PONCIO PILATO EN JERUSALÉN

Era el primer plenilunio del mes de Nisán. Desde lo alto de la fortaleza Antonia, frente a la parte noroeste del Templo de Jerusalén, Poncio Pilato vigilaba los preparativos para la fiesta de Pésaj, la primera y más importante del calendario judío. La ciudad, de 50.000 habitantes, recibía por esos días unos 120.000 peregrinos llegados de todos los lugares de la emigración judía; 4.500 soldados estaban dispuestos para actuar ante cualquier incidente.
Poncio Pilato, un individuo sin relieve y sin historia, cumplía siete años como prefecto de Judea, Samaria e Idumea. Otras regiones judías, como Galilea y Perea estaban bajo la jurisdicción de Herodes Antipas.
Como la mayoría de los romanos de su tiempo, consideraba a los judíos como un pueblo despreciable y revoltoso, que practicaba una religión bárbara e intransigente. El prefecto no perdía ocasión de humillarlos, aunque también era astuto: sabía cuando ceder y cuando reprimir rápido y sin piedad.
Al inicio de su mandato entró a Jerusalén con las insignias de su tropa y las águilas imperiales. La presencia de imágenes humanas era una violación a las leyes judías y éstos reaccionaron indignados; se presentaron ante su residencia y protestaron durante cinco días. Pilato amenazó con degollarlos a todos y los judíos respondieron desnudando sus cuellos. Esa vez cedió.
En otra ocasión usó el dinero del Templo para construir un acueducto. El hecho suscitó protestas y Pilato las reprimió mezclando entre la muchedumbre a un grupo de soldados, sin uniforme, con un garrote disimulado en la ropa para usarlo contra todo el que gritara. Hubo muchas víctimas, unas por los garrotazos, otras pisoteadas por la multitud que huía.
De todos modos, Poncio Pilato y el Sumo Sacerdote Caifás mantenían buenas relaciones; tenían intereses comunes. El Templo de Jerusalén era la institución más importante del Judaísmo. La gestión de sus actividades religiosas representaba la mayor fuente de ingresos de la ciudad y de él vivían los saduceos -la aristocracia sacerdotal-, sus asistentes -los levitas- y una multitud de funcionarios, obreros y comerciantes.
Junto a su pariente Anás, Caifás controlaba la venta de animales para el sacrificio y las casas de cambio.
El negocio era fabuloso. Cada año se sacrificaban decenas de miles de animales; durante el Pésaj la cifra podía llegar a unos 200.000. El negocio financiero no era menor. Los judíos emigrados llegaban a Jerusalén con monedas romanas que debían cambiar para pagar el tributo al Templo, puesto que al tener la efigie del Emperador no podían ser depositadas en lugar sagrado. Tampoco podían usarlas para el llamado “segundo diezmo” que incluía los gastos de estadía y todas las compras vinculadas.
Quizás para mejorar la atención al público, Caifás y sus socios habían permitido que sus cambistas se instalaran en el patio del Templo, lo que constituía a todas luces una blasfemia.
Las críticas a la opulencia del ritual y la ausencia de una auténtica espiritualidad, tenían antigua data. En el libro del profeta Amós (784-744 a.C.) se lee: “Yo detesto, desprecio vuestras fiestas, no me gusta el olor de vuestras reuniones solemnes. Si me ofrecéis holocaustos, no me complazco en vuestras oblaciones, ni miro a vuestros sacrificios de comunión de novillos cebados. ¡Aparta de mi lado la multitud de tus canciones, no quiero oír la salmodia de tus arpas! ¡Que fluya, sí, el juicio como agua y la justicia como arroyo perenne!” (Amós 5, 21-24).
En tiempos de Pilato, los nuevos movimientos religiosos proponían sustituir los fastuosos rituales del templo por actos comunitarios y espirituales.
Entre quienes así pensaban estaban, entre otros, el grupo sacerdotal renovador de los Fariseos y sectas como la de los Esenios. Los manuscritos del Mar Muerto nos permiten conocer la regla de la “Adat Ha-Yahad“ (La Comunidad) que dice: “Comerán juntos, juntos bendecirán y juntos tomarán consejo. […] Y cuando preparen la mesa para comer, o el vino para beber, el sacerdote extenderá su mano […] para bendecir las primicias del pan y del vino”.
Sin embargo, el Templo mantenía aún su esplendor. Desde su lugar en la Torre Antonia, Poncio Pilato observó algunos incidentes, ninguno particularmente grave; vio como un hombre, fuera de sí, blandiendo un látigo con cuerdas, dispersaba a los vendedores, desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas.
Curiosamente nadie le detuvo, quizás por la sorpresa y rapidez de su acción, quizás porque muchos apoyaban su protesta.
Poncio Pilato ignoraba que ese hombre era Jesús de Nazaret, un predicador itinerante que había llegado por primera vez a Jerusalén y a quien sus seguidores habían recibido como a un profeta.
Venía de Galilea, un territorio de 70 kilómetros de largo por 40 de ancho, región de grandes contrastes, rodeada de una decena de ciudades helenísticas donde los judíos eran una minoría.
El proceso de urbanización había llegado hasta el corazón mismo de la Galilea judía: Tiberíades y Séforis. Nazaret está a sólo 5 km de Séforis.
Pese al floreciente comercio de sus ciudades y la fertilidad de su territorio, la situación del campesinado galileo era difícil y veían con hostilidad a las ciudades, que rompían sus formas tradicionales de vida y les perjudicaban económicamente.
Jesús vivía habitualmente en Cafarnaún, ciudad pesquera sobre el lago de Genesaret, llamado también Tiberíades o mar de Galilea. Su ámbito de vida y predicación era el mundo rural; recorría incansablemente los pueblitos de Galilea seguido por un grupo de discípulos, que regresaban a sus trabajos, generalmente en la pesca, luego de cada gira.
No hay noticias de que hubiese predicado en ninguna de las ciudades de la región, menos aún en los territorios helenizados como Cesaréa. “Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”, dice el evangelio de Mateo (15,24).
El incidente de los mercaderes del Templo no inquietó a Poncio Pilato, pero molestó a Caifás, que decidió castigar ejemplarmente al revoltoso.
Jesús, advertido, tomó precauciones y se escondió en Efraim, una pequeña localidad en el límite del desierto, entre Judea y Samaria.
Fue allí, probablemente donde pasó el Séder, la cena festiva de la primera noche de Pésaj.
Algún confidente hizo saber a Caifás que entre los amigos del galileo había un tal Judas, apodado “el sicario”, un nacionalista radical. Se decía que estaba decepcionado, puesto que hubiese esperado que Jesús liderara una insurrección contra los romanos.
Le ofrecieron la tentadora suma de treinta denarios de plata por delatarlo; era lo que valía un esclavo.
Jesús y los suyos estaban ahora refugiados en el monte de los Olivos, hasta donde llegó un grupo de matones al servicio de Caifás. Alguno de los discípulos intentó resistir, pero Jesús optó por entregarse.
La suerte estaba echada y al día siguiente el prefecto Poncio Pilato habría de conocer al protagonista del incidente del Templo.

Luciano Álvarez/El País Digital / Iglesia En Marcha.Net
12 Abr '09

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