ENCUESTA MUNDIAL DE VALORES


ENCUESTA MUNDIAL DE VALORES

La semana pasada se difundieron los primeros resultados de la Encuesta Mundial de Valores. Esta fue hecha por primera vez en Uruguay en 1996 y replicada diez años después (2006). Equipos Mori tuvo a su cargo la realización del trabajo de campo y el análisis. Esta encuesta se realiza en varios países del mundo, como su nombre lo indica, y tiene por objetivo medir los cambios en los valores y percepciones de ciudadanos de diferentes culturas. Uno de sus objetivos es medir cuán “materialistas” o “post materialistas” se están volviendo nuestras sociedades.

 


La hipótesis que ha guiado este estudio, desde que Inglehart la formulara hace décadas, es que la gente tiene valores más o menos materialistas, dependiendo de las vicisitudes reales de su pasado reciente (guerra, hambrunas, crisis), y de cómo generaciones sucesivas incorporan la necesidad de seguridad y de orden, o la “superan”. Para las sociedades europeas de la posguerra, que vivieron al límite de su sobrevivencia física, los valores materialistas de estas generaciones fueron funcionales a la consolidación de su desarrollo capitalista. Pero al parecer, después de alcanzado cierto grado de desarrollo económico las generaciones subsiguientes se vuelven más “autoexpresivas”: los valores del “tener” son reemplazados por los valores del “ser”. Citemos un ejemplo: enfrentados a la opción de elegir entre dos trabajos, un materialista privilegiaría el sueldo, mientras que un posmaterialista privilegiaría el ambiente de trabajo.
Desde América Latina se puede tener la percepción de que analizar estas cosas en sociedades tan pobres y desiguales como las nuestras es una pérdida de tiempo. Los europeos pueden tener tiempo para eso, nosotros no. Sin embargo, no es una pérdida de tiempo. La encuesta muestra que nuestro subdesarrollo material no se corresponde con un subdesarrollo concomitante de nuestras expectativas ni de nuestras valoraciones. A pesar del notable retraso que experimenta América Latina en relación a los países desarrollados ­una brecha que sólo tiende a ensancharse­, las personas no difieren tanto en sus expectativas de los que viven en esos países. En lo que difieren, cada vez más, es en sus perspectivas reales de vida (y sin duda, éste es un factor a tomar en cuenta en la explicación sobre la migración). Por un lado, influye la globalización de las comunicaciones y la velocidad con que circula la información. Al mismo tiempo, países como el nuestro, con una fuerte emigración, continua y de largo aliento, están más expuestos a la “contaminación” cultural con los otros. Finalmente, también influye nuestra propia pauta de modernización temprana: el hecho de haber sido mucho más modernos que otros, en la primera mitad del siglo XX, continúa pesando, aun cuando ahora ya no lo seamos.

El estudio muestra que los valores “posmaterialistas” han aumentado en Uruguay, a pesar de que desde 1996 hasta ahora nos fue cualquier cosa, menos bien económicamente. Desde 1996 a 1998 asistimos al último coletazo de la pauta de crecimiento económico iniciada a principios de los noventa, luego entramos en un período de estancamiento (1999-2001), seguido de recesión (2002-2003); finalmente, volvimos a crecer (2003 al presente). Los estudios muestran que la evaluación de los uruguayos sobre la situación económica del país acompaña la evolución económica real: la confianza en la economía por parte de la opinión pública tiene un comportamiento similar al de los indicadores macroeconómicos, como el PBI per cápita. Por consiguiente, su mayor predisposición “materialista” no indica que no estén enormemente preocupados con la economía. De hecho, las cosas que más preocupan a los uruguayos pertenecen al mundo materialista: el empleo, los salarios, la pobreza, le economía del país y la inseguridad.

