LOS DESAFIOS DE LA LIBERTAD RELIGIOSA : EL CUIDADO DE LA LETRA CHICA Y LA FIDELIDAD A LOS GRANDES PRINCIPIOS

Varios países de Europa y Latinoamérica están revisando sus leyes sobre religión. El creciente fenómeno de las comunicaciones y la inmigración ha cambiado radicalmente la composición religiosa de nuestras sociedades; en Europa, crece la población musulmana y en Latinoamérica, la evangélica.

Este nuevo contenido de la realidad espiritual latinoamericana todavía no se ha trasladado a nuestras legislaciones nacionales. Éstas, salvo excepciones,  aún conservan vestigios del patronato: el acuerdo entre los reyes de España y la Iglesia Católica Romana para la conquista y catolización de América. El Patronato garantizaba a la Iglesia Católica, su reconocimiento como religión del estado y su financiamiento, y a los reyes de España, el reconocimiento de su soberanía.

Esta relación político – religiosa dejó en la historia de nuestros países una marca que no es posible ignorar; no sólo el culto católico, sino también otros aspectos fundantes de nuestra civilización como la educación, el matrimonio y las demás relaciones de familia, estuvieron durante siglos bajo el  control de la Iglesia Católica.

Las últimas décadas del siglo 19 fueron la primera bisagra en esta historia. Las puertas de América se abrieron a la inmigración y a la diversidad religiosa. La libertad de culto –que hoy, con mayor amplitud, llamamos libertad religiosa – fue el concepto central de la actividad legislativa  que dio respuesta al reclamo de una mayor laicidad de la vida civil.

En nuestro país el concepto jurídico de libertad religiosa  se concretó en el nivel individual, en una amplia libertad para profesar cualquier culto -o ninguno-,  y en el nivel político-social, en diversas leyes laicas, entre ellas, las de matrimonio civil (1888) y de educación común (1884) que pusieron las relaciones de familia y la educación bajo el control de las autoridades civiles.

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Hoy, los latinoamericanos somos actores y testigos de un nuevo cambio de las relaciones entre las religiones y el estado. Esta vez, a diferencia de la anterior, los evangélicos participamos en el debate en el que presentamos un nuevo paradigma que contiene y supera al de la libertad religiosa: la igualdad religiosa; un punto alrededor del cual, seguramente, se plantearán controversias y se ofrecerán acuerdos.

Como el proceso recién empieza no conocemos cómo terminará, ni cómo influirá en las futuras generaciones de evangélicos. Justamente en esta incógnita radican los desafíos a los que alude el título de nuestro editorial: están a prueba la firmeza de las convicciones evangélicas y nuestra capacidad de discernir con sabiduría todas las alternativas que se presentarán, para escoger entre todas la mejor, no sólo para nuestra generación sino, más bien, para las que vendrán.

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Encontramos en los proyectos de ley sobre igualdad religiosa que circulan en nuestro país y en otros países latinoamericanos algunas cláusulas que se parecen a la letra chica de algunos contratos: aquélla que el consumidor apurado no lee con la atención necesaria y que, luego, abren la puerta a graves malentendidos. Nos detenemos solamente en dos:

1. Los padres tienen el derecho de escoger una educación religiosa para sus hijos.  Parece obvio, pero debemos preguntarnos: ¿Quién debe satisfacer ese derecho? Seguramente alguien responderá: El estado, marcando así el fin de la educación laica.

2. La libertad religiosa comprende el derecho de casarse según las propias creencias religiosas.  También parece, a primera vista, inobjetable. Sin embargo, la cláusula abre la puerta a los Estatutos Matrimoniales: un golpe mortal al matrimonio civil.

De prosperar esa redacción, en nuestros países podría desaparecer el matrimonio civil como régimen único para todos los ciudadanos, para dar lugar a tantos regímenes matrimoniales como creencias religiosas sean autorizadas. Por ejemplo, los católicos podrán reclamar un matrimonio indisoluble y los musulmanes, uno poligámico, por mencionar solamente algunos ejemplos.

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El principio cardinal que históricamente  ha guiado el pensamiento bautista sobre nuestro tema de hoy es el de separación de iglesia y estado.

Directamente relacionada con este principio ha estado nuestra crítica a que el dinero de los contribuyentes sea destinado por el estado al sostenimiento económico del culto católico. Hasta aquí, para los bautistas, el principio abstracto de la igualdad religiosa trasladado al asunto concreto del financiamiento público de las religiones puede sintetizarse en la fórmula: nada para nadie.

Ahora a los bautistas se nos presenta un desafío, se nos propone sustituir la antigua fórmula nada para nadie, por una nueva que podemos resumir así: lo mismo para todos.  Una gran tentación, sin duda. Sin embargo, creemos que debe ser resistida por varias razones.

La primera es carácter ético: No es lo mismo combatir los privilegios que compartirlos.

El dinero de los contribuyentes debe ser utilizado, exclusivamente, para el financiamiento de las necesidades públicas; son los creyentes quienes deben financiar su propio culto evitándoles esa carga a sus conciudadanos.

La segunda razón: no es sabio. La libertad y autonomía de nuestras iglesias y ministerios depende de que seamos capaces de autofinanciarnos. De lo contrario, en poco tiempo, las cuotas y subsidios estatales dejarán de ser un recurso para convertirse en el límite de lo que podemos hacer.

La tercera: No nos hace falta el financiamiento público. Lo demuestra nuestra historia. Hasta aquí el culto evangélico en Latinoamérica ha sido financiado con tiempo, trabajo personal, diezmos y ofrendas evangélicos.

La última: el autofinanciamiento de nuestros cultos es un desafío a nuestra fe. Hasta aquí nos ayudó el Señor; Jesús nos ha enseñado a multiplicar nuestros recursos. Lo que hemos hecho hasta aquí es apenas un signo de lo que el Señor hará en el futuro. Si nos atrevemos, lo hará con lo nuestro, porque lo nuestro es Suyo.

Gustavo Grancharoff – Editorial del número de agosto de Reflexión Bautista
Iglesia En Marcha.Net
22 Sep '09

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