NOTA Y RESPUESTA – Un aporte al debate sobre el aborto


El debate sobre el aborto en Alemania y la Argentina (Intercambio en el diario Los Andes, de Mendoza, Argentina)
Desde Alemania, el estudioso argentino allí radicado nos ofrece su opinión sobre el tema del aborto, comparando culturas y sus prácticas consecuentes.Para el debate.

Walter Burriguini -Universidad Humboldt de Berlin (Alemania)

“Dios no condena a quien no puede hacer lo que quiere, sino a quien no quiere hacer lo que puede.
“Haz lo que puedas, Dios no te pide más”

San Agustín de Hipona, uno de los ocho Padres de la Iglesia (Sermones 54 y 128 respectivamente).

Abortar no representa un desafío insalvable en Alemania. Después de someter a la candidata a un par de entrevistas, donde se escucha de su propia boca los fundamentos, y salvo excepciones, el Estado por lo general termina autorizando la interrupción del embarazo.

Más de un lector seguramente acaba de pensar (yo mismo lo hice alguna vez) que esa ausencia de trabas mayores es, por fuerza, la antesala de una desmedida orgía de sangre inocente. Pues bien, lamento contradecir sus expectativas. A pesar de los malos augurios, la orgía nunca se produjo.

Alemania tiene una población de 82 millones de habitantes. Y según la Statistisches Bundesamt (Oficina Federal de Estadísticas) durante el año 2007 se notificaron sólo 117 mil abortos, entre terapéuticos y no terapéuticos.

Conviene aclararlo: si me tomo la libertad de herir la sensibilidad del lector minimizando los datos alemanes, no se debe esta vez a mi pésimo tacto sino a que los estoy pensando en proporción a los datos argentinos: Nuestro país tiene 58% menos de población que Alemania (35 millones), y sin embargo realizó durante el último año un 77% más de abortos (500 mil aproximadamente).

Para poder entender por qué la vocación abortista de la sociedad alemana no desembocó en una carnicería, permítaseme hacer un desvío técnico y empezar repasando por qué la vocación antiabortista de la sociedad argentina sí lo hizo.

Bien sabido es que la argentinidad hunde sus raíces culturales profundamente en el catolicismo. Y el catolicismo supone (por aquello del “pecado original”) que el hombre se deja arrastrar fácilmente por sus instintos básicos. De allí que le exige ignorarlos y esquivarlos, a no ser dentro de ciertos marcos estrictos de contención como el matrimonio. Por analogía, de todo lo anterior dedujo su argumento contra la educación sexual y la distribución de anticonceptivos: invitan a la promiscuidad. A ver: algo así como razonar que enseñando a tomar la sopa o regalando cucharas invitamos a la glotonería. Para ponerse colorado.

Como sea, no es ningún secreto que esta atmósfera mental saturada de extremismos poco meditados sigue condenando en pleno siglo XXI a miles de jovencitas a experimentar los primeros llamados de la naturaleza con fuerte sentimiento de culpa, y a satisfacerlos desprovistas de las más básicas nociones sobre cómo prevenir frutos. Lo demás es historia bien conocida. Multitud de embarazos no deseados. Cifras espeluznantes de muerte clandestina y dolor gratuito. Degradación moral. Hipocresía.

Quizás “optimista” sea una palabra demasiado grande. Pero ciertamente el occidente germano tiene una percepción menos pesimista de la naturaleza humana, que le debe bastante a la antropología luterana. A diferencia del occidente latino, no concibe eso de que los instintos básicos arrastran inevitablemente al hombre. Cree, en cambio, que éste es suficientemente inteligente como para aprender a convivir y negociar con aquellos sin dejarse dominar ciegamente.

La educación sexual alemana no sería entonces otra cosa que un intento por nutrir el entendimiento de ciertas aptitudes que ayuden a los jóvenes a llevarse bien con sus inclinaciones naturales. A sobrellevarlas inteligentemente. Hacia esa misma dirección apunta la distribución casi gratuita de anticonceptivos a través del sistema social de asistencia.

Equivocada o no, lo cierto es que esta forma de pensar y tratar la naturaleza humana condujo a algunos efectos que merecen nuestra atención.

Las iniciaciones sexuales suelen planificarse mejor que en la Argentina, retrasándolos notoriamente (el promedio en Alemania es de 18 años), y los embarazos no deseados prácticamente no existen; la mayoría se dan dentro de comunidades extranjeras todavía no del todo integradas culturalmente.