En síntesis: a pesar de que Uruguay no sólo no consolidó una situación hacia un mayor progreso económico, los valores posmaterialistas de los uruguayos parecen haber mejorado en algunas dimensiones. Por ejemplo, en las actitudes hacia la desigualdad de género, hacia la diversidad sexual y hacia lo que llamaríamos la dimensión más “liberal” de nuestra cultura, los uruguayos son hoy mucho más “modernos” que lo que eran diez años atrás. Creo que sin eso no se entendería, por ejemplo, cómo el Senado aprobó la semana pasada (una noticia que pasó desapercibida entre la explotación mediática de las escenas de pugilato en las cámaras) la Ley de Salud Reproductiva. Sobre estos temas la sociedad uruguaya ha cambiado, y mucho. Y lo ha hecho en el marco de la crisis económica, el desasosiego materialista y la incertidumbre sobre el futuro. Esto es importante para tener en cuenta en una agenda política, y “de políticas”.
La segunda gran conclusión del estudio es que a pesar de que los años que mediaron entre 1996 y 2006 no fueron los mejores, las actitudes hacia la política y la democracia se mantuvieron estables y mejoraron. La hipótesis negativa que vincula desempeño económico y cultura democrática dice que cuando las economías se descarrilan, las tendencias autoritarias afloran. Así, se apoyaría la democracia cuando la política hace crecer la economía y se la dejaría de apoyar en el caso contrario. Los uruguayos, al parecer, no obedecemos a esta pauta. La encuesta demuestra que los uruguayos no hemos cambiado sustancialmente en nuestras concepciones sobre la democracia. Seguimos teniendo una gran preferencia por la democracia y descartamos de plano cualquier proyecto de tipo militar autoritario: menos del 10% de los entrevistados consideran esa posibilidad como positiva.

También los uruguayos muestran hoy, respecto a 1996, que son más optimistas. Diez años atrás sólo el 40% de las personas pensaba que el futuro político de Uruguay iba a ser mejor de lo que era: hoy eso lo piensa el 63% de los uruguayos. También se evidencia una evaluación positiva sobre los cambios políticos recientes: hace diez años el 18% de los entrevistados consideraba que el sistema político funcionaba “muy mal” y el 43% que funcionaba “regular”: esos porcentajes hoy son del 4% y 14% respectivamente.

Otro de los cambios que se registra es un cierto corrimiento a la izquierda de la población uruguaya. Mientras en 1996 un 11% de las personas se ubicaba a la derecha, diez años después ese porcentaje se redujo a 8%. Al mismo tiempo, los que se ubicaban en la centro-derecha del espectro ideológico eran 20% en 1996 y ahora son 16%. Los que se ubican al centro son más o menos los mismos: entre 34% y 36%. Los que se autoperciben como de izquierda subieron de 5% a 8%, y los de centroizquierda permanecen constantes: 21%. Una comparación interesante es la que el estudio muestra con relación a Argentina y Chile: allí, una tercera parte de las personas no se ubica ideológicamente. En general, y más allá de que la “ideología” pueda ser mala en algunas bibliotecas (en la que, por ejemplo, auguró “el fin de las ideologías” y el triunfo del pragmatismo) existe un cierto consenso en la ciencia política de que la capacidad de las personas de identificarse con valores tan abstractos como “izquierda” y “derecha” era una muestra del grado de madurez y desarrollo de la cultura política de una sociedad.

A modo de primera conclusión general de este estudio, entonces, puede afirmarse que existe hoy un optimismo político mayor al que existía hacia diez años, aun cuando en esa época Uruguay no imaginara que iba a sufrir una crisis económica como la que sufrió. Dado que los uruguayos siguen enormemente preocupados con su futuro económico, cabe entender que este optimismo está asociado al cambio político reciente, y a lo que todo cambio político trae: expectativas. Las expectativas se dan tanto en el terreno económico como en el político. Y no importa tanto qué capacidad inmediata tengan los gobiernos de satisfacer las expectativas de la gente: lo importante es que se sienta que las cosas cambian, y que ese cambio esté en dirección de lo que la gente espera.
Fuente: La República/ Por:Constanza Moreira. Politóloga. Universidad de la República.
 
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