UN MUNDO DE LETRAS, PAPEL Y LÁPIZ

Mercado laboral para los analfabetos.

Trabajaba de burro, ¿no? De doméstica, lavapiso, cocinera, ayudando a lavar los platos… en el pescado, en frigoríficos, como etiquetadora. Todos trabajos para personas que no tienen… ¿cómo te voy a decir? Bueno, que no saben leer. Que saben hacer fuerza, pero no un trabajo de lápiz y papel”.

Hasta hace dos años Leticia era analfabeta, pero eso nunca fue un impedimento para ganarse unos pesos. Empezó a los ocho haciendo “trabajo de estancia” y hoy, a los 66, se desempeña como clasificadora. Aprendió a leer con el programa “En el país de Varela, yo sí puedo”, implementado desde 2007 por el Ministerio de Desarrollo Social (Mides).
Leticia recuerda que sus compañeros del Yo sí puedo también trabajaban aun siendo analfabetos. Los hombres como peones de obra o serenos; las mujeres como domésticas, en empresas de limpieza o de costura. Los desempleados eran los menos, explica, porque cuando no se consigue un trabajo, siempre está la posibilidad de comprar un carro y ponerse a clasificar.
Yamandú Ferraz, director de la división Atención a Colectivos y Población Vulnerable del Mides, y encargado del Yo sí puedo, aseguró que la gran mayoría de los inscriptos trabajaba previamente. Tiene en mente casos concretos de camioneros, vendedores ambulantes, empleados en el rubro servicios, amas de casa. “Son trabajos con una estrategia de vida de modo que no se note que no saben leer y escribir”, apuntó.
Desde el Departamento de Evaluación de Mides se excusaron de no tener datos exactos acerca de cuántos participantes del programa educativo son laboralmente activos o lo eran antes de alfabetizarse. De todas formas, un documento que analiza los resultados obtenidos por Yo sí puedo muestra que lo más común para quienes no saben leer y escribir es trabajar haciendo “changas”, que a menudo dificultan la concurrencia a clases.
También suelen conseguir trabajos zafrales o temporales, como puede ser el de cañero en Bella Unión -el programa del Mides tuvo que acelerar el dictado de clases justamente por el comienzo de la zafra azucarera-, o limpiar en un edificio en Punta del Este durante el verano.
Esta última tarea fue la que realizó Fabiana, de 28 años, hasta que aprendió a leer también a través del Yo sí puedo. Ahora una conocida le dio trabajo como doméstica en casa de familia porque es capaz de leer el listado del supermercado. Va tres horas por día y cobra 4.000 pesos por mes. Y aunque es más de la mitad de lo que ganaba en el edificio, aquel empleo duraba sólo tres meses y después se quedaba sin nada.
Siendo analfabetas, coinciden Leticia y Fabiana, las posibilidades laborales eran muy reducidas. Apenas podían aspirar a los rubros ya mencionados.
Para trabajar en un local comercial cualquiera, exigen la capacidad de la lecto-escritura. La mayoría de las empresas de limpieza asentadas en nuestro país comparten ese requisito mínimo. Además, los contratos se firman sin conocimiento de lo que está escrito.
Leticia se quedó sin empleo en 1997. El frigorífico en el que trabajaba como etiquetadora de corned beaf y paté, cerró. Había aprendido a guiarse por los colores del logo: “la parte roja y amarilla tenía que ir para arriba. Ya sabía.
No tenía cómo equivocarme”, recuerda.

Cuando la despidieron sintió que no había nada que pudiera hacer. Un día vio una mujer con un niño, arrastrando un carrito. Gritaba “¡botellera!” y la gente salía de sus casas para entregarle material reciclable. Desde ese día Leticia empezó a clasificar, al principio sin mucha idea y luego capacitándose en el oficio con talleres.
Actualmente forma parte de la Cooperativa 6 de diciembre del Cerro, el barrio en que vive. Cuando atiende el teléfono automáticamente pregunta “¿Un levante? ¿A dónde voy?”, y toma el pedido con lápiz y papel en mano.
A pesar de que alfabetizarse le cambió la vida en muchísimos aspectos,
Leticia asegura que no dejaría su empleo por ningún otro. “Ni pensar en cambiar de trabajo, todo lo contrario”, expresa sin dudar. “A mi edad no me va a tomar nadie para trabajar en ningún lado. Pero además, acá no tengo patrones, sé cuál es mi trabajo, la fábrica siempre está abierta (no hay paros), comés todos los días, y el dinero lo tenés. No hay quien te diga que no vas a llevar el dinero un día. Hay que portarse bien en la calle, nada más”, explica.
VACÍO ESTADÍSTICO
No existen en Uruguay cifras que crucen estas dos variables: analfabetismo con mercado laboral. En otras palabras, no se sabe cuántos analfabetos están empleados. Por ese motivo tampoco se conoce su nivel promedial de ingresos o los rubros en los que suelen desempeñarse.
Desde el Observatorio del Mercado Laboral del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social lo explican de la siguiente forma: “No es algo que se releve porque al ser muy pocos los analfabetos, la muestra se reduce considerablemente y no es fidedigna”.
Fuentes del Instituto Nacional de Estadística (INE) confirmaron que no se han elaborado estadísticas de analfabetismo más allá de lo recabado en términos educativos y demográficos, como por ejemplo si los analfabetos son más propensos a sufrir discapacidades motrices o intelectuales.
En el ámbito empresarial también se reveló un desconocimiento acerca de cuántos analfabetos son empleados de firmas locales o extranjeras. Eduardo Shaw, director de Deres -organización de empresas socialmente responsables- reconoció que no existe un “mapeo” que muestre en qué área trabaja cada firma en concreto.
Oscar Licandro, consultor en marketing y docente en la Universidad Católica, está en contacto con empresas que quieren colaborar con el trabajo de ciertas organizaciones sociales. Licandro explicó que “la variable analfabetismo no es considerada en concreto, ya que casi la totalidad de la población uruguaya es alfabeta”. En general, la responsabilidad social empresarial apunta a población en condiciones de pobreza y exclusión, dentro de la cual quizá se encuentre gran parte de los analfabetos.
2,2 es el porcentaje de analfabetismo en la sociedad uruguaya según la última encuesta del INE, realizada en 2006.
4.000 personas fueron alfabetizadas tras la implementación del programa “Yo sí puedo” en 2007 y 2008.
Paula Barquet – Fuente: El País Digital / Iglesia En Marcha.Net

9 Ago '09

Hay 1 Comentario.

  1. Ester
    8:27 pm agosto 16, 2009

    Realmente interesante. Tiene varias lecturas ésta nota. Por un lado la importancia e aprender a leer y escribir. Por otro lado como el ser humano puede crear estrategias para leer sin leer o bien leyendo colores y hacermuy bien su trabajo. como el leer y escribir mejora la calidad de su trabajo.
    Pero tb. vemos como “a pesar de” siguen viviendo de la misma manera. La fuerza de la reproducción determina, una reproducción que se viene dando por generaciones. Y esto de las changas tb. lo harán con sus hijos y nietos. No alcanza sólo con aprender a leer y a escribir, hay que cambiar la mente y el corazón a fin de revertir su situación individual y colectiva. Los instrumentos sirven pero se necesita algo más entre otras cosas desarrollar la reflexión el análisis.
    Por supuesto que esto vendá por la lectura; una lectura sistemática y comprensiva.

Deja un comentario

*