EL SUPUESTO ELEMENTO SOBRENATURAL EN LA IGLESIA DE NUESTROS DÍAS

Finalizada la era apostólica, la iglesia comienza a marchar “sobre el fundamento de los apóstoles y profetas” (Efesios 2:20), y así entra al siglo II. Ya en un capitulo anterior mencionamos cómo, cuando los apóstoles desaparecen de la dirección de la comunidad cristiana, ésta persifica su camino, desviándose por diferentes vías doctrinales, haciendo los Padres Apostólicos capitales esfuerzos por mantener la nave de la Iglesia en el rumbo trazado por Cristo y sus apóstoles el siglo anterior. Por ejemplo y para empezar a mencionar movimientos surgidos en ese siglo, para nada estéril de actividad, el gnosticismo, ya en embrión en el siglo I y combatido por Juan en sus escritos, constituyó un intento sincretista de amalgamar el evangelio cristiano con corrientes filosóficas y religiosas paganas. “Tal era el fin que el gnosticismo perseguía: trataba de elevar el cristianismo al rango de religión universal, combinando en él todas las tendencias y energías de la época y adaptándolo así a la comprensión de todos y satisfaciendo las necesidades de todos” (Seeberg). Otro movimiento pretendidamente reformista de ese tiempo, el iniciado por Marción, surge de una perversión de la doctrina cristiana de la gracia, en contraposición con la Ley del Antiguo Testamento, y se emparentó con el gnosticismo. “Marción insistía en que la iglesia había oscurecido el evangelio al tratar de combinarlo con el judaísmo” (Latourette). Pero el que nos interesa fundamentalmente a los efectos de este capitulo es aquel movimiento que surge en reacción a lo que se interpretaba como enfriamiento espiritual, preponderancia del formalismo y entrada de la mundanalidad en la Iglesia; movimiento cuyo iniciador mencionamos de pasada en el capitulo anterior. Nos referimos a Montano, y su producto, la reforma montanista. La primera reforma Montano aparece en Frigia, en el corazón del Asia Menor, a mediados del siglo II. Se dice que luego de su bautismo “habló en lenguas”; casi diríamos acto seguido comienza una carrera profética, acompañado de dos mujeres discípulas suyas, Priscila y Maximila. Dice el Dr. Samuel Vila: “Montano se proclamaba a sí mismo profeta de una nueva efusión del Espíritu Santo que según la profecía de Joel, citada por Pedro, precedería la segunda venida del Señor”. Se proclamaba la profecía, bajo el influjo y dominio absoluto del Espíritu Santo. “Ellos representaban un avivamiento de los profetas que sobresalieron en las primeras décadas de la iglesia, así como un llamamiento a los cristianos a que viviesen mas estrictamente” (Latourette); “Había llegado la era del Paracleto, y éste hablaba por medio de Montano” (Seeberg). La reacción contra el rechazamiento del Espíritu Santo por parte de la iglesia se palpa en la profecía de Priscila, citada por el Dr. Vila en su Enciclopedia de Historia de la Iglesia: “Soy apartado como el lobo de las ovejas. No soy lobo sino Verbo, Espíritu y Potencia”.

Otro de los elementos sobresalientes de la reforma montanista fue su énfasis extremo en la pronta venida de Cristo, el fin del mundo, el juicio y el descenso de la Nueva Jerusalén, que vendría sobre Frigia, asentándose sobre Pepuza, el pueblo natal de Montano. Los tiempos estaban preñados de expectativa escatológica; dice Latourette: “No lejos del tiempo de Montano, por lo menos dos obispos, uno en Ponto y otro en Siria, estaban esperando el regreso de Cristo. El uno declaró que el juicio final acaecería dentro de dos años, y los que le creían dejaron de cultivar sus campos y se deshicieron de sus casas y bienes. El otro llevo su grey al desierto a encontrarse con Cristo”. Tal vez coadyuvaran a esa atmósfera de expectación mesiánica las persecuciones, la última de las cuales había sido desencadenada por Antonino Pío, quien aún estaba en el trono de Roma al surgir el montanismo, aproximadamente en el 156 D.C.

