LEYENDAS DE NAVIDAD



Ya está otra vez sobre nosotros una de las fechas más especiales y mágicas del año; una fecha cuyo contenido trasciende la experiencia cotidiana del ser humano: la navidad. Para la mayoría de la población mundial, la navidad está cargada de una magia particular; y cuando hablamos de magia no nos referimos a brujería, o malas artes diabólicas, sino a lo que el diccionario define como “encanto o atractivo con que una cosa deleita o suspende”; y cuando decimos que la navidad es mágica, nos referimos a lo “maravilloso y fascinante” que esta fecha tiene. Entonces, estos días son maravillosos, fascinantes, dotados de un encanto y atractivo que deleita (causa placer, en este caso en el alma), y suspende (lleva a diferir todas las otras actividades, para vivir esta época como especial). En suma, la navidad es mágica.
Sin embargo, en nuestra sociedad actual, en estos días proliferan el estrés, la depresión, la frustración, los intentos de suicidio, e incluso conatos de conducta violenta en personas habitualmente pacíficas. Es una época de consumismo exacerbado, explotada por los grandes centros comerciales, así como por los negocios más modestos, que en estas fechas se engalanan con cuanto símbolo o chirimbolo resulte, para el consumidor, evocativo de este tiempo especial que se vive. La llegada de las fiestas navideñas marca el retorno cíclico de la época de las comilonas y despedidas del año (¡qué trabajo dan a los servicios médicos de urgencias los reiterados ataques de dolor de vientre, vómitos, diarreas, y las borracheras!), de los espectáculos “especiales de navidad”, de la venta indiscriminada de fuegos artificiales de todo tipo (algunos de aspecto verdaderamente peligroso); pero sobre todo, marca el regreso de un auténtico torbellino publicitario, una vorágine comercial de ofertas al por mayor y menor, con que los negociantes, siempre preocupados por el bienestar de sus clientes, procuran satisfacer las necesidades imprescindibles (¡?) de las personas “para las fiestas”. Un incontenible impulso de comprar cosas posee a las personas.
Uno de los sentidos originales de la navidad, el regalo que Dios hizo al hombre perdido, la venida de su Hijo Unigénito para ser el Salvador de todos nosotros, fue celebrado por siglos como una época de alegría, en la que una de las tradiciones más arraigadas era hacer y recibir regalos. Esa tradición se ha trasmutado hoy en día en un febril afán por comprar todo cuanto el mercado ofrece de brillante, luminoso y apetecible para los sentidos. El regalo al otro, con que se celebraba la alegría por el nacimiento de Cristo, es ahora “la compra”, para otro o para uno mismo (como dicen algunos vendedores ambulantes, “para regalar o regalarse”). Hay aquí un dilema interesante; ¿el aumento de la demanda en la época navideña, dio lugar a un incremento desmedido de la oferta en respuesta? ¿Fue este enfermizo consumismo, esta desesperación loca por comprar, tener, estrenar, mostrar y lucir, que a todos nos arrebata en las fiestas navideñas, la causa de la impresionante parafernalia comercial que nos rodea y atosiga en las calles, en los negocios, en los lugares de trabajo, en los megacentros comerciales, y aún dentro de nuestros hogares, a través de la radio, la televisión, los catálogos que llegan por correo y los folletos que se deslizan bajo la puerta? Tal vez ya no tenga sentido definir qué fue primero. Lo que sí es evidente es el aumento progresivo de la maquinaria mercantil-publicitaria, en relación a la navidad.
En nuestro país se da un fenómeno interesante. Durante el mes de octubre, los comercios exhiben disfraces de brujas, maniquíes de brujas, cráneos, esqueletos y calabazas, en preparación de la fiesta de Halloween del 31 de octubre. Una vez pasada esa fecha, los primeros días de noviembre comienzan a aparecer tímidamente en los negocios los adornos navideños; las grandes tiendas esbozan a lo largo de ese mes los planes promocionales relacionados a las fiestas de fin de año. Con la llegada de diciembre, entre el exquisito perfume de los jazmines y el arribo de las agradables temperaturas propias de las navidades en el hemisferio sur, la vorágine se desata. Luces, puestos callejeros, ofertas, ventas promocionales de todo tipo, con regalos en los que nadie cree, pero todos compran por las dudas; día de los descuentos, noche de los descuentos, madrugada de los descuentos… Todo iluminado por las luces más brillantes y coloridas, adornado por guirnaldas, ramas de muérdago, chirimbolos de colores, trineos voladores tirados por renos, figuras de Papá Noel, y música de villancicos que alterna con ritmos modernos y frenéticos. En medio de eso la gente corre enloquecida, enardecida por comprar, por obtener, por adquirir el artículo que la hará feliz; sea el auténtico, aunque caro, o el más barato, el simulacro, de inferior calidad pero accesible, que evita la frustración de no tener. Porque ha llegado la época de comprar, y hay que tener; no se sabe muy bien por qué, pero hay que tener.
