EL SHOW DEBE CONTINUAR II


Un elemento que forma parte importante de la experiencia cristiana de todo creyente es, sin ningún lugar a dudas, la reunión congregacional de adoración o mas simplemente, según se le llama entre los evangélicos, el culto. La Biblia no define explícitamente la palabra culto, pero hace referencias numerosísimas a la adoración que deben rendir a Dios las criaturas humanas. El libro de los Salmos, himnario del pueblo de Israel, contiene abundantes citas que estimulan a la alabanza y la adoración (“Tributen al Señor, hijos de los poderosos, den al Señor la gloria y el poder. Den al Señor la gloria debida a su nombre; adoren al Señor en la hermosura de la santidad”; 29;1,2. “Vengan, adoremos y postrémonos; arrodillémonos delante del Señor, nuestro hacedor, porque El es nuestro Dios; nosotros, el pueblo de su prado y ovejas de su mano”; 95:6,7. “Exalten al Señor, nuestro Dios, y póstrense ante el estrado de sus pies. El es santo”; 99:5). De las palabras hebreas utilizadas en el Antiguo Testamento para referirse a la alabanza de los israelitas podemos sacar algunas conclusiones acerca de como debían ser las festividades religiosas del pueblo de Dios. Al unir términos como zamar, que alude a música y canto; yada, que se relacionaba con gestos corporales; y halal, derivada de un vocablo que tiene el significado de hacer ruido, uno puede llegar a imaginarse que, por lo menos una vez pasados los momentos mas solemnes de presentación de los sacrificios rituales en el Tabernáculo, o en el Templo, la celebración religiosa de adoración a Yavheh se expresaba como un tiempo de alegre canto y baile, tal vez incluso algo bullanguero. Se equivocan aquellos que imaginan la adoración religiosa del antiguo Israel según los patrones de la religion cristiana, fundamentalmente los grises, tristes y solemnes resabios medievales que persisten en las Iglesias mas tradicionales. El pueblo israelita era una gente ruidosa (“cantaba la gente con flautas y manifestaba tan gran alegría, que parecía que la tierra se hundía bajo sus gritos”; 1 Reyes 1:40. “Cantaban, alabando y dando gracias al Señor, y decían: porque El es bueno, porque para siempre es su misericordia sobre Israel. Todo el pueblo aclamaba con gran jubilo y alababa al Señor porque se echaban los cimientos de la casa del Señor. No se podía distinguir el clamor de los gritos de alergia de las voces del llanto, porque clamaba el pueblo con gran jubilo y el ruido se oía hasta de lejos”; Esdras 3:11,13); y de hecho, la danza es mencionada en varias oportunidades como parte de la adoración espontánea del individuo y el pueblo, a Jehová (Éxodo 15:20,21. 2 Samuel 6:14. Salmo 30:11,12; 149:3; 150:4. Jeremías 31:4). El cuadro se cierra cuando vemos al mismo Dios estipulando que las festividades del calendario religioso de Israel debían ser ocasión de alegría y regocijo para toda la familia (“Te alegraras delante del Señor tu Dios, tu, tu hijo, tu hija, tu siervo, tu sierva, el levita que habita en tus ciudades, y el extranjero, el huérfano y la viuda que viven entre los tuyos, en el lugar que el Señor tu Dios haya escogido para poner allí su nombre”; Deuteronomio 16:11. Ver también