Estamos de campaña viendo la gloria de Dios – Parte 3.

La esencia del evangelio.

Dr. Álvaro Pandiani.

1) Los otros intereses.

Llamaría la atención que en estos tiempos de apostolado, paternidad pastoral, encuentros cercanos, teología de la prosperidad, y tantas otras cosas raras que se han infiltrado en la otrora pura y bíblica doctrina evangélica, cuando se trata de evangelización y cruzadas de evangelismo, se predicara un mensaje sencillo que constituyera lo que podríamos llamar la esencia del evangelio: denunciar el pecado, declarar la condición perdida del hombre, anunciar el amor de Dios al pecador, invitar al arrepentimiento y la fe en Cristo. Indudablemente, muchos de quienes participan en el esfuerzo de organizar una campaña evangelística, me atrevo a decir que la mayoría, están sinceramente comprometidos con el Señor en quién creen, y genuinamente interesados en que el maravilloso mensaje de amor de Jesús alcance a la mayor cantidad posible de personas, dándoles a todos la oportunidad de experimentar el más revolucionario cambio en sus vidas, y recibir el don de la vida eterna. Puedo afirmar esto por mí mismo, por lo que sentí, creí y consideré todas las veces que me involucré en campañas evangelísticas, como exprese en la Parte 1, en diferentes niveles de decisión: la alegría de saber que grandes cantidades de personas escucharían el mensaje del evangelio, y que muchos, varios o algunos creerían en Cristo y serían salvos. Lo puedo afirmar por aquellos con quienes, en numerosas ocasiones, trabajamos en conjunto para lograr que eventos de evangelización de diferente magnitud fueran llevados adelante y se concretaran. Lo presumo en todos aquellos que se involucran en un evento de este tipo, porque ¿qué otro interés tendría alguien para exponerse públicamente en una actividad que en el mejor de los casos es vista por las fuerzas vivas de la sociedad como una expresión cultural más, en general es observada con indiferencia, y en el peor de los casos es mirada con malos ojos, y estigmatizados socialmente quienes en la misma participan? Podemos presumir compromiso sincero e interés genuino en las almas, pero presunción no es certeza. Al ser la campaña evangelística, sobre todo las grandes cruzadas, eventos que concitan la atención, apoyo y concurrencia de grandes multitudes, y al desarrollarse en un formato de espectáculo de enormes proporciones, puede haber efectivamente otros intereses que lleven a involucrarse y participar. Vamos a comentar brevemente dos: prestigio, y dinero.

2) El atractivo tramposo de la notoriedad.

Decir que quienes intervienen en la campaña adquieren prestigio puede parecer una contradicción, en relación a lo afirmado en el párrafo anterior. Sin embargo, comenzando por la figura del predicador, y siguiendo por quienes le acompañan en la plataforma: animando la reunión; llevando adelante el canto, infaltable en las reuniones evangélicas de cualquier tipo, que en estos casos llega a transformarse en un espectáculo musical, incluso con la participación de bandas más o menos importantes y/o conocidas; y entregando diversos discursos, con características de pequeños mensajes espirituales preparatorios del mensaje evangelístico que el predicador entregará; todos se benefician con la adquisición de un cierto prestigio. Un prestigio que también alcanza a aquellos cuyos nombres figuran en los comunicados de la campaña, en tareas de dirección y coordinación de las diversas comisiones que posibilitan el desarrollo del evento.

