HOMENAJE A UN GRAN PASTOR
Samuel Libert, Miembro Honorario de la Asociación Bautista Argentina, fue un reconocido evangelista internacional, maestro de Biblia, escritor, pastor por más de cincuenta años. Rescatamos de su blog personal estas lecciones de liderazgo que compartimos en esta primer entrega.
10 Lecciones sobre liderazgo que aprendí a fuerza de golpes
Primera lección: «Por la gracia de Dios soy lo que soy»
No sé si todos los líderes sienten lo mismo, pero a mí me agrada ser líder. Cuando era adolescente me preguntaba interiormente si eso no sería un pecado. ¿Es pecado sentirse a gusto como líder?… Sí, cuando te mueve el orgullo. No, cuando sientes que Dios te llama a servir. Pero ¿qué pasa cuando ocurren ambas cosas al mismo tiempo?…
Me sentía llamado a servir, pero el problema era mi orgullo. Tenía quince años y era presidente de la unión de jóvenes de mi iglesia. Deseaba ser admirado, elogiado, respetado. Soñaba con caminar en medio de la multitud y que la gente dijera al verme pasar: «Allí va Samuel, el líder».
Soñaba con recibir aplausos y halagos. No era consciente de mis faltas. Días atrás un periodista le preguntó a una mujer que tiene liderazgo político en la Argentina: «Señora, ¿cuáles son sus defectos?» Ella contestó: «Mi defecto es no saber cuáles son mis defectos». Así era yo. En mi adolescencia imaginé que el diablo me llevaba a un monte para ofrecerme la fama y la gloria de este mundo. Una vez pensé en eso y tuve miedo. Lo recordé años después en Barcelona, cuando el pastor Bonet me condujo hasta la cumbre del monte Tibidabo para mostrarme una espléndida visión panorámica de aquella ciudad, y me preguntó: «¿Sabes por qué este monte se llama Tibidabo?». «No», —le contesté. «Hay una vieja leyenda», —me dijo, «que supone que aquí Satanás le mostró a Jesús el mundo y su gloria diciéndole: «Tibidabo, te lo daré».
No lo he olvidado. He aprendido que en el liderazgo hay muchas tentaciones de gloria. Todo líder puede encontrarse con un Tibidabo. El Señor tuvo que quebrantarme un día, tiempo después, hasta llevarme a reconocer, como el apóstol Pablo, que tan sólo «por la gracia de Dios soy lo que soy» (1 Co. 15:10).
Segunda lección: Ser líder no significa ser juez
Tenía dieciocho años y había ido a predicar ante una pequeña congregación en uno de los suburbios más pobres de la ciudad. Con el impulso propio de la edad dije algunas palabras muy fuertes, amonestando a los hermanos.
Uno de ellos, anciano, interrumpió mi sermón y, puesto en pie, me dijo: «Usted es un mentiroso y un hipócrita». No supe qué hacer ni qué decir. En ese momento todos guardaron silencio y yo me sentí impulsado a abandonar el púlpito. Pero no lo hice.
Con los ojos nublados por las lágrimas traté de terminar mi mensaje sin referirme al incidente, agregué algunas frases más o menos incoherentes, e inmediatamente regresé a mi casa. Me sentía profundamente herido, humillado, agraviado, y lloré largamente. No quise reconocer que en mi mensaje yo había sido injusto con la congregación. Tampoco pensé que la reacción del anciano que me había reprendido era comprensible, pues había sido provocada por mi propia altivez.
Además, considerándome lastimado por una grave ofensa, no tenía la menor intención de perdonar al culpable de esa agresión verbal. Comencé a cultivar pensamientos tan extravagantes como: «Esto me pasa por ser líder. Es el precio que tengo que pagar por el liderazgo. Soy una víctima de la agresión del pueblo, como Moisés en el desierto», etcétera. Hay muchos líderes que se sienten víctimas. En esos días me sentí un líder víctima.
Es más cómodo sentirse víctima de una injusticia ajena que reconocer la injusticia propia. Abusando de mi condición de «líder incipiente» yo había prejuzgado a un grupo de fieles cristianos. Ser líder no significa ser juez. Gracias a Dios, muy poco tiempo después el anciano y yo pudimos llegar a una genuina reconciliación y a comprender mejor los valores del pasaje de Mateo 7:1-5.
Tercera lección: Además de ser fuerte, el líder debe saber perdonar
Esta lección se parece a la anterior, pero no es igual. En mis años de estudiante me tocó leer la novela gauchesca
Don Segundo Sombra, del autor argentino Ricardo Güiraldes. Me sentí impactado por un pasaje en el que un hombre le daba algunos latigazos a un joven y le decía: «¡Hacete duro muchacho!» (hazte duro, muchacho).
El doctor Stanley Jones, médico misionero en la India, afirmaba que sería ideal que el buen líder tuviera piel de rinoceronte (¿o de hipopótamo?) para no sentirse herido por las flechas de sus adversarios. Desde distintos ángulos ambos escritores enfatizaban la importancia de la fortaleza del líder o del futuro líder.
A veces un líder es objeto de ataques injustos, de acusaciones falsas, de intrigas palaciegas carnales. ¿Qué debe hacer? ¿lamentarse? ¿abandonar la carrera? ¿darse por vencido? Los grandes hombres de la Biblia pasaban a través de tales crisis tomados de la mano de Dios.
El apóstol dijo a los cristianos de Corinto: «Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano; y ni aun yo me juzgo a mí mismo. Porque aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado, pero el que me juzga es el Señor» (2 Co. 4:3,4).
El verdadero líder es fuerte. El verdadero líder sigue adelante. El verdadero líder ama a toda la gente. El verdadero líder perdona, como el gran líder Esteban perdonó a sus victimarios.
Samuel Libert / Enviado por ABA
Iglesia En Marcha. Net
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28 de Noviembre de 2009 a las 1:30 pm
Antes de emigrar en 1970, fui miembro y diácono de la Iglesia Bautista del barrio Arroyito, en Rosario. Cuando el pastor Rodolfo Zambrano fue a Caucete, en la provincia de San Juan, Samuel vino como pastor. Recuerdo su manera de conducir los estudios bíblicos del domingo por la mañana, con las hojitas que él mismo escribía e imprimía. Además, Samuel fue siempre uno de los maestros invitados por los estudiantes universitarios de la ABUA. Seminarios y campamentos contaban con su aporte motivador. Ojalá muchos de nosotros imitemos su celo por el Evangelio de Jesucristo, el amor por la Palabra estudiada y predicada; su entrega permanente. Mi afecto por Rosita y Samuel lo comparto con su amada familia.
28 de Noviembre de 2009 a las 4:44 pm
¡QUE MARAVILLOSAS MEDITACIONES!
Mientras estudiaba hice un alto para leer esto y que buen descanso!!!
En especial la segunda cuantas veces nos cruzamos con competidores de Dios. Dios no precisa competidores . Dios siempre es justo pero muchas veces los hermanos en la fe somos injustos.
Muy bueno éste artículo, ya no está entre nosotros pero su obra continúa, así es, así.Gracias