¿Cómo miran los pobres, los que en verdad no tienen nada, a esa gente que delira por comprar, por tener cosas nuevas? Mejor no saber. No, casi nadie se acuerda de los genuinamente pobres. ¿Acaso se acuerdan del que nació en la pobreza de un pesebre, un comedero de animales, y la celebración de cuyo nacimiento supuestamente es el origen de la fiesta de navidad? ¡Qué extraña paradoja! La fiesta del que nació en la más absoluta pobreza se transformó en el festín de los ricos y adinerados. Qué habilidad tenemos los seres humanos para retorcer, para dar vuelta la obra de Dios. Como dijo el prestigioso escritor uruguayo Eduardo Galeano: “Ni el propio Hijo de Dios se salvó de la paradoja. Él eligió para nacer, un desierto subtropical donde casi nunca nieva, pero la nieve se convirtió en un símbolo universal de la Navidad, desde que Europa decidió europeizar a Jesús. Y para más ´inri´, el nacimiento de Jesús es, hoy por hoy, el negocio que más dinero da a los mercaderes que Jesús había expulsado del templo” (El libro de los abrazos; www.angelfire.com/ego/ateologia/recortes/ellibrodelosabrazos.html).
Cada diciembre, los cristianos insistimos en que la gente debería recordar el significado prístino de la navidad, el nacimiento del Salvador, Cristo Jesús, en la aldea de Belén. Este sentido original de la Navidad, el nacimiento de Jesús, parece perdido para la gente de nuestro tiempo. Por supuesto, en los países latinoamericanos, de marcada herencia cristiana, sobre todo católica, si se requiriese de las personas que explicaran cuál es ese sentido original, probablemente la mayoría evocaría el nacimiento de Cristo; pero, a fuerza de ser sinceros, seguramente la mayoría reconocería que en su navidad particular, no lo toma en cuenta. Respecto a esto, el apóstol Pedro escribió palabras significativas, que muy bien podrían aplicarse a este asunto de la navidad sin Cristo; en su segunda carta, capítulo 1, versículo 19 dice: “Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día amanezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones”. ¿Cómo puede la gente tomar en cuenta, al celebrar la navidad, que ésta es la conmemoración del nacimiento de Jesús, si Jesús, el lucero de la mañana, no ha nacido en sus corazones?
El mundo festeja una navidad que le es propia. Una navidad que combina rasgos propios de nuestro tiempo (modas y espectáculos que, siguiendo las pautas culturales actuales, celebran una navidad en la que está ausente aquel significado prístino que mencionamos), con tradiciones antiguas; algunas de esas tradiciones tienen un débil precedente bíblico, y otras son por completo legendarias, fruto de un sincretismo entre hechos y personajes del pasado cristiano remoto, y elementos del paganismo precristiano, que la Iglesia “cristianizó” para extender su hegemonía espiritual.
Son las leyendas de navidad.
El espíritu navideño ha evolucionado al mejor estilo darwiniano. El antiguo espíritu navideño embargaba a las personas con la llegada de la navidad y el clima particular que ésta provocaba, con sus cuentos e historias de fantasía y misterio maravilloso, su ambiente tan particular creado por el canto de villancicos, sus rituales de reunión familiar para compartir la cena de nochebuena, sus costumbres alimenticias representativas (que se mantuvieron cuando los europeos cruzaron la línea del ecuador, hacia unas navidades veraniegas), y la muy especial atmósfera de alegría, reconciliación, solidaridad, paz, generosidad, anhelo, nostalgia y esperanza. Ese espíritu navideño ha mutando en otra cosa. En estas modernas navidades, signadas por el consumismo, la alegría por el nacimiento de Jesús, y la solidaria generosidad hacia el otro, han trocado en una explosión de deseos materialistas, que pueden ser colmados o no, pero que en cualquier caso dejan un sabor vacío y amargo en el alma. Dice la socióloga española Minerva Donald: “Durante las navidades se siente un deseo casi compulsivo de adquirir lo último que ofrece el mercado y quienes no pueden hacerlo se sienten frustrados y desgraciados. Tanto, que odian estos días y sólo piden que pasen lo antes posible. Para muchas gentes son días de tristeza, de soledad y desamparo. Unas fiestas no deseadas porque es cuando con más crudeza se muestra la hipocresía humana. Varios son los sociólogos consultados que consideran que, en la actualidad, la Navidad es la fiesta de los grandes centros comerciales. Que no queda nada de ese trascendentalismo que caracteriza la celebración del nacimiento de Cristo” (¿Sigue vivo el espíritu navideño?; latino.msn.com/especiales/felicesfiestas/article.aspx?cp-documentid=1356862).
