta amarilla similar a las líneas de demarcación policial, tras la cual se encontraban las carpas del personal extranjero. No supimos sino hasta los últimos días que los haitianos que trabajan como voluntarios para ACTS (traductores y personal de seguridad), no podían traspasar esa línea; solo podían hacerlo los miembros de la familia haitiana que trabajan como caseros (y viven) en la finca.

Ese viernes 5 la reunión de trabajo se realizó en el interior de la casa debido a la lluvia; luego se nos asignaron dos carpas en el fondo del predio, en el límite de la zona de césped y a escasos metros de la cañada antes mencionada, de la que el terreno no estaba aislado pues el muro divisorio estaba derruido casi en toda su extensión. En esa zona del predio se contaba con dos duchas de campaña, que fueron una verdadera ayuda cuando la continua llegada de equipos desde Estados Unidos y Canadá, que llegó a elevar el número de residentes transitorios de la finca a más de treinta personas, hizo colapsar el servicio de los baños del interior de la casa.

Debido a lo estrecho de las carpas que nos habían asignado, el hermano Pablo Vázquez pasó esa primera noche en una tienda individual, llevada por la hermana Silvana Vargas, y las damas utilizaron otra carpa, también accesoria, para proteger sus pertenencias de la lluvia. Esa noche tuvimos nuestro primer contacto con la comida vegetariana (arroz con soja), que elaboraba en el hospital un equipo de cocineros di rigido por un chino (a quién nunca conocimos), comida que nos acompañó durante nuestras dos semanas de estadía en Haití. El agua que bebíamos (lo único que había para beber) procedía del suministro de agua de la finca, a través de un filtro purificador eléctrico, que funcionaba mientras estaba encendido el generador, entre las seis de la mañana y las diez y media, a veces las once de la noche.

Es decir, que la casa no tenía suministro de agua potable ni energía eléctrica. En los siguientes días sabríamos que esa es la situación de gran parte de Puerto Príncipe.

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El sábado 6 de marzo comenzamos el día con un devocional del equipo. Fue nuestro primer día de trabajo en Puerto Príncipe. Dado que los sábados la Clínica de ACTS funciona solo hasta el mediodía, ese día la tarea fue liviana, realizándose asistencia de unos 40 pacientes aproximadamente, trabajo que se realizó entre las 8:30 y las 11:30 horas. Si bien los coordinadores del trabajo ya nos habían advertido que ese día sería “suave”, por ser sábado, nos llamó la atención en función de algo que nos había sido dicho el día anterior por algunos de los extranjeros que ya estaban en el lugar: cuando informamos que nuestro período allí sería de dos semanas, se sorprendieron y contestaron que ahí todos iban por una semana, pues nadie aguantaba más de ese tiempo.

Luego del trabajo en la Clínica, todos nos trasladamos, junto a los traductores haitianos y parte del personal estadounidense y canadiense, al Orphelinate Apostolique, lugar en el que se realizó asistencia de aproximadamente 60 huérfanos, así como reparto de alimentos y juguetes. Los principales problemas de los niños eran las infecciones parasitarias, tanto intestinales (helmintos, o gusanos), como cutáneas (micosis, u hongos; escabiosis, o sarna); esta fue una constante que vimos a lo largo de todo nuestro tiempo de trabajo en Haití, tanto que, en algunas ocasiones, con los niños procedíamos a tratar en forma sistemática las parasitosis intestinales.

El resto de la tarde de ese sábado lo empleamos en ordenar y clasificar el material que habíamos llevado hasta allí, y colaborar en organizar la farmacia de la Clínica, con la que necesitábamos tomar contacto, dado el trabajo que se avecinaba.

No obstante esa tarea, algunos de nosotros fuimos hasta el Dolimart, supermercado de características similares a los nuestros, que la Providencia había colocado a unas pocas cuadras de la Clínica. Visitamos reiteradamente ese supermercado, obteniendo en él cosas para el desayuno, ya que ACTS solo proveía el almuerzo y la cena; también fue una bendición tenerlo cerca para conseguir alimentos los días en que debíamos salir a realizar la “Clínica Móvil”, ya que en esas oportunidades ACTS no se encargaba de conseguir comida para los profesionales de la salud extranjeros, ni tampoco para los traductores haitianos. Cabe agregar que los traductores eran (son) pieza fundamental del equipo asistencial, pues sin los mismos nos habría sido imposible la comunicación con los pacientes, a nosotros y a otros extranjeros, pues el haitiano medio habla el creol o criollo haitiano, un dialecto que mezcla francés con términos africanos y nativos, y resulta casi incomprensible. Cuando supimos que los días de Clínica Móvil la organización no proveía comida para nadie, y dado que ya sabíamos que los traductores no cobran nada por su tarea, pues son voluntarios, decidimos asumir el gasto de su alimentación en esos días. Sin embargo, gracias a Dios, no siempre fue esa la situación, como más adelante se reseñará.

