LA DELGADA LÍNEA ROJA

Mayo ha sido un mes agitado para los uruguayos, quienes nos hemos visto impactados por sonados casos de pedofilia, uno en Maldonado, otro en Tacuarembó, y luego como en una cascada, Artigas, San José (dos casos), también Montevideo, Rocha, al punto de ya no saberse dónde y cuándo se detendrá esto. Dichos casos han desembocado en la muerte de (hasta ahora) dos niñas, una de once años y otra de catorce meses, y un adulto de cuarenta y tres años, ajusticiado por los presos de la cárcel de Tacuarembó, donde había sido recluido; en el procesamiento de varias personas, y la búsqueda de otros responsables aún prófugos; y en la reapertura de muchas interrogantes, que ponen nuevamente en el tapete temas sensibles, urticantes, y lejos aún de estar resueltos: inseguridad, violencia doméstica, maltrato y abuso de menores (con sus derivaciones más oscuras de pornografía y prostitución infantil), sintomáticas de la decadencia moral grave e irrefrenable de nuestra población; la cresta de un enorme iceberg que contamina la sociedad uruguaya.
El pasado día 20 de mayo, mientras la televisión mostraba al individuo de sesenta y seis años procesado por abusar sexualmente de su nieta, el periodista se refirió al hecho cometido por el sujeto con el apelativo de “execrable”. Execrable, palabra definida por el WordReference.com como “detestable, digno de condena”. La lista de sinónimos que ofrece el programa Word de Windows XP es significativa: “abominable, detestable, aborrecible, odioso, repugnante, depravado, atroz, horrible, malo, ominoso, lamentable, nefando, inconfesable, incalificable, intolerable” y otros. ¿Cuál es ese crimen execrable? El abuso sexual de menores, técnicamente conocido como pedofilia; es decir, “fantasías o comportamientos sexuales que involucran a niños, generalmente prepúberes, y que van desde mirar a tocar hasta la realización de prácticas sexuales. Las víctimas pueden ser de ambos sexos, pero con más frecuencia son niñas. En cuanto a la edad, suele depender de las preferencias del pedófilo” (Trastornos sexuales, Parafilias, Paidofilia; en Farreras Rozman, Medicina Interna; decimoquinta edición, Elsevier, Madrid, 2004; Pág. 1591). Y, ¿por qué es execrable la pedofilia? La pregunta puede parecer superflua; nadie en nuestra sociedad dudaría en calificar como detestable, repugnante, atroz, horrible, malo, etc, el someter a un niño o niña a prácticas sexuales. Cualquier forma de violencia sexual, de sometimiento de una persona, por la fuerza física o la presión de la amenaza o la tortura psicológica, para satisfacer los apetitos sexuales de quién somete, aunque la víctima sea un adulto, resulta visceralmente repudiable. Cuanto más cuando la víctima es un niño, inocente e indefenso del punto de vista físico y psicológico, frente a la dominación de un adulto más fuerte, y con una mente más compleja, bien que retorcida y perversa, que sabe manejar los recursos de la seducción, la mentira y la amenaza. La cosa empeora cuando el invasor es alguien de la propia familia, el padre o quién ocupa el lugar de tal; alguien que debería ser el depositario de toda la confianza del niño/a, el que provee a sus necesidades (materiales y emocionales) y le protege de los peligros externos de un mundo poco conocido, pero que se transforma en cambio en un usurpador de la intimidad de su cuerpo, que el niño/a conoce también poco, pero que ya se le ocurre complejo, y propio.
El punto es que lo execrable del hecho se relativiza, cuando pensamos que la pedofilia, que estaría en la base de estos casos de abuso sexual de menores, se encuadra dentro de los trastornos sexuales llamados parafilias, cuya definición tampoco es absoluta; leyendo nuevamente en el texto médico citado, encontramos un poco antes en la misma página: “La definición de parafilia (activación sexual ante estímulos considerados no normales) ya deja traslucir lo problemático que puede ser su diagnóstico si se tienen en cuenta las costumbres de las distintas culturas”. Entonces, si el carácter normal o anormal de una conducta se define en función de las costumbres, de las pautas culturales, podemos honradamente preguntarnos si el carácter execrable, abominable y atroz de estos hechos de abuso sexual en menores de edad, no está en función de la cultura de nuestra sociedad. ¿No será que lo aborrecible, malo y nefando de la pedofilia depende de nuestras costumbres, dictadas por el uso heredado de nuestros mayores? ¿No dependerá de costumbres aprobadas o reprobadas según nuestros conceptos sobre la sexualidad? ¿No dependerá, también, de las opiniones del momento sobre qué prácticas sexuales son lícitas, y cuáles no? ¿No estará en función, además, de qué valor demos a la niñez como etapa fundamental en la formación de la personalidad, y al niño/a como persona que tiene plenos derechos a ser amado, cuidado, respetado y protegido? En fin, ¿no depende, en última instancia y mal que le pese a muchos, de nuestras creencias acerca de lo que está bien y lo que está mal?
