LEYENDAS DE PASCUA


Características y tradiciones de la principal conmemoración cristiana del año.
Cuando inquirimos acerca de cómo se fija la fecha en que, cada año, celebramos esa semana tan especial, que para los cristianos uruguayos sigue siendo la Semana Santa, nos encontramos con un dato sumamente curioso; un dato en el que los cristianos evangélicos habitualmente no reparamos. Las Iglesias de Occidente, es decir, la Iglesia Católica Romana, y las Iglesias Protestantes, conmemoran ese tiempo especial en una fecha que varía año a año. La manera en que se llegó a un consenso para este cálculo tiene su breve historia.
Desde principios del siglo IV d.C. se planteó la cuestión de la fecha en que la Iglesia habría de celebrar la conmemoración de la muerte y resurrección de Cristo. En el Concilio de Arlés, en el año 314, se establece que la Pascua debe ser celebrada por toda la cristiandad en una misma fecha; fecha que sería fijada por el obispo de Roma (el papa). Un poco más de una década después, en el célebre Concilio de Nicea del año 325 (aquel en el que discutió acerca de la divinidad de Cristo, negada por Arrio), se dispuso que la Pascua de Resurrección debía conmemorarse siempre en día domingo, no coincidente con la Pascua judía (que se celebraba en forma independiente al día de la semana; la Pascua cristiana debía conmemorarse en día distinto “para evitar confusiones”), y que no debía celebrarse dos veces el mismo año (algo que hoy en día nos parece evidente, pero en aquellos primitivos tiempos parece que no lo era). Se prohibió la celebración de la Pascua antes del equinoccio de primavera (del hemisferio norte); es decir, antes de que el sol, en su movimiento aparente por el cielo, entrara en el signo de Aries en la bóveda celeste. Aunque esto pueda sonar a astrología, eran los métodos de cálculo astronómico (no astrológico) con que se manejaban en aquellos tiempos, basados en la observación simple (sin instrumentos ópticos) del cielo, y en cálculos matemáticos. Esos cálculos astronómicos perpetuaron las diferencias entre Roma y la Iglesia de Alejandría. A principios del siglo VI d.C. el monje Dionisio el Exiguo persuadió a la Iglesia de Roma de seguir el cálculo alejandrino. Según éste, el domingo de Pascua de Resurrección ha de ser el primero tras la primera luna llena posterior al equinoccio de primavera (del hemisferio norte). Debido a esto es que la fecha de la Pascua de Resurrección (y por ende, de toda la Semana Santa), varía en un amplio rango, que puede ir desde el 22 de marzo al 25 de abril. Cuando en el siglo XVI, el papa Gregorio XIII impuso a todo Occidente el calendario creado por el médico y filósofo italiano Luigi Lilio, conocido como Calendario Gregoriano, las Iglesias Ortodoxas siguieron celebrando la Pascua según el cálculo basado en el Calendario Juliano (creado por Julio César en el 46 a.C.). Debido a esto, las Iglesias Ortodoxas celebran la Pascua en una fecha también variable (no fija), pero diferente a las Iglesias de Occidente.
Por lo tanto, los cristianos protestantes celebramos cada año la Pascua, y toda la Semana Santa, al igual que los católicos romanos, en una fecha calculada según un criterio establecido hace casi mil setecientos años, en el primer Concilio Ecuménico de la historia de la Iglesia.

En el Uruguay conocemos esta semana especial de muy diversas maneras. El proceso de secularización de nuestra sociedad, iniciado hace más de cien años, incluyó los feriados religiosos. La ley del 23 de octubre de 1919, promovida por el batllismo, que transformó, entre otros, la Navidad en “fiesta de la familia” y el día de Reyes en “día de los niños”, convirtió la Semana Santa en “semana de Turismo”. No debe asombrarnos que este proceso de secularización esté tan avanzado, que hoy en día casi todos los uruguayos, incluso los cristianos, al referirnos a esta semana en una conversación casual digamos, involuntariamente, “turismo”. Crónicas periodísticas del siglo XIX refieren que ya en fechas tan tempranas como los años 1880, jóvenes uruguayos de pensamiento político liberal (anticlerical), salían a la campaña para formar “campamentos”, disfrutar de los “placeres del campo”, y organizar cacerías; un diario salteño de 1888 habla de esas cacerías, organizadas por “varios jóvenes de nuestra sociedad (a los) que nada les importan las excomuniones y demás zarandajas de la gente de cogulla y de bonete” (es decir, los curas).