Las adversidades de esta vida siempre han sido un gatillo que, en aquel cuyo corazón alberga fe en Dios, dispara un fuerte anhelo por la venida de Cristo y el fin de las cosas presentes. Ese anhelo se incrementa en forma impresionante cuando la adversidad llega a los extremos de la persecución, la tortura y el martirio. El “Ven, Señor Jesús” del Apocalipsis (22:20) se transforma en el grito agónico de quien ya no soporta el dolor provocado por la desaparición de seres queridos, y el terror producido por la expectativa de una muerte violenta. La expectativa mesiánica se refuerza ante la persecución, pues Jesús profetizo que una de las señales que precederían a su segunda venida seria precisamente la oposición violenta a sus seguidores (Marcos 13:9-13). Por supuesto, Jesús no dijo que esa persecución final seria la única; pero cada persecución podría ser la ultima. De hecho, en las enseñanzas de Montano se unen una muy fuerte expectación escatológica con un exagerado aprecio por el martirio, al punto que se prohibía a los cristianos que adherían a Montano huir ante la persecución. Esa interesante actitud, rayana en el fanatismo, ignora que el Nuevo Testamento también enseña la autopreservación, enseñanza mostrada en el ejemplo de Pablo huyendo de Damasco (Hechos 9:25), Pedro escapando del rey Herodes (Hechos 12:17), y de Pablo y Bernabé huyendo de Iconio (Hechos 14:6).

Lo que el Nuevo Testamento prohíbe es negar a Cristo si uno es confrontado con cualquier perjuicio personal, aun la muerte (Lucas 9:24). Podemos conjeturar que los montanistas pretendían, ofreciéndose al martirio, cumplir la profecía de Cristo, y apresurar así su venida; pero solo es una conjetura, sobre la que sin embargo volveremos mas adelante.

Lo importante es destacar los grandes puntos de la reforma montanista: el “hablar en lenguas”; la llegada de la era del Espíritu Santo; la profecía con revelaciones directas del Espíritu Santo a la Iglesia; y la expectación escatológica de la cercana venida de Cristo. Es interesante notar que estas características son elementos presentes en nuestra época en las iglesias protestantes o evangélicas que siguen la línea pentecostal, o de renovación carismática.

De hecho, es el Dr. Vila quien establece esta comparación entre el movimiento montanista del siglo II, y el movimiento pentecostal del siglo XX. Otro de los puntos destacados por este autor es, precisamente, el desprestigio de las verdades bíblicas remarcadas por el montanismo, por ir dichas verdades acompañadas de extravagancias fanáticas. Parece una regla, una lamentable regla, que cuando los grupos cristianos se lanzaron a recuperar cierta dimensión espiritual en sus servicios religiosos, la dimensión de la actividad del Espíritu Santo, nunca ha faltado esa ausencia de equilibrio que lleva a exagerar la medida de dichas manifestaciones; exageración que, por supuesto, no parte del propio Espíritu Santo, sino de la voluntad de los creyentes, de sus aspiraciones, imaginaciones o fantasías. Si miramos un ejemplo sacado de la historia cristiana, vemos al historiador eclesiástico K. S. Latourette, hablando del gran despertamiento evangélico del siglo XVIII en las trece colonias británicas de Norte América (núcleo de la entonces futura nación de los Estados Unidos de América); dice: “Mucha excitación y mucha confusión emocional acompañaron el avivamiento… Hubo gritería, risas, raptos, visiones y convulsiones. Algunos de los predicadores y exhortadores laicos deliberadamente estimularon estos fenómenos”. Fue hace doscientos cincuenta años, pero, fundamentalmente por lo último, parecería que el tiempo no hubiera pasado. Una visión contemporánea

Y ahora, viniendo a nuestro siglo, vemos que contrastando el concepto tradicional de reunión religiosa, celebración rodeada de una atmósfera de seria solemnidad y recogimiento, las reuniones evangélicas de nuestros días, fundamentalmente aquellas habidas en las iglesias que siguen la línea pentecostal o de renovación carismática, se caracterizan por un ambiente en el que se estimula a la alegría y el gozo. Teniendo el cristiano motivos para el regocijo dado el inmenso amor de Dios (Juan 3:16), y lo que Cristo ha hecho por él (Romanos 14:9; Gálatas 1:4), y hallando respaldo en las invitaciones hechas al pueblo del Señor para exteriorizar la alegría (Salmos 32:11; Filipenses 4:4), el cristianismo evangélico celebra reuniones cultuales que en ocasiones llegan a transformarse en autenticas fiestas de canto, música y predicación enfervorizada.

