EN DEFENSA DE LA FAMILIA

EN DEFENSA DE LA FAMILIA 
Lic. Pedro Lapadjian

Todos nosotros hemos acariciado la idea de formar una familia en donde sentirnos seguros y amados. Sin embargo, con el paso del tiempo, muchos matrimonios no construyen una relación satisfactoria y se producen grietas que impiden la contención amorosa. Aunque permanecen unidos y viviendo bajo un mismo techo su vínculo es aburrido, mecánico e inexpresivo.
El amor es imprescindible para la salud familiar y su ausencia genera conflictos. He notado que muchas personas tienen falsas expectativas acerca de lo que es y significa amar y por lo tanto cuando se casan se sienten frustrados.
El diccionario define el amor como: “una intensa inclinación afectiva hacia alguien, que lleva a quien lo siente a desear vivamente su felicidad y su presencia”.
Quienes han estudiado griego, idioma en el que fue escrito originalmente el Nuevo Testamento, saben que hay cuatro vocablos que traducen la palabra amor y que éstos muestran diferentes aspectos del mismo. Si los aplicamos a la relación matrimonial y los armonizamos adecuadamente, se transformará en una realidad deleitosa.
Según los griegos hay cuatro facetas del amor:
 
EL AMOR DE AMISTAD:
Uno de los propósitos del matrimonio es el compañerismo. Cuando Dios creó a Adán le hizo un ser con la capacidad de comunicar afectos, pero el problema es que no tenía con quien. Aunque poseía el universo para disfrutar, el Creador notó esa carencia y dijo: “No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para el” (Gén. 2: 18). Cuando Eva apareció ante él, ambos entendieron que sus destinos se unían para siempre y al transcurrir el tiempo, juntos iban a madurar, crecer, complementarse y disfrutar.
Amar de este modo es una tarea que exige aprender toda la vida, pues ni nosotros, ni nuestro cónyuge seremos los mismos con el paso del tiempo.
Comienza en el noviazgo y va en aumento en cada etapa del matrimonio. Cuando existe una genuina amistad hay confianza, pueden abrirse para comunicar sus sentimientos, compartir sueños, y verbalizar temores. Esta forma de comunicarse, desnuda lo más difícil, que no es justamente el cuerpo, sino el alma, lo que pasa por dentro.
Muchos matrimonios no tienen un idioma común. Responden con monosílabos o hablan trivialidades. Es probable que la agitación de la vida y la falta de tiempo, atenten contra el desarrollo amoroso de la amistad.
Triste es decir que muchos de los adulterios no se originan en la atracción física, sino en el involucramiento sentimental. La Biblia dice que: “El hombre que tiene amigos, ha de mostrarse amigo” (Prov. 18: 24). Hoy es el momento adecuado para sembrar, cultivar y regar la semilla de la amistad, que en poco tiempo dará abundante fruto. Este compañerismo se puede expresar con actividades recreativas, yendo a caminar por un parque, y hasta realizando una tarea doméstica como cocinar o lavar el automóvil, pero especialmente con la disposición a escuchar lo que con palabras o silencios nos transmite quien amamos.
 
EL AMOR DE TERNURA:
“¡Es increíble como cambió! Durante el noviazgo era atento, caballero y romántico. Se transformó en otro hombre que no conozco”. No son pocas las veces que escuché a una esposa hacer ese comentario acerca de su marido.
En el noviazgo los gestos que transmiten ternura son una constante, que para algunos se desvanece lenta y paulatinamente con el casamiento.
Es que por patrones culturales erróneos, los varones arrastran el concepto de que la sensibilidad y la ternura atentan contra la masculinidad. Cuando aparecen estos síntomas, las mujeres, que generalmente son más dadas a expresar los sentimientos, retroceden en expresarlos.
Pero debajo de la fachada machista que entorpece el gesto tierno, se encuentra un ser humano que siente, tiene emociones y le gratifica que su esposa lo demuestre. Por esta razón, no dude en seguir generando el marco de acciones que favorezcan el intercambio de afectos. La respuesta no tardará en venir porque todos lo necesitamos y es una reafirmación del amor que tenemos.
Debemos permitir que la ternura se exprese con actitudes, miradas, palabras y caricias. Hace un tiempo salí a realizar un poco de ejercicio físico en la costa de Montevideo y observé una linda escena: una pareja sentada en un banco mirando la puesta del sol. Se notaba que estaban muy enamorados. Al parecer tenían más de ochenta años; el caballero sostenía con una mano su bastón y con la otra la de su esposa. Seguramente, tantos años de ternura habrán producido la sonrisa que se dibujaba en sus rostros, que disimulaba las arrugas y los embellecía.
 