La visita de esa tarde al Dolimart, en realidad la segunda, tenía como objetivo la compra de un teléfono celular con el que poder comunicarnos con Uruguay, cosa que no pudo concretarse pues en horas de la tarde de sábado ninguna oficina de las empresas de telefonía celular haitianas estaba abierta. El problema de las comunicaciones con nuestro país quedó resuelto rápidamente, sin embargo, pues Ray Cooper llegó con un chip de celular que se colocó al teléfono móvil de la hermana SR, el cual pasó a ser de esa manera y hasta el final de nuestro período de trabajo, el teléfono del equipo uruguayo.

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El domingo 7 de marzo la Clínica permaneció cerrada. Comenzamos el día con el devocional del equipo, que consistía en lectura y comentario de uno o más textos bíblicos por parte de uno de los miembros del equipo, luego de lo cual orábamos juntos. Cada día un miembro diferente del equipo estaba encargado del devocional, y al momento de regresar cada uno había tenido la oportunidad de compartir dos veces la reflexión bíblica y la oración.

A media mañana nos reunimos en el mismo patio donde se realizan los encuentros de trabajo, todo el equipo uruguayo y algunos otros, di rigidos por David Hendrick; éste es un estadounidense cuya función en el lugar era ser una especie de “arregla todo”, o encargado de mantenimiento. También demostró ser alguien con profundas inquietudes espirituales; esa mañana nos predicó un breve estudio bíblico sobre la relación del hombre con Cristo, y en adelante se acercó a nuestro grupo cada vez que pudo, sobre todo en los devocionales de la mañana, y en las rondas de canto por la noche, cuando todo el trabajo terminaba y en los ratos libres el equipo uruguayo ponía una nota de música y canciones que había estado totalmente ausente en ese campamento hasta ese momento (y que tal vez ahora esté otra vez ausente).

El mismo Hendrick nos llevó en la tarde de ese domingo a una visita de recorrida por el Hospital Adventista. Esta visita tuvo como único fin conocer el lugar, dado que, según nos enteramos, existía un enfrentamiento entre las cúpulas de Operación Hope y el Hospital, por lo que al personal extranjero de ACTS le estaba totalmente vedado trabajar allí. Esto fue reiterado varias veces por el Dr. Eddy Delaleu; sin embargo, unos diez días después, algunos médicos provenientes de los Estados Unidos pudieron acceder a trabajar en dicho Hospital. No fue ese nuestro caso, pues nosotros seguimos haciendo la tarea en la Clínica, así como el trabajo externo en lugares inhóspitos, hasta el final.

Esa noche dos de nosotros experimentamos otra dimensión de trabajo en Puerto Príncipe. Por las noches, personal de la Clínica entregaba gratuitamente raciones de comida. Se trataba de una cantidad excedente de las mismas raciones que comíamos todos, extranjeros y haitianos que trabajan para ACTS, en bandejas descartables cerradas; no eran sobras del plato de nadie. Esas raciones se llevaban en camión cada noche, en número de doscientas a trescientas, a alguno de los campamentos de refugiados sin hogar que, como ya fue dicho, pululan en la ciudad. La noche de ese domingo el hermano Pablo Vázquez y yo participamos en dicha actividad, repartiendo raciones en un campamento de refugiados de enormes proporciones, absolutamente a oscuras. Una vez allí, y luego de unos primeros momentos en que debido a lo avanzado de la hora (más de las 10 de la noche), no obteníamos respuesta, empezaron a afluir grandes cantidades de hombres, mujeres y niños, demandando insistentemente más y más bandejas de comida, convirtiendo la experiencia en algo propio de esos documentales que muestran las hambrunas africanas. Las raciones desaparecieron en pocos minutos, y entonces debimos subir rápidamente al camión y salir de allí. En los días siguientes todos los miembros del equipo uruguayo pasaron por la experiencia de la entrega de comida; en algunos casos, los voluntarios fueron insultados cuando la comida se terminó, debiendo largarse rápidamente del lugar.