Este prestigio tiene una faceta predominante hacia dentro de la comunidad evangélica; “el sistema eclesiástico de la Iglesia Cristiana Evangélica está conformado de tal manera que eleva, concedamos que involuntariamente, a algunos hombres y mujeres a posiciones rayanas en una suerte de estrellato religioso. Las grandes concentraciones, las cruzadas masivas de evangelización, las reuniones evangélicas que llegan a congregar a miles, y decenas de miles (y en algunas partes del mundo, centenares de miles) de personas; los anuncios multicolores con grandes fotografías y títulos grandilocuentes, títulos que se repiten amplificados en presentaciones verbales cada día y desde cada púlpito o tribuna; y la actividad del periodismo cristiano evangélico, que en revistas de excelente presentación y con fotografías a todo color lanza a la altura de trascendencia internacional los nombres de predicadores, pastores, evangelistas, misioneros, músicos y cantantes; todo esto crea un firmamento de grandes personajes que llegan a convertirse en punto de referencia para los innumerables cristianos “comunes”; es decir, aquellos que no son miembros del sagrado jet-set” (de mi libro Sentires; Editorial ACUPS, setiembre 2000; Págs. 112-13). Hoy, nueve años después, debería agregar a la actividad del periodismo cristiano evangélico todo lo que está en internet, que ha llevado las posibilidades de información y comunicación a límites insospechados. Pero también el prestigio del que venimos hablando tiene una faceta hacia el exterior de la comunidad, pues aunque tradicionalmente las actividades evangelísticas fueran miradas como las describimos (con indiferencia, o aún con malos ojos), por cualquiera que no fuera un creyente o fuerte simpatizante del cristianismo evangélico, el liderazgo real o aparente de algunos predicadores y pastores sobre tan grandes números de personas no puede dejar de ser notado (y anotado) por algunas, varias o muchas de las personas que integran las fuerzas vivas de la sociedad. Aquí en Uruguay entre los primeros en notarlo estuvieron los dir igentes de varios partidos políticos; ejemplo claro de esto fue la presencia de varios de nuestros senadores y diputados en las multitudinarias concentraciones con que finalizaban las recordadas Marchas por Jesús, en la explanada principal del Palacio Legislativo de Montevideo, edificio sede del Parlamento Uruguayo.

Por lo tanto, cuando en realidad debería ser un resultado secundario y no perseguido de la exposición pública que implica asumir cargos y funciones de liderazgo, el prestigio puede ser un fin en sí mismo para algunos de los que se involucran hasta las orejas en el trabajo de una mega-cruzada evangelística. Y con el prestigio, lo que éste conlleva: el ascendiente, la autoridad, la influencia, la reputación, y los efectos que tales cosas tienen en quienes pretenden ser conductores de gentes: el renombre, la popularidad (¿la gloria?), y la estimación que atrae seguidores, nuevos convertidos o cristianos de otras congregaciones, que pasarán a engrosar la de quién más prestigio haya obtenido con su participación en el movimiento.

Realmente, un interés muy diverso de la esencia del evangelio.

3) Las ofrendas: escasos pro y muchos contra.

El dinero es siempre un tema muy escabroso y sensible para la Iglesia Cristiana, en cualquiera de sus confesiones o denominaciones. Y desafortunadamente, la Iglesia Evangélica ha adolecido siempre de una pata renga en este asunto. El estigma de pedigüeños y “mangueros” de los evangélicos ha sido tema de crítica, descrédito, burla y hasta parodia en programas humorísticos televisivos. El punto es que no debemos responder en forma condenatoria a quienes se burlan de los evangélicos, o “evangelistas”, por ser “mangueros”, tanto como considerar quienes les dan tema para sus argumentos y, a veces, hasta para sus guiones. Preguntamos: ¿quiénes les dan letra?; y respondemos: nosotros mismos.

Recuerdo haber trabajado, hace ya muchos años (más de veinte), en una campaña evangelística con características de mega-cruzada: más de ciento ochenta  congregaciones evangélicas unidas para el evento, realizado en Montevideo; una verdadera maravilla, un logro de unidad indudablemente atribuible al ministerio que el Señor había dado al Predicador y su equipo. El problema, la espina en el costado, la gran incomodidad, venía cuando llegaba el momento de levantar la “ofrenda”, la cual se le pedía indiscriminadamente a toda persona presente, fuera creyente o no. Pero además, la ofrenda era precedida cada noche por una anécdota (“testimonio”) diferente sobre cómo Dios había bendecido a quién había puesto en la bolsa hasta la última moneda que tenía, incluso la del bus para regresar a su hogar. El colofón estaba dado por el hecho de que, cada noche, se levantaban dos ofrendas, cada una con su correspondiente anécdota.

Varios años después, estuve en una reunión preparatoria de otra campaña evangelística con las características de mega-cruzada, también a efectuarse en Montevideo. Para la sorpresa de muchos de los allí presentes, uno de los coordinadores en jefe del equipo evangelístico tomó gran parte de la reunión en explicar varias maneras concretas de hacer dinero durante la campaña, incluyendo cómo atraer comerciantes (de diverso ramo) para que instalaran puestos de venta en el lugar, mediante el expediente de asegurarles que habría ventas por el elevado número de personas que concurrirían al evento, con el fin de cobrarles un jugoso alquiler por colocar allí su quiosco. Recuerdo que algunos días después de dicha reunión un pastor, con el que me une una larga amistad, conversando conmigo se preguntaba dónde habían ido los tiempos en que el trabajo evangelístico de la Iglesia se financiaba con el aporte voluntario y generoso de los creyentes; es decir, y aquí interpreto yo, de quienes creen en el valor del esfuerzo que se está haciendo para predicar el amor y el perdón de Jesús a todas las gentes, y dan de sí por amor a los perdidos.