EL AMOR ROMÁNTICO:
Es el que privilegia el sentimiento por encima de la lógica. El período de la historia conocido como romanticismo fue una reacción al racionalismo y jerarquizó lo subjetivo.
El amor romántico no es la constante en una relación, pues éste necesita de una atmósfera especial y eso no es siempre posible. Cuando llegamos abrumados del trabajo, y al entrar a casa descubrimos que tenemos un hijo con fiebre y se rompió un caño que llenó la vivienda de humedad, difícilmente aparezcan emociones tan espléndidas. Por eso, el romanticismo prospera mucho durante el noviazgo, y se diluye frecuentemente en el matrimonio.
Es cierto que lo complejo y tensionado del tiempo presente, relegan y hasta hacen desaparecer las expresiones románticas, pero hay que recuperarlo.
Sé que muchos hombres tienen dificultades para tomar la iniciativa en esta área y la esposa reprime lo que para ella es natural y esperable.
En el Cantar de los Cantares, la amada no se repliega, sino que provoca la situación con una invitación: “Yo soy de mi amado, y conmigo tiene su contentamiento. Ven, oh amado mío… levantémonos de mañana a las viñas; veamos si brotan las vides, si están en cierne, si han florecido las granadas; allí te daré mis amores” (Cantares 7: 11 y 12).
Cada matrimonio debe buscar espacios para renovar estos momentos que ayudarán a mantener ardiente el amor del uno hacia el otro.
 
EL AMOR FÍSICO:
Aparece espontáneamente y alcanza los niveles de satisfacción, y máximo placer, cuando surge como respuesta al tener activadas las otras facetas del amor.
Por este motivo, la sexualidad no es exclusivamente genital, sino el conjunto de varios factores que convergen. De allí, que la falta de apetito sexual, puede ser un indicador de otros desencuentros. En el contacto permanente con matrimonios, noto que hay falta de información acerca del amor físico, y de allí surgen actitudes negativas que producen distancias o frustraciones al no colmarse las expectativas.
Todavía hay mujeres que viven el amor físico como parte de sus “obligaciones” conyugales y hombres que piensan que sus esposas son un objeto para dar rienda a sus deseos egoístas. Esta clase de matrimonios no tiene encuentros sexuales que sean significativos para ambos; y por lo tanto los evitan, cayendo en una frialdad y rutina innecesarias y peligrosas.
Si se analiza la Biblia, muchos que se llaman cristianos se ruborizarían al estudiar el modelo de amor erótico que nos presenta. En los libros poéticos aparecen algunos episodios que los han querido espiritualizar, diciendo que habla de la relación de Cristo con su iglesia. Aún así, para explicarlo las figuras tienen como referencia el amor físico entre el esposo y la esposa. Ella se siente atraída hacia él y le dice: “Si halláis a mi amado, hacedle saber que estoy enferma de amor”; “sus labios son como lirios que destilan mirra fragante”; “su paladar, dulcísimo, todo el codiciable” (Cantares 5: 8, 13 y 16).
La respuesta de él, es la admiración de su belleza y se deleita en decirle: “¡Qué hermosa eres, y cuán suave, oh amor deleitoso!… deja que tus pechos sean como racimos de vid, y el olor de tu boca como de manzanas” (Cantares 7: 6 y 8)
Así lo diseñó Dios para que el matrimonio exprese su amor y disfrute del mutuo placer.
Cuando está ausente la amistad, la ternura, el romanticismo o la expresión física del amor, es síntoma de que las cosas no andan bien en la pareja. Si no se hacen los ajustes adecuados, puede desencadenar conductas que llevarán a la ruptura.
Cuando aparecen dudas en cuanto a la veracidad y permanencia del amor es bueno preguntarse:
¿Qué fue lo que me llevó a enamorarme?
¿Recuerdo momentos donde el amor fluía?
¿Cuándo comenzó a deteriorarse?
¿Qué debo hacer para revertir la situación?