Los árboles de navidad, las ramas de muérdago, las guirnaldas, las luces de colores, los pesebres, las imágenes de Papá Noel, y de los Reyes Magos en nuestra Latinoamérica, nos hablan de tradiciones ligadas irreductiblemente a las fiestas navideñas. Y aunque son profusamente usadas por los negociantes para estimular el consumismo del que hablamos, tienen un lugar en las tradiciones más antiguas, y para muchos, más queridas de esta época del año. Hoy por hoy para la mayoría de la gente, la imagen más representativa de la navidad no es la figura de un pesebre, en el que se representa el nacimiento de Cristo, sino la postal de un paisaje cubierto de nieve; un bosque de pinos, sumido bajo la luz de la luna, con una cabaña en la que se discierne un árbol de navidad con las luces encendidas. Ni que hablar de la figura de Papá Noel, mito nórdico asimilado al cristianismo hace algunos siglos, que ha penetrado nuestra cultura latina en los últimos decenios, merced al bombardeo cultural constante a que nos tienen sometidos, sobre todo, las producciones cinematográficas provenientes de los Estados Unidos. El mito de Papá Noel (o Santa Claus) ha desplazado en gran parte a los Reyes Magos en el imaginario popular, y en la fantasía de los niños, siempre ávidos por esos personajes que en muy particulares fechas del año vienen en la noche (del 24 de diciembre o del 5 de enero) para colmarlos de regalos. Estos dos mitos se suman actualmente en nuestra sociedad. Hace algunas décadas, quienes traían los regalos a los niños eran los Reyes Magos. Treinta o cuarenta años atrás, Papá Noel (o Santa Claus), era una figura navideña propia de los países del norte (Estados Unidos, Europa); una figura anecdótica, algo que no nos pertenecía, y que veíamos a través del cine y la televisión, proveniente sobre todo de los Estados Unidos, amén de la literatura, y nos permitía conocer cómo se celebraba la navidad en esos países. Hoy en día, Papá Noel está instalado entre nosotros. Su imagen y su presencia dominan la navidad en el Río de la Plata, y no sería aventurado especular que la mayoría de los niños (y las personas en general) conocen mejor la “historia” de Santa Claus (que vive en el Polo Norte, acompañado por innumerables duendes jugueteros; que existiría una Mamá Noel, o Señora Claus; que viaja en un trineo volador tirado por renos, etc.), que la historia del mismísimo Niño Jesús. Este hecho tiene diversas lecturas.
Nos habla en primer lugar de la penetración cultural norteamericana, que a través de su producción literaria, pero fundamentalmente audiovisual (cinematográfica), exporta la imagen del “modo de vida americano”, con su comodidad, seguridad económica y estilo moderno. Vale recoger aquí algunos comentarios de autores que han reflexionado sobre el tema. En El Árbol de Navidad (Diccionario de Mitos y Leyendas; www.cuco.com.ar/arbol_de_navidad.htm) leemos: “el ARBOL DE NAVIDAD… en los últimos decenios se ha “laicizado” pasando a formar parte del conjunto de usos navideños, ligados al consumismo y como imitación del AMERICAN WAY OF LIFE. Sus orígenes son germánicos y tiene un significado DE RETORNO, está vinculado a la imagen de seguridad y opulencia de América vista a través de los ojos de los inmigrantes o a través de filmes ligeros, que USA vertió en kilómetros de celuloide sobre EUROPA, durante la post-guerra”. Sergio Sarmiento, un autor mexicano, proveniente de una sociedad fuertemente influida por su vecino del norte, dice: “En nuestro país, los niños ricos reciben sus regalos navideños de Santa Claus, una figura nórdica introducida en México por vía de los Estados Unidos. Los niños pobres, en cambio, reciben los suyos —cuando los tienen— del Niño Dios en la mañana de Navidad o de los Reyes Magos, el 6 de enero”; un poco después agrega: “Los sabios, nos señala Mateo, presentaron oro, incienso y mirra como un homenaje a Jesús. Con el tiempo estos presentes se convertirían en una tradición de regalos de juguetes, en la Epifanía del 6 de enero, que harían las delicias de los niños en buena parte del mundo. Esta tradición se limita, en buena medida, a los países católicos y ortodoxos. En las naciones protestantes el intercambio de regalos tiene lugar en Navidad. De ahí que, nuestras clases medias y altas, influidas