LA BIBLIA Y SU VIGENCIA HOY


Por Marcelo Figueroa
Director de la Sociedad Bíblica Argentina

En este mes de la Biblia es importante reflexionar brevemente sobre la utilidad y actualidad del Libro de los libros.

Si deseásemos abordar su vigencia desde el punto de vista meramente estadístico, los guarismos son concluyentes. Estamos en presencia del “best seller” por excelencia y a la vez del libro más traducido en la historia. Por lo menos un libro de la Biblia se lee hoy en 2.545 idiomas y dialectos.

Atendiendo a su permanencia intrínseca, las Sagradas Escrituras han sido siempre el “Libro inmortal e indestructible” por antonomasia. Miguel de Unamuno decía: “Tu Palabra no muere, nunca muere, porque vive. No muere tu Palabra Omnipotente porque es la vida misma, y la vida no vive, vivifica”.

Hoy, palabra de Dios, sigue el derrotero que ella misma ha fijado por boca del profeta Isaías: “la hierba se seca, la flor se cae, pero la Palabra del Señor, permanece para siempre” y que el mismo Jesús ratificó, “el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”.

Desde un punto de vista normativo, la Biblia es el fundamento epicentral de la legislación de occidente. Los diez mandamientos mosaicos representan el eje conductor de la filosofía jurídica de nuestras cartas magnas y leyes nacionales.

Los teólogos identifican como “llaves hermenéuticas” a términos que abren puertas confiables a la interpretación y al estudio bíblico. Algunas son grandes palabras que nos acercan al gran Libro, nos hablan de quién lo inspiró y nos guían en nuestro peregrinar por sus páginas.

La vigencia actual de la Biblia se puede apoyar en la luminosidad de esas grandes palabras.
Una gran palabra indispensable de mencionar es “AMOR”. El amor es la carta de presentación por excelencia del Dios que se deja conocer en la Biblia. El apóstol san Juan no duda en ir más allá de decir simplemente que Dios nos ama, sino que declara sin titubeos “Dios es amor”. Esta afirmación deja al descubierto la esencia distintiva del ser Supremo, el amor. No es de extrañar que el gran mandamiento se resuma en esos términos: “Amarás al Señor tu Dios con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo”.

No se puede construir la paz y con esto enfrentar la violencia sin la práctica del amor. El amor es más que un sentimiento. El ágape bíblico es una acción voluntaria de entrega que tampoco es circunstancial sino que es vivencial, o sea modo de vida. San Agustín decía “ama y haz lo que quieras”. El amor es un verbo que nos llama a dejar de mirarnos a nosotros como pronombre posesivos y nos conduce a poner la vista en el otro como sujeto receptivo y centro del predicado para que haga coherencia con el amor que predicamos.

La Biblia también une a Dios con otra gran palabra: “PAZ”. Una paz que al decir paulino “excede todo conocimiento” y que adhiriendo al concepto hebraico del shalom es muchísimo más que la simple ausencia de contienda. Es paz que busca sus raíces en nuestra propia intimidad y que ramificada en el amor da su fruto en el servicio al otro

Pero también es una paz que requiere “pico y pala”, trabajo duro, dedicación permanente. Jesús mismo lo dijo en el sermón de la montaña: “Dios bendice a los que trabajan para que haya paz en el mundo, pues ellos serán llamados hijos de Dios”. Paz que es búsqueda, pero también es camino como dijo San Pedro en su primera carta: “busquen la paz y síganla”. Es una paz que se siembra y se cosecha. Santiago dice “Y los que procuran la paz, siembran en paz para recoger como fruto la justicia”.
Lo anterior nos lleva a la tercera palabra que es “JUSTICIA”. En un sentido teológico personal, la paz para con Dios es un acto de su justicia que es iniciativa de Dios con el indispensable atributo de su gracia. San Pablo dice en su carta a los romanos: “Puesto que Dios ya nos ha hecho justos gracias a la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”.

