EL ABORTO

Todos los organismos vivientes, desde los virus hasta las formas de vida más
complejas, poseen estructuras moleculares denominadas ácidos nucleicos. Las
células de los organismos superiores, entre los que se incluye el ser
humano, células eucariotas o células dotadas de núcleo, albergan en dicho
núcleo un tipo de ácido nucleico (nucleico, de núcleo), el ADN (¿alguien
leyó artículos biomédicos en revistas de divulgación científica? Habrá oído
hablar del ADN). El ADN, o ácido desoxirribonucleico, es una macromolécula
con una estructura química dada, cuya función es constituir un banco de
información codificada (el código genético).

La célula obtiene del núcleo las instrucciones para la conformación y
mantenimiento de su estructura citoarquitectural, funciones de expresión y
relación con el medio que la rodea, respiración (su equivalente
ultraestructural), nutrición, perpetuación, etc. En suma, todo lo que la
célula viva es y hace, viene determinado por ese cúmulo de información
contenido en los ácidos nucleicos de su núcleo, contenido también llamado
genoma; información que le fue legada por su “progenitor”, y que constituye
su herencia.

El genoma humano está dividido en 46 diskettes de información codificada,
los cromosomas. Los cromosomas no se reconocen en todo momento del ciclo
celular; solo cuando se acerca el momento de la división celular (mitosis)
por medio de la cual esa célula se reproducirá dando lugar a dos células.
Casi todas las células del organismo humano tienen 46 cromosomas,
organizados de a pares; 23 pares. 22 pares de cromosomas llamados autosomas,
y un par de cromosomas sexuales, o gonosomas, que en la mujer está formado
por dos cromosomas llamados X, y en el varón por un cromosoma X, y un
cromosoma llamado Y.

Las únicas células del cuerpo que no tienen 46 cromosomas son las células
reproductoras. El espermatozoide en el hombre y el óvulo en la mujer, tienen
un cromosoma de cada par, 23 en total; un número haploide de cromosomas,
contra el número diploide del resto del organismo. Cuando el espermatozoide
se une al óvulo (lo fecunda), la célula resultante (célula huevo o cigoto)
tiene un número diploide de cromosomas, o sea 46; 23 son el legado o
herencia del padre, y 23 el legado o herencia de la madre. Y en esos 46
cromosomas están inscriptas en código las instrucciones para que esa célula
huevo se transforme en un nuevo ser, con las características heredadas de
sus progenitores. En primer lugar, para que se transforme en un ser humano,
con una determinada conformación anatómica; un aparato locomotor que le
permita la marcha bípeda, una laringe adecuada para la fonación, y un
sistema estomatognático (labios, dientes, lengua, etc.) adecuado para la
articulación de la palabra; un sistema nervioso central que es el más
complejo de la escala zoológica, capaz de desarrollar la inteligencia; un
psiquismo y un temperamento que caracterizará la personalidad; y muchas
cosas más, todo lo que conforma esa entelequia que es el ser humano.

¿Cual es el momento preciso en que el nuevo ser deja de ser meramente
biológico? ¿En que momento recibe el alma, si es que hay alma? ¿En el
momento de la concepción, cuando es un embrión, cuando es un feto, al
nacimiento? ¿Quién puede decidir cuando es ya una persona, o cuando aún no
lo es? Lo cierto es que ya desde el momento de la concepción, escrita en
código en esos 46 cromosomas, está la persona en la que ese cigoto se
transformará, con todos sus detalles. Qué sugestivo y evocador de aquellas
palabras del salmista David que están en la Biblia: “Mi embrión vieron tus
ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego
formadas, sin faltar una de ellas” (Salmo 139:16).

Cuando el hombre provoca un aborto en la mujer embarazada, ¿qué está
matando? ¿A un ser humano? ¿A un simple conglomerado de materia viva
desprovisto de humanidad? ¿No está acaso truncando un plan de Dios, escrito
en las moléculas de ADN, un plan de Aquel a quién la Biblia llama el Autor
de la Vida? Claro, a quién no tiene en cuenta a Dios, a quién repudia a
Dios, no le interesan estos argumentos. Para ese tal es lo mismo matar un
hombre, un perro, un niño o un embrión humano. Pero si Dios dice que quién
mata es un asesino, negar la existencia de Dios no lo va a hacer menos
asesino.

Un docente de la Cátedra de Medicina Legal de la Facultad de Medicina de
Montevideo, cuyo nombre no cito sencillamente porque no lo recuerdo, daba
una clase sobre el aborto, cuando yo era estudiante. Discutíamos los
atenuantes (y en algunos casos eventuales eximientes) de la pena por el
delito de aborto, contemplados por nuestra legislación, tales como eliminar
el fruto de una violación, salvaguardar el honor, el aborto terapéutico
cuando la madre está en peligro cierto de muerte, y la causa de angustia
económica. Luego hablamos de la eventual legalización del aborto, y entonces
le dije que aunque el aborto se legalizara, filosóficamente siempre sería un
crimen.

Respondió que sí.

Dr. Alvaro Pandiani

Iglesia En Marcha.Net

20 Jun '07

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