MATRIMONIOS URUGUAYOS


MATRIMONIOS URUGUAYOS
 
Fenómeno multicausal. La cifra de enlaces descendió otra vez en 2007, mientras los divorcios aumentan
Las parejas uruguayas ya no son lo que eran. Poco queda de la imagen tradicional de familia: papá, mamá, los nenes. En 2007, la cifra de matrimonios volvió a descender: fueron 12871. La tendencia tiene ya años y parece irreversible. Las causas son múltiples, pero tienen mucho que ver con los nuevos roles de nuestra sociedad.
Gelsi Ausserbauer
 
¿Casarnos? ¿No sería mejor que antes probáramos vivir un tiempo juntos?” La frase es cada día más usual y abarca, por motivos muy distintos, a todas las clases sociales. La cifra de matrimonios viene en picada desde la década de los 90. La pregunta es: ¿las parejas están en crisis en el nuevo milenio?

Te quiero, no te quiero
Javier y Jessica viven en Florida. El tiene 26 años y ella 21. El 16 de marzo cumplieron un año de casados, después de un prudencial tiempo de noviazgo. “Mis padres se casaron, y mis abuelos también, por eso no quise convivir. Tomé esa decisión pensando también en el futuro de mis hijos. Creo que así van a recibir una mejor educación y van a tener más derechos ante la Ley. De otra forma, no habría sentido que formábamos una familia”, explica Jessica. Hace relativamente poco tiempo, su historia sería la de cualquier pareja uruguaya tipo. Hoy en día, es casi una excepción.
En 1974, en un país con una población algunos cientos de miles inferior a la actual, 25.000 parejas uruguayas contrajeron matrimonio. Esta cifra se redujo poco a poco durante los años que duró la dictadura y en los 80. Sin embargo, a partir de mediados de los 90, los uruguayos comenzaron a casarse cada vez menos. La cifra anual de matrimonios se vino abajo. Casi 18.000 parejas contrajeron enlace en 1995; 14.000 lo hicieron en el año 2000; poco más de 12.800 el pasado año. Es el número más bajo desde que se tiene registro.
Paralelamente, la cifra de divorcios ha ido en aumento. Casi 4.500 personas iniciaron los trámites para disolver su matrimonio en 2006, sólo en Montevideo, y en el interior la tendencia es idéntica desde hace años. Precisamente, el fenómeno no es nuevo: en 1997 más de 8000 parejas disolvieron su matrimonio. En 2007, 757 ya lo habían hecho sólo hasta el 10 de abril. ¿Es que las parejas uruguayos no se aguantan? ¿Ya no vale la pena una vida en común? El cambio radical en la estructura de las familias nacionales podría impresionarnos de ese modo.

Probar antes
El 27 de febrero Jannet y Daniel pasaron por el Registro Civil, después de nueve años de convivencia en el que tuvieron un hijo, Iván, de seis. Su caso es emblemático. Cada vez es más frecuente que las parejas contraigan matrimonio sólo después de haber probado antes un tiempo de concubinato. ¿Por qué elegir cambiar de estado civil cuando las cosas funcionan?
“Nos llevamos bien, de eso no tenemos dudas ­comenta Jannet entusiasmada por la nueva etapa de su vida en pareja­. No quisimos casarnos para tener más seguridades, porque la nueva ley (de Unión Concubinaria) las garantiza. Pero en la partida de nacimiento de Iván dice ´hijo natural´. No es que lo discriminen por eso, pero si era por probar, ya probamos lo suficiente”.
Este fenómeno tiene relativamente poco tiempo. En una época, el concubinato era casi una mala palabra, excepto en los estratos sociales más bajos. Hoy, está absolutamente asentado en todas las clases, hasta convertirse casi en una moda. “Su evolución atestigua que el descenso de los matrimonios no ha acarreado la disminución de nuevas familias, sino una fuerte desinstitucionalización de los vínculos conyugales”, indica la demógrafa Wanda Cabella en su documento “El cambio familiar en Uruguay: una breve reseña de las tendencias recientes”.
La socióloga Karina Batthyány, coordinadora de la Red temática de estudios de género de la Universidad de la República (Udelar), coincide con esta perspectiva. “El dato que hay que mirar, complementariamente a la disminución de los matrimonios, es el aumento de las uniones concubinarias. Una de cuatro parejas uruguayas de hoy es una unión libre. Es una tendencia que va en aumento y se ha multiplicado en los últimos años”, señaló.
La eclosión de los concubinatos se produjo desde fines de los 80, y en la última década se ha duplicado. No obstante, las especialistas observan que el fenómeno está directamente ligado a la fase reproductiva, ya que la cantidad de uniones libres disminuye con la edad de la mujer. El 75% de las que tienen un hijo están casadas, y la cifra se eleva al 90% entre las que tienen dos.
“En muchos casos, estas uniones son transitorias. En los 80 se tendían a concentrar en los sectores más populares. Hoy en día encontramos que esa tendencia sigue vigente, pero también muchas de las parejas que constituyen los jóvenes, por no decir la mayoría, son uniones libres. Después evolucionan, o no, en el matrimonio. Normalmente, se aproximan a la legalización de ese vínculo, por medio de la institución del matrimonio, cuando sus miembros están próximos a la edad de procreación”, detalló Batthyány.
Para la especialista, se está produciendo una desinstitucionalización de los vínculos conyugales. El resumen sería el siguiente: “No es que la vida en pareja no existe más: lo que se está perdiendo es la legalización de esa vida en pareja. Antes era impensable la convivencia sin esa institucionalización, pero hoy diría que es exactamente al revés”.
Batthyány añadió que en la actualidad las parejas tienen ciclos más cortos. Las cifras son contundentes. “Ya no existe la pareja para toda la vida. Mientras hoy el 20% de los matrimonios se rompe al séptimo año, (la cifra se situaba en el 13% en 1995. N. de R.), hace dos décadas se necesitaba el doble o el triple de tiempo para llegar al mismo porcentaje”, señaló.

