PROPIEDAD INTELECTUAL


PROPIEDAD INTELECTUAL

El cristianismo trae desde sus mismos orígenes la herencia del pueblo israelita, en varios aspectos; uno de los fundamentales es la de tener las historias de los personajes trascendentes para la fe, con sus hechos y enseñanzas, reunidos en un cuerpo de literatura considerado sagrado. Las Sagradas Escrituras del pueblo judío pasaron a ser también las Sagradas Escrituras del pueblo cristiano, y a esas Escrituras del Antiguo Pacto (o Testamento) se añadieron las Sagradas Escrituras del Nuevo Pacto (o Testamento) de Nuestro Señor Jesucristo.

Los cristianos creemos, conforme a las enseñanzas contenidas ya en el Nuevo Testamento, que “Toda la Escritura es inspirada por Dios” (2 Timoteo 3:16), y que “los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1:21). En otras palabras, que el Autor último de las Sagradas Escrituras de la Biblia es el Espíritu Santo de Dios, y por eso la Biblia es Palabra de Dios.

Sin embargo, el “instrumento” humano que fue inspirado y escribió, es el autor intelectual del documento escrito que contiene, en su forma final (en el lenguaje original, y en toda buena traducción) el mensaje de Dios, que Él quiso entregar a la humanidad a través de dicho “instrumento”. Esto se ve con más claridad en algunos casos que en otros. Notoriamente, en el caso de San Lucas, ese misionero, historiador, escritor y médico del siglo I, compañero y colaborador del apóstol Pablo, que en el prólogo de su Evangelio nos habla de un trabajo de investigación minuciosa: recopilando información en el lugar de los hechos, ubicando los sucesos en el tiempo mediante la alusión a personajes públicos de renombre, localizando geográficamente la acción (lo que demuestra un conocimiento de primera mano de ciudades, regiones, pueblos y costumbres), y entrevistando personalmente a testigos oculares de acontecimientos de los que escribe (yendo allí donde los testigos estaban). En suma, la guía del Espíritu Santo que conjura el error, la equivocación y la falsedad, según la doctrina de la Iglesia acerca de la inspiración divina de las Escrituras, en absoluto menoscaba el monumental trabajo intelectual desarrollado por Lucas en la redacción de su Evangelio, y del libro de Hechos de los Apóstoles. Incluso, apoya la doctrina de la inspiración, pues ahí se ve la diferencia entre inspiración, y simple dictado. Lucas es el autor intelectual del Evangelio que lleva su nombre, y del libro de Hechos de los Apóstoles.

Pensemos en el apóstol Pablo, cuando en la Epístola a Filemón, también incluida en el Nuevo Testamento, y por lo tanto también considerada inspirada por el Espíritu Santo y Palabra de Dios, dice en los versículos 18 y 19: “si en algo te daño, o te debe, ponlo a mi cuenta. Yo, Pablo, lo escribo de mi mano: yo lo pagaré”; el Espíritu Santo guía a un acto de amor y sacrificio, pero es el apóstol Pablo quién asume la responsabilidad de pagar los daños causados por Onésimo, el esclavo fugitivo, ahora convertido. También asume la responsabilidad Pablo cuando, por ejemplo, manda expulsar a un fornicario (1 Corintios 5:5,13), o al reconvenir con dureza a los gálatas, instándoles a no abandonar el evangelio que él les ha predicado (Gálatas 1:8; 3:1).

El trabajo intelectual y la responsabilidad asumida por un escritor en la creación de un documento, hacen que sea un derecho y a la vez un deber que su nombre figure como autor del mismo. Hoy diríamos que el Evangelio de Lucas y el libro de Hechos de los Apóstoles son propiedad intelectual de San Lucas, y que 1 Corintios, Gálatas, Filemón (entre otras) son propiedad intelectual del apóstol San Pablo; o de aquellos a quienes ellos hubieran cedido los derechos. Si hoy en día, más de mil novecientos años después, hubiese descendientes de Pablo o de Lucas que pudiesen probar, más allá de toda duda, ser los poseedores legales de los derechos sobre las obras de aquellos hombres, quizás cada Casa Editora del mundo que quisiera publicar la Biblia debería pagar derechos de autor a tales herederos. O tal vez no, por el inmenso lapso de tiempo transcurrido, y según las leyes sobre el tema vigentes en cada país. Indudablemente, ni Pablo ni Lucas querrían que se pusiera obstáculo alguno a la libre circulación de sus escritos, por cuanto son Palabra de Dios; tal vez, lo único que nos pedirían sería que la gente supiera que fueron ellos quienes realizaron el trabajo intelectual y asumieron la responsabilidad de legar esas Escrituras a la posteridad.

