RELAJO SIN ORDEN


Todavía recuerdo cómo se lamentaba un viejo pastor, hace años ya, diciendo que hay grupos de evangélicos que consideran que, en un barrio, “la obra de Dios no está hecha, hasta que ellos llegan”.

También recuerdo a otro pastor contando que, cuando era diácono de una iglesia perteneciente a (DENOMINACIÓN GRANDE, NUMEROSA, INTERNACIONAL), su pastor le decía que, cuando buscara barrios dónde establecer células o anexos de la iglesia “se fijara si cerca había alguna otra iglesia (evangélica)”. Si la había, debía observar si era una iglesia de (DENOMINACIÓN GRANDE, NUMEROSA, INTERNACIONAL), en cuyo caso, allí no debía establecer el anexo; pero si era “alguna de esas iglesias chicas” (¿independiente? ¿nativa? ¿no afiliada a DENOMINACIÓN GRANDE, NUMEROSA, INTERNACIONAL?), que igual le pusiera el anexo al lado. No importaba.

El cristianismo es heterogéneo en la forma en que sus seguidores entienden, viven y manifiestan su fe. Que duda cabe. Diferencias de doctrina y de liturgia han distanciado a los cristianos casi desde el inicio de la Era de la Iglesia. Diferencias que han parecido, y siguen pareciendo, tan importantes o más que el amor y las exhortaciones a la unidad contenidas en el Nuevo Testamento, expresadas por Cristo y sus apóstoles. Diferencias que han hecho incompatible la referida unidad, o aún el considerar verdaderos cristianos a “los otros”. Sin olvidar que en el Catolicismo Ortodoxo existe cierta diversidad, y que dentro de la Iglesia Católica Romana hay grupos disidentes, es innegable que el Protestantismo es la rama histórica más multiforme del cristianismo. Es que el Protestantismo se nutre y enrarece con cuanto movimiento nuevo, pretendidamente cristiano, aparece en el “mercado de ofertas” religioso, siempre que dicho movimiento nuevo no cumpla criterios de doctrina, liturgia o estructura que lo encuadre dentro de una de las Iglesias Católicas históricas. El Protestantismo parece una enorme bolsa, donde se amontona todo lo no católico.

La Iglesia Evangélica, escrita y expresada así, con mayúsculas y en singular, es un sueño, el anhelo esperanzado e idealizado de una unidad orgánica, lo más perfecta posible, entre todos los que predican la “verdad de Cristo”; es decir, entre los grupos cristianos que sustentan los grandes principios de la Reforma Protestante del siglo XVI: sola fide, sola gratia, sola scriptura (la salvación solo por la gracia de Dios; recibida solo por la fe en Cristo; solo las Sagradas Escrituras de la Biblia como guía de fe y conducta).

Ahora bien, la Iglesia Evangélica es en realidad las Iglesias Evangélicas; un abigarrado conjunto de denominaciones que se distinguen a veces en el entendimiento y puesta en practica de determinados puntos doctrinales que podrían considerarse secundarios (por ejemplo, las diferencias de concepto en cuanto al alcance de la manifestación de los dones del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia, existentes entre conservadores y renovados). Las Iglesias Evangélicas han mantenido estas diferencias por largo tiempo, al punto que grupos y aún organizaciones enteras se han distanciado, no teniendo comunión entre sí, ni mucho menos unidad orgánica, pese a ser evangélicas; es decir, pese a predicar a Jesucristo como único Salvador, y la salvación por la fe en Él, mediante la gracia de Dios, con la Biblia como única regla de fe y conducta. En otras palabras, todo aquello que distingue claramente a las Iglesias Evangélicas de las Iglesias Católicas, testigos de Jehová, Mormones, Ciencia Cristiana, Adventistas, y de grupos menores, pseudo evangélicos, de supuesta raíz pero dudosos frutos cristianos.