Levítico 23:40, 1 Crónicas 16:10, 2 Crónicas 6:41, Salmo 89:15,16, Salmo 97:12). En el Nuevo Testamento uno de los términos griegos para “alabanza” es eujaristein, cuyo significado básico es literalmente “dar gracias”, y del cual se deriva el termino “Eucaristía”, que designa entre los católicos lo que los evangélicos llamamos “Santa Cena”, es decir el rito conmemorativo de la muerte de Jesus consistente en la participación común en el pan y el vino, símbolos del cuerpo y la sangre de Cristo. Esta Eucaristía o “Cena del Señor” se erigió desde los mas tempranos siglos de la Iglesia en corazón del culto cristiano. Instituida por Jesus en compañía de sus discípulos en las horas mas negras de su vida (los “misterios dolorosos” de la Iglesia Católica), en vísperas de su muerte en la cruz, los relatos de su institución en los tres evangelios sinópticos (Mateo, Marcos, Lucas) asi como en la primera epístola de Pablo a los Corintios, están rodeados de una solemnidad impresionante. Esa atmósfera de imponente recogimiento se respira también en el relato del apóstol Juan, quien si bien no incluye la narración especifica de la institución de la Cena del Señor, es el que nos da el registro mas extenso de la conversación de Jesus con sus discípulos aquella memorable noche. Quien lea los capítulos trece al diecisiete del evangelio de Juan sin prejuicios, y no carezca de imaginación, se sentirá transportado por el relato del apóstol, viajando en el espacio y el tiempo hasta aquella habitación elevada un segundo o tal vez un tercer piso sobre la dormida Jerusalén. Casi puede palparse el silencio, mientras aquel hombre de treinta y tres años a punto de morir habla a sus seguidores palabras de una trascendencia que rebasa los mas lejanos confines del universo. Jesus de Nazaret “sabiendo todas las cosas que le habían de sobrevenir” (Juan 18:4), asi como había anunciado a los suyos que iba a morir, y no había sido comprendido, les anuncia ahora como se sentirán ellos de ahí a un poco de tiempo: “De cierto, de cierto les digo que ustedes lloraran y lamentaran” (Juan 16;20a); y veladamente, habla de su resurrección, también en términos de las emociones de sus discípulos: “pero aunque ustedes estén tristes, la tristeza se convertirá en gozo” (Juan 16;20b). Asi se cumplió, cuando Jesus apareció vivo, luego de tres días en la tumba (Juan 20:20; Lucas 24:41,52; Mateo 28:8). El hecho de la resurrección de Cristo es lo que explica que el movimiento iniciado por El no se haya extinguido bajo la tormenta del antagonismo judaico. La muerte y resurrección de Cristo, su ascensión a los cielos, su lugar a la diestra de Dios y su promesa de regresar, son la base de la esperanza del creyente en el perdón de sus pecados y la salvación eterna (Hebreos 9:28). La comunidad de creyentes, la Iglesia, subsiste aun hoy porque Cristo venció a la muerte (Hebreos 2:14,15). Es pues la Iglesia una comunidad de redimidos que aguarda el regreso del Señor, y mientras tanto se ocupa en ser testigos ante el mundo de Aquel que es el único Salvador. Y mientras tanto también, la Iglesia es una comunidad de adoradores que expresan en la Tierra la alabanza y la gratitud debidas al Señor.
