EL SHOW DEBE CONTINUAR

La teología cristiana atribuye la condición miserable de la raza humana al pecado, como
acto y como estado de alienación con respecto a Dios.

Este estado de
pecado, extraño a la humanidad fruto de un acto creativo original de Dios, se
inicia en el pecado cometido por la primera pareja humana. Ese pecado original
ha sido interpretado, y enseñado de muy diversas maneras. Desde aquel concepto
pueril, enseñado a los niños, que considera al pecado original como el simple
acto de comer el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal (la “manzana”,
identificación inexistente en la Santa Biblia), pasando por opiniones profanas
tales como la falta de amor (Anthony Quinn), hasta la posición más ampliamente
aceptada en círculos evangélicos que interpreta el pecado original como un acto
libre de desobediencia del ser humano al mandato positivo de Dios de no comer del
referido árbol, colocado éste en el hábitat primordial por la estricta
necesidad de someter al hombre a una prueba que perfeccionara su carácter
moral.

El ser humano,
único ser de la creación orgánica dotado de inteligencia para conocer y
comprender su mundo y tener comunión con Dios, además del libre albedrío, facultad
que le permitiría tomar decisiones razonadas, fracasó en su prueba, cediendo a
la tentación, perdiendo el dominio de la creación, que pasó al maligno
tentador, y siendo alejado de la vida que esta en Dios.

La Biblia dice: “…como
el pecado entro en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la
muerte paso a todos los hombres, por cuanto todos pecaron”
. (Romanos
5:12).

Pero es posible
profundizar en lo que se esconde tras ese acto de desobediencia, hurgando sus
motivos a medias entrevistos. En otras palabras, sacar a luz la verdadera causa
de la desobediencia a Dios, que no es otra que la causa de tantos males
provocados por el hombre en perjuicio del hombre a lo largo de milenios; el
origen de la persistente rebeldía del ser humano contra Dios; una maligna
cualidad insuflada quizás en el hombre por el tentador, Satanás, que fue causa
de la caída de éste, y que tal vez trasmitió a los genes humanos: el orgullo
indómito, la soberbia insufrible, el afán de poder.

Conocimiento y poder

El conocimiento ha
sido siempre una fuente de orgullo; paralelamente, funge en muchos casos como
medio de alcanzar poder.

El ser humano es
un animal racional, y como tal, el uso de su inteligencia, que le valió la
supremacía y dominio sobre el resto de los seres vivientes, es también un
instrumento para que unos hombres se eleven sobre otros hombres, convirtiéndose
en señores, respetados y temidos. Los hechiceros de las tribus primitivas son
un primer eslabón en la cadena que se inicia desde la alborada de las
civilizaciones; aquellos que presumían poseer un conocimiento secreto de la
naturaleza, y aun de las potencias supernaturales, accedían a una posición de
prestigio e influencia sobre la comunidad, ganando ascendencia incluso sobre el
cacique o jefe de la misma.

Esta situación se
complicaba a partir de su sencillez primitiva, conforme corría el tiempo y las
culturas progresaban a estadios mas avanzados de civilización. Cualquiera que
ha estudiado historia a un nivel secundario sabrá de las castas sacerdotales
egipcias, babilonias, y de otras culturas antiguas; grupos cerrados cuyos
privilegios se trasmitían en forma hereditaria, y que tenían asegurada de por
sí una determinada posición social. Y esto a cambio de ser los detentores del
conocimiento intelectual y pseudocientífico de cada época, mezclado con la
magia, el ritual pagano y la superstición (los brahmanes del hinduismo
contemporáneo son de esto un ejemplo actual).


Conforme la
humanidad se va volviendo mas civilizada, el liderazgo basado exclusivamente en
la habilidad para el ejercicio de la fuerza bruta ha ido cediendo lugar a la
autoridad que surge de la posesión del conocimiento, la practica de la ciencia,
el uso del pensamiento y el desarrollo intelectual (si bien ni individuos ni naciones
se ven aún libres de ciertos conatos de retroceso a formas mas primitivas de relación).

El sacerdocio israelita

El privilegio de
las castas sacerdotales del paganismo tenía en los tiempos bíblicos su
paralelismo en el sacerdocio aarónico hereditario del Israel teocrático,
monárquico y posexílico. En éste sin embargo, el sacerdote tenia un noble
propósito, además de su función como intercesor y mediador entre Dios y el
pueblo: la tarea de enseñar al pueblo la ley de Dios (“Escribió Moisés esta Ley y se la
dio a los sacerdotes, hijos de Leví … Y Moisés dio esta orden: Cada siete
años… harás congregar al pueblo, hombres, mujeres y niños, y los extranjeros
que estén en tus ciudades, para que oigan y aprendan a temer al Señor vuestro
Dios, y cuiden de cumplir todas las palabras de esta Ley.”
Deuteronomio
31:9a, 10a, 12. “El primer día del mes séptimo el sacerdote Esdras trajo la Ley delante
de la congregación, así de hombres como de mujeres, y de todos los que podían
entender. Desde el alba hasta el mediodía leyó en el libro… en presencia de
hombres y mujeres y de todos los que podían entender; y los oídos de todo el
pueblo estaban atentos al libro de la Ley.”
Nehemías 8:2,3).