Pero la Semana Santa uruguaya no es solo semana de Turismo, denominación oficial impuesta por ley en 1919, como dijimos. Es también la Semana Criolla, en la que el gauchaje muestra sus habilidades en la doma de potros, la Semana de la Vuelta Ciclista del Uruguay (ambas competencias internacionales), la Semana de la Cerveza, y hasta la Semana de la Pesca en el noreste del país. De modo que en esta semana, que para algunos implica feriados que van desde 3 o 4, hasta 8 o 9 días (aunque para otros, por ejemplo los que trabajamos en la salud, no implica feriado alguno), las opciones son desde tomarse vacaciones e irse a acampar (o a un hotel de x estrellas), irse de cacería o de pesca, concurrir a presenciar la doma de potros, seguir las vicisitudes de la carrera ciclista, o ir a la heroica Paysandú, a tomar cerveza hasta que el hígado diga basta.
No obstante, y a pesar de la mencionada secularización, las manifestaciones de fe y devoción cristiana emergen y se hacen públicas durante esta semana, así sea como expresiones culturales, y tienen su lugar en el reporte de actividades que en estos días hace la prensa (que como en otras cosas, también en eso responde tanto a inclinaciones filosóficas como a intereses; más a estos que a aquellas). Y aunque los cristianos evangélicos repitamos, como tantas veces hemos oído, que para nosotros todos los días del año deben ser santos, porque todos los días debemos consagrarlos a vivir para el Señor, etcétera, estos días debemos vivirlos como especiales, pues son los días en que conmemoramos los hechos de la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo (salvo que caigamos en el extremismo desaforado y ridículo de los atalaya, que en el afán de originalidad de su “auténtica revelación”, no celebran Navidad, ni Semana Santa, ni nada).
Porque ése es el sentido, el auténtico significado de la Semana Santa: conmemorar los días en que Nuestro Señor Jesucristo entró triunfalmente en Jerusalén; dio sus últimas enseñanzas en el Templo; compartió la Última Cena con sus discípulos, en la que instituyó la común participación en el pan y el vino como memorial de su muerte, a ser celebrado por sus seguidores por incontables generaciones, hasta su regreso; agonizó en el jardín de Getsemaní aquella madrugada, fue arrestado, sometido a una parodia de juicio, y finalmente entregado a la autoridad romana para ser crucificado. Conmemorar esa muerte de Jesús en la cruz, hecho que consumó la salvación del género humano; salvación que se hace efectiva en todos aquellos que creen en ese Cristo que los amó y se entregó a morir en lugar de ellos, que derramó su sangre para limpiarlos de sus pecados, que dio su vida para ofrecer una nueva vida a quienes creen en Él.
Nada menos.
Y conmemorar la resurrección de Jesucristo, su victoria sobre la muerte y sobre Satanás, y el hecho histórico sobre el que está edificada la fe cristiana.

Cada año, cuando llega este tiempo, vemos reaparecer una serie de costumbres y tradiciones que al correr del tiempo se han vinculado indisolublemente con la Pascua. Uno de los fenómenos más notables es el recrudecimiento de la exhibición de cine religioso, tanto en los canales de televisión abierta como en la televisión por cable. Predominan, obviamente, las películas sobre la vida de Jesús, que incluyen la representación de los hechos de la pasión, muerte y resurrección que se recuerdan esta semana; desde producciones tan recientes como La Pasión de Cristo, hasta viejas películas realizadas hace varias décadas. Pero cualquier cosa que se aproxime al tema sirve. Esta Semana Santa, por ejemplo, HBO exhibirá en Viernes Santo y Domingo de Pascua la producción de 2006 El Nacimiento (The Nativity Story), algo más apropiado para Navidad que para estas fechas, creo. La mejor parte de esta explosión pascual de cine religioso son las quejas, berridos y pataletas de los editorialistas y columnistas de diarios, revistas y portales de internet contrarios al cristianismo, u opuestos a la religión en general. Con una total falta de originalidad, cada año vuelven a señalar el hecho; y en un verdadero ejercicio de exploración y descubrimiento, como si estuvieran inventando la rueda, indican que el auge de realizaciones de cine religioso que ha tomado Hollywood en los últimos años (¿Auge? La Pasión de Cristo; El Nacimiento; tal vez consideren Las Crónicas de Narnia. ¿Me olvido de alguna otra?), es debido a los intereses económicos de los productores, ya que lo religioso sigue teniendo un mercado de consumo de extensión mundial.
Verdaderamente, con esta revelación hacen un revolucionario aporte al acervo de conocimiento acerca de la naturaleza humana.