En el Nuevo Testamento, en conexión con la honda solemnidad del momento conmemorativo de la muerte de Cristo, esta también la celebración de la resurrección del Salvador, con su consecuente triunfo sobre el pecado, sobre la muerte y sobre Satanás; triunfo que tiene a su vez consecuencias de muy largo alcance, y todas positivas, para la humanidad; sobre todo, como es obvio, para el que ha decidido seguir a Cristo. Por eso, junto a expresiones como: “todas las veces que coman este pan y beban esta copa, la muerte del Señor anuncian, hasta que El venga” (1 Corintios 11:26. Expresión de la casi severa seriedad del rito eucarístico, sobre todo si se observa lo que dice a continuación: “De manera que cualquiera que coma este pan o beba esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor”; v.27); y también: “Aflíjanse, lamenten y lloren. La risa se convierta en lloro, y el gozo en tristeza” (Santiago 4:9. Expresión que invita a dejar de lado la alegría chabacana y de tipo fanfarria, de origen mundano y en esencia pecaminosa, invitando por el contrario a considerar
el estado de pecado y la condición perdida que resulta del mismo, procurando mediante contrición genuina [arrepentimiento] el perdón de Dios; corrobórese con v.8: “Acérquense a Dios, y el se acercara a ustedes. Pecadores, limpien las manos; y ustedes los de doble animo, purifiquen sus corazones”). Junto a estas expresiones, el Nuevo Testamento dedica a los cristianos palabras que reeditan el estímulo a la alegría entre el pueblo de Dios (Filipenses 3:1, 4:4; 1 Tesalonicenses 5:16; 1 Pedro 1:8). Yendo ahora adelante en el tema, podemos conceder que la manifestación de regocijo en la primitiva adoración cristiana iba de la mano con la espontaneidad, porque nadie puede imaginarse el desarrollo de un servicio en el que las manifestaciones de alegría estén regladas según rígidos cánones. La espontaneidad y la informalidad parecían caracterizar los cultos de por lo menos algunas iglesias cristianas. Esta espontaneidad libre de restricciones de tipo litúrgico (es decir, libre de un protocolo de servicio prefijado liderado con mano firme por un celoso cuerpo ministerial) daba lugar a reuniones cristianas efusivas y agitadas, y fácilmente derivaba en el desorden cultual. Y llegado a este punto es que debemos ir a uno de los puntales doctrinales del Nuevo Testamento en cuanto a la liturgia y el culto cristiano, el capitulo catorce de la primera carta de Pablo a los Corintios; capitulo que se erige en advertencia (y constituye casi un tirón de orejas) para las iglesias pentecostales, renovadas y carismáticas de hoy en dia. Sin lugar a dudas, había espontánea adoración en la Iglesia de Corinto (“Hermanos, que podemos decir? cuando se reúnen, cada uno de ustedes tiene salmo, tiene doctrina, tiene lengua, tiene revelación, tiene interpretación”; v.26); la mención de la participación de “cada uno” en el desarrollo del culto, ademas de dar la noción de una modesta participación directiva de algún cristiano local, quizás como moderador, nos evoca fuertemente el tipo de desarrollo cultual de algunas iglesias evangélicas del tiempo presente. Ahora bien, parece que al “hermano moderador” de Corinto a veces la cosa se le iba de las manos, y en consecuencia Pablo debió darles una fuerte reprimenda: “Si, pues, toda la iglesia se reúne en un lugar, y todos hablan en lenguas, y entran indoctos o incrédulos, no dirán que están locos?”; v.23. “Dios no es Dios de confusión, sino de paz”; v.33. “Hágase todo decentemente y con orden”; v.40. Es interesante notar, no obstante, que las dos manifestaciones de actividad sobrenatural presentes en la Iglesia de Corinto, y cuya espectacularidad provocaba a los curiosos al desorden, no son tratados por el apóstol Pablo como engendros extraños al Espíritu Santo que deban desterrarse (como hizo el desarrollo litúrgico de siglos posteriores). El don de profecía, o conocimiento sobrenatural derivado de Dios, y el “don de lenguas”, o dominio sobrenatural de idiomas y dialectos no aprendidos previamente, son puestos en su justo lugar por el apóstol. Con respecto a la vigencia actual de los dones del Espíritu Santo, según están bosquejados en el capitulo doce de 1 Corintios y en otras partes del Nuevo Testamento, no vamos a entrar en controversias teológicas (también sobre este tema hay libros enteros). Lo que haremos será limitarnos a observar lo que pasa en algunas iglesias evangélicas, y verter nuestro (mi) comentario al respecto.
