LAS RAZONES FUNDADORAS DE LA DOCTRINA DE CALVINO

A partir de 1536, Calvino hizo de Ginebra el centro principal de irradiación del Protestantismo reformado, a partir de dos fuentes fundadoras: la Biblia -Sagrada Escritura inspiradora de la fe judeo-cristiana- y la obra pedagógica cumbre en tres tomos, escrita por el gran Reformador, orientadora de la teología calvinista y de la espiritualidad reformada, titulada “La Institución Cristiana” (1536). Juan Calvino inscribió su movimiento en la línea de los conceptos del Reformador Martín Lutero, orientados en el libre examen de las Escrituras, al que el Reformador francés proveyó la sólida estructura de su doctrina del testimonio interior del Espíritu Santo.

(…) De Lutero, él aceptó también los conceptos de pecado original y de la justificación por la mediación de Cristo, validados por la suficiente eficacia de la fe.

Al igual que Lutero, Calvino reconoció dos Sacramentos comunicadores de la gracia salvadora de Dios: el Bautismo y la Santa Cena.

La influencia mundial del calvinismo fue sorprendente, particularmente si uno tiene en cuenta que éste se difundió sobre todo durante su propia generación, y que la vida del Reformador alcanzó sólo 55 años de edad. De Suiza y Francia (con los Hugonotes) el calvinismo pasó a Inglaterra (Puritanos) y a Escocia (Presbiterianos), y enseguida a Holanda y Hungría (Reformados). Los colonos fundadores de la Nueva Inglaterra, región del Nordeste de los Estados Unidos, fueron calvinistas, dando allí origen a seis Estados norteamericanos.

La característica principal de la teología calvinista es la de privilegiar de manera neta y radical la noción de la soberanía total de Dios en cuanto a la liberación y a la salvación de la criatura humana. Calvino subrayó esta noción como la principal fuente de paz, de reposo y de salud del alma humana. “Dios es amor”, según la clara y reveladora afirmación bíblica, resumida en esas tres palabras en I Juan 4:16. Nada más reconfortante y tranquilizador para la espiritualidad humana que saber que ese Dios que es amor, es quien tiene en sus manos y se ocupa de nuestro futuro y de nuestro destino, nuestra liberación total.. (…)

Al igual que Lutero, Calvino sostiene como lema de la Reforma las afirmaciones sola Scriptura, sola Fide, sola Gratia [salvación solamente por la Biblia, la Fe y la Gracia]. Es de allí que surge la estabilidad inigualable del espíritu del creyente, sin tener necesidad, para lograr tal paz, de ninguna mediación humana sino solamente de la de Jesucristo, que dio su vida para que tal paz humana fuera eficaz y posible.

(…) En tiempos de Calvino, la Iglesia estaba penetrada y sacudida por doctrinas extrañas a la Biblia que pretendían poner en manos humanas el futuro de la salvación eterna. La existencia futura del alma no estaba en las manos de Dios, sino en las manos tremendamente inestables y falibles de las autoridades humanas de la Iglesia. Nada menos que las manos de la Inquisición, de los decididores que enviaban a la hoguera mujeres y hombres de bien por sólo atreverse a afirmar que la tierra gira alrededor del sol y no al revés. (…) La doctrina de tales decididores anulaba la eficacia redentora de Cristo, al afirmar que para que alguien accediera a la vida eterna era necesario que comprara una indulgencia a un representante del Papa, o que- a defecto- efectuara  obras suficientes para producir su salvación.

¿Quién podría lograrlo? Es en tales circunstancias que Juan Calvino, para rescatar la sana teología de manos de las oscurecidas autoridades de la Iglesia de Roma en la época, enunció, extrayéndola de la Biblia, la doctrina de la Predestinación. (…) De  acuerdo, afirmó Calvino. El Papa quiere que haya gente que se salva y gente que se pierde. Así sea, pero a una condición: tan seria decisión no puede ser tomada por un hombre -el Papa- sino que debe ser una decisión soberana de Dios, el Creador.

Él es el único capaz de decidir en justicia sobre la salvación o la perdición de sus criaturas. Él es amor, y por lo tanto su veredicto será justo e indefectible, legítimo y exento de todo error. La doctrina de la doble Predestinación -para salvación o para perdición- no podía ser injusta ni equívoca, pues ella era confiada al Espíritu de Dios.

(…) Los criterios humanos son precarios e inseguros para permitir pronunciar sobre las vidas juicios tan delicados como los que condenan o salvan para la eternidad. Es una gracia invalorable la que Dios nos ofrece, de saber que no somos nosotros quienes podemos aportar la solución a nuestra condición humana, sino que es el mismo Dios que nos dio el ser como Padre o Madre, quien decidirá sobre nuestro destino eterno.

Miguel Angel Brun – Pastor metodista uruguayo, radicado en Francia al servicio de la Iglesia Reformada.

Fragmentos del artículo aparecido en la revista “LA VOZ” (AIPRAL, Año XVIII, Nº 49, Abril 2009). Los énfasis de negrita no son del autor.

28 May '09

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