Pero lo que más destaca es la oposición rabiosa al cine religioso, que exterioriza una posición filosófica definidamente antagónica a la religión y la fe. En otras palabras, la Semana Santa, con sus públicas manifestaciones de devoción cristiana y la exhibición de cine religioso, excita y pone histéricos a los racionalistas, los ateos, y aquellos agnósticos que no desean se les recuerde la fe a la que responden con indiferencia. Pero la contrapartida también se da; muchas almas sensibles, alejadas o poco conocedoras de la fe en Cristo debido a las urgencias de la vida moderna, o por causa de las dudas y decepciones de una existencia conflictiva, puede que se tomen un momento para reflexionar en estos días especiales. Un tiempo de reflexión acerca del verdadero sentido de la Semana Santa; acerca de Jesús, su amor por nosotros que lo llevó a morir en la cruz, su gloriosa resurrección, y la nueva vida que es posible por la fe en Él. Éste es un hermoso tiempo para encontrar la fe. Que quienes predicamos a Jesús lo tengamos en cuenta.

Algunas de las tradiciones de estos días tienen su origen en prácticas religiosas medievales, y aún anteriores. Por ejemplo, el rito de los ramos de olivo en las celebraciones religiosas del Domingo de Ramos (domingo anterior al de Pascua), en recuerdo de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, cuando según los evangelios fue recibido por el pueblo con ramas de árboles (Mateo 21:8). Los evangélicos en general no acompañamos ni practicamos el rito de la bendición de los ramos de olivo el Domingo de Ramos, tal como los católicos. Otra costumbre a destacar es la de no comer carne en Viernes Santo, día en que el cuerpo de Jesús fue inmolado. En nuestro país es característico de ese día el consumo masivo de pescado, y la Semana Santa es una verdadera época de zafra para quienes se dedican a la pesca, y comercialización de esos productos del mar. Claro, cabe la salvedad que podemos hacer hoy en día, gracias a mejores conocimientos de biología, que la prohibición se refiere al consumo de carnes rojas, pues el pescado (carne blanca) es la alternativa permitida, entre otras, para la alimentación en ese día. Originalmente, la abstinencia en realidad se extendía a todo producto de origen animal, y debía cumplirse el miércoles de ceniza y todos los viernes de la cuaresma, además del Viernes Santo.
Los evangélicos tampoco acompañamos estas restricciones parciales de alimentos, a observar en determinados días. Ya en el siglo XVI los reformadores rechazaron esta particular abstinencia de carne y productos de origen animal, no ordenada ni mencionada siquiera en la Biblia, preconizando en cambio el ayuno total, no ritual ni fijado en determinadas fechas, sino como expresión de devoción cristiana personal. Por lo tanto, no nos sujetamos a la prohibición de comer carnes rojas en Viernes Santo, sino que creemos que Jesús nos liberó de todo legalismo para seguirle en un camino de santidad, renunciando voluntariamente al pecado y los deseos mundanos, pero no sujetándonos a leyes religiosas carentes de fundamento bíblico.
Otras tradiciones de la Semana Santa son ambiguas, pues mientras tienen una pata afirmada en el cristianismo, la otra está apoyada en el paganismo. Entre estas se encuentra la costumbre más querida y esperada de nuestra infancia, y la más aprovechada siempre por los comerciantes: el huevo de Pascua. A éste acompaña, desde hace algunos años y como otro rasgo cultural anglosajón que ha penetrado en nuestra cultura, el conejo de Pascua.
¿Está bien que los cristianos coman huevos de Pascua? Aunque la pregunta parezca estúpida, no han faltado predicadores y “opinadores” (u opinólogos) que, afirmando el absoluto origen pagano de la costumbre, han desaconsejado (cuando no condenado con voces de trueno), que los cristianos apegados a la Biblia participen en esta costumbre. Estas posiciones extremas pierden fuerza cuando uno busca un poco el origen de esto.
Efectivamente, el huevo tiene una connotación pagana que viene de la antigüedad; desde los albores de la civilización el huevo, del que surge una nueva vida, fue símbolo de fertilidad y renacimiento. En relación a éste último concepto, en la mitología egipcia el huevo era importante pues de él renacía el ave Fénix, luego de quemarse en su nido. Los adeptos del hinduismo creían que el mundo había surgido de un huevo (el huevo cósmico). Era costumbre habitual en Grecia, Roma y Persia pintar huevos con colores vivos y consumirlos en las fiestas en honor de la primavera (recordemos que la Pascua se celebra a comienzos de la primavera del hemisferio norte). En los países angloparlantes, el domingo de Pascua es llamado “Easter Sunday”; el término Easter vendría de Eastre, diosa de la luz y la primavera en la mitología germana, a la que se dedicaba el mes de abril. Entre los símbolos de esta diosa se encuentran, justamente, el huevo y el conejo. Llegados a este punto, parece evidente la existencia de un retrofondo pagano en el huevo de Pascua, por lo cual el ritual de su consumo en Pascua, al inicio de la primavera (del hemisferio norte), evocaría un rito pagano precristiano, que desaconsejaría a los cristianos apegados a la Biblia su participación.
