ESTAMOS DE CAMPAÑA VIENDO LA GLORIA DE DIOS – Parte 2.
El fantasma del Avivamiento.
Dr. Álvaro Pandiani.
1) Luces de campaña.
En la Parte 1 de este artículo se delinearon objetivos a alcanzar con la obra evangelizadora. El método más usado, el más preciado, podríamos decir, el más querido para realizar dicha obra sigue siendo la campaña evangelística. La campaña evangelística es una aventura, es marchar como Iglesia hacia un terreno que no es el que habitualmente pisamos; es también una fiesta, una ocasión para el encuentro de personas y grupos humanos que comparten principios y creencias. Realizada a veces por una congregación aislada, o por dos o tres iglesias reunidas, toma la forma de una reunión al aire libre que convoca a un número variable de personas, en la que hay canto religioso, con melodías dulces y ritmos pegadizos, arengas de contenido eminentemente cristocéntrico que apuntan a atraer a los vecinos y personas que circunstancialmente pasan, para que se detengan a escuchar “el mensaje”, la predicación del evangelio seguida de la invitación a aceptar, o recibir, a Jesucristo como Salvador y Señor. Otras veces, la campaña toma la forma de una gran cruzada (inoportuna reminiscencia militar medieval, dudosamente justificada dado que la actividad adquiere el sentido espiritual de una “invasión” al territorio del Infiel); cuando se unen muchas, a veces decenas de congregaciones evangélicas, la campaña se vuelve un evento multitudinario de grandes proporciones que convoca miles de personas, llenando estadios u otro tipo de lugares públicos. En Montevideo han dejado su huella grandes cruzadas evangelísticas realizadas en el Palacio Peñarol, Cilindro Municipal, Estadio Charrúa, Velódromo Municipal, y varios otros lugares.
La campaña es una aventura, pues los creyentes evangélicos salen de los recintos de los templos en que se reúnen, no como individuos que regresan a sus hogares luego del servicio del culto, sino como congregación, como iglesia, con el objetivo de predicar su fe en Jesús a los inconversos en el barrio, en las casas y en los espacios públicos. Esta salida de los templos tiene un significado espiritual más o menos profundo, pues en la retórica eclesiástica evangélica el mundo en general, bien que pertenece a Dios en cuanto Creador y Soberano universal, es territorio cedido a Satanás, de acuerdo a la afirmación del apóstol Juan: “el mundo entero está bajo el maligno” (1 Juan 5:19). Por eso para los evangélicos en general, y mucho más para aquellos impregnados de los conceptos de la “guerra espiritual”, salir a predicar el evangelio significa un avance hacia territorio enemigo, donde campan por sus respetos la maldad y el pecado, la incredulidad, la idolatría y el paganismo, el ocultismo y el satanismo; y donde están como rehenes de Satanás las almas de los seres humanos, esclavos de sus pecados y condenados a eterna perdición. A los tales se procura arrebatar de semejantes garras mediante la predicación de la Palabra de Dios que trae perdón, salvación y libertad por la fe en Jesús y en el poder de su sangre. Esta es una visión sumamente espiritualizada de la tarea evangelística, que no obstante está en consonancia con lo expresado en el Nuevo Testamento en cuanto a propósito, contenido y efectos de la predicación evangelística de los apóstoles, para ilustración de lo cual podemos tomar el siguiente pasaje bíblico: “…para esto he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto y de aquellas en que me apareceré a ti, librándote de tu pueblo y de los gentiles, a quienes ahora te envío para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados” (Hechos 26:16-18).
La campaña es también una fiesta, un encuentro social con valor de confraternización para personas de distinta extracción social, cultural, racial, e incluso económica; personas vinculadas por el hecho, ajeno a todos los aspectos mencionados, de compartir una misma fe que orienta sus vidas, conducta y experiencias cotidianas, y alienta sus esperanzas más profundas y queridas. En esas fiestas, sobre todo en las más multitudinarias, notoriamente cuando miles de personas concurren a un gran estadio, en general a escuchar a un predicador de renombre internacional, se crea una atmósfera especial y electrizante; la propia concentración de gente potencia ese ambiente, con su particular entorno emocional, azuzado por la música, canciones emotivas, relatos conmovedores de situaciones difíciles atravesadas por algunos individuos, en las que Dios “intervino directa y milagrosamente”, y finalmente la predicación del evangelio, más o menos enfervorizada. Una predicación que finaliza con el “llamado” a recibir a Jesús. No cabe duda que para quienes alentamos la fe cristiana evangélica en nuestros corazones, es emocionante ver a tantos y tantos pasar con su mano en alto, acercándose a la plataforma desde la cual llama el predicador, para recibir la oración que éste promete hacer por ellos. Es emocionante porque imaginamos que quienes se acercan a esa plataforma, muchos de ellos con lágrimas en los ojos, lo hacen con una comprensión cabal del evangelio que les fue predicado. Imaginamos que reconocen sus pecados, y que desde lo profundo de sus almas se arrepienten ante Dios, y suplican a Cristo por la salvación de sus almas; imaginamos que entienden que el evangelio cristiano es una invitación a un cambio tan radical y drástico que Jesús lo describió como un “nacer de nuevo” (Juan 3:7), y que están dispuestos a ese cambio; imaginamos que comprenden que el paso que están dando en ese mismo momento es de una importancia tal, que debería marcar un nuevo rumbo para el resto de sus vidas, de la misma manera que les sucedió a aquellos primeros discípulos que “dejándolo todo, lo siguieron” (Lucas 5:11). Imaginamos todo eso, y ver a esas personas con sus ojos cerrados mientras el evangelista hace oración, nos mueve a recordar cuando nosotros estuvimos en una situación similar. Luego que la multitud ha “aceptado” a Jesús como Señor y Salvador, los enfermos, los oprimidos, los atribulados y los angustiados reciben, de parte del predicador, una oración especial por salud, liberación y paz, tras la cual regresan a sus lugares con sonrisas de felicidad, o por lo menos de alivio. Y podemos llegar a pensar: “¡cómo se movió el Espíritu Santo! Hubo salvación, sanidad divina, liberación. ¡Una muchedumbre de personas se convirtió a Cristo!”