Porque al hacer esta consideración, se impone una gran interrogante: ¿cuál es el metro patrón que tomamos para definir nuestras creencias, y nuestro particular concepto de lo que está bien o mal? ¿Cuál es ese patrón que nos indica dónde trazar la línea, la delgada línea roja que nos advierte del límite que no deberíamos traspasar, so pena de incurrir en algo lamentable, incalificable y detestable?
Pero las inquietantes interrogantes que debemos hacernos no terminan ahí, porque esa fina línea que señala la frontera entre el bien y el mal, ¿puede cambiar, variar, moverse hacia delante y atrás, según los cambios en las costumbres, la mayor permisividad en la transgresión de viejos moldes, el empuje “revolucionario” (porque ser revolucionario está de moda) por modificar el modo de vida establecido en las comunidades, en suma, la alteración de las pautas culturales que definen lo que la sociedad es y hace? Porque es tan veloz el cambio en nuestra forma de vida y costumbres, habido en los últimos años en nuestro país, que esa delgada línea zigzagueante se ha desdibujado, volviéndose una mancha borrosa, tal que ya nadie parece saber dónde está el límite. Entonces, en algunos aspectos del quehacer colectivo, grupos que toman una posición definida preconizan, y políticos acomodaticios llevan adelante, la imposición por ley de una particular visión de la realidad, de acuerdo con los conceptos, las opiniones del momento y las creencias de quienes integran esos grupos, y tal vez de algunos de los políticos que los acompañan.
Luego, todo es relativo. Hace pocas décadas atrás, la homosexualidad era execrable, causa de vergüenza para la familia del causante, y para él/ella mismo/a; una condición que debía ocultarse para evitar la segregación social. Hoy en día, la homosexualidad es aceptada como una “orientación sexual”, tan válida como la que surge del sexo biológico, en virtud del concepto de la perspectiva de género; es parte de la “diversidad”. Entonces nos preguntamos, ¿lo execrable de hoy no será parte de la diversidad en un futuro cercano? El que un adulto someta sexualmente a un niño, porque “necesita” satisfacer sus instintos de esa particular manera, ¿no será visto, en treinta o cuarenta años, como una orientación sexual tan válida como cualquier otra?
Ya el año pasado nos preguntábamos, respecto a este cambio de patrones culturales en relación a la sexualidad, acerca de los límites que se podrían alcanzar, cuando comentábamos el proyecto de ley de regulación de la unión concubinaria (ya aprobado): “En cuanto a la adopción de niños por parejas de homosexuales, algo para lo que esta ley, de ser sancionada, finalmente abriría la oportunidad, podemos preguntarnos: ¿por qué querrían adoptar, y criar, niños/as los homosexuales? ¿Porque ellos también tienen instintos paternales/maternales, y aspiran a ver cumplidos los anhelos generados por tales instintos? Pero, ¿no podemos especular que estos ciudadanos aspiran a criar hijos para inculcarles su propia escala de valores, reproduciendo en esos niños y niñas su propia “orientación e identidad sexual”, creando y multiplicando así a los homosexuales de mañana, como primera fase quizás de un plan de largo alcance, cuyo objetivo es transformar nuestra sociedad? Porque a partir de esa especulación, deberíamos entonces preguntarnos si no hay más remedio que aceptar semejante transformación, solo porque una legislatura (la anterior a esta) benefició con la protección contra toda discriminación a ciudadanos cuya opción sexual, la mayoría de la humanidad a lo largo de toda su historia ha considerado una desviación. Deberíamos plantearnos la interrogante acerca de si es justo que estos ciudadanos, en el uso de los derechos que les confiere esta ley, impongan su estilo de vida y conducta sexual en todo ámbito, virtualmente discriminando a los heterosexuales exclusivos, quienes en base a los principios y valores que sustentan, y que también deben ser respetados, no aceptan ni aceptarán nunca como “normal” dicho estilo de vida y conducta sexual. Deberíamos preguntarnos si es justo que la genitalidad, vivida y practicada de cualquier