De resultas, las interrupciones son infinitesimales en proporción a la cantidad de habitantes. Y más importante todavía, tienden a disminuir. Durante 2007, por ejemplo, se interrumpieron 2.800 embarazos menos que el año precedente.

Ahora bien: como se habrá notado, la piedra angular del sistema germano es la confianza plena en la capacidad del entendimiento para conducir al hombre por los caminos que mejor le convienen. De allí que (también lo habrá notado el lector) se prefiere promover aptitudes antes que imponer límites estrictos, excepto el consabido de no dañar al prójimo.

Fue precisamente a consecuencia de esta atmósfera mental que el aborto quedó consagrado como una cuestión de conciencia; como una decisión personalísima. Por eso es legal.

Claro que los alemanes se la vieron a cuadritos para poder fundamentar teóricamente por qué no es dañar al prójimo y por qué una embarazada tiene más derecho a decidir sobre la vida del feto que el feto derecho a vivir. Y salieron de la brecha decretando que éste último no es todavía una persona. Ergo, no se quiebra ningún derecho eliminándolo. Así que a mí personalmente me parece muy “simpático” (por decirlo de un modo amable) ver a los alemanes protestando frente a la embajada japonesa contra la cacería de unas cuantas ballenas que tampoco son personas y cuya matanza sería entonces tan justa como la de fetos… en fin.

Pero descubrir estas incongruencias nada elegantes no significa caer en la tentación infantil de renunciar a la posibilidad de aprender algo con la experiencia germana. De hecho estoy convencido de que apenas nos predisponemos a mirarla con criterio amplio, podemos extraerle unas cuantas lecciones provechosas. Aborrezco ponerme en maestro ciruela, pero me gustaría compartir algunas con los antiabortistas. O por lo menos, con aquellos antiabortistas que tienen más interés en ahorrar vidas humanas inocentes que en ganar batallas dialécticas.

Primera lección: para evitar males mayores como el aborto, a veces no queda más remedio que hacer de tripas corazón y consentir males menores como la educación sexual o la distribución de anticonceptivos.

Es que lamentablemente -segunda lección- medidas preventivas pensadas para ángeles, como la abstinencia sexual, están condenadas de antemano al fracaso cuando se aplican en seres hechos de carne y terminales nerviosas con la mala suerte de vivir en el mundo real.

Consecuentemente -tercera lección- para que produzcan el efecto deseado (ahorrar vidas inocentes), las medidas de prevención tienen que adaptarse a las posibilidades de la gente real y no la gente real a los extremos ideales de ciertas medidas sobrehumanas de prevención.

Porque en verdad os digo: se puede hacer mucho más por la dignidad del hombre guiándolo a través de los tristes laberintos que conducen al infierno (así no se pierde en ellos), que arrastrándolo al cielo de los pelos, con los ojos vendados y las manos atadas. La experiencia alemana, para quien haya abiertos los oídos y aprestado su entendimiento, no me deja mentir

Artículo original, publicado en el diario Los Andes, el 3 de octubre de 2008

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Respuesta del Dr. Fernando Saraví

El debate sobre el aborto

El profesor Walter Burriguini planteó recientemente un paralelo sobre la situación del aborto en Alemania y en la Argentina (Los Andes, 03/10/08).

Extraña que comenzase con citas de dos sermones de San Agustín no relacionados con el tema, en particular porque el obispo de Hipona era -como todos los cristianos antiguos- un decidido opositor al aborto.

La comparación entre Alemania y la Argentina merece varias consideraciones.

En primer lugar, si bien la cifra anual de abortos en Alemania es confiable (116.871 en 2007), se desconoce la cifra argentina. La estimación de 500.000 se basa en métodos indirectos sujetos a grandes márgenes de error (C. Rossier, Studies in Family Planning 34: 87-102, 2003).

En segundo lugar, es erróneo que la posición alemana se deba a que la antropología luterana sea menos pesimista que la católica. Esto haría reír a quien haya leído “La esclavitud de la voluntad” (De Servo Arbitrio) de Lutero, o esté familiarizado con su concepción del cristiano como “a la vez justo y pecador” (no hablemos del incrédulo).

En tercer lugar, la edad de iniciación sexual de las jóvenes alemanas (18 años) no es muy diferente que la de las argentinas. Según la Primera Encuesta Nacional de Salud Sexual y Reproductiva (Ministerio de Salud, 2007) solamente 45% de las argentinas han tenido relaciones sexuales antes de los 20 años, y 46% se inicia entre los 20 y 29 años.