Y creemos estar presenciando un auténtico avivamiento.
2) Sombras de un movimiento ideal.
La perspectiva que da el tiempo nos permite evaluar en forma más desapasionada los auténticos resultados de las campañas; aquellos “resultados” que se pretenden “conservar”, aunque no siempre se puede. Hablamos de una evaluación objetiva surgida de la experiencia que da el trabajo en numerosas campañas evangelísticas; tanto en las grandes cruzadas de tipo multitudinario, desarrolladas en estadios y prácticamente siempre con un evangelista extranjero, como en las más modestas, las de entre casa, realizadas en la puerta del templo o en un espacio público, plaza o terreno baldío, y predicando desde arriba de una tarima de madera.
En tal evaluación, lo primero a destacar es la casi total ausencia de estudios estadísticos con seguimientos a mediano y largo plazo de los mencionados “resultados” de las campañas. En general, acerca de estos eventos se ofrece el informe del número de conversiones (algunos realmente abultados), pero no un rastreo que proporcione datos más fidedignos sobre lo genuino de esas “conversiones”, evidenciado por lo menos mediante la integración a la membresía de una iglesia local, la permanencia y la participación en la obra del Señor en su congregación. En el terreno de lo conceptual, en primer lugar lo que se pone en entredicho es si a tales campañas, sobre todos los grandes cruzadas masivas en los estadios, donde la concurrencia de miles de personas potencia el ambiente peculiar y electrizante del evento, podemos llamarles con propiedad avivamiento. Hace muchos años, estando en la ciudad de Córdoba, Argentina, para una actividad de charlas sobre temas de actualidad con enfoque bíblico, un grupo de jóvenes de la iglesia anfitriona se reunió conmigo para preguntarme con mucha seriedad: “¿Por qué no hay avivamiento en Uruguay?” No recuerdo literalmente el tenor de la conversación, pero sí que entre las primeras cosas que les solicité fue que definiéramos qué es un avivamiento. He leído excelentes y sesudos análisis y definiciones de lo que es un avivamiento, qué lo compone, qué actitud de la Iglesia es necesaria y/o suficiente para que haya un avivamiento, y que frutos produce; he leído también los pasajes de la Biblia a los que tales estudios refieren como antecedente bíblico del fenómeno del avivamiento, como las conversiones en masa del pueblo de Israel cuando un rey piadoso conducía la nación de vuelta a la adoración del único Dios (Ezequías, 2 Crónicas 29 al 31; Josías, 2 Crónicas 34 y 35; como ejemplo entre otros), o las conversiones en masa en respuesta a la predicación del evangelio por los apóstoles (Hechos, capítulos 2, 4, 5, 14, etc.). Pero donde mejor se lee acerca de avivamientos es en los libros de historia cristiana de origen protestante, en los que se nos refiere justamente a los grandes despertamientos de vida religiosa de los siglos 18, 19 y principios del 20, historia en la que resuenan nombres como los que mencionamos en la Introducción. Lo interesante es que los “resultados” de tales avivamientos eran cambios importantes en la geografía religiosa de la sociedad en la que se daban, y esos cambios tenían carácter permanente. Así, leemos en el artículo Avivamiento la siguiente definición: “Espontáneo despertamiento espiritual producido por el Espíritu Santo entre cristianos profesos en las iglesias, cuyo fruto es más profunda experiencia religiosa, vida santa, evangelismo y misiones, la fundación de instituciones educativas y filantrópicas, y reforma social” (Dayton, DW, Diccionario de Historia de la Iglesia; Editorial Caribe; 1989; Pág. 109). Desafortunadamente, si nos atenemos a tal definición de avivamiento, tan buena como cualquier otra, debemos reconocer que la gran mayoría de las campañas evangelísticas de las últimas décadas, por lo menos aquí en Uruguay (y acaso también en otros países latinoamericanos), no califican para ser denominadas como tales, como ya se dijo en la Introducción. Por supuesto que siempre que se predica el evangelio hay conversiones, hay miembros de iglesias evangélicas que se sienten llamados a una mayor consagración a Jesucristo, y esta mayor consagración puede incluir más trabajo de evangelismo y misiones. Pero a fuerza de ser sinceros, el profundo cambio de vida espiritual dentro de las iglesias, acompañado con el paso masivo de inconversos por la experiencia de fe transformadora en