Es admirable el empuje de la mayoría de las Iglesias Evangélicas por predicar el evangelio, haciendo conocer la Palabra de Dios en nuestra sociedad, pese a la creciente secularización de la misma, y la oposición que despierta en sectores alejados de la religión. En casi todos los grupos denominacionales, iglesias y congregaciones, se considera un avance y un triunfo el hecho de habilitar nuevos locales de oración y predicación, sea como células de oración, anexos, o nuevas iglesias locales. La “nueva puerta” que (siempre se considera) fue “abierta por Dios”, es una victoria; una batalla ganada en esa obra, en esa misión, de lograr que la Palabra de Dios corra y sea conocida por todos los habitantes de la ciudad, del país, por toda la gente. Tan difícil es avanzar, “abrir puertas”, en una sociedad tan secularizada y moralmente decadente como la nuestra, que cada nuevo lugar de oración y predicación que se abre (siempre se considera que) fue “abierto por Dios”. Nadie parece plantearse si tal “nueva puerta” fue abierta en base a empuje, entusiasmo, deseo ferviente de lograr el tan mentado avance, la tan ansiada victoria, y a una coyuntura favorable de acontecimientos, lugares y disposición de las personas que intervienen. En otras palabras, si realmente es voluntad de Dios que una obra se plante en tal o cual lugar, o la obra se planta allí porque quienes la plantan quieren establecer una nuevo lugar de predicación, una nueva iglesia, donde sea y como se pueda.

Hágase todo decentemente y con orden (1 Corintios 14:40).

El mandamiento paulino se refiere al culto; a lo que podríamos llamar la primitiva liturgia de las reuniones cristianas del primer siglo. Pero indiscutiblemente, puede ampliarse esta recomendación con fuerza de mandato, para ser aplicada a todo lo que tenga que ver con el quehacer de la Iglesia. En lo que tiene que ver con el relacionamiento entre las distintas congregaciones o iglesias locales, parece obvio que deben regir los mismos principios de amor, respeto mutuo y atención a la preeminencia del otro, que deben regir entre los individuos, según las normas cristianas claramente expresadas en el Nuevo Testamento (Romanos 12:3, 9,10; Efesios 5:21; Filipenses 2:3; 1 Pedro 4:8-10). Estas consideraciones son muy pertinentes, creo, a la hora de meditar acerca de un tema espinoso y escasamente enfrentado: la desorganización (el desorden) territorial, del cual adolecen las iglesias evangélicas en el establecimiento de locales de oración y predicación.

En el reino animal, el territorio es celosamente protegido, y cualquier amenaza al mismo, de parte de otros congéneres, obtiene una reacción inmediata y violenta.

Entre seres humanos civilizados, las amenazas a la integridad del territorio considerado como propio, se enfrentan con respuestas organizadas que incluyen eventuales acciones violentas. Todas las naciones cuentan con fuerzas armadas, cuya razón de ser es “defender la soberanía del suelo patrio” contra agresiones externas. A nivel individual, las personas protegen su territorio (su hogar) contra la intrusión de visitas indeseables con muros, rejas, cercas eléctricas, alarmas, vigilantes, e incluso poseyendo armas con las que defenderse de la invasión de su vivienda por delincuentes.

Pero estamos hablando de iglesias; de grupos cuya razón de ser es adorar a Dios y predicar al mundo el amor de Jesucristo. Cada nuevo lugar de oración y predicación que se establece, cada nueva iglesia local que es plantada en un barrio de una ciudad o pueblo, cada “nueva puerta” que se abre, es otro punto más desde el cual irradiará el mensaje del evangelio de Cristo, que salva almas y transforma vidas. Por lo tanto, es lógico suponer que los esfuerzos por establecer nuevas iglesias se dir igirán allí donde no hay un testimonio cristiano presente (por lo menos según la manera de entender el cristianismo de cada denominación o confesión). Aquí parece pertinente tomar en cuenta el criterio del apóstol Pablo: “…me esforcé en predicar el evangelio, no donde Cristo ya hubiera sido anunciado, para no edificar sobre fundamento ajeno, sino, como está escrito: Aquellos a quienes nunca les fue anunciado acerca de él, verán; y los que nunca han oído de él, entenderán” (Romanos 15:20,21).