Sin embargo, como dijimos antes, el huevo de Pascua es una tradición muy antigua que tiene la otra pata apoyada en el cristianismo. En efecto, ese símbolo de nueva vida y renacimiento, utilizado por otras religiones con ese significado aplicado a sus particulares mitologías, fue adoptado por los cristianos de la Iglesia Antigua (premedieval) como símbolo de la resurrección de Jesucristo. Aquí podríamos quizás reconocer otra vez el proceso de cristianización de costumbres paganas, tantas veces llevado adelante por la Iglesia para extender su hegemonía espiritual sobre los pueblos; o tal vez, ver a aquellos cristianos utilizando cosas de la naturaleza y de su cotidianidad para representar verdades espirituales reveladas por Dios. Y es inevitable que algunas de esas cosas ya hubieran sido utilizadas por los paganos en sus respectivos sistemas de creencias, o lo fueran después. Por ejemplo, varias mitologías de la antigüedad tienen árboles sagrados, pero eso no impidió que Jesús utilizara un árbol (la higuera) para enseñar acerca de la relación de Dios con su pueblo. La misma cruz tiene significados esotéricos previos a la venida de Jesús a este mundo; pero la cruz era el método de ejecución usado por los romanos, y en la cruz murió Jesús, consumando nuestra redención. Por lo tanto, cuando el cristianismo usa la cruz como su emblema más característico y universal, no evoca esotéricos y ocultos símbolos paganos, sino al Hijo de Dios que murió y resucitó para redimir a la humanidad. Entonces, insistir en otros sentidos del símbolo parece una tontería.
Volviendo al huevo, cuentan que durante la Edad Media la abstinencia de alimentos de origen animal impuesta por la Iglesia incluía el consumo de huevos, durante toda la cuaresma. Esta prohibición se levantaba el domingo de Pascua, y entonces todos con alegría volvían a consumirlos; los niños salían al campo a recoger huevos, se dice, entre cánticos de aleluya. Las familias, los vecinos, los amigos y aún los sirvientes regalaban y recibían huevos; pero especialmente a los niños se les regalaba huevos de Pascua, que en la Edad Media eran huevos de gallina o de pato. Estos huevos, que no podían comerse desde el miércoles de ceniza hasta el domingo de Pascua (cuarenta y seis días), presentaban el problema de cómo conservarlos, pues estamos hablando de una época en que no existía la refrigeración (cuyo invento estaba a siglos en el futuro); para evitar que se echaran a perder y conservarlos frescos, se los bañaba en cera líquida. Esta práctica devino en la costumbre de colorear y decorar los huevos. Posteriormente, la Iglesia abolió la abstinencia de huevos en la dieta de los cristianos durante la cuaresma, y la cosa llegó a que en el siglo XVII, el papa Pablo V bendijera el huevo de Pascua en una oración. Así la historia, el huevo de Pascua adquirió, pues, no solo una simbología cristiana, sino un uso entre los cristianos, que se hizo costumbre y devino en tradición, fruto de un conjunto de circunstancias sociales y religiosas. Como dato final, fue desde principios del siglo XIX, en Alemania, Francia e Italia, que los huevos de Pascua comenzaron a fabricarse de chocolate, con chucherías y regalos en su interior.