 
Lic. Pedro Lapadjian
Tomado de Esperanza en la Ciudad.com
 
Iglesia En Marcha.Net

27 Abr '08

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EN DEFENSA DE LA FAMILIA


EN DEFENSA DE LA FAMILIA

En toda Latinoamérica entre los cristianos se hizo popular un canto que dice: “Con Cristo en la familia un feliz hogar, con Cristo en la familia ¡qué felicidad!”. Puedo imaginar el esfuerzo de muchos matrimonios en entonar armoniosamente una melodía que en los hechos de la vida diaria suena desafinada.
El mito de que los hogares felices no viven tiempos de dificultad, genera confusión, frustración y desalienta. Para que se produzca armonía, debemos quitarnos las máscaras y hablar naturalmente de los problemas que enfrentamos.
Toda relación humana atraviesa períodos difíciles y es necesario comprender que a todos nos sucede, siendo absolutamente natural y esperable.
Los matrimonios felices, no son aquellos que están exentos de dificultades, sino que las resuelven con madurez. Así que no hay que atormentarse interiormente cuando aparecen estos períodos de crisis, sino actuar para solucionarlos de un modo adecuado.
Para entender el significado del vocablo “conflicto” podemos encontrar ayuda en un diccionario: “Es la presencia simultánea de tendencias opuestas. Provoca una situación angustiosa que si no se resuelve, puede llegar a provocar trastornos neuróticos. Se resuelve por medio de la eliminación de una de las partes o por la creación de caminos de integración”.
Si queremos entender el origen de esas tendencias opuestas tendremos que conocer la historia personal de cada cónyuge. En la misma aparecen modos de concebir la vida, hábitos adquiridos, y proyectos que no necesariamente concuerdan con los del esposo o la esposa.
Esas inclinaciones afloran en el matrimonio y el no tratarlas convenientemente pueden ser motivo de gran angustia.
Es innegable que hay grados y frecuencias de conflictividad que podemos catalogar de normales o anormales. Si los temas que se discuten se intentan resolver mediante gritos, amenazas, o la descalificación del punto de vista del otro, ahondará la dificultad.
Al transcurrir el tiempo, traerá la ruptura del matrimonio o la descompensación emocional de la persona a la que prometimos amar y respetar.
Hace poco escuché una historia que la quiero compartir: “Dos puercos espín se habían casado. Cuando estaban muy juntos se molestaban con sus púas, pero al distanciarse se daban cuenta de que se extrañaban y se necesitaban. Así que tuvieron que esforzarse y sacrificarse para aprender a acomodarse mutuamente y no lastimarse, ni incomodarse con las púas”.
A partir de esta ilustración se imponen tres preguntas:

· ¿Hay alguna actitud o situación personal que represente una púa dolorosa para su cónyuge?
· ¿Han tomado medidas para no lastimarse?
· ¿Qué pasos tendrán que seguir para solucionar estos inconvenientes?

De la extensa variedad de conflictos que aparecen en la vida de una familia, permítame mencionar algunos:

Conflictos por falta de comunicación
Muchas personas casadas están hambrientas de compañerismo, pero el formar un hogar no necesariamente soluciona el tema de la soledad. Es más, en algunos casos lo agrava.
Aunque parezca increíble existen familias cuyos integrantes viven bajo un mismo techo, pero no se conocen, ni han aprendido a dialogar de un modo maduro, satisfactorio y significativo. Temen ser juzgados al descubrir sus sentimientos y emociones o ser menospreciados al opinar sobre un tema.
Debemos aprender a escuchar, dar la oportunidad de pensar diferente y apreciar el punto de vista del cónyuge.