por la vida en los Estados Unidos, hayan adoptado la costumbre de dar regalos a los niños en Navidad”; y también: “La gente del pueblo, que se identifica con los sabios de oriente, no puede dejar de aspirar a la celebración navideña, ya que la percibe como más moderna. El deseo de lograr un progreso social influiría así en la creciente predilección por Santa Claus. La televisión, con su enorme influencia y sus intereses comerciales, apoyaría de alguna manera esta tendencia” (Los Reyes Magos, una tradición aún arraigada; especiales.yucatan.com.mx/especiales/reyes/editorial3.asp) (los énfasis son míos). Indudablemente, esa influencia ha llegado hace tiempo al Cono Sur, y condicionó un cambio en nuestras costumbres. Resulta llamativo recordar que, en nuestro país, durante el siglo 19, también existía la tradición de que en la noche del 24 de diciembre el Niño Jesús traía regalos a los pequeños; tradición que fue desapareciendo durante el siglo 20, tal que cuando Papá Noel aterrizó con su trineo (¿o en el Air Force One?) ya tenía el terreno despejado para instalarse. La última observación de Sergio Sarmiento nos lleva de la mano a la segunda reflexión sobre este fenómeno regalero de fin de año. La alusión a los “intereses comerciales” nos hace mirar nuestra situación actual. Como les pasa a los mexicanos, Papá Noel desembarcó y está firmemente instalado, pero los Reyes Magos se resisten obstinadamente a retirarse. Esto redunda en que, merced a las intensas e inescapables campañas publicitarias de cada diciembre, los padres se enfrentan a una cuestión comprometedora: sus pequeños, en la inocencia, fantasía y fascinación por la magia propia de los niños, esperan la llegada de personajes mágicos y misteriosos, que mientras ellos duermen les traerán regalos, ¡dos noches al año, separadas por menos de dos semanas! Tal vez una familia tipo norteamericana pudiera soportar tales gastos, pero no la mayoría de las familias latinoamericanas (salvo los pocos privilegiados de siempre). Lo interesante es que los estadounidenses no celebran la fiesta de los Reyes Magos, ni dan regalos a sus niños en esa fecha. Mientras tanto, por aquí los padres se enfrentan a una disyuntiva cruel: defraudar la inocente fantasía de sus hijos, o cumplir en las dos fechas con los esperados regalos, a como dé lugar; así sea sumergiéndose en planes promocionales y ofertas a pura cuota, que los tendrán acogotados durante la mayor parte del nuevo año. Resulta curioso y removedor descubrir, nada menos que en estas fechas navideñas, el efecto nocivo de la invasión cultural proveniente de Norteamérica, sobre la alicaída economía de la mayoría de las familias uruguayas. ¡Otro ejemplo de la importancia de mantener nuestra cultura y nuestras costumbres, frente a la penetración foránea!
Esta penetración específica de motivos navideños nórdicos tiene un marcado tono místico. Obviamente, Papá Noel es un ser inmortal (aunque sus restos descansen en la Basílica de Bari, Italia), ya que cada Nochebuena sale en su trineo desde el Polo Norte para repartir regalos a los niños. También los Reyes Magos son seres inmortales (aunque sus restos descansen en la Catedral de Colonia, Alemania), pues cada Epifanía vienen “desde oriente”, montados en sus camellos, para traer regalos a los niños. Aunque la presencia de los restos de Melchor, Gaspar y Baltasar en Colonia sea una tradición casi tan legendaria como su sobrenatural visita anual a los niños (pues las distintas tradiciones hablan de un número variable de magos, de dos a doce, con distintos nombres y procedencias), y aunque lo mismo pase con la presencia, en Bari, de los restos de San Nicolás de Mira (personaje cristiano que aglutina y “cristianiza” a varias deidades y personajes sobrenaturales paganos, de las mitologías grecorromana y celta, que repartían regalos a los niños en diciembre), hay en la actualidad una situación interesante, que mueve a una tercera reflexión. Dice el autor del artículo previamente citado Los Reyes Magos, una tradición aún arraigada: “Hay gente que me dice que los Santos Reyes están en retirada mientras que Santa Claus avanza incontenible”. Siguiendo siempre por nuestro camino especulativo, podemos incluso suponer la presencia de un retrofondo espiritual en este fenómeno.