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El lunes 8 de marzo el trabajo se inicio algunos minutos antes de las 8:30 (hora oficial de apertura de la Clínica), y se prolongó hasta las 17:30. Pudimos atender a todos los haitianos que concurrieron a solicitar asistencia. También estaba el Dr. Brown, en lo que fue su último día de trabajo; cabe destacar de este colega estadounidense que él tenía su vuelo de regreso marcado para la mañana de ese día, pero en la universal desorganización que sufre Haití, su vuelo fue pospuesto primero para la hora 17, y luego para las 19:30; y el Dr. Brown ocupó su tiempo restante en trabajar atendiendo pacientes. También comenzó a trabajar ese día otro médico estadounidense, el Dr. Andrew Hooper; sobre este colega supimos que ya había estado antes en la Clínica de ACTS, cumpliendo tareas como director médico de la misma durante doce días, pero debió regresar a su país por haber contraído una enfermedad infecciosa intestinal, cuyos efectos se notaban aún, sobre todo por su marcada delgadez.

La intensidad del trabajo de ese lunes nos enfrentó a otra de las realidades de la atención de salud en Haití. Si bien lo que hicimos fue atención primaria, y la mayoría de los casos atendidos procuramos resolverlos en la primera consulta, como sucede en todos lados, nos enfrentamos reiteradamente a la necesidad de solicitar exámenes paraclínicos, tales como radiografías de tórax, ecografías, o exámenes de sangre; cuando eso ocurría, nos encontramos con que algunos pacientes, carentes por completo de recursos, no tenían adonde di rigirse para realizarse dichos estudios. Esto debido a que no existe en Haití un servicio de salud pública, como tenemos en Uruguay, adonde el pobre y el indigente puedan di rigirse para su asistencia, y donde se les efectúe (pese a las dificultades por todos conocidas) todos los exámenes que estén indicados hacer, en forma gratuita. Con consternación comprobamos de primera mano algo que en realidad ya sabíamos: como en muchos países del mundo, quién no tiene para pagar, no recibe la asistencia que necesita.

Para paliar este problema ayudó mucho un encuentro fortuito que tuvimos en la puerta del Dolimart con tres colegas, un cubano, un salvadoreño y un chileno, integrantes de un equipo de ayuda médica humanitaria que para nosotros, a partir de ese momento, fue el de “los cubanos”; esta gente estaba instalada en un colegio, a doscientos metros de la Clínica, y tenían aparatos para realizar en forma gratuita electrocardiogramas, ecografías, e incluso radiografías (si bien este último no estaba operativo en esos días). Con gran amabilidad nos ofrecieron sus servicios, y muchos de nuestros pacientes fueron derivados a ese lugar para realizarse estudios a los que, de otra manera, no habrían podido acceder.

Otro aspecto de relevancia que merece ahora mencionarse es el relativo a la respuesta obtenida de parte de las autoridades de ACTS a la inquietud de todos, expresada por algunos de los miembros del equipo, acerca de la posibilidad de entregar literatura cristiana de tipo evangelístico a cada paciente que atendíamos. Los coordinadores nos pidieron tiempo para consultar con sus supervisores. La respuesta fue que podíamos hablar con la gente acerca de Jesús y orar con ellos, pero no se permitía la entrega de material evangelístico por escrito. Al ser ACTS una entidad de extracción adventista, pensamos que el problema podía ser la diferencia de denominaciones, por lo que nos planteamos proponerles entregar evangelios de Juan, o por lo menos selecciones bíblicas, en idioma creol; pero esto fue imposible, pues OM – Haití no contaba con ningún material, y no pudimos averiguar si había una Sociedad Bíblica Haitiana, o algo similar. Finalmente, el testimonio fue oral, evangelizando, orando por las personas, o por lo menos bendiciéndolas en el nombre del “buen Dios” (aprendimos a hacerlo en creol, y los haitianos entendían bien la intención del saludo). Algunos miembros del equipo se sintieron desanimados al principio, al pensar que no se estaba cumpliendo con esa parte de la misión. Hacia el final veríamos que, al contrario, el testimonio de amor que se estaba dando dejaría, y dejó, una muy profunda huella en muchas personas, cuya magnitud aún no hemos podido mensurar.