Varios años más tarde vi en el Palacio Peñarol de Montevideo a un hermano llegado desde el norte de América, pomposamente llamado el “apóstol de la oración”, quién ante un multitudinario público cada noche hacía levantar la ofrenda, para luego traer todos los ofrendarios a la plataforma, donde él se tomaba su tiempo en hablar de ese dinero, y orar para que Dios lo multiplicara. Recuerdo lo perplejos que muchos nos sentimos ante esta práctica, y lo ofensivo que resultaba ver esa gran cantidad de bolsas llenas a reventar de dinero, amontonadas sobre el escenario. Para varios líderes y pastores que estuvimos allí, aquel “apóstol de la oración” pasó a ser, dicho entre nosotros y con una sonrisa irónica, el apóstol de las ofrendas.

Basten para muestra estos tres ejemplos, sobre los que puedo hablar de primera mano, pues estuve allí y vi lo que aquí relato. Estas cosas, entre muchas otras, me llevaron a escribir, hace ya años, las siguientes consideraciones: “Ya el apóstol Pablo escribió en una ocasión sobre la situación creada en su tiempo por “…hombres corruptos de entendimiento y privados de la verdad, que toman la piedad como fuente de ganancia” (1 Timoteo 6:5). La sana legislación bíblica acerca de ofrendas y diezmos, que establece cómo estos deben ser medios por los cuales la comunidad sostenga económicamente el templo y sus instalaciones, y a quienes están dedicados al servicio religioso, se tuerce y deforma de manera violenta, grosera e inaudita, llegando a que aquellas ofrendas y diezmos se vuelvan un fin en sí mismo. Esto sucede en muchos lugares, entre diferentes grupos de ramas diversas del cristianismo, donde se procede a desplumar metódicamente a los creyentes. Contando historias maravillosas acerca de cómo Dios devuelve “el ciento por uno” a quién generosamente vuelca sus ahorros en las arcas de la Iglesia, se promete prosperidad, salud, felicidad y otros beneficios temporales, virtualmente enseñando a los creyentes a “pagar” por las bendiciones de Dios” (Señales contemporáneas; www.iglesiaenmarcha.net/2006/05/el-magnifico-derrumbe-4.html). En relación a esto último, no puedo dejar de mencionar el eslogan tantas veces oído antes de la recolección de ofrendas: Dios bendice al dador alegre (aunque en realidad la Biblia dice que Dios ama al dador alegre; 2 Corintios 9:7); estímulo usado desde tiempos inmemoriales para que los concurrentes a una reunión cristiana se metan la mano en el bolsillo y den de su dinero, y que a estas alturas y comparado con lo mencionado antes, parece un  procedimiento más bien inocente y menor.

Impresiona como recomendable, entonces, una revisión de nuestras estrategias de recolección de ofrendas, y pedido de colaboración monetaria en general, para los gastos que ocasiona tanto el mantenimiento de la obra espiritual, como los emprendimientos ocasionales o permanentes, trátese de campañas evangelísticas tradicionales o de proyectos más innovadores en la tarea de anunciar el evangelio a nuestra comunidad, y bendecir la misma con el trabajo de amor de los cristianos.  Porque justamente los programas de la Iglesia que tienen proyección social son siempre bien vistos por la sociedad; sean, por ejemplo, establecimientos de rehabilitación para adictos a drogas, centros de ayuda a la infancia desprotegida, servicios dir igidos a la madre soltera, asistencia médica y social en lugares carenciados, combate a la pobreza y marginalidad, etcétera, el pedido de dinero para tales emprendimientos en general tiene buena acogida.