Los Reyes Magos son seres legendarios basados en personajes bíblicos: los magos mencionados por Mateo en su evangelio, capítulo 2, versículos 1 al 12. Estos magos, es decir, sabios, serían poseedores de conocimientos de astrología y, presumiblemente, astronomía. Algunos creen que pertenecían a la casta sacerdotal zoroástrica de Persia; otros opinan que estaban en conocimiento de las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento, a través del contacto con descendientes de israelitas llevados a Babilonia en el siglo VI antes de Cristo, que nunca regresaron del exilio. A partir de la figura de estos magos (que el Nuevo Testamento no dice que fueran reyes, ni que fueran tres, ni cuales eran sus nombres), se construye la leyenda. Su número (variable, como dijimos, pero que en la mayoría de las tradiciones quedó fijo en tres); sus nombres, Melchor, Gaspar y Baltasar, que aparecen por primera vez en la Iglesia de San Apolinar Nuovo, en Rávena, Italia, en el siglo VI (Reyes Magos; es.wikipedia.org/wiki/Reyes_Magos); que uno de ellos fuera negro (lo que apareció por primera vez a fines del siglo XIV; op. cit.); y finalmente, que en la noche del 5 de enero traen regalos a los niños.
La figura de Papá Noel, en cambio, no tiene ninguna base en la Biblia, pero sí en la Historia Cristiana. Es la personalidad de Nicolás, obispo de Mira (situada en la Turquía actual), conocido como San Nicolás. Este hombre, según algunas referencias alto y delgado, vivió entre los años 280 y 345 de la Era Cristiana; sufrió prisión por su fe, siendo liberado por Constantino (Historia de San Nicolás; www.navidadlatina.com/papanoel/suhistoria.asp); es recordado por su generosidad, su bondad y sus milagros: “Los niños lo veneran desde la época en que vivió, pues ayudaba a los más necesitados, y obsequiaba regalos y dulces” (op. cit.); “El primer relato sobre el santo data del siglo IV y apareció en un texto griego. Narra la historia de tres jóvenes que beben más de la cuenta. El patrón los asesina para robarles y mete los cuerpos en una cuba de vino. Enterado Nicolás, corre a la taberna y los devuelve a la vida tras una buena reprimenda. Otra historia es la del padre que, por estar hundido en la miseria, decide prostituir a sus tres hijas. Esa misma noche San Nicolás dejó deslizar por la chimenea de la casa tres barras de oro como dote para cada una de las muchachas” ( ¿Quién es realmente Papá Noel?; funversion.universia.es/curiosidades/sorprendente/leyendasurbanas.jsp). El proceso que lleva de San Nicolás a Papá Noel, o Santa Claus (denominación que deriva del Sinterklaas de los holandeses) es el de “cristianización”, bien distinto de la “evangelización”, y que merece un análisis aparte que no corresponde hacer aquí. Brevemente, la evangelización extiende la fe cristiana mediante la predicación de la Persona y Obra de Cristo; contiene un llamado al arrepentimiento (que implica renuncia y abandono de todo lo previo, incluidas las creencias paganas), y conversión a Jesucristo. La cristianización, método diverso utilizado por la Iglesia para extender su hegemonía, como ya dijimos, adopta mitos, ritos y personajes del paganismo, dándoles un ropaje cristiano (deviniendo en santos, con sus celebraciones rituales específicas), para hacer más fácil y tolerable la transición de las personas, desde el paganismo al que habían adherido toda su vida, al cristianismo impuesto, casi siempre por orden del rey de turno. San Nicolás, cuya celebración cae el 6 de diciembre, fecha en que se conmemora su muerte, aglutinó y cristianizó, como ya fue dicho, varios elementos paganos. “En la Roma Antigua se celebraban en invierno las fiestas religiosas en honor a Saturno, el Cronos de los griegos. A mediados de diciembre había ceremonias religiosas, fiestas, juegos, las relaciones de autoridad se invertían (las mujeres sobre los hombres, los hijos a los padres). Al final de las fiestas, los niños recibían regalos de todo el mundo. Papá Noel no tenía por entonces un nombre ni un sexo definido. Los niños italianos, por ejemplo, recibían sus regalos de una bruja buena llamada Befana. En los bosques vascos quien venía con regalos era un gigante llamado Olentzero, y también carboneros, duendes, campesinos de barba blanca, botas altas y gorro de armiño eran los que regalaban cosas a los niños” (¿Quién es realmente Papá Noel?); “La inspiración además de la leyenda holandesa también tiene elementos del dios Odin o Wotan quien viajaba en un trineo jalado por renos” (Historia de San Nicolás).