Esto evidencia que la abstinencia sexual temporal (posponer la iniciación) no es una medida preventiva “pensada para ángeles” como imagina el profesor Burriguini. Por el contrario, es perfectamente posible convencer a jóvenes inteligentes que la iniciación sexual temprana atenta contra sus mejores intereses y proyectos de vida.

El consenso actual de los expertos internacionales es que debe promoverse la abstinencia entre los jóvenes (The Lancet 364: 1913-1915, 2004). Si una parte significativa de ellos siguiera la recomendación, se lograría un enorme avance en la salud sexual de los adolescentes.

Por supuesto, esto no se consigue con una “educación sexual” centrada en el uso de preservativos y la provisión de contraceptivos. Lo muestra la experiencia de España y el Reino Unido, donde la sexualidad adolescente y sus consecuencias de embarazo, aborto e infecciones de transmisión sexual están fuera de control.

Lo que se requiere es un programa de educación sexual que enfoque el tema de manera integral, destacando el valor protector de la abstinencia y la importancia de las relaciones interpersonales, el respeto mutuo y la responsabilidad individual y social.

En cuarto lugar, es falso hasta la médula que en Alemania se haya decretado que el feto no es una persona; por el contrario, se lo considera explícitamente vida humana. La historia del aborto en Alemania es larga y compleja, en parte porque las Repúblicas Federal y Democrática alemanas tenían legislaciones muy diferentes.

No se llegó a un compromiso hasta 1995, y las normas actuales pueden leerse en las Secciones 218 y 219 del Código Criminal (Strafgetezbuch).

En Alemania el aborto es legal para salvar la vida de la madre o evitar un grave riesgo para su salud. En otros casos, se considera ilegal (rechtswidrig) pero no es penalizado. Como, pese a no ser penado, el aborto es ilegal, no es cubierto por el sistema gratuito de salud salvo excepcionalmente.

Dentro de las primeras 12 semanas del embarazo una mujer puede abortar si se halla en situación de “malestar o conflicto”. Antes de abortar debe recibir aconsejamiento específicamente di rigido a proteger la vida por nacer.

El consejero (que no es el mismo médico que practicaría el aborto) debe informar a la madre que el nonato tiene derecho a vivir y tratar de convencerla de no realizar el aborto, pero la decisión final es de la mujer. Además, debe aguardar tres días antes de que se realice la intervención.

Los germanos piensan que si la mujer no tuviese la certeza de retener la decisión final, abortaría clandestinamente sin tener la oportunidad de recibir consejo sobre sus opciones (que son muchas, porque el sistema social y de salud privilegia la maternidad). Como resultado, la tasa de abortos en Alemania es tres veces menor que en Estados Unidos.

En quinto lugar, las “cifras espeluznantes de muerte clandestina” del profesor Burriguini son aproximadamente 100 mujeres que fallecen por año en nuestro país como consecuencia de abortos provocados (7% del número de mujeres de igual edad que mueren por accidentes). Un propósito declarado de legalizar el aborto es reducir las muertes maternas. El hecho es que no hay una relación entre ambas cosas.

Bajar la mortalidad materna requiere simplemente mejorar el sistema de salud pre y perinatal. Rusia tiene aborto legal y alta mortalidad materna (50% mayor que la nuestra). Polonia, donde el aborto es muy restringido, tiene una mortalidad materna ocho veces menor que Rusia.

Alemania tiene una baja mortalidad materna, pero Irlanda, donde sólo se permite el aborto para salvar la vida de la madre, tiene una mortalidad materna cuatro veces menor que la alemana y, de hecho, la más baja del mundo: una mujer cada cien mil nacidos vivos (The Lancet 370: 1311-1319, 2007).

Fernando D. Saraví
Doctor en Medicina
DNI 11.264.548
Facultad de Ciencias
Médicas UNCuyo

Carta publicada en el diario Los Andes, el 20 de octubre de 2008

Fuente: Razones Para Creer – Argentina

Iglesia En Marcha.Net
27 Oct '08

Hay 1 Comentario.

  1. Cronopio
    7:36 pm diciembre 1, 2008

    Cada uno sabe de que puede hacer y que no puede hacer…. por eso en vez de aventurar el juicio de otro… por que no… pensar en lo que uno puede y no esta haciendo… hacete cargo.

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