Jesucristo, y el consiguiente crecimiento de la membresía de la Iglesia, así como el impacto sobre la comunidad en su estilo de vida y costumbres, moralidad pública y privada, cultura, hábitos y recreación, leyes y normas de convivencia, todo lo que comúnmente se asocia con el avivamiento, pues así sucedió en los avivamientos históricos, no se ha dado en ninguno de los movimientos evangelísticos masivos de los últimos veinticinco años, ampulosamente llamados “avivamientos”. El historiador cubano Justo L. González, al bosquejar la historia religiosa de los Estados Unidos durante los siglos 18 y 19, dice que el avivamiento caracterizó el protestantismo de ese país; este autor, hablando de los grandes despertamientos del siglo 18, comenta: “A consecuencia de aquel Gran Avivamiento, buena parte del protestantismo norteamericano ha retenido el ideal del avivamiento”; y más adelante refiere que “El avivamiento se volvió uno de los fenómenos característicos de las ciudades norteamericanas” (Historia del Cristianismo, Tomo II; Editorial Unilit; 1994; Págs. 368 y 392); y al decir esto, parece sugerir que el avivamiento fue una expresión propia del cristianismo evangélico de los Estados Unidos en los siglos 18 y 19. Es decir, una expresión de la cultura religiosa de esa sociedad, que a lo largo del siglo 20 habría sido exportada por los misioneros norteamericanos a los territorios de misión en América Latina, persistiendo hasta hoy el recuerdo de los grandes despertamientos religiosos que el mundo anglosajón conoció en esas épocas, y el intento de reproducirlos en las ciudades latinoamericanas mediante las grandes cruzadas evangelísticas masivas; cruzadas masivas que se parecerían a aquellos maravillosos eventos en la forma, pero no tanto en los resultados. Si esta línea de pensamiento es válida, quizás sea hora que los evangélicos latinoamericanos discutamos seriamente sobre la posibilidad de implementar estrategias de evangelismo alternativas a la campaña, más adecuadas para impactar nuestras comunidades en este siglo 21.
Aunque por supuesto, en esto deberemos siempre estar, por encima de toda especulación, abiertos a la guía de Dios para nuestras vidas, trabajo y desarrollo de su obra.
(Continúa)
Etiquetas: avivamiento, avivamiento en Uruguay?, campaña, Dr. Alvaro Pandiani, Estamos de campaña viendo la gloria de Dios








2 de Noviembre de 2009 a las 7:18 pm
Magnífica definición de avivamiento. que éste avivamiento nazca en el corazón de cada hijo de Dios.
comparto debe haber algo alternativo a las campañas. Discusión y acuerdo por amor a las almas que es lo más importante. Actividades sean campañas o alternativas de acuerdo a nuestra realidad.
Oremos juntos por esto y dejemos que el Espíritu Santo haga su obra y que ya la está haciendo.
Tal vez es un momento de detenernos , recordemos aquel pasaje de la nube que se detenía en el A. T. Momento de espera y oración y reflexión.
3 de Noviembre de 2009 a las 1:40 pm
Interesante pregunta la de los jóvenes. Los avivamientos no son matemáticos , no son 1 mas 1 igual 2. Como dije el primer avivamiento es el que se debe dar en cada corazón.
Creo que falta , me falta y nos falta a toda laCCE mucha rodilla arrodillada, mucho quebrantamiento, mucho control de la lengua, mucho mirarse hacia adentro, mucho desterrar la soberbia, mucho pedir perdón y solucionar lo que haya que solucionar entre personas, entre grupos.
Mucha oración unida para ser un verdadero cuerpo.
Y si no se da un avivamiento como los descriptos por el columnista en otros tiempos y espacios Dios sabe porqué , el es soberano.
Mgracias por éste material.
4 de Noviembre de 2009 a las 10:03 pm
Las campañas son bastante diferentes a la realidad de la iglesia en Uruguay, pero los pastores siguen uniéndose para traer a tal o cual evangelista para que “avive” a nuestro perdido país.
Son tantos los intereses que existen que dudo que Dios pueda traspasar el orgullo de más de uno que está en esos estrados tan bien construídos.
Desde que me convertí al cristianismo he escuchado de avivamientos, pero no he vivido uno.
Alguno lo ha vivido? Me gustaría saber si es que realmente existen en elmundo de hoy.
No creo en los macro movimientos evangelisticos. Son artistas sobre un escenario. Esa es mi opinión.
18 de Noviembre de 2009 a las 9:32 pm
Que súper está este artículo. Me gustaría saber que piensa directamente de evangelistas como Billy Graham, su hijo y Luis Palau.