De alguna manera
la religión del Israel primitivo tenia la singularidad de ser una fe que
prescribía la instrucción general del pueblo. Cabe pensar que la situación
ideal era que todo israelita supiera leer y escribir, para procurarse una copia
personal de la Palabra de Dios y con ella instruir a su familia, lo que estaba
claramente estipulado (“… pondrán estas mis palabras en vuestro
corazón y en vuestra alma… las enseñarán a vuestros hijos, hablando de ellas
cuando te sientes en tu casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes y
cuando te levantes”
; Deuteronomio 11:18a, 19). La enseñanza del pueblo
era señal de épocas promisorias (“Cuanto más sabio fue el Predicador, tanto
más enseñó sabiduría al pueblo”
; Eclesiastés 12:9a), y la ausencia de
la misma caracterizaba los tiempos de crisis (“…pueblo de Sión, que moras en
Jerusalén, nunca mas lloraras, pues el que tiene misericordia se apiadara de ti
y te responderá al oír la voz de tu clamor … tus maestros nunca mas te serán
quitados, sino que tus ojos verán a tus maestros”
; Isaías 30:19,20b).

Contrástese esto
por un lado con las políticas de los regímenes tiránicos de todos los tiempos,
que cerraron y cierran las puertas de la educación a los pueblos que les
interesa mantener sometidos; y por otro lado, con la actitud de ese mismo
cuerpo sacerdotal judío en tiempos de Jesús, utilizando sus privilegios
religiosos para elevarse por encima del pueblo común (“Los guardias vinieron a los
principales sacerdotes y a los fariseos. Entonces estos les preguntaron: ¿Por qué
no lo han traído? ¿Acaso ha creído en el alguno de los gobernantes o de los
fariseos? Pero ESTA GENTE QUE NO SABE LA LEY, MALDITA ES”
; Juan 7:45,
48, 49).

Esto les valió la
abierta condena de Cristo: “¡Ay de ustedes, interpretes de la Ley!
Porqué han quitado la llave de la ciencia; ustedes mismos no entraron, y a los
que entraban se lo impidieron”
(Lucas 11:52).

La iglesia cristiana

La religión y la
Iglesia son un ámbito donde el conocimiento otorga prestigio y poder. Esto es
obviamente una flagrante contradicción de los ideales de Jesús respecto a la
compañía de sus seguidores, según están expresados en el Nuevo Testamento;
además, dado que los ideales de Jesús no eran los sueños de un visionario
afiebrado sino que constituyen la voluntad de Dios para el cristiano y la
Iglesia hoy, infringir dichos principios, fundamentalmente la humildad y el
amor mutuo, atenta contra la salud espiritual del individuo y hace peligrar la
integridad de la Iglesia.

De la historia
eclesiástica recogemos el ejemplo de cómo la súper elaboración de la estructura
de la iglesia elevo a determinados hombres al status de altos dignatarios,
manteniendo aún hasta el día de hoy en el caso del sumo pontífice católico
romano, el papa, la cualidad de jefe de estado y hombre publico a nivel
internacional.

Por otro lado, el
sistema eclesiástico de la Iglesia Cristiana Evangélica está conformado de tal
manera que eleva, concedamos que involuntariamente, a algunos hombres y mujeres
a posiciones rayanas en una suerte de estrellato religioso. Las grandes
concentraciones, las cruzadas masivas de evangelización, las reuniones
evangélicas que llegan a congregar a miles, y decenas de miles (y en algunas
partes del mundo, centenares de miles) de personas; los anuncios multicolores
con grandes fotografías y títulos grandilocuentes, títulos que se repiten
amplificados en presentaciones verbales cada día y desde cada púlpito o
tribuna; y la actividad del periodismo cristiano evangélico, que en revistas de
excelente presentación y con fotografías a todo color lanza a la altura de
trascendencia internacional los nombres de predicadores, pastores,
evangelistas, misioneros, músicos y cantantes; todo esto crea un firmamento de
grandes personajes que llegan a convertirse en punto de referencia para los
innumerables cristianos “comunes”; es decir, aquellos que no son miembros del
sagrado “jet-set”. El mecanismo de esa elevación es coherente con los
principios enunciados en el Nuevo Testamento en cuanto a las cualidades de
mayor valor intrínseco, si bien puede resultar curioso a alguien no
familiarizado con el pensamiento cristiano, y obviamente contrario a la escala
de valores del mundo.