Conflictos por el manejo inadecuado del dinero
Es claro que precisamos dinero para pagar el alquiler, los insumos, la vestimenta, la alimentación y los estudios de los hijos. Pero muchas familias tienen problemas porque no se han tomado el tiempo para elaborar un presupuesto que se ajuste a la realidad de sus ingresos.
Visten, festejan, vacacionan y envían a sus hijos a colegios privados, cuyos costos son imposibles de financiar con relación a sus salarios. Para alimentar esa fantasía de grandeza se endeudan y aparecen tensiones, recriminaciones y reproches, culpándose mutuamente.

Conflictos por la participación de terceros
Nos vinculamos a otros que pueden ser una bendición o una invasión en nuestro hogar. Hay personas que son muy influenciables y están excesivamente pendientes de lo que sus suegros, parientes o amigos opinen, acarreando dificultades. Toda relación saludable tiene límites que deben ser perfectamente establecidos por ambos. Salomón recomendó: “Detén tu pie de la casa de tu vecino, no sea que hastiado de ti te aborrezca” (Prov. 25: 17).

Sólo he mencionado tres áreas de conflicto, de la multiplicidad que aparecen en las familias. Pero también se producen por la crianza de los hijos, las falsas ideas acerca de la sexualidad, las heridas interiores no cicatrizadas, la negligencia en la responsabilidad de los roles y hasta por el grado de compromiso con Dios y la iglesia.

Si usted se acostumbró a resolver las diferencias dentro de un ring con los guantes de boxeo puestos, podrá ganar por knock-out o por puntos, pero dejando con traumatismos y machucones a quien manifiesta amar.

Es bueno que sepamos que el Señor quiere acompañarnos en el proceso de solucionar las diferencias, pero aplicando otra estrategia. Si anhela la participación de Dios en la restauración del vínculo, permítame sugerirle los siguientes consejos a seguir:

Reconozca el problema
El médico antes de recomendar un medicamento o tratamiento tiene que hacer un buen diagnóstico. Saber cuál es el problema y el origen del mismo es más importante que tratar con los síntomas. Negar que una enfermedad está presente, la transforma en crónica y es altamente perjudicial para la salud familiar. Haga un chequeo honesto, para saber con exactitud las causas reales del conflicto.
Asuma su responsabilidadTrasladar las culpas a otros e intentar cambiarlos es una posición cómoda. Revisar nuestras actitudes y reconocer que hay cosas que nosotros necesitamos cambiar, requiere mucha humildad. La Biblia dice: “¿Has visto hombre sabio en su propia opinión? Más esperanza hay del necio que de él” (Prov. 26: 12).
Asimismo, hay personas que reconocen sus áreas de debilidad, entienden qué perjudica la relación, pero no están dispuestas a modificar sus conductas. Cuando aceptamos nuestros propios errores, anhelamos cambiar y tomamos decisiones para que eso suceda, veremos resultados positivos. El rey David hablaba con Dios y le decía: “¿Quién se dará cuenta de sus propios errores? ¡Perdona, Señor, mis faltas ocultas! Quítale el orgullo a tu siervo; no permitas que el orgullo me domine. Así seré un hombre sin tacha; estaré libre de gran pecado. Sean aceptables a tus ojos mis palabras y mis pensamientos” (Salmo 19: 12 al 14).