Pero cuando se trata de la labor eminentemente espiritual, sea ésta evangelística, de enseñanza bíblica, u orientación y consejería pastoral, así sea abierta a la comunidad, es mal comprendida y por lo tanto no apreciada por aquellos que no comparten nuestra fe ni nuestros principios y valores sobre la vida; por lo tanto el pedido de dinero a los de afuera de la comunidad de creyentes para financiar tales actividades, puede ser visto como y comparado con los pedigüeños de siempre, por todos conocidos, y cuyo principal objetivo es desplumar a los crédulos. Sería muy deseable no incurrir en tales conductas, aún a pesar de tener que solventar los gastos de nuestras actividades eclesiásticas, para no ser colocados en una incómoda bolsa común que termine por entorpecer y arrojar descrédito sobre nuestra tarea y nuestro mensaje.

4) El evangelio que necesitamos oír.

Por todo lo expuesto, me siento gratamente sorprendido cuando los predicadores internacionales que, de tanto en tanto, llegan a nuestro país, anuncian con sencillez el evangelio. Es como debemos y necesitamos presentar el mensaje de Jesucristo: denunciar claramente el pecado; dejar asentado más allá de cualquier duda que todo ser humano está perdido ante Dios a causa de dicho pecado; proclamar el  amor y la gracia inmerecida (valga la redundancia) de Dios, manifestados en Jesucristo; remarcar el amor de Cristo, quién se entregó a morir en la cruz por cada humano viviente, e invitar a todos a entregar su corazón y su vida en arrepentimiento y fe, a Jesucristo.

Ese es el evangelio que necesitamos oír; ese es el evangelio que, hoy más que nunca, necesitamos predicar. Sin fantasías ni quimeras, sin sensacionalismos ni equívocos espectáculos. Como lo hicieron los apóstoles de la Iglesia Primitiva, en aquellos primeros y hoy idealizados tiempos: tan solo hablando de pecado, amor, perdón y redención, en Jesús.

Iglesia En Marcha.Net

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4 comentarios para “Estamos de campaña viendo la gloria de Dios – Parte 3.”

  1. Ester dice:

    Comparto lo expresado porque tb. lo viví en su momento. Personalmente prefiero predicadores nacionales. En cuanto a grandes campañas? bueno… , si es la voluntad de Dios así debe ser. Aunque preferiría descentralizar de Montevideo.
    No me gustan los espectáculos evangelísticos po las derivaciones que el hombre le da, Dios busca lo sencillo. Por distintos motivos entre otros todo el dinero que se gasta. Pienso que con mucho menos se puede llegar de la misma manera.Lo que importa es como nos preparamos para llevar la Palabra , la oración dejando que el Espíritu Santo haga la obra.Sigo pensando.

  2. Ester dice:

    Otos comentarios que puedo hacer: nunca estuve de acuerdo en pasar la ofrenda en esos eventos. Dada la cantidad de gente que no comparte nuestros principios, nunca lo aprobé. Considero esa práctica como fuera de lugar, la ofrenda debe quedar a la interna .Podemos pensar qué opinan las personas que concurren por primera vez y con todo lo que está ocurriendo.

    En otro orden de cosas los de afuera pueden vernos como “evento religioso” o “como evento cultural”.Ahora ¿Cuántos se acercaron al evento en cuestión y Dios en su infinita gracia transformó esas vidas?, ¿Cuántos se acercaron para burlarse y Dios los transformó?

    Prefiero las campañas a la uruguaya, como dice el columnista en forma sencilla y humilde.

  3. Ester dice:

    Si, particularmente no comparto esas grandes campañas. Si la voluntad de Dios es que se sigan haciendo, su voluntad es soberana.

    Eso si más rodilla arrodillada y buscar la guía del Señor. Pienso en campañas que no se transformen en espectáculos, campañas con predicadores nuestros y a la uruguaya. Campañas por el interior, descentralizadas de Montevideo. Comparto la predicación diaria, la que todos debemos hacer.
    Es importante el gasto que implican y me pregunto ¿cuántos hermanos humildes precisarían más de nuestro apoyo? Se pueden hacer evento pero gastando menos.

    En fin buscar la guía del Señor y evitar los protagonismos.
    Gracias por éste artículo.

  4. Lila dice:

    Una bendición leer sus artículos Pandiani. Nos enriquecen y aprendemos leyendo e investigando luego.
    Es de esperar que los líderes de la iglesia en general puedan recibir una copia de este artículo para que reflexiones y doblen sus rodillas ante el Soberano.
    Lo haré llegar a mi congregación.
    Saludos a todos y en especial a usted.

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