forma que cuadre, se imponga en la consideración y los intereses de nuestros legisladores, sobre las ideas, sobre las conciencias, y sobre los valores que ayudaron a erigir nuestra sociedad”. También lo hacíamos al comentar el proyecto de ley de defensa del derecho a la salud sexual y reproductiva (aprobado en el senado): “Preocupa leer, en el artículo 5 (Objetivos específicos), inciso a: “Promover y proteger los derechos de niños, niñas, adolescentes y personas adultas en materia de información y servicios de salud sexual y reproductiva”, y en el artículo 4 (Objetivos generales), inciso d: “Capacitar a las y los docentes de los ciclos primario, secundario y terciario para la promoción del ejercicio de los derechos sexuales y reproductivos como parte de una ciudadanía plena”. Preocupa porque promover los derechos de niños, niñas, adolescentes… en materia de información y servicios de salud sexual y reproductiva, pone un gran signo de interrogación acerca de qué exactamente será lo que el Estado promoverá (iniciará, impulsará) en niños, niñas y adolescentes, en materia de derechos sexuales y reproductivos, así como qué clase de ejercicio de dichos derechos sexuales y reproductivos deberán promover (principiar, arrancar, inspirar, empujar) los docentes entre sus alumnos (escolares, liceales y universitarios). ¿Qué harán los docentes con sus alumnos en el aula? ¿De qué hablarán? ¿Qué tipo de preceptos sobre sexualidad les deberán enseñar? En suma, ¿qué clase de educación sexual se impartirá a los niños, niñas y adolescentes uruguayos? Estas preguntas ya tienen su repuesta: la ideología de la perspectiva de género, con todo su absurdo e inmoral bagaje de enseñanzas sobre el valor de la diversidad y la tolerancia en material sexual. La pregunta que no tiene aún respuesta es: ¿qué ocurrirá si los padres no quieren, se niegan, a que sus niños reciban semejante educación sexual? ¿Y si algunos docentes se resisten, basados en su credo y su filosofía de la vida, a impartir este tipo de enseñanzas? ¿Qué actitud deberán tomar las instituciones educativas que responden a comunidades religiosas? ¿Impartir esta educación sexual, aunque vaya en contra de sus principios morales y religiosos más arraigados?”. Este cambio, esta alteración de las costumbres, esta pretendida transformación de la sociedad, la modificación sustancial de los conceptos y la práctica de la sexualidad, que según el proyecto de ley aún en discusión involucra a los niños, niñas y adolescentes con una educación sexual dudosa, y con el ejercicio de los derechos sexuales y reproductivos, expresión oscura y ambigua que no nos aclara qué se inducirá a hacer a los niños en relación a su sexualidad, ¿en qué devendrá? ¿Qué sociedad nos deparará esta ideología, el día de mañana?
Otra vez, la pregunta acuciante: lo que hoy es execrable (el abuso sexual de menores), ¿no será visto mañana como parte de la diversidad? ¿Dónde se traza la línea, delgada e inestable, que nos advierte que allí hay un límite que no debe ser rebasado? ¿Podemos tolerar, o debemos resignarnos, a que sea una línea móvil, vacilante, cuya localización el día de mañana sea incierta? ¿Puede el poder político señalarnos dónde está esa línea? ¿Puede hacerlo este gobierno, que se ha presentado desde el principio como el gran campeón de los derechos humanos, pero cuya bancada parlamentaria proyecta atentar contra el derecho humano fundamental, el derecho a la vida? ¿Puede hacerlo el gobierno, cuando el primer mandatario lleva adelante una admirable campaña contra el consumo de tabaco, mientras su propio partido (el socialista) preconiza insistentemente la legalización del consumo de marihuana, sustancia más cancerígena que el propio tabaco?
¿Puede el poder político, que incurre en estas y otras contradicciones, señalarnos un camino estable a seguir, para que la sociedad no vaya transformándose, en un futuro de mediano a largo plazo, en un extraño engendro de ciencia ficción en el que la vida, la integridad moral y los valores que prevalecieron durante tanto tiempo y cooperaron en la construcción de la civilización, se diluyan en la nada? No parece.