Un retrofondo religioso o espiritual amalgama estas expresiones del alma de los concurrentes, dándole sentido y contenido, virtualmente razón de ser, a la reunión de culto. El momento de alabanza se centrará en la ejecución de música movediza y pegadiza (tanto que algunos ensayan tímidos pasos de baile), marco de cantos que serán acompañados por la congregación en un clima de alegre celebración.

El momento de adoración se desarrolla guiado por melodías suaves, lentas y dulces, con cantos que expresan el amor y entrega a Dios en términos aun más dulces, jalonados por manos levantadas, ojos cerrados y rostros humedecidos por ríos de lagrimas; lagrimas de gozo, de agradecimiento y de emoción.

Si uno se ubica en tal momento en el lugar de observador neutral (a riesgo de ser calificado de soberbio, poco espiritual y pedante) encontrará virtualmente imposible diferenciar cual creyente está expresando de tal manera un acto interno de adoración a Dios nacido de lo más profundo de su ser, y cual está exteriorizando una tormenta emocional desencadenada en su interior por el muy particular ambiente que le rodea.

Por supuesto, Aquel que escudriña la mente y el corazón del hombre sabe bien cuál es cuál, pero el punto es que el sobre estímulo del aspecto emotivo puede llevar a que nos engañemos en cuanto a la verdadera naturaleza del motivo de los creyentes para concurrir a la iglesia, o aun para creer. Y cuando los motivos incorrectos salen a la luz, es que nos llevamos las sorpresas.

Cuando un creyente dice que una iglesia es “fría”, ¿qué entiende por iglesia “caliente”? Cuando un cristiano dice que la iglesia está “muerta”, ¿qué entiende por iglesia “viva”? Y si por iglesia viva entiende una congregación en la que está presente y activo el Espíritu Santo, ¿en qué basa su afirmación de la no presencia del Espíritu, y quién le dio autoridad para emitir semejante juicio? (en otras palabras, ¿quién se cree que es?). Cuando un creyente sale de la reunión de culto diciendo que “no recibió”, ¿tiene claro qué es lo que significa “recibir”, qué esperaba recibir, y qué era lo que Dios en realidad quería “darle”?

Si el cristiano dice que en la reunión “no sintió” la presencia del Señor, ¿olvida acaso que el Señor prometió su presencia donde dos o tres se congregaran en su Nombre, y por lo tanto Él esta presente, lo sienta o no? Una visión muy personal

Personalmente, como pastor evangélico pentecostal, miro con agrado la sana exteriorización de regocijo en las reuniones cristianas, como expresión del gozo integral de la vida cristiana, fruto del Espíritu Santo. Pero me aferro a mi condición de cristiano evangélico, y haciendo caso omiso a las barreras denominacionales (que gracias a Dios están cayendo) me solidarizo con quienes favorecen otras formas de liturgia evangélica, menos explosivas y más conservadoras.

Veo con pena cuando la sana alegría carismática se transforma en extravagancia incomprensible, cuando no irracional. He podido comprobar cómo para muchos creyentes la iglesia “fría” o “muerta”, en la que “no sienten” la presencia del Señor ni “reciben bendición”, es la iglesia que reúne dos características: en primer lugar, en sus cultos ni la música ni la oración ni la predicación despierta intensas emociones, y por otra parte, no se fomenta el show de sucesos sobrenaturales (profecías, visiones, sanidades, exorcismos) y por ende, estos son escasos o inexistentes. Son congregaciones donde sencillamente se cantan himnos de alabanza a Dios, y se predica en forma expositiva la Biblia. Liturgia sobrenatural

Dos elementos ya mencionados, uno en el capitulo precedente y otro en el presente, requieren ser traídos nuevamente sobre el tapete para un análisis un poco mas profundo del fenómeno espiritual y psicoemocional de las reuniones de las iglesias protestantes de nuestros días.