Inequidades
Varios son los motivos que explican la nueva sociedad uruguaya. La baja en el número de matrimonios ­y la suba del de divorcios­ puede deberse a varios factores largamente estudiados en épocas posmodernas (o pos-posmodernas). El aburrimiento aparece más rápido en épocas donde la rapidez es la esencia de todas las cosas; el divorcio ha dejado de ser mala palabra porque la religión ha perdido peso y la sanción social ha perdido rigidez; muchas mujeres posponen dedicarse a la vida de casadas para desarrollar otras facetas, como la profesional. Sin embargo, parece evidente que estos aspectos no tienen el mismo peso en todas las clases sociales.
“Detrás de la baja en los matrimonios, está la forma en que los uruguayos nos relacionamos. Y es clave como se reparten los cuidados en el interior de las familias”, explicó Batthyány. Diversos estudios de la Facultad de Ciencias Sociales, en los que ha participado Batthyány, han descubierto que “la carga del cuidado y la atención, sobre todo de los niños y los adultos mayores, cae fundamentalmente sobre las espaldas de las mujeres”, señaló la especialista. “Antes la división de roles era muy tradicional y rígida: el varón era el ganapán y la mujer era la que proveía los cuidados. Ya hace por lo menos 30 años que en este país la tasa de actividad femenina es altísima, y por lo tanto las mujeres ya no están solamente en las casas para cuidar y atender, sino que también son proveedoras de ingresos en la mayoría de los hogares, y mucho más en situaciones de poscrisis como las que se vivieron en este país”. La especialista insistió en la inequidad que representa este cambio de roles: “La mujer se ha incorporado al mercado de trabajo, pero la esfera reproductiva no se redistribuye”. Un dato puede demostrar este hecho a la perfección: cuidar un niño menor de 6 años requiere 30 horas de trabajo semanal, casi como una jornada laboral completa, explicó Batthyány.
Esta situación de sobrecarga “aumenta los conflictos y las discusiones, y hace más difícil la convivencia”, agregó. “Hoy en día, la mujer tiene otros horizontes, además de ser esposa y madre. Participa del país, y no solamente de la esfera asociada a la familia. Una mujer con un solo rol de la vida, el de esposa y madre, seguramente se va a aferrar a eso”.
La baja de los matrimonios y la multiplicación de los divorcios se deben en gran parte, por lo tanto, “no a una cuestión de rebelión o intolerancia, sino a una ampliación de libertades y derechos para las mujeres. Si se sigue cargando todo sobre sus espaldas, va a seguir habiendo conflicto. De esto no sólo deben hacerse cargo las familias, sino también las políticas públicas o comunitarias. Es imprescindible, por ejemplo, la ampliación del horario escolar en las escuelas públicas”.

Los hijos
Batthyány consideró indispensable que el Estado desarrolle “políticas conciliatorias” que hagan “más llevadera la vida familiar, sobre todo para las mujeres”. “Si la educación inicial se amplía es, sí, por el desarrollo infantil, pero también para facilitar la incorporación de la mujer en el mercado de trabajo”, afirmó.
No obstante, consideró que estas políticas se focalizan “sobre todo en los sectores más pobres”. Para una mujer de clase media, formar una familia acarrea diversos problemas prácticos.
Un ejemplo es el cuidado de los niños pequeños. “En los sectores altos no hay problemas: se contratan guarderías de amplio horario. Pero el sector medio no tiene los recursos: si destina el dinero para eso no se puede destinar para otra cosa. Esas son las políticas que faltan”, sostuvo la socióloga.
El asunto no es menor. Las mujeres de clase media tienen cada vez menos hijos, y eso representa un peligro para la supervivencia de nuestra sociedad. La diferencia en las pautas de fecundidad de una mujer educada y una que no ha recibido instrucción es abismal. La más educada retrasa tanto la edad en que inicia la vida en pareja como el momento en que tiene su primer hijo. Las menos educadas, en cambio, comienzan a convivir muy jóvenes, y tienen hijos casi de inmediato. “Eso explica por qué en el Uruguay la edad más frecuente en que las mujeres tienen su primer hijo se sitúa en los 19 años”, dijo Batthyány.
Más del 60% de las mujeres de sectores bajos ya tuvieron su primer hijo antes de los 20 años, mientras que en los sectores educativos más altos el porcentaje desciende abruptamente al 15%. En opinión de Batthyány, las mujeres educadas no retrasan estas decisiones “sólo por una ecuación costo-beneficio”, sino también porque “tienen claro el costo en tiempo y en afecto que tendrá cada uno de esos hijos”.
La tendencia, naturalmente, no afecta sólo a nuestro país. Gran parte de las naciones europeas están por debajo de la tasa de sustitución poblacional (superior a los dos hijos por pareja). Este problema ya está instalado en Montevideo. “Actualmente, las mujeres montevideanas tienen 1,7 hijos en promedio”, dijo Batthyány.
Una cosa va de la mano con la otra. Sin embargo, aun modificadas, los uruguayos siguen apostando a vivir de a dos. “¿Está cayendo en desuso el vínculo de pareja?”, se pregunta Helen Fisher en su libro “Anatomía del amor”. “Tal vez”, responde. En Uruguay esta duda no parece justificable, a juzgar por los estudios. No obstante, bien se podría concluir con otra afirmación de la autora: “El matrimonio muestra, sin duda, diversas modalidades de decadencia”. Basta la cifra de divorcios para comprobarlo.

 
La República/Iglesia En Marcha.Net
11 May '08

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