En la reunión de trabajo de aquella noche nos dijeron que habíamos atendido más de cuatrocientos pacientes. Allí también supimos que, al haber partido el Dr. Brown, el siguiente director médico de la Clínica sería el jefe del equipo uruguayo (quién esto escribe), que en los próximos días pasó a ser, para los norteamericanos en el lugar, el “doctor Al”.

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El martes 9 de marzo el equipo uruguayo trabajó en la Clínica entre las 8 de la mañana y las 4 de la tarde, atendiéndose trescientos setenta pacientes. Cabe anotar que la dinámica de trabajo era tal, que no solo los médicos ocupaban las estaciones de asistencia, sino también el personal de enfermería, quienes veían a los enfermos primero y les realizaban los controles pertinentes, para luego verlos en conjunto con alguno de los médicos y cumplir las indicaciones que recibían. Dado que todos los enfermeros y enfermeras del equipo uruguayo son técnicos con amplia experiencia y completamente confiables en su desempeño, no tuvimos problema con este sistema de trabajo, que dinamizó y facilitó mucho la tarea.

Esa noche llegó un equipo de dieciséis personas desde los Estados Unidos, entre los que había dos médicos, varias enfermeras, y también personas especializadas en el trabajo con niños (maestros, animadores, etc.). En la reunión de esa noche se nos informó que ese día la ONU había elevado el alerta de seguridad a nivel 2. Esto quería decir que se recomendaba a los extranjeros en Puerto Príncipe no salir solos por la noche; además, supuestamente habría un toque de queda entre las diez de la noche y las seis de la mañana, aunque nunca supimos a ciencia cierta si este toque de queda existió o no.

La nota diferente de esa noche la puso la obtención de una guitarra que dormía en la oficina de dirección. A la ejecución de Mauricio Amaral se sumó el entusiasmo de Pablo Vázquez en la alabanza, tal que todo el equipo uruguayo cantó con ganas, y así fueron recibidos los norteamericanos, que llegaron mirando todo con cara de asombro y consternación. Esa nota de música y alabanza, como ya fue dicho, estuvo presente cada día, hasta el último que el equipo uruguayo permaneció allí.

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El miércoles 10 de marzo nos tocó por primera vez la Clínica Móvil; nos trasladamos con nuestros traductores y acompañados por Claude al local de una Iglesia Bautista, donde atendimos entre las nueve de la mañana y las 4 de la tarde, asistiendo doscientos ochenta pacientes. Ese día nos acompañó también Sally Kupp, una enfermera canadiense que llevaba en Haití aproximadamente unos diez días; esta joven había viajado sola desde Canadá para trabajar en ayuda humanitaria, y a partir de ese día siempre acompañó al equipo uruguayo, llegando a integrarse casi como una más de nuestro grupo. Ya en República Dominicana, antes que nuestro equipo abandonara la isla, Sally recibió a Jesús en su corazón.

Ese día celebramos el cumpleaños de la doctora Inés Montesano, y para romper la rutina, el hermano Ray Cooper nos invitó a cenar en el hotel en que él estaba alojado, el Auberge Du Québec, un suntuoso hotel (no sabemos de cuantas estrellas pero seguramente no menos de cuatro), que constituía una verdadera isla de lujo en medio de la universal miseria. Por lo que pudimos ver el Auberge Du Québec es, al igual que el Dolimart, único o casi único en su especie allí en Puerto Príncipe. La velada se prolongó hasta bien entrada la noche; a la tranquilidad inicial por habérsenos dicho que contaríamos con un vehículo para regresar al campamento, siguió la incertidumbre cuando nos informaron que la camioneta estaba rota. En conclusión, regresamos caminando en medio de las sombras de la noche (auténticas sombras, pues no existía alumbrado público, ni luces en las casas; tan solo algunas linternas que llevaban los miembros del equipo). Hicimos el camino, pues, adivinando para esquivar pozos y zanjones, dado el pésimo estado de las calles, observando corrillos de haitianos que ignoraban el supuesto toque de queda, conversando a la luz de una vela, o en la oscuridad. El regreso del equipo se realizó bajo escolta de un grupo de haitianos, y se completó sin incidentes.

(Continúa).

Iglesia En Marcha.Net

18 Abr '10

Hay 5 Comentarios.

  1. LiriodelCampo
    7:02 pm abril 18, 2010

    Tremendo trabajo, de verdad! La parte de la total oscuridad me afectó un poco al empezar a leer, pensé en los noticiarios y me dije: algo les debe haber pasado! pero el buen Dios estaba cuidándolos y me alegra mucho.
    Espero la segunda parte para poder saber más de su trabajo misionero.