También fue en el siglo XIX que se hicieron los primeros conejos de Pascua como golosinas, para consumir en estas fechas. Como dijimos antes, el conejo era símbolo de fertilidad, uno de los emblemas de Eastre, diosa de la primavera. Su cristianización, proceso que lo llevaría a vincularse con la Pascua, se habría verificado en Alemania, apareciendo por primera vez en documentos del siglo XVI (interesante: con la Reforma en marcha). De la mano de inmigrantes alemanes pasó a los Estados Unidos. La llegada del conejo de Pascua era equivalente a la visita de Papá Noel en Navidad. El conejo de Pascua traía huevos de colores para los niños que habían sido buenos; para esto, los niños preparaban nidos y cestas en diversos escondites de sus casas y jardines, para que el conejo pusiera los huevos. Dice la leyenda que habría dado origen a esta práctica, que una mujer había adornado los huevos de Pascua para darle una sorpresa a sus hijos; cuando los niños encontraron estos huevos, un conejo salió de su madriguera, por lo que a partir de ese día los niños creyeron que el conejo les había traído los huevos de Pascua. Otra leyenda infantil, más piadosa, cristianiza aún más la figura del conejo, vinculada a la Pascua como celebración de la resurrección de Cristo; dicha leyenda dice lo siguiente: “Cuando metieron a Jesús al sepulcro que les había dado José de Arimatea, dentro de la cueva había un conejo escondido, que muy asustado veía cómo toda la gente entraba, lloraba y estaba triste porque Jesús había muerto. El conejo se quedó ahí viendo el cuerpo de Jesús, cuando pusieron la piedra que cerraba la entrada; y lo veía, y lo veía, preguntándose quién sería ese Señor a quién querían tanto todas las personas. Así pasó mucho rato, viéndolo; pasó todo un día y toda una noche, cuando de pronto, el conejo vio algo sorprendente: Jesús se levantó y dobló las sábanas con las que lo habían envuelto. Un ángel quitó la piedra que tapaba la entrada y Jesús salió de la cueva, ¡más vivo que nunca! El conejo comprendió que Jesús era el Hijo de Dios, y decidió que tenía que avisar al mundo y a todas las personas que lloraban, que ya no tenían que estar tristes, porque Jesús había resucitado. Como los conejos no pueden hablar, se le ocurrió que si les llevaba un huevo pintado, ellos entenderían el mensaje de vida y alegría, y así lo hizo. Desde entonces, cuenta la leyenda, el conejo sale cada Domingo de Pascua a dejar huevos de colores en todas las casas, para recordarle al mundo que Jesús resucitó y hay que vivir alegres”.
Y luego, ya sabemos cómo es esto; desde el norte anglosajón, y merced al uso comercial de los medios masivos de comunicación, el conejo de Pascua desembarcó en nuestras tierras (a lo mejor venía escondido en el trineo de Santa Claus). Y aunque por aquí no se ha impuesto la creencia infantil en la llegada del conejo con los huevos de Pascua, que deben ser buscados por la casa y el jardín, sí que podemos ver las estanterías de los supermercados llenas de figuras del mentado conejo, en envoltorios que lucen las marcas de los principales fabricantes de chocolate de la región.
Así la historia, y el origen de la tradición. Yo no sé qué hará cada uno el próximo domingo de Pascua; pero yo, dado que me encanta el chocolate…
Hay también otras tradiciones que se practican durante la Semana Santa, la mayoría desde hace siglos; y no faltan las supersticiones relacionadas con estos días. De estas últimas, solo mencionaremos una: la que dice que, el Viernes Santo, a partir de las tres de la tarde (hora en la que, según el evangelio, expiró Cristo; Marcos 15:34-37), “el diablo anda suelto”, pues Dios está muerto. Quizás sería pertinente decir que el diablo anda suelto todo el año, y para probarlo basta prender el televisor y ver en los noticieros las cosas que pasan a diario en el mundo. Pero el único comentario acerca de esta superstición, será la conclusión de este pequeño trabajo sobre la Pascua: cuando Cristo murió en la cruz, a las tres de la tarde de aquel día, no solo estaba consumando nuestra salvación eterna; también estaba derrotando a Satanás y sus huestes, para siempre. El apóstol Pablo da un admirable resumen de esta verdad en Colosenses 2:14,15: “Él anuló el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, y la quitó de en medio clavándola en la cruz. Y despojó a los principados y a las autoridades y los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz”.
Y aunque Satanás y sus demonios (principados, autoridades, etc.) anden sueltos por el mundo, causando daño, muerte, destrucción y miseria a la humanidad, aquellos que se refugian junto a Cristo, por la fe en Él, experimentan la victoria de Cristo, en sus corazones y en sus vidas. Pues aunque las adversidades y el sufrimiento vengan, la fe en el triunfo conquistado por Jesucristo se transforma en la certeza de nuestra propia victoria, que veremos en esta vida o en la venidera. No es ésta una fe vana; es una convicción basada en la Palabra de Dios, que no miente.
“Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (Hebreos 2:14,15).
Esa muerte de Cristo, y su resurrección, su triunfo sobre el diablo, que trajo libertad a quienes creen en Él, es lo que conmemoramos esta semana. Hagámoslo con alegría y agradecimiento.

Autor: Dr. Álvaro Pandiani
Publicado en Iglesia En Marcha en abril de 2008
Iglesia En Marcha.Net
29 Mar '10

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