El fervor emocional desenfrenado y la ocurrencia de fenómenos pretendidamente sobrenaturales de corte espectacular van de la mano en no pocas reuniones cristianas. Destacan como ejemplo de dichos fenómenos las “caídas al suelo” de personas “bajo el poder de Dios”. En cuanto a este caso no tengo problema en decir que creo en la realidad del “caer tocado por Dios”; en este caso la persona, durante un momento de música, o mas aun, de oración, se derrumba en el suelo quedando aparentemente dormida por algunos minutos; esto sucede en conexión con la imposición de manos por un oficiante, aunque no siempre. Este suceso tiene precedente bíblico en las experiencias del profeta Daniel (Daniel 10:8,9) y del apóstol Juan (Apocalipsis 1:12-17), y quizás también del profeta Ezequiel, como se ve en Ezequiel 1:28, si bien en este caso el dice: “me postré”, como un acto voluntario de adoración. Ahora bien, contrasta con la escasa ocurrencia de este fenómeno en la Biblia, un caso en el Antiguo Testamento y un caso en el Nuevo Testamento (ya que no consideraremos los múltiples casos de endemoniados y otros enemigos derribados por el poder de Dios, pues aquí hablamos de creyentes visitados por Dios en una forma muy especial), contrasta, digo, con esa escasa ocurrencia, el inusitado numero de veces que el fenómeno se repite en las reuniones evangélicas de avivamiento, por todos lados. Esto no es una critica; es una simple observación. Un efecto colateral de esta practica, que surge de la enseñanza de que durante los minutos de inconsciencia Dios “trata en forma especial” con la persona, es que los creyentes procuran experimentar la “caída”, apenándose cuando no les sucede, y buscando mas la forma que el contenido, muchos se arrojan al suelo apenas el oficiante que impone las manos los toca (autores cristianos hablan de una caída no voluntaria sino psicológicamente autoinducida, sin que Dios tenga nada que ver con el asunto; es muy plausible y estoy de acuerdo; ahora bien, ademas de esos, están los que indiscutiblemente se zambullen en el piso, procurando experimentar ese fenómeno especial).
Las profecías representan un paso adelante en la atmósfera de efervescencia y éxtasis de la reunión cristiana de avivamiento. Una primera cosa a destacar es la muy extendida costumbre de tomar decisiones, guiar la conducta o aun dar consejo (que se considera absolutamente autorizado) en base a lo que “se siente del Señor”. Aquí hay otro contraste con los precedentes bíblicos; el prologo profético “siento de parte del Señor decirle (tal cosa)” es claramente diferente de los prólogos proféticos usados por los profetas bíblicos (“Asi dice el Señor”; “He aquí, dice el Señor”; “Asi dijo el Señor”), categóricas afirmaciones de que las palabras que seguían procedían de la mismísima boca de Dios.
En el espíritu y actitud de reverente respeto que impone el mandamiento paulino: “No menosprecien las profecías” (1 Tesalonicenses 5:20), pero teniendo también presente la recomendación que hace a continuación: “Examínenlo todo; retengan lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21), y amparado en el mandamiento juanino: “Amados, no crean a todo espíritu, sino prueben los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Juan 4:1), he procurado examinar los mensajes pretendidamente proféticos ofrecidos en el ambiente muy particular de la reunión de avivamiento. Acá no hay un “sentir”, sino que la historia es otra; el mensaje profético irrumpe abruptamente en medio de una catarata de exclamaciones de alabanza y oración “en lenguas”, estando el susodicho profeta (o profetisa) en un estado cuasi extático. Un primer punto a destacar es la casi total ausencia de profecía predictiva, terreno peligroso para cualquier pretendido profeta, ya que el no cumplimiento de la predicción descalifica al presunto profeta como autentico vocero de Dios, según Deuteronomio 18:21,22. El resto son las consabidas frases de animo y aliento tales como “yo estoy con vosotros”, “no desmayéis” o “yo tengo algo preparado para vosotros”, y otras expresiones dichas en el pulcro español de la Reina Valera, la traducción española de la Biblia que todos los evangélicos de habla hispana utilizamos. Lo que quiero decir es que durante el momento cumbre en que se entrega el oráculo profético, el contenido de este predomina en expresiones que alientan la fe, de las cuales se encuentran a granel en las Sagradas Escrituras; el punto es que el encontrar esas preciosas palabras de animo y fortaleza de parte de Dios en la Biblia, hace totalmente innecesarios aquellos oráculos proféticos, si nosotros aprendemos a depositar nuestra fe en el terreno solido de la Palabra de Dios, y no en las arenas movedizas de los sucesos extraordinarios habidos durante una reunión donde campea el emocionalismo.