Este tema se encuadra en un asunto de derechos. Yo, persona, por ese solo hecho, tengo el derecho a que se me respete. Que se respeten mis ideas, que se respeten mis opiniones, que se respeten mis creencias; también, que se respete mi trabajo. Si mi tarea fue limpiar un piso, tengo derecho a que se respete mi trabajo, y nadie camine por ese piso con los pies embarrados, o tire mugre allí; si pinté una pared, es mi derecho esperar que nadie la ensucie con un graffiti; y si cumplo una labor intelectual, también tengo derecho a esperar que sea respetada. Si es una labor intelectual creativa, sea artística o científica, tengo derecho a que se me reconozca como el autor (y responsable) del producto. Soy el dueño de la propiedad intelectual de ese producto, hasta que lo ceda por contrato formal a un tercero, quién explotará los derechos sobre ese producto. Así funciona.
Salvo, a veces, entre los cristianos evangélicos.
Deuteronomio 19:14 dice: “no reducirás los límites de la propiedad de tu prójimo”. Creo que el pasaje también se aplica a la propiedad intelectual, entendiendo por tal “la producción intelectual, científica o artística”. Según el artículo 3º de la Ley 17.616 de Derechos de Autor y Derechos Conexos (promulgada por la Asamblea General del Parlamento Uruguayo en diciembre de 2002), se incluyen como tal, entre muchas otras producciones intelectuales: Cartas. Escritos de toda naturaleza. Folletos. Libros. … Y, en fin, toda producción del dominio de la inteligencia”. Aún en el caso de la Biblia, nuestras Biblias en idioma español, según la versión Reina Valera de 1960, nos aclaran que la Sociedad Bíblica Americana y las Sociedades Bíblicas Unidas son los propietarios del texto bíblico. Y es lógico: traducir, revisar, actualizar, editar y publicar la Biblia exige un trabajo intelectual, con su costo, en tiempo y dinero.

Sin embargo, los evangélicos parecemos adolecer del defecto de pensar, o creer, que un material literario o musical evangélico, solo por el hecho de ser cristiano, hablar de Dios, la Iglesia, las Sagradas Escrituras, o la experiencia espiritual de los creyentes, es de dominio público, como si de los clásicos griegos se tratara, o de alguna otra obra antigua, cuyos autores y editores hace milenios que son polvo entre los muertos.

No nos equivoquemos. Los derechos de autor existen también entre los evangélicos; tanto los de músicos y compositores, como los de escritores, sean poetas, dramaturgos, novelistas, pensadores y columnistas, y también periodistas y comunicadores. Si el material dice “derechos reservados”, significa que quién piensa, reflexiona, busca información, recopila datos, analiza material, traduce, cita y reproduce material bibliográfico respetando derechos, mediante el procedimiento mínimo de nombrar autor y fuente de información, y finalmente escribe y publica, entiende que su trabajo intelectual debe ser respetado de igual forma.
¿De qué forma? Bueno, tal vez no exigiendo el pago de derechos de autor por el material que será reproducido, pues es material que en última instancia apunta a un objetivo sublime, el crecimiento y madurez de los cristianos y de la Iglesia, así como el avance del reino de Dios. Pero sí, como mínimo, citando clara e inequívocamente autor y fuente de información. De tal manera, escritores y editores verán reconocido su trabajo intelectual, y al mismo tiempo asumirán plenamente la responsabilidad por su producción; y se sentirán respetados.

Seamos buenos cristianos; civilizados, y buenos ciudadanos. No saltemos barreras que en el mundo secular no nos atreveríamos a saltar impunemente. Recordemos que en 1 Corintios capítulo 6, el apóstol Pablo dice que es una falta (realmente un desatino) que los cristianos se demanden unos a otros ante jueces seculares.

Y si quiere reproducir este artículo, cite mi nombre, y la página web de la que lo sacó: iglesiaenmarcha.net.


Dr. Álvaro Pandiani
Iglesia En Marcha.Net
7 May '08

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