El punto que nos interesa destacar es que, hoy por hoy, no importa tanto si Papá Noel es una figura más pagana que cristiana (que lo es); el fenómeno que caracteriza nuestras navidades, que “los Santos Reyes están en retirada mientras que Santa Claus avanza incontenible”, es preocupante para nosotros los cristianos. Debería serlo, pues los Reyes Magos evocan de inmediato al Niño Jesús, y llevan nuestra mente y nuestra imaginación al sentido original de la Navidad: el Nacimiento de Jesucristo. Papá Noel, en tanto, evoca sentimientos dispersos de generosidad, paz, solidaridad, reconciliación, que se funden en un vago y abstracto “espíritu navideño”, de dudosa estirpe. Parece, en nuestra humilde opinión, otro síntoma del avanzado proceso de paganización que están sufriendo nuestras navidades. Resulta curioso y contradictorio que los países de tradición cristiana protestante, rama del cristianismo cuya doctrina se centra exclusivamente en Cristo, desechando a la virgen y los santos, nos entregue esta figura pagana de Papá Noel, mientras que los países católicos mantuvieron y extendieron la tradición de los Reyes Magos, que refiere al Nacimiento de Jesús. Hay aquí un fenómeno social y religioso que merece reflexión.
De no menos extensa y abigarrada historia es la tradición más emblemática de estas fiestas navideñas: el árbol de navidad. El “arbolito”, con su forma particular y la belleza de sus adornos y luces, participa de la magia de la navidad. Además, al pie del árbol aparecen, en la nochebuena, los regalos traídos por Papá Noel (quién parece que en estas latitudes sureñas no estila ponerlos en las medias; tal vez por ser aquí verano). El árbol de navidad parece ser una tradición independiente de la herencia confesional de los países en los que se celebra la navidad. En el tira y afloje entre Santa Claus y los Reyes Magos, el árbol de navidad se mantiene impertérrito, adornado e iluminado con la belleza de sus multicolores chirimbolos, guirnaldas y parpadeantes luces. Hoy en día, nadie se imagina la navidad sin el arbolito. ¿Qué hay detrás de esta costumbre tan bella, mágica y, en apariencia, también inocente? ¿Es cristiana la tradición del árbol de navidad?
Diversos relatos son invocados en referencia a los orígenes de esta tradición. Para algunos, el armado e iluminación del árbol de navidad es una costumbre francamente pagana, que nada tiene que ver con el nacimiento de Cristo, mientras que para otros hay un significado cristiano en el árbol mismo, y en cada uno de sus componentes. Tal vez sea pertinente considerar que el árbol tiene raíces paganas, y que fue posteriormente cristianizado, pasando a integrar el extenso repertorio de mitos, tradiciones y leyendas precristianas, que la Iglesia incluyó en su liturgia, en sus ritos y en las costumbres a ser practicadas por los fieles. Las diferentes historias respecto al origen del árbol refieren a las tribus bárbaras del norte de Europa, fundamentalmente a los germanos, que fueron alcanzados efectivamente por el evangelio cristiano en los primeros siglos tras la caída del Imperio Romano. Los nórdicos tenían árboles considerados sagrados; se cuenta que los druidas se reunían bajo estos árboles, para celebrar sus ritos ( El Árbol de Navidad; www.churchforum.org.mx/Info/Liturgia/Navidad/xmas/navARB.htm); también que los germanos “vestían” sus árboles (de hojas caducas, y por lo tanto desnudos en el invierno), para que los espíritus de los bosques retornaran (www.me.gov.ar/efeme/navidad/arbol.html). Pero en otro lado se nos habla de un árbol de hojas perennes, el Divino Yggdrasil, adornando el cual los bárbaros celebraban a su dios. Éste era un árbol cósmico; simbolizaba el universo, teniendo su copa en el cielo (Asgard, morada de los dioses; Valhalla, palacio de Odín), y sus raíces en los infiernos ( Árbol de Navidad; es.wikipedia.org/wiki/Árbol_de_Navidad). Llamativamente, si bien con el advenimiento de los árboles artificiales en las últimas décadas esto ha variado, los árboles de navidad más tradicionales son de hojas perennes; es decir, árboles de hojas verdes (recordemos que en el hemisferio norte la navidad se celebra a pocos días de iniciado el invierno).
Hablar de las tribus germanas y de su árbol sagrado, nos lleva directamente a Bonifacio, un misionero inglés que evangelizaba Alemania durante la Alta Edad Media. Los bárbaros veneraban un gran roble del bosque como árbol sagrado del dios Thor; Bonifacio, al ver que la predicación no ejercía el efecto esperado, anunció que el día de la navidad de Jesús derribaría dicho árbol. El 25 de diciembre del año 724, por la mañana, Bonifacio llegó al lugar junto a algunos compañeros; el árbol estaba rodeado de piedras, y miles de paganos habían asistido para ver cómo su dios se vengaría del extranjero cristiano. Pero el árbol fue talado, y de su madera se construyó la primer capilla cristiana del lugar (Bonifacio, Diccionario de Historia de la Iglesia, Editorial Caribe, 1989, pag 161-2; Bonifacio, Enciclopedia Ilustrada de Historia de la Iglesia, Editorial Clie, 1979, pag 237-8). Otra fuente agrega que luego de derribar el roble, Bonifacio plantó un pino. La asociación del árbol de navidad con el uso del muérdago (hoy en día también artificial y utilizado con fines decorativos), una planta usada por los antiguos druidas, evoca para algunos la relación del árbol con cultos paganos de adoración a la vegetación (www.cuco.com.ar/arbol_de_navidad.htm).