Históricamente, la Iglesia Católica Romana siempre estableció sus templos según un sistema de parroquias, subdivisión de la diócesis, siendo la diócesis una circunscripción territorial que toma su nombre de las antiguas divisiones administrativas del Imperio Romano, que la Iglesia Católica adoptó. La Iglesia Católica no pone sus templos uno al lado del otro, o tan cercanos entre sí que sea ridículo dividir los grupos de feligreses, en vez de unirlos y multiplicar los resultados. Algo similar puede decirse de los testigos de Jehová, Mormones, Adventistas, etc., que en su establecimiento de locales de culto siguen un orden que emula el parroquial. Cada confesión cristiana, cada organización que comparte una teología, una doctrina y una liturgia, por elemental que sea, se expanden plantando sus lugares de culto y predicación allí donde no hay quién predique el mensaje cristiano según ellos lo entienden; en otras palabras, no ponen sus congregaciones donde ya hay quienes prediquen lo que ellos predican.

Los únicos omisos en cumplir con este criterio básico, lógico y coherente, somos los evangélicos.

Porque, y repito, las Iglesias Evangélicas son un abigarrado conjunto de denominaciones que se distinguen a veces en el entendimiento y puesta en practica de determinados puntos doctrinales que podrían considerarse secundarios. Muchas de esas denominaciones están unidas en organizaciones administrativas, de diferente tamaño; desde iglesias independientes aisladas, generalmente fruto de la iniciativa personal de uno o más individuos para “comenzar una obra”, es decir, una congregación (siempre en el entendido de que tal o tales individuos fueron llamados por Dios para iniciar esa obra), pasando por iglesias locales asociadas en una única estructura institucional, o una iglesia principal con un número variable de iglesias “hijas”, hasta la DENOMINACIÓN GRANDE, NUMEROSA, INTERNACIONAL. En realidad, todos los tipos mencionados representan diferentes etapas de desarrollo de las iglesias cristianas: nacimiento; crecimiento; multiplicación en congregaciones hijas o asociadas, que adquieren progresivamente las características de la iglesia “madre”, y a su vez se multiplican; expansión territorial, que prosigue hasta salir de fronteras, diseminándose por los países de la región, y en tierras lejanas, simultáneamente o más tarde. La mayoría de estas iglesias se unen para proyectos conjuntos, saltando los límites de las estructuras administrativas desarrolladas para que cada conjunto tenga la necesaria cohesión interna. La siempre perseguida y en general lograda unidad orgánica entre estas iglesias y denominaciones institucionales, en procura de alcanzar metas en común, es evidencia de un vínculo más potente que el administrativo: el vínculo del amor de Cristo y la comunión en el Espíritu Santo de Dios; es evidencia de armonía en las relaciones entre los creyentes y pastores de las diferentes congregaciones. Armonía que surge de compartir una misma esperanza y una misma fe, lo que en líneas generales significa compartir una misma doctrina, semejante conducta y similar forma de culto. Si proseguimos en esta línea, es evidencia de que ellos (los hermanos de esa otra iglesia evangélica) predican lo que nosotros predicamos.

Por lo tanto, allí en ese barrio, en la zona donde ellos tienen su iglesia, ya hay quién predique lo que nosotros predicamos. Ergo, allí en ese barrio no es necesario que yo vaya y plante una iglesia. Y si se “abre una puerta” para que yo vaya y ponga una célula de oración, un anexo, o una iglesia en ese barrio, al lado, enfrente, a media cuadra, a una cuadra o a dos del lugar donde estos hermanos tienen su iglesia, yo debería pararme a pensar. Debería meditar si fue realmente Dios quién abrió esa puerta, o lo hizo el enemigo, procurando conducirme al territorio (a la “parroquia”) de estos hermanos; algo que puede ser visto con suspicacia por ellos, y hacer que se pongan a la defensiva. Porque tal vez, si yo insisto en ir allí y ponerles una iglesia al lado, les estoy dando a entender que desconfío de cómo hacen ellos la obra de Dios; que desconfío de la pureza del evangelio que predican; que desconfío de la eficacia de su testimonio cristiano. Les estoy trasmitiendo, indirectamente, el mensaje de que yo soy quién va a salvar las almas en ese barrio. Les estoy diciendo que, en ese barrio, la obra de Dios no estará hecha hasta que yo haya llegado. Y eso daña la unidad.