Una vez concluido el momento profético, los creyentes lloraran agradecidos, conmovidos por la especial visitación de Dios, sin ponerse a pensar que nada nuevo o significativo ha sido dicho. Recuerdo el caso de un pastor que por curiosidad concurrió a una reunión de oración de un grupo surgido como fruto de una división provocada en la congregación de origen de quienes integraban el grupo. En dicho grupo, de efímera existencia por cierto, una profetisa (de dudosa condición espiritual y aun mas dudosa condición moral) entregaba mensajes proféticos personales uno por uno a cada asistente. En esa ocasión, el mensaje especial para este siervo de Dios fue: “Dios tiene grandes cosas para ti”. Este pastor amigo (que cree, como yo, en la vigencia actual de los dones del Espíritu Santo, inclusive el autentico don de profecía) con una sonrisa me decía: “quién no sabe que Dios tiene grandes cosas para mi? Dios tiene grandes cosas para todos”. Personalmente debo reconocer que la gran mayoría de las profecías que he escuchado en las reuniones evangélicas ha resultado ser un fiasco; y esto incluye todo lo oído en muchas y diversas iglesias, de muchas y diversas personas, y algunos extranjeros que visitaron mi país. En este caso también, fuerza es decirlo, se busca mas la forma que el contenido. Esta conclusión surge de observar lo poco que se investiga si la “profecía” efectivamente se cumple. Debemos recordar que la profecía bíblica maravillosamente cumplida es uno de los factores objetivos mas importantes para autenticar la Biblia como Palabra de Dios; asi también, a nivel individual, la profecía cumplida certifica la genuinidad del vocero de Dios, por lo que se invita al pueblo a por lo menos mantenerse expectante hasta el cumplimiento del anuncio profético (1 Reyes 22:19-28). Pero en la reunión de culto parece que lo mas importante es poder salir diciendo “Dios hablo”. Cabe preguntarse, mirando un poco a quienes esperan y desesperan por una manifestación de tipo profético, en que medida la recepción del conocimiento impartido sobrenaturalmente por Dios, por lo menos supuestamente, sea predicción del futuro u otro tipo de mensaje, implica la recepción de algo que lo hace a uno diferente, un elegido, agraciado en forma especial, mirado con respeto por sus hermanos en la fe. Porque en este caso ese conocimiento presuntamente profético, o pseudoconocimiento sobrenatural, fungirá como aquel del que tratamos en el capitulo anterior; el conocimiento que otorga prestigio, influencia y poder. Y por supuesto, queda firmemente planteada la salvedad que hicimos ya desde la Introducción de este trabajo: todo mensaje pretendidamente profético cuyo contenido agregue, quite o introduzca cambio a la Palabra de Dios, debe desecharse como espurio, por muy espectacular que sea el momento profético, imponente el culto de avivamiento en que dicha profecía fue proferida, o impresionante el curriculum ministerial del fulano que quiere pasar por profeta.