En la vinculación del árbol con el cristianismo, y particularmente con la navidad, intervienen seguramente varios factores: el invierno boreal (aún en nuestra veraniega navidad del hemisferio sur, algunos árboles son adornados con nieve artificial); la destrucción del árbol sagrado por Bonifacio el día de navidad evoca poderosamente el nacimiento de un vínculo entre la navidad y el árbol; la leyenda alemana dice que Martín Lutero, regresando a Wittenberg una noche invernal, quedó impresionado al contemplar los árboles helados del bosque bajo las estrellas, por lo que, tratando de reproducir esa visión, adornó un abeto con velas (www.cuco.com.ar/arbol_de_navidad.htm). La costumbre pasa desde Alemania y los Países Escandinavos a Inglaterra, y de allí a los Estados Unidos. Al parecer, pues, la tradición del árbol de navidad habría llegado a los países cristianos australes proveniente de las tierras nórdicas, al igual que la leyenda de Papá Noel, pero en un tiempo muy anterior a ésta.
Inevitablemente, la Iglesia adoptó la tradición del árbol de navidad y lo “cristianizó”. Resulta interesante ver cómo se adjudica al mismo una nueva simbología, que habla del pecado y la redención: “El árbol de Navidad recuerda al árbol del Paraíso de cuyos frutos comieron Adán y Eva, y de donde vino el pecado original; y por lo tanto recuerda que Jesucristo ha venido a ser Mesías prometido para la reconciliación. Pero también representa al árbol de la Vida o la vida eterna, por ser de tipo perenne. La forma triangular del árbol (por ser generalmente una conífera), representa a la Santísima Trinidad. Al principio, san Bonifacio adornó el árbol con manzanas que eran las tentaciones. Hoy día, se acostumbra colocar esferas, que son los dones de Dios a los hombres… Las luces, que en un principio eran velas, son la luz de Cristo. La estrella en la punta del pino representa la fe que debe guiar la vida del cristiano. Y recordando a la estrella de Belén” (Árbol de Navidad; es.wikipedia.org/wiki/Árbol_de_Navidad). El pagano árbol cósmico, el Yggdrasil, pasó a ser el árbol de la vida, y una representación del Dios en Tres Personas (Padre, Hijo y Espíritu Santo). Las frutas y decoraciones (hoy en día, los chirimbolos y guirnaldas), regalos y atractivos para los espíritus del bosque, se transforman en símbolos de los dones de Dios a los hombres. El Asgard/Valhalla (cielo de los nórdicos) en la copa del árbol, se vuelve la Estrella de Belén, que anuncia la llegada del Hijo de Dios, venido del cielo. La inmortalidad del dios celebrado en el mito bárbaro a través de un árbol de hojas perennes, es ahora figura de la vida eterna recibida de Cristo. Las luces (antiguamente velas, hoy luces eléctricas parpadeantes) que en la leyenda germana eran el sol, la luna y las estrellas sostenidas en las ramas del árbol gigante que soporta el mundo, representan a Cristo como Luz del mundo. Etcétera.
Según las fuentes citadas: “con la evangelización de esos pueblos, los cristianos tomaron la idea del árbol, para celebrar el nacimiento de Cristo, pero cambiándole totalmente el significado” (es.wikipedia.org/wiki/Árbol_de_Navidad); y en relación a lo hecho por Martín Lutero: “quizá haya sido un intento de la iglesia alemana reformada por conservar una costumbre pagana, viva en el pueblo, atribuyéndole un carácter cristiano” (www.cuco.com.ar/arbol_de_navidad.htm). La pregunta que debemos hacernos es: ¿Podemos, quienes nos consideramos cristianos apegados a la Biblia, aceptar esta redefinición cristianizada de la simbología del árbol? No cabe duda que el árbol de navidad no tiene absolutamente nada que ver con el nacimiento de Cristo; no contiene una simbología concreta que señale hacia este acontecimiento, el más importante en la historia de la humanidad (excepto, quizás, la presencia de la estrella, hoy en día sustituida por un inespecífico puntero), y por lo tanto no es evocativo del sentido original de la navidad, al que tantas veces hemos hecho alusión en este artículo. Por lo tanto, en un sentido estrictamente bíblico, y en nuestra humilde opinión, su presencia es totalmente prescindible en la celebración de la navidad cristiana. Ahora bien, ¿qué ocurre si uno no quiere prescindir de este bello elemento decorativo, tan arraigadamente unido a la magia y encanto de la navidad? ¿Debe prohibirse su uso, en base a su remoto significado pagano? ¿O debe uno ampararse en el replanteo cristiano de toda su simbología, para así seguir armando el “arbolito”, ante el cual supimos quedar extasiados desde nuestra más tierna infancia? Al meditar sobre estas interrogantes surge, una vez más, la misma conclusión: los cristianos debemos ser positivos; más prontos a estimular que a prohibir. Estimularnos a nosotros mismos y a quienes nos rodean a vivir ésta y todas las navidades según su prístino significado: Jesús nació en Belén de Judea para ser el Salvador del mundo. “Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo” (1 Juan 4:14).