Jamás creí que dijeran la verdad quienes hablando sobre el tema, al predicar acerca de la unidad, y procurando bienintencionadamente restarle gravedad al tema, expresaban su deseo de que hubiera una iglesia en cada esquina (es decir, a una cuadra una de otra, o menos). Jamás les creí.

Ver iglesias evangélicas a media cuadra una de otra, o casi enfrente; verlas tan cerca que es absurdo dividir los grupos de creyentes, en vez de unirlos para multiplicar resultados; ver iglesias de diferentes denominaciones evangélicas casi rozándose, puede ser síntoma de varias cosas: falta de comunicación; ausencia de respeto mutuo; falta de consideración al trabajo evangelístico y pastoral del otro (en general, el del que llegó primero); soberbia del que planta la congregación donde ya está otra; indolencia respecto a la necesaria unidad espiritual entre los cristianos; falta de amor.

Y es desorden; desorden territorial, fruto de la noción o el concepto de que el otro, como pertenece a otra denominación u organización, puede hacer lo que quiera, pero yo vengo y pongo la iglesia acá.

Y sin orden, relajo (del verbo relajar: debilitar, desgastar). Debilito y desgasto a la Iglesia Evangélica; su testimonio, la eficacia de su predicación al mundo, y la necesaria unidad espiritual.

Quiera Dios que todos los queridos hermanos que tienen el maravilloso llamado para predicar la Palabra de Dios, y poseen el empuje de avanzar, conquistar territorio, y levantar nuevas congregaciones para proseguir anunciando el evangelio, tengan en cuenta esto, y sigan la recomendación del apóstol Pablo. Leámosla de nuevo: “…me esforcé en predicar el evangelio, no donde Cristo ya hubiera sido anunciado, para no edificar sobre fundamento ajeno, sino, como está escrito: Aquellos a quienes nunca les fue anunciado acerca de él, verán; y los que nunca han oído de él, entenderán” (Romanos 15:20,21).
Dr. Alvaro Pandiani Figallo
Iglesia En marcha. Net
1 Oct '07

Hay 2 Comentarios.

  1. Pastor Néstor
    9:32 pm agosto 26, 2010

    Bravo Dr. Pandiani
    Hola soy argentino residente desde hace mas de 10 años em Barcelona – España.
    Por fin encuentro a alguien que tiene un verdadero sentido de igualdad dentro del pueblo de Dios. A propósito de esto yo hace tiempo que vengo “perdiendo amigos” por ser demasiado sincero y compartir esto que vengo viendo desde hace años. Por supuesto que no soy hiriente ni ofensivo al hablar y dar mi punto de vista, pero cuando hablo con algunos líderes (algunos famosos y conocidos y otros no tanto) todos se ofenden diciendo que realizan “la obra de Dios”, que Dios los llamó a abrir tal cual lugar sin importarle nada si allí hay otra iglesia o nucleo familiar. Me demuestran que solo tiran “agua pa´su molino” sin considerar que Cristo dijo: “Que sean uno para que mundo crea”. Además desmerecen el trabajo (y a veces el sufrimiento) que otros hermanos realizaron, Y sobre todo las “Grandes organizaciones” no respetan ni siquiera a los suyos mas pequeños… Es como si un fabricante de un tipo de artículo compitiera con sus clientes minoristas vendiento el mismo producto como si fuera un minorista a precios de mayorista… Competencia desleal !! Si Ud. me lo permite difundiré estas notas entre los muchos pastores y líderes que conozco aqui en Barcelona España.
    Gracias y Bendiciones.
    Espero seguir en contacto con Iglesia en Marcha

  2. Alvaro Pandiani
    9:55 pm agosto 27, 2010

    Mi querido hermano pastor Néstor, celebro que este material le sea de ayuda y bendición. Adelante.
    Reciba un fraternal abrazo en Cristo nuestro Señor.

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