    Una pregunta me surje al leer esto: “los haitianos que trabajan como voluntarios para ACTS (traductores y personal de seguridad), no podían traspasar esa línea; solo podían hacerlo los miembros de la familia haitiana que trabajan como caseros (y viven) en la finca.”

    Unpoco más adelante el Dr. Pandiani dice que NO COBRABAN, entonces ¿porqué ese límite impuesto? Me suena a racismo, a gente con prejuicios…no se … tal vez me equivoque…

  2. Sandy
    10:42 pm abril 18, 2010

    DONDE HAY URUGUAYOS HAY MUSICA JAJAJA. ESTO ES ASÍ EN TODAS LAS SALIDAS DEL PAÍS EN LAS QUE HE PARTICIPADO. MUSICA CRISTIANA O SECULAR, PERO HAY MUSICA.
    BUENA EXPERIENCIA LA DE LAS MISIONES MEDICAS. LA GENTE APRECIA LA PREOCUPACIÓN Y LA DEDICACIÓN,PORQUE NADIE ESTÁ OBLIGADO A SALIR DE LA COMODIDAD DE TU AMBIENTE PARA IR A AYUDAR A GENTE EN SITUACIONES TAN DEPRIMENTES. ES MÁS FACIL VER DE LEJOS EL HAMBRE, LA MUGRE QUE LOS RODEA, LA MUERTE, EL DOLOR TAN PROFUNDO DE SUS MIRADAS. ES MÁS FACIL EMITIR JUICIOS CUANDO VEMOS A GENTE HAMBRIENTA SAQUEANDO LO QUE PUEDAN. EL HAMBRE ES MUY SERIO.
    DR. PANDIANI Y EQUIPO, LOS FELICITO!!!!!

    LIRIODELCAMPO, SI, TAMBIÉN ME LLAMA LA ATENCIÓN LO MISMO QUE A TI. ¿QUE HABRÁ DETRÁS DE ESO? ESPERO QUE NO SEA RACISMO ETC, PORQUE QUIENES TRABAJAN EN MISIONES NO PUEDEN SER RACISTAS. SUPONGO.

  3. batman
    12:24 pm abril 19, 2010

    Dr. Pandiani, es un gusto siempre tener noticias suyas.
    Todo lo que cuenta es muy interesante. Estoy de acuerdo con los comentarios anteriores en todo, incluso en lo raro del “límite impuesto”, pero paso por alto esto cuando veo la cantidad de personas a las que ayudaron. No quiere decir que no me desagrade lo del “límite”, sino que creo que no me gustaría saber la razón,porque me daría mucho coraje, tal vez porque vislumbro la respuesta.

    Que bueno el trabajo en equipo y la interacción con Proyecto América!

  4. Alvaro Pandiani
    9:10 pm abril 19, 2010

    Mis queridos hermanos, muchas gracias por los comentarios.
    Como le compartí por e-mail a la hermana Verónica Sequeiros del equipo de IEM, nosotros nos enteramos lo del límite que impedía a nuestros colaboradores haitianos cruzar hacia el sector donde estábamos acampados los extranjeros, 2 o 3 días antes de irnos, y nos indignamos bastante. Nunca supimos la causa. No creo que fuera racismo pues, recuerden, también dice el informe que los haitianos que viven en la Clínica como caseros sí tenían acceso a todo el terreno; además, la finca es propiedad de un haitiano, el Dr. Delaleu, y ACTS utilizaba las instalaciones de la misma (de hecho, ACTS ya se retiró de allí). Tal vez fuera una cuestión de orden, aunque a nosotros nos resulte raro o poco comprensible, haitianos excluyendo haitianos; cuestiones propias de ellos, seguramente. No desearía que este aspecto, que me pareció pertinente contar pues formó parte de la realidad con que nos encontramos allí, hiciera perder de vista el resto de lo que está relatado en el informe, sobre todo los frutos espirituales de la tarea, en los que profundizo sobre todo en la segunda parte.
    Dios les bendiga.

  5. batman
    10:06 pm mayo 9, 2010

    Gracias por la aclaración. Es importante porque parece que este aspecto hizo que algunos perdieran el foco que, en definitiva, debe estar en la misión médica. las exclusiones quedan sobre los hombros de los que las hacen…

    Acabo de bajarme la segunda parte, la leo y comento luego.

    Saludos a todos!

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