En el capitulo anterior hablamos de la iglesia cristiana de Corinto del primer siglo, aquella a la que Pablo escribió su celebre “Primera Epístola”, destinada fundamentalmente a corregir errores. Decíamos entonces que el desorden de las celebraciones religiosas corintias que el apóstol debió recriminarles partía por un lado de un descontrol en el ejercicio de los “dones”, es decir, las virtudes y capacidades sobrenaturales que el Espíritu Santo otorga a los creyentes inpidualmente. Pero en virtud del hecho obvio que Dios no se desentiende ni del hombre, ni de la iglesia, ni de lo que estos hacen, sino que permanece en el soberano control de todo, consideramos de sentido común suponer que el desorden parte también, no del uso antojadizo e irresponsable de un poder sobrenatural, sino de una antojadiza pretensión de reproducir dichos fenómenos según la voluntad humana y no la voluntad de Dios. Es decir, no cuando Dios quiere, y en las insondables profundidades de la Mente Infinita y el Amor Perfecto del Señor se dispone que así sea, sino en casi cada ocasión que los creyentes quieran, entiendan, o “sientan” que debe ser.

El segundo elemento lo mencionamos unas pocas líneas atrás, al referirnos al abuso del elemento sobrenatural (o con pretensión de tal), como partiendo de las imaginaciones y fantasías de algunos creyentes. El cristiano aspira a que el mundo entero conozca a Jesucristo y crea en Él; el creyente aspira también a que su fe transforme su vida en algo significativo. También espera y con razón que su relación con la Persona Trascendente de Dios abra horizontes que traspasen las fronteras de la misma muerte, expandiéndose hacia la eternidad; por lo propio, espera que la relación diaria con el Absoluto, el Padre Celestial, introduzca en su vida elementos que salgan de la experiencia ordinaria, de aquella que tienen las personas que no creen en Dios ni tienen en cuenta darle un lugar en sus vidas. Esos elementos extraordinarios son ejemplificados en múltiples personajes de la Biblia, formando un abigarrado mosaico a través de las épocas, lugares, culturas y personas de la antigüedad, registradas en las Sagradas Escrituras.

Teofanías, o apariciones de Dios en forma humana (Abraham, Josué, Gedeón); visitas de ángeles (Abraham, Lot, los padres de Sansón, Daniel, Pedro, Cornelio, Pablo); visiones celestiales (Isaías, Ezequiel, Daniel, Esteban, Pablo, Juan); visiones del futuro (Ezequiel, Daniel, Juan); visiones privadas (Moisés, Pedro, Pablo); visiones de la Persona pina (Moisés, Isaías, Ezequiel, Daniel, Juan); visiones alegóricas (Elías, Ezequiel); audición de la voz del Espíritu (Isaías, Ezequiel, Felipe, Pablo y Bernabé); teletransportaciones instantáneas (Ezequiel, Felipe); arrebatamientos en cuerpo y alma fuera de la Tierra (Pablo, Juan); y los siempre apetecidos milagros de sanidad, y exorcismos de endemoniados.

Si uno lee esta lista con espíritu crítico, puede estar a punto de echar este libro y también la Biblia a la basura. Sin embargo, si uno acepta la cosmología bíblica, a saber, el universo creado por Dios Todopoderoso, y luego repasa la Biblia pensando en la inconmensurable vastedad del universo creado por Dios y en el mas amplio sentido de la palabra “Todopoderoso”, en una cultura globalizada en la que el racionalismo del siglo XVIII, el positivismo científico del siglo XIX, y el fenomenal avance del conocimiento y la tecnología del siglo XX no han podido desterrar la idea mística de la conciencia humana, seguramente uno será mas prudente en el manejo de la creencia religiosa, y del lugar que ésta ocupa en la vida de muchos de nuestros semejantes.

Hay así una cultura de lo extraordinario y sobrenatural en el ambiente de la Iglesia Cristiana, en algunos de sus sectores (sin olvidar el conservadurismo de otros sectores, como contrapartida).