Otro gran capítulo es el de la sanidad divina, tema que fue nuevamente tratado desde un punto de vista conceptual en un capítulo anterior, por lo que ahora lo trataremos desde el punto de vista práctico, es decir, de su lugar en el culto cristiano. Lo primero a destacar de dicho tema es que habiendo entre las diferentes iglesias y confesiones protestantes sendas diferencias en cuanto a si es lícito o no esperar hoy día la ocurrencia de sanidades milagrosas, el comentario se limitara a las iglesias cuya teología admite su vigencia actual y les da lugar en su liturgia. En cuanto a las otras iglesias no cabe agregar mas observaciones que las ya hechas, limitándonos a decir que la creencia en milagros de Dios en la actualidad no pasa tanto por los argumentos e interpretaciones de enseñanzas bíblicas al respecto, sino antes bien por la realidad de hechos milagrosos verificables, asi como una evaluación cuidadosa del contexto en que dichos milagros tuvieron lugar. Uno de los aspectos mas notables, sino de los hechos milagrosos en sí, del uso que se le da a este asunto, es su utilización como atractivo, procurando la concurrencia de la gente a los eventos evangelísticos. El slogan “cruzada de milagros” funge entonces como un anzuelo, en un bienintencionado si bien cuestionable intento de atraer a las personas enfermas, afligidas, angustiadas y/o abrumadas de problemas, esperanzadas porque en la cruzada “orarán por los enfermos y necesitados”. La fascinación por lo fantástico, cualidad natural del ser humano a la que ya hemos hecho alusión reiteradas veces en este trabajo, atraerá asimismo curiosos, pero al menos estos también oirán el evangelio. La pregunta es hasta que punto puede considerarse lícito utilizar la oferta de milagros y el show de milagros como avanzada para presentar el evangelio de Jesucristo, mensaje que tiene un contenido muchísimo más amplio que el ofrecimiento de sanidad física, y que incluye reconocimiento de culpa, arrepentimiento, renuncia a muchas cosas, cambio, responsabilidad de encarar un nuevo derrotero en la vida y mantenerlo. Se invita a la gente a comer una ensalada ligera, y una vez adentro se pretende obligarlos a tomar un plato de sopa. Y no es que este mal ofrecer la sopa; si ésta representa el evangelio de Jesucristo con todas sus invitaciones, bendiciones, demandas y responsabilidades, todo el mundo necesita esa sopa.
¿Y cómo se le dice al mundo que debe tomarse ese tipo de sopa?
El gran precursor del Mesías, Juan el Bautista, comenzó su ministerio con un llamado publico y universal al arrepentimiento (Mateo 3:2); Jesus inicia a su vez su carrera poco tiempo después, con un mensaje idéntico (Marcos 1:15); el sermón predicado por el apóstol Pedro en la primer campaña evangelística de la historia de la iglesia, tuvo como nota capital un publico llamado al arrepentimiento (Hechos 2:38). Esa es la característica bíblica de una avanzada evangelística. Tal vez asi se pueda evitar que la gente salga sin la ensalada y sin la sopa, refunfuñando y prometiéndose a sí mismos no regresar jamas a un evento organizado por la Iglesia Evangélica, porque se le prometio algo que no recibió. Y llegado a este punto, seguramente algunos pensaran: y que de los que si recibieron sanidad, curación, salud, etc.? Pues nada, que nos alegramos por ellos, pero sabemos bien, por experiencia y con respaldo bíblico, que ni aquí en Uruguay, ni en Argentina, Brasil, Estados Unidos, Europa o Palestina, todos los enfermos se sanan. Y el desencanto de los que siguen enfermos es grave, pudiendo llegar a cerrar las puertas de sus corazones a la fe en Cristo, por mucho tiempo o para siempre. Pero también sabemos que los que responden a aquel llamado al arrepentimiento, los que reciben a Cristo, los que creen en su Nombre, son salvos, sus pecados son perdonados, son hechos hijos de Dios, y reciben la vida eterna. Tal vez los que respondan a esta clase de llamado sean menos en numero; pero de los que si respondan, ninguno quedara desilusionado.
