LAS MOSCAS MUERTAS

El cristiano
ejerce una influencia en su medio ambiente a través de su ejemplo,
conducta y testimonio (amén de ser portador de la Palabra) que lleva o
debería llevar a quienes le rodean (y quieren escuchar) a tomar
conocimiento del evangelio de Jesucristo. Un palabra, un folleto, pero
también un acto, un gesto de pureza y honestidad, en medio de un mundo
de sinvergüenzas, puede provocar la pregunta que tantas veces hemos
oído: “¿cómo es eso del evangelio?”, que abre la oportunidad de
anunciar el evangelio en su claridad y pureza (si es que sabemos
hacerlo), con más detalle que un simple “Dios te ama”, “Cristo salva”,
o “Jesús viene”; porque si pensamos en ello, ¿cuantas personas en todo
el país no han oído aún esas expresiones? (a pesar de lo cual,
insistamos en proclamarlas; suenan mejor que “Fulano vive en nuestra
lucha”, “Vote a Mengano, la salvación”, o “Consulte su telehoróscopo”).

Volviendo al
punto, nuestras palabras y nuestro comportamiento en la vida diaria son
los que nos dan la oportunidad de dar a conocer el Evangelio de Jesús
en forma personal, y con los detalles particulares que nuestro
interlocutor necesita se le aclaren o expliquen. El apóstol Pablo lo
dice con estas palabras: “Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre
en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo
lugar el olor de su conocimiento” (2 Co. 2:14). Es decir que el
cristiano puede compararse con un frasco de perfume que, abierto,
esparce la fragancia espiritual del conocimiento de Cristo. O tal vez
sería más feliz la comparación con un perfumista, que diestro en su
arte, va creando diferentes fragancias según el gusto del consumidor.
De igual modo el perfumista cristiano, diestro en el manejo de la
Palabra de Dios, ajusta los detalles de su mensaje para crear la
fragancia espiritual adecuada, que vivificará el corazón del que
escucha y espera.
Y ya que
hablamos de detalles, llegamos a la raíz del problema, que son
justamente los detalles. El oficio de perfumista es permanente, porque
lo queramos o no, lo notemos o no, el olor (influencia; ejemplo, o mal
ejemplo) de nuestra vida se esparce de continuo. Lo importante no es lo
que podamos decir desde el púlpito de la iglesia; cuando el momento
llega nos ponemos la corbata, abrimos la Biblia y empezamos a hablar, o
a gritar. Pero el sermón dicho desde la plataforma es insulso, desde el
momento que no permite sentir la fragancia de una vida santa; tan solo
muestra la mayor o menor pericia del predicador en el dominio del arte
y las técnicas de la homilética. Los detalles de la vida cotidiana, los
actos y actitudes, la humildad o la arrogancia, la sencillez o la
pedantería, la sinceridad o la hipocresía, la pureza o la corrupción,
condicionan el olor espiritual que desprendemos; si nuestra vida
cristiana despide un fragante aroma, que atrae al perdido en busca del
Cristo que irradiamos, o si nuestro cristianismo hiede y apesta,
espantando al alma que tanto necesita al Señor.

¿Qué tamaño
tiene una mosca? Muy pequeño ¿Y cuanto vale muerta? Absolutamente nada.
Y sin embargo, tiene el poder de echar a perder un buen perfume. “Las
moscas muertas hacen heder y dar mal olor al perfume del perfumista;
así una pequeña locura al que es estimado como sabio y honorable”
(Eclesiastés 10:1).

Las moscas
muertas hacen heder nuestro testimonio; las moscas muertas producen mal
olor en nuestra vida espiritual; las moscas muertas hacen que nuestra
persona apeste. Son pequeñas, no valen un comino, pero pueden echarlo
todo a perder. Una vida de honradez, un testimonio radiante, un
ministerio fructífero, todo, todo, todo, arruinado por una pequeña
locura. Un pequeño pecado, un desliz “inocente”, y adiós al cristiano
sabio y honorable (al menos en apariencia).
A volver a empezar. Arrepentimiento, humillación, llanto, disciplina.
Feo, ¿no? ¿Porqué no evitarlo?
¿Y cómo?
En principio,
evitando que las moscas muertas caigan dentro del frasco de perfume. En
otras palabras, evitando que el mensaje que irradia nuestra vida (y no
solo nuestra boca) se contamine con los feos olores que producen las
cosas de este mundo, sean pequeñas locuras, pequeños pecados,
insignificantes actitudes, o diminutas mentiras, que acumulándose
terminan por transformar en una mentira nuestra vida cristiana toda.

Imaginate
hermano que tu vida espiritual apesta por causa de las moscas muertas.
Pero tenés el frasco bien cerrado; no se siente el verdadero hedor.
Tampoco la buena fragancia de Cristo; todo lo más, se percibe el
discreto olor dado por una apariencia de piedad. Pero la verdad está
oculta tras la escenografía de un vivir cristiano que no es verdad,
sino tan solo una teatralización.
¿Puede
tal situación prolongarse indefinidamente? Eso es dudoso: “No os
engañéis; Dios no puede ser burlado” (Gal. 6:7); “… no hay nada
oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de
salir a luz” (Mr. 4:22). Tarde o temprano el tarro se va a destapar, y
entonces el hedor, cuanto más tiempo estuvo concentrado, más intenso va
a ser, y más lejos va a llegar. Y entonces aquel cristiano a medias,
aquella consagración solo en parte, aquella hipocresía, codicia,
soberbia, o vaya a saber qué otra cosa, al descubrirse se extenderá
como olor penetrante y enchastrará no solo el nombre, vida y ministerio
(actual o potencial) del implicado, sino que también ensuciará el
Evangelio, desacreditando el testimonio cristiano.
Y el Evangelio
de Jesucristo es lo más maravilloso que Dios nos ha dado; demasiado
puro y limpio para que lo hagamos oler a podrido con nuestros malos
actos y peores actitudes.
Por eso, antes
que Dios destape el tarro, es mejor que lo hagamos nosotros, y de una
vez y para siempre desalojemos las moscas muertas que llevemos ocultas,
renunciando a ellas. Y a través del arrepentimiento, la confesión a
Dios y un nuevo empezar, irradiemos la fragancia espiritual de Cristo a
nuestro alrededor.
“Antes bien
renunciamos a lo oculto y vergonzoso, no andando con astucia, ni
adulterando la Palabra de Dios, sino por la manifestación de la verdad,
recomendándonos a toda conciencia humana delante de Dios” (2 Co. 4:2).

Por Dr. Alvaro Pandiani

Iglesia En Marcha.Net

12 Nov '07

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