Pero la justicia no es un ejercicio religioso desprendido de la realidad. El profeta Isaías hablando de parte de Dios exhorta con firmeza: “Cuando ustedes levantan las manos para orar, yo aparto mis ojos de ustedes; y aunque hacen muchas oraciones, yo no las escucho. Tienen las manos manchadas de sangre. ¡Lávense, límpiense! ¡Aparten de mi vista sus maldades! ¡Dejen de hacer el mal! ¡Aprendan a hacer el bien, esfuércense en hacer lo que es justo, ayuden al oprimido, hagan justicia al huérfano, defiendan los derechos de la viuda!”

Tengamos como nos pide Jesús “hambre y sed de justicia”. Solo considerándola entonces como un elemento vital para la subsistencia personal, comunitaria y política la pondremos al servicio de construir la nación que seguramente todos los que estamos hoy aquí soñamos.

La cuarta palabra es “DIÁLOGO”. La Biblia nos presenta la incansable vocación de Dios por comunicarse con el hombre y la mujer en todo tiempo y lugar.
No se trata de una divinidad que mira desde la distancia a su criatura caída para proferir juicios ni tampoco de quien vive refugiado en una santidad que le impide acercarse a nosotros. El estilo comunicador del Dios revelado en la Biblia es el de quien toma la iniciativa para entablar y reestablecer el vínculo perdido. La misma poderosa voz que creó los cielos y la tierra es la que pronuncia la pregunta amorosa al hombre que huye luego de la tragedia edénica “¿Dónde estás?”.

Es la misma palabra que bendice a Abraham y su descendencia y le hace buscar en las estrellas una comparación comprensible a tamaña bendición. Con su dedo escribe en piedra la ley mosaica como un símbolo del amor que busca tallarse en nuestros duros corazones. La comunicación es un pilar en la búsqueda de la paz.

La Biblia también se ofrece en la actualidad como fuente y puente para el diálogo. Diálogo que no ignora las diferencias, pero que va en búsqueda de las muchas coincidencias y ve la diversidad desde una perspectiva enriquecedora. El libro basal de nuestra fe nos llama vez tras vez a dar un testimonio unido de armonía, paz y encuentro que sirva de ejemplo visible a los tantos desencuentros nacionales.

El diálogo implica encuentro, humildad, desprendimiento de intereses personalistas o sectarios, ceder a favor de la armonía. No la paz al precio de negar nuestras convicciones más nobles, sino por el contrario que éstas se pongan al servicio de intereses mayores y nos eleven a lugares donde como argentinos nos merecemos estar.

Pero lo novedoso de la Biblia en comparación con otra literatura religiosa es que nos presenta al hombre tal cual es, con sus virtudes y defectos, con sus hechos más sublimes y sus miserias más abyectas. Del virtuosismo de David ante Goliat se pasa al miserable abuso deshonesto con Bestabé y criminal uso de poder en la muerte de su esposo. De la anunciada, y no por eso menos decepcionante, negación de Pedro de su Maestro se pasa al liderazgo más audaz y elocuente en la naciente Iglesia en Pentecostés.

Y en esas historias y en todo su relato, éste libro maravilloso tiene además un efecto milagroso e inesperado. El lector desprevenido cree que simplemente lo está leyendo, pero en realidad es el Libro que lo lee a él y lo mira en lo profundo del corazón penetrando su alma.
Su mismo texto lo dice con claridad: “Porque la palabra de Dios tiene vida y poder. Es más cortante que cualquier espada de dos filos, y penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta lo más íntimo de la persona; y somete a juicio los pensamientos y las intenciones del corazón”

Digamos con Gabriela Mistral, “Libro mío, libro de cualquier tiempo y en cualquier hora, bueno y amigo para mi corazón, fuerte, poderoso compañero. Yo te amo todo, desde el nardo de la parábola hasta el adjetivo de los Números” o con Leopoldo Marechal, “Yo confieso que sólo estoy comprometido con el Evangelio de Jesucristo, cuya aplicación resolvería por otra parte, todos los problemas económicos y sociales, físicos y metafísicos que hoy padecen los hombres.

Fuente: Boletin de ABA / Iglesia En Marcha.Net
11 Sep '08

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