Ya vimos el relato del historiador Latourette acerca del avivamiento de las trece colonias en el siglo XVIII, y cómo los predicadores estimulaban abiertamente la exteriorización de reacciones extravagantes, las que seguramente se etiquetaron con el rótulo de “manifestación del Espíritu”. Y también dijimos que en ese aspecto no había habido mucho cambio, en todo este tiempo.

Los conceptos equivocados en religión se arraigan tan fuertemente que se hace dificultoso desterrarlos, una vez que se han establecido. Es así, pues se trata de principios e ideas que forman parte del credo al que el creyente adhiere desde lo profundo de su alma. Se ha dicho que las ideas políticas o aun filosóficas son mas fáciles de remover, mediante un argumento racional que demuestre sus errores y/o imperfecciones, de lo que lo son las creencias religiosas, justamente por el profundo alcance que tienen las cosas de la fe en el alma humana.

De ahí se desprende la importancia capital de una adecuada instrucción doctrinal y bíblica desde el inicio del andar cristiano. Por eso repetimos la significativa referencia que hace Kenneth Scott Latourette a la actitud de aquellos predicadores del siglo XVIII, y reiteramos por tercera vez que eso sigue sucediendo doscientos cincuenta años después.

Es decir, hoy en día. Religión y magia

El estimulo de una fenomenología rayana en conductas anormales durante las reuniones de oración y avivamiento de algunas iglesias cristianas, constituye un verdadero show de curiosidades, cuyos conductores preconizan un sensacionalismo externo y superficial.

El aceite que mana de las paredes, o gotea de las manos del predicador, o la transformación misteriosa de objetos de material común en metales preciosos, y otras banalidades sin sentido y sin propósito, que desfiguran el ministerio espiritual de la Iglesia y ridiculizan el cristianismo, han campeado como manifestaciones prodigiosas del “poder de Dios”. Esta clase de fenómenos, absolutamente carentes de contenido, lleva al creyente al culto de la forma; una forma hueca, vacía, ritual pero novedosa, siempre novedosa, de acuerdo a la “moda”.

Un ejemplo será pertinente, antes de introducir un comentario arriesgado de nuestra parte, que seguramente generará desagrado, rechazo e incluso protesta en algunos. Un hermano en la fe, un cristiano evangélico procedente de la ciudad mas norteña de nuestro país, Bella Unión, en la frontera con el Brasil, me comentaba en una ocasión y con entusiasmo acerca de la práctica, en boga allá en el norte, de ungir, es decir, derramar aceite en las paredes de las casas, con el propósito de “bendecir la casa” (proteger contra los demonios, traer prosperidad económica, etc., etc.).

Mi primera observación fue que la unción con aceite de viviendas particulares carece de fundamento bíblico, por lo menos en el Nuevo Testamento, donde los símbolos se traducen en las realidades que representan; la unción con aceite, en concreto, es fundamentalmente un símbolo de la recepción del Espíritu Santo. Lo interesante fue preguntarle a este creyente si sabia, precisamente, qué simboliza el aceite en las Sagradas Escrituras; y no sabia. Esto quiere decir que practicaba la forma desconociendo el contenido; desarrollaba el rito, sin tener idea de que fuerzas espirituales había tras el mismo, si acaso había alguna.

El desconocimiento, indiferencia u olvido del contenido espiritual nos pone en camino de la religión cuya base es cumplir con las ceremonias prescritas; esa ausencia de atención hacia el contenido espiritual, bíblicamente racional de la revelación cristiana, también, nos pone en riesgo de caer en la superstición, y diluye la frontera entre la fe y la magia.

Tal vez una atrevida aseveración, pues la Biblia condena muy severamente la magia en todas sus formas, y hace serias advertencias a quienes la practican, cabe el planteo de la medida en que la magia se ha infiltrado en la iglesia, y confundido con la fe.

A propósito de esto, bien vale citar los comentarios del Dr. Héctor Brazeiro Diez, medico uruguayo y miembro de la Sociedad Argentina de Antropología e Historia, quien allá por el año 1975 publicó en Montevideo un Ensayo Critico y Valorativo sobre Supersticiones y Curanderismo; escribe: “La historia comparada de los pueblos nos muestra la repetición universal de la Idea Mágica, lo que nos lleva a la concepción seductora de la unidad de las razas humanas. Es que lo mágico es Idea Primordial de fácil representación en cualquier cerebro humano”.