Otro fenómeno de tipo show conectado con la sanidad es la presentación de “testimonios” de obras portentosas de Dios relacionadas con la restauración de la salud física. Antes de entrar en este punto querría mencionar brevemente algo que halle casi por azar (para los que creen en el azar) cuando estaba preparando este capitulo, al hojear un libro evangélico publicado en el año 1974 (edición en ingles). Cuenta el mismo que en el santuario de la virgen de Lourdes en Francia, un Buró Medico estudio un total de novecientos noventa y cinco archivos de supuestas curaciones milagrosas ocurridas entre los años 1960 y 1972; alrededor de dos mil médicos tuvieron que ver con este análisis. Al cabo de los doce años, solo siete casos calificaron para ser considerados como milagros. Concluye diciendo el autor: “Constituye casi un segundo milagro el hecho de que la Iglesia Católica Romana proclame una curación como milagro”. Esta ultima referencia no debe ser tomada con espíritu despectivo por los evangélicos, en cuanto a la actitud de las autoridades eclesiásticas romanas sobre el tema. Recordemos que la teología católica romana reserva un lugar para la ocurrencia de milagros; segundo, la presencia de santuarios de peregrinación es un factor de importancia en el mantenimiento y diseminación de la fe católica; y ademas, los santuarios de milagros son también un negocio redituable. Es por lo tanto una actitud digna de encomio someter los casos de presuntas curaciones a tan riguroso examen. El mismo fenómeno, reiterado innumerables veces entre cristianos protestantes, no en conexión con santuarios, sino en los lugares donde se realizan los eventos evangelísticos (las “cruzadas de milagros”), cuenta en cambio con un extremadamente débil filtro que se interpone ante aquellos muy deseosos de llegar al escenario y estar junto al Evangelista para contar lo que les sucedió por maravilla de Dios (lo que también les da un momentáneo protagonismo). Estas personas se arremolinan junto a la escalinata de acceso, y algunos llegan a tomar muy a mal que el mencionado sistema de filtro pretenda decidir quien podrá subir a “dar testimonio” de un milagro o no. Ese sistema de filtro adolece de dos gravísimos defectos. En primer lugar se confía a pastores y eventualmente otros líderes de la iglesia, quienes pueden perfectamente ser muy versados en teología pastoral y otras materias, pero no saben nada de medicina, por lo que en el tema salud-enfermedad no tienen la mas mínima idea de que es lo que deben preguntar, que deben esperar como respuesta, y que califica para ser presentado como evidencia objetiva de participación sobrenatural de Dios en la salud de un ser humano. Quien esto escribe tuvo que integrar en una oportunidad el sistema de filtro de testimonios en un evento de este tipo, único medico entre un pequeño grupo de pastores que luchaban a brazo partido con docenas de personas que pugnaban por tener su lugar en la plataforma para contar su “bendición”. Y ademas, también se debía luchar con un individuo extranjero, coordinador del equipo llegado al país para llevar adelante el evento en esa oportunidad, quien estaba mas interesado en que hubiera “testimonios” de milagros, que en una correcta investigación.
Porque El Show Debe Continuar.
El segundo gran defecto es pretender presentar testimonio de portentos sucedidos durante la oración, que se realiza inmediatamente antes. Entonces comprendí que incluir médicos en un sistema de filtro que funcione en ese régimen es totalmente inútil. Sin la disponibilidad de una historia clínica previa, sin la posibilidad de realizar un adecuado interrogatorio, y mucho menos un examen físico mínimo, sin la oportunidad de solicitar exámenes paraclínicos, y sobre todo sin la posibilidad de un seguimiento evolutivo, todo se reduce a un bullicioso espectáculo sin el valor de una evidencia objetiva que otorgue credibilidad al asunto.
Por eso la ironía del título de este capitulo y el precedente. Lo opuesto seria lo mas saludable. Es nuestra humilde opinión que en las manifestaciones publicas de adoración de la Iglesia Cristiana el equilibrio adecuado prescrito por la Palabra de Dios debe procurarse a toda costa.
“Digna de alabanza es la espontaneidad resultante de la presencia del Espíritu en una unción refrescante espiritual, pero todo capricho debe quitarse por estar fuera de armonía con la dignidad de un servicio divino” (Wiley).
Tomado del Libro “Sentires” del Dr. Alvaro Pandiani
Editorial Acups – Año 2000
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27 May '08

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