No adoramos a los antiguos dioses celtas, ni veneramos el árbol, así como no veneramos la cruz vacía, antiguo emblema de ignominia y maldición, sino que la usamos como símbolo de la muerte redentora y la resurrección de Cristo. Al celebrar la navidad cristiana, adoramos a Jesucristo; y al hacerlo, Él vuelve a nacer por la fe en nuestros corazones. Cuando eso ocurre en nosotros, con árbol o sin árbol, nuestra navidad es completa.
Aunque el 25 de diciembre sea una fecha artificial, parece providencial que se haya implantado la celebración de la navidad en ese día. Sabemos que la verdadera fecha del nacimiento de Jesucristo es desconocida; de hecho, algunos sectores de la Iglesia Ortodoxa celebran la navidad el 7 de enero. Sabemos que en el Imperio Romano el 25 de diciembre se festejaba el nacimiento del Sol Invicto, culminación del festival pagano de las Saturnales. Sí, sabemos que la navidad de occidente cae en la fecha de un antiguo festival pagano, que fue cristianizada en el siglo IV por la Iglesia de Roma. Pero en la actualidad, al igual que lo que pasa con el árbol, los cristianos que festejamos la navidad no tenemos en el corazón celebrar un viejo culto pagano, ni adorar antiguos dioses. Lo que tenemos en el corazón, en nuestro espíritu y en intención, es celebrar el nacimiento de Cristo. Nuestra meta es vivir, y mostrar al mundo, la NATIVIDAD de Nuestro Salvador. ¿Qué implica esta natividad de Jesús? Implica esperanza y redención para todos.
Por eso es bueno que esta fecha esté al final del año. Porque es justamente en esta época cuando la navidad con su magia nos “suspende”, es decir, nos hace detener un poco la loca carrera que significa vivir la vida moderna; y entre reuniones familiares, festejos, y reuniones con amigos, hacemos un balance del año que termina; una evaluación en la que inevitablemente destacan los anhelos no cumplidos: los logros no alcanzados, los objetivos no concretados, las metas aún pendientes. Todo lo que puede dejar en nosotros una sensación de frustración, de pérdida, incluso de fracaso. Entonces, en los últimos días del año, llega la navidad, que nos habla del nacimiento de Jesús. Y el nacimiento de Jesús siempre renueva la esperanza.
Esta navidad, en la soledad o la multitud, en la felicidad o la melancolía, en el festejo o la reflexiva moderación, pensemos en Jesús, para que una vez más la esperanza sea renovada.
Feliz Navidad.

Por Dr. Álvaro Pandiani

 
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20 Dic '07

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  1. Lo que plantea la socióloga citada en este artículo, que estas fiestas son “no deseadas porque es cuando con más crudeza se muestra la hipocresía humana”, ¿se aplica a cada uno? ¿Vivimos la navidad según su sentido original cristiano, o según el mundano nomás, el consumista/materialista?
    Flor de dilema para reflexionar, ¿no?

  2. Analía
    6:50 pm noviembre 28, 2010

    Buscando datos sobre la navidad llegué a este artículo. Sembrador tiene razón, la mayoría vive la navidad desde el lado consumista. Es algo para estar junta la familia (aunque el resto del año nos matemos) y comer y tomar y recibir y dar regalos. Creo que la gran mayoría no recuerda que es el nacimiento de Jesús lo que se celebra y si lo recuerdan tampoco e dan trascendencia. Es la fiesta de la familia. personalmente no soy muy adepta a estas fiestas. No soporto a mi familia dándose besos y buenos deseos cuando todos sabemos que el resto del año no será así. Me molesta reunirme con todos ellos, pero sino lo hago soy una aburrida y solitaria mujer que no ha entendido que durante estas fiestas DEBO OLVIDAR TODO, porque lo importante es LA FAMILIA.

    Muy interesante el artículo, de verdad.

    Feliz Navidad (de alguien aburrida)

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