Más adelante, sobre el ítem magia y religión agrega: “En la magia el oficiante cree orgullosamente dominar todas las fuerzas… El conjuro mágico es sostenido por un solo y forzado aliento. Es una orden. La oración en cambio es elevación espiritual, silenciosa si se quiere, humilde, pidiendo fuerzas para orientarse e interpretar un designio; es un acto de adoración y no un contrato. Cae en superstición el creyente que ofrezca algo a cambio de un beneficio”.

Resultan interesantes estas afirmaciones de parte de un profesional universitario que por otra parte no es (o no se define en su libro como) un creyente cristiano. Además, nos dan un pantallazo de como ven el cristianismo, y sus perversiones, aquellos que adoptan una posición neutral, critica, y pretendidamente objetiva. El punto principal de lo que venimos diciendo es, pues, establecer la diferencia capital entre autentica adoración que nace de lo profundo del espíritu humano, en una relación personal con Dios por medio del Espíritu Santo que habita el corazón del creyente, vivificándolo, renovándolo interiormente y llenándolo del amor de Dios; y por otro lado el culto de la forma, el rito; la oración por ejemplo, hecha de tal o cual manera, en tal posición, con tal tono de voz, con tal ademán de las manos, y otras varias cosas por el estilo, para lograr el efecto, la bendición, la respuesta favorable.

Citando nuevamente al Dr. Brazeiro: “De la misma naturaleza que las ánimas, seria la sustancia que para la Magia cementa y rodea las personas y las cosas. Sobre esta sustancia imaginaria pero valiosa, actuará el iniciado, sea mago o médium, para imantarla. Este fundamento mágico convence al operador de que obrando sobre un objeto lejanamente relacionado, sea por parecido o por cercanía fortuita con otro, tenderá como un puente telegráfico que modificará las circunstancias o las cosas en el otro extremo, según la energía y/o la pasión que él ponga en sus maniobras de este lado”.

Vemos que existe la creencia en una conexión sobrenatural impersonal, al actuar sobre la cual se producirá un movimiento en una dimensión mística, tipo caída de fichas de domino, que regresará al mundo normal en otra parte produciendo el efecto deseado.

El cristiano cree en la omnipresencia de Dios, enseñada por la Biblia (Salmo 139:7-12; Mateo 18:20), e identifica esa presencia con el Espíritu Santo (“A donde me iré de tu Espíritu?”; Salmo 139:7); de tal manera, más allá de la presencia de ángeles o demonios, la presencia de Dios llena el mundo invisible a nuestro alrededor, al punto que el apóstol Pablo dijo a los filósofos de Atenas: “en él vivimos, y nos movemos, y somos” (Hechos 17:28).

Pero, el Espíritu de Dios no es una sustancia impersonal (pese a lo que digan los testigos de Jehová), sino que siendo la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, su voluntad es la voluntad de Dios mismo, y de acuerdo a esa Perfecta Voluntad actuará en todas las cosas, y fundamentalmente en la operación de fenómenos espirituales y sobrenaturales (“…palabra de sabiduría … palabra de ciencia … fe … dones de sanidades … el hacer milagros … profecía … discernimiento de espíritus … persos géneros de lenguas … interpretación de lenguas. Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular COMO EL QUIERE” [énfasis mío]; 1 Corintios 12:8-11).

La diferencia capital entonces radica en entablar una correcta interrelación personal con el Señor Jesucristo, y aceptar humildemente su voluntad. Esa será la fuente de toda bendición. Tomado del libro “SENTIRES” observaciones y comentarios sobre fenómenos espirituales y manifestaciones emocionales en la experiencia cristiana. Parte 2, capítulo 2. Editorial ACUPS, setiembre 2000. Álvaro Pandiani.

Iglesia En Marcha. Net

6 Ago '08

Hay 1 Comentario.

  1. Muy buen comentario.

    Las reflexiones del Dr. Pandiani son un brisa fresca y purificadora en medio del contaminado aire que se respira en medios del evangelicalismo moderno.

    Gracias por entregarnos este material esclarecedor en tiempos de confusión.

    Bendiciones.

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