Discutan los temas con madurez
Problemas sencillos de fácil solución, se transforman en debates interminables, por no aplicar el consejo bíblico que dice: “El que comienza la discordia es como quien suelta las aguas; deja, pues, la contienda, antes que se enrede” (Prov. 17: 14). Recuerdo una señora que ante el reclamo de su esposo por el mal uso del dinero, mezclaba los temas diciendo: “Se queja de que yo gasto mucho, pero no se fija en que su mamá se mete en todo”. Del mismo modo, hay que saber cuándo, dónde y delante de quién, debemos hablar de los problemas. Según Salomón: “Hay tiempo de callar y tiempo de hablar” (Prov. 3: 7b). Hace poco un joven me expresaba cuánto daño le produjo durante su niñez presenciar las discusiones de sus padres. Nunca entendió los motivos, ni supo por qué tuvo que ser testigo de estos enfrentamientos, pero el recuerdo de los mismos, todavía le entristecen.
En ocasiones quedo sorprendido al escuchar el tono verbal que usan en algunas familias para enfrentar sus dificultades, sobredimensionando asuntos intrascendentes. La Biblia nos enseña que: “La blanda respuesta quita la ira, más la palabra áspera hace subir el furor” (Prov. 15: 1).

Levante las barreras
Santiago explicó: “Todos ofendemos muchas veces. Si alguien no comete ningún error en lo que dice, es un hombre perfecto, capaz también de controlar todo su cuerpo” (Stgo. 3: 2).
De este pensamiento inferimos que en el trato con las personas aparecen palabras y acciones pecaminosas que producen obstáculos para un intercambio libre y fluido. Uno de los principales problemas en los hogares es el resentimiento acumulado con el paso del tiempo.
Suelo definir el resentimiento, como una emoción negativa que lleva a sentir el mismo dolor cada vez que se recuerda la ofensa. Esto produce que al no haber perdón, se sienta hostilidad hacia el ofensor y por lo tanto no se disfrute su compañía.
Si sabemos que por nuestras palabras alguien de la familia se sintió herido, tenemos que pedir perdón con toda sinceridad, sin justificar, o explicar lo que realmente fue una equivocación. Dice la Biblia: “Confiésense unos a otros sus pecados, y oren unos por otros para ser sanados” (Stgo. 5: 16). Asimismo si alguien se equivocó contra nosotros y nos sentimos lastimados, la actitud que ayudará a resolver el tema es la que San Pablo recomienda: “… si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo los perdonó, así también perdonen ustedes” (Col. 3: 13).
Todas las familias que aprendieron a pedir y otorgar perdón, superan convenientemente los problemas.

Utilice el recurso del consejo
¡Qué nadie se entere! Esa parece ser la principal preocupación que tienen algunos. Usan permanentemente máscaras para presentarse en sociedad, pero debajo de ella, se esconden rostros tensos, angustiados, que son el reflejo de un cúmulo de insatisfacciones.
Cuando solicitan ayuda, generalmente es tarde, y ya no hay nada para hacer. Hay que estar abiertos y pedir orientación antes de que se agrave el problema. Recuerde, aunque usted sea un profesional, un líder de la iglesia o un recién casado, la Biblia dice que: “Los pensamientos con el consejo se ordenan” (Prov. 20: 18). El consejero adecuado para los temas familiares, debe reunir por lo menos estas tres condiciones: tener autoridad espiritual, experiencia y testimonio familiar, y poseer la virtud de ser reservado.

Buscar a Dios
Lo dejé para lo último, porque creo que es lo principal y debe quedar bien guardado en nuestro corazón. Las crisis ayudan a reordenar nuestra vida y nos permiten entender cuáles son las prioridades.
Jesús enseñó: “Ama al Señor tu Dios, con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y gran mandamiento” (Mateo 22: 37 y 38). Si amamos a Dios de este modo, entonces seremos dóciles a su palabra y no hay área de la vida familiar que quede desprotegida. Estoy convencido que los que se ajustan al modelo que Dios ha diseñado, tienen soluciones reales para todas las exigencias y desafíos que le toca vivir a la familia en este tiempo.

Pastor Lic. Pedro Lapadjian
Tomado de Esperanza en la ciudad.com

 
Iglesia En Marcha. Net

23 Abr '08

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