Quienes sustentamos una visión de la realidad acorde con la cosmología cristiana, y mantenemos, por tanto, principios éticos que entendemos acordes con la Biblia, a la que consideramos Palabra de Dios, nos enfrentamos a una doble encrucijada. Porque nuestra fe nos proporciona, sí, una noción clara del lugar en el que se ubica la línea; un lugar fijo, estable, determinado por una Voluntad superior, que nos ha mostrado a través de Su Palabra qué es lícito, y qué no, aquí y en cualquier parte del mundo, y en cualquier tiempo histórico de la humanidad. Pero nuestra sociedad ha abandonado hoy la (a nuestro entender) sana costumbre de prestar atención y obediencia a esa Palabra que nos revela la Mente, el Amor y la Voluntad de Dios, Creador Todopoderoso, manifestado en la historia humana en la Persona de Jesucristo. De modo que nosotros nos afirmamos en los parámetros de conducta que surgen de los preceptos bíblicos sobre relaciones humanas y sexualidad, pero encontramos que la sociedad en su conjunto marcha a contracorriente del ideal cristiano. Y cuando queremos presentar nuestro punto de vista basado en la Biblia, y tal vez hasta cometemos el atrevimiento de sugerir que la comunidad debería volver a los valores éticos y morales siempre preconizados (aunque, es verdad, no siempre practicados) por el cristianismo, algunas personas se ponen públicamente nerviosas, se les erizan los pelos, y salen a los medios exclamando, con un tinte histérico: “tolerancia cero, tolerancia cero”.
Sin embargo, le debemos a esta sociedad, intensamente secularizada y en proceso de transformación, por un lado hacer oír la voz de una opinión cristiana, clara y fundamentada en la Biblia, sobre temas candentes que conmocionan a la opinión pública, tal como el que motiva este artículo; y por otro lado, el trabajo personal, individuo a individuo, de evangelización, de presentación del mensaje de Cristo, en procura de ganar a cada uno a una nueva manera de pensar, de opinar, de ver la realidad. Características de una nueva vida, la vida de fe en Cristo, que es también una vida de obediencia a los mandamientos de Cristo, el principal de los cuales es el amor. Lo que también proporciona una línea clara, que facilita adoptar la conducta adecuada ante cada situación.
El segundo dilema que enfrentamos está dado por nuestros propios sentimientos, las reacciones que provoca en nosotros el conocer los hechos acerca de los cuales reflexionamos. Porque somos humanos, pero también somos cristianos. Por lo tanto no podemos, aunque nos salga de las vísceras, por ejemplo aprobar, ni mucho menos aplaudir, a los reclusos de la cárcel de Tacuarembó, que torturaron hasta la muerte al infeliz que entregaba a su hija pequeña a los apetitos lascivos de un sexagenario degenerado. Y aunque esos presos de Tacuarembó hayan contado con la transitoria simpatía de muchos uruguayos, y quizás no pocos ciudadanos/as hayan expresado su deseo de que el padre de la infortunada Pamela Silva, así como el padre de la chiquita de quince meses muerta en Artigas, fueran trasladados a esa misma cárcel, debemos pedir gracia y fortaleza a nuestro Dios, y descartando la indignación y el repudio que nos provocan tales actos y las personas que los protagonizan, actuar como cristianos.
Actuar como cristianos significa obrar con justicia, pero sobre todo con amor. Sujetarnos a la justicia establecida en nuestra nación, aunque la reacción visceral sea que hay que implementar “otra” justicia, más rápida y efectiva, como la que ejecutaron los presos de la cárcel de Tacuarembó. Y actuar con amor, orando por las víctimas de tales actos execrables; los que han salido a la luz pública, y los que siguen ocultos, en la intimidad de hogares degenerados donde los niños son abusados, procurando ayudarles por todos los medios, personales e institucionales, que esté en nuestra mano hacerlo. Pero también, orando por el victimario, el violador y sus pervertidos cómplices, tal vez víctimas del general descalabro económico, moral y espiritual que impregna fatídicamente a la sociedad uruguaya. Amar a estos delincuentes, orar por ellos, rogar a Dios que les de oportunidad de arrepentirse y encontrar la vida. No asesinarlos de una golpiza. Eso es actuar como cristianos.
¡Que nos digan que somos intolerantes!
Dr. Alvaro Pandiani
Iglesia En Marcha. Net
27 May '08

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