Iglesia y poder personal

Si las cosas se
hacen bien (es decir, se hacen como esta escrito en la Carta Magna de la
Iglesia, la Biblia), nadie en una comunidad cristiana despegará hacia
posiciones de influencia, prestigio, popularidad o poder, en virtud de ser un
individuo rico, adinerado o perteneciente a una clase social privilegiada.

“Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro
glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de personas. Porque si en vuestra
congregación entra un hombre con anillo de oro y con ropa espléndida, y también
entra un pobre con vestido andrajoso, y miran con agrado al que trae la ropa
espléndida y le dicen: Siéntate tú aquí en buen lugar; y dicen al pobre: Estate
tú allí en pie, o siéntate aquí bajo mi estrado; ¿no hacen distinciones entre
ustedes mismos, y vienen a ser jueces con malos pensamientos?”
Santiago 2:1-4).

De igual modo
tampoco un titulo universitario, un doctorado, o la condición de hombre sabio y
letrado, versado en las ciencias y las letras seculares, valdrá para alcanzar
aquellas posiciones (“Nadie se engañe a si mismo; si alguno entre
ustedes se cree sabio… hágase ignorante, para que llegue a ser sabio. Porque
la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios”
; 1 Corintios
3:18,19a). Así tampoco los gobernantes y altos dignatarios son considerados, en
virtud de su condición, grandes dentro de la iglesia (“… Jesús, llamándolos, dijo:
Saben que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son
grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre ustedes no será así”
;
Mateo 20:25,26a).

La absoluta
indiferencia de Dios hacia la posesión de honores, títulos o abundancia de
bienes materiales por parte de algunos seres humanos, su negativa a dejarse
impresionar por aquellas cosas esplendentes por las que se impresionan las
personas, su obstinada renuencia a mostrar favoritismos o parcialidad de ningún
tipo, su insistencia en no hacer acepción de personas (¿y quizás una despectiva
sonrisa de superioridad frente a quienes creen poseer una mejor escala de
valores?) redundan en la muy saludable igualdad de oportunidades en el área
espiritual, y sobre todo, en que su amor incalculablemente misericordioso y
perdonador alcanza a todos por igual.

El mecanismo de la
elevación parte de la elección de Dios, y de su actividad espiritual poderosa
respaldando en forma potente la tarea, misión o comisión que al individuo le
fue encomendada por el mismo Dios.

“… el Señor dijo a Josué: Desde este día
comenzaré a engrandecerte delante de los ojos de todo Israel, para que
entiendan que como estuve con Moisés, así estaré contigo”
; Josué 3:7. “El Señor…
dijo: Ve, porque instrumento escogido me es este, para llevar mi nombre en
presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel”
;
Hechos 9:15.

La contraparte
dependiente del ser humano en ese despegue, mucho menos importante pero
igualmente imprescindible, pasa en primer lugar por una receptividad humilde y
abierta a todos los valores y todas las enseñanzas que provienen de Dios a
través de la Biblia por medio del Espíritu Santo.

Pasa también por
una permanente disposición a aceptar la soberana voluntad divina en su señorío
sobre nuestra vida; un afán de superación moral que lleve al auto examen, al
arrepentimiento inteligente y al anhelo de pureza interior que eleva el alma
humana a la más transparente relación con el Señor.

“Bienaventurados los de limpio corazón,
porque ellos verán a Dios”
; Mateo 5:8.

La humildad, quizás
como una cualidad capital; humildad en el aspecto intelectual (“…hermanos,
cuando fui a ustedes para anunciarles el testimonio de Dios, no fui con
excelencia de palabras o de sabiduría. Pues me propuse no saber entre ustedes
cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado”
; 1 Corintios
2:1,2); y humildad en el aspecto moral (“…Cristo Jesús vino al mundo para salvar a
los pecadores, de los cuales yo soy el primero”
; 1 Timoteo 1:15b).

Otra
particularidad también es la dependencia de Dios, con el público reconocimiento
de la misma. San Pablo dijo: “por la gracia de Dios soy lo que soy”;
(1 Corintios 15; 10a).

Y por encima de
todo, la mas importante de las cualidades, que también se aprende de Dios, que
se ve en el monumental ejemplo de Cristo, y que halla cabida en corazones
humanos preparados por la operación espiritual portentosa del Espíritu Santo:
el amor; un amor inflexible, obstinado, sufrido; un amor compasivo,
sacrificial; un amor que “no hace nada indebido, no busca lo suyo, no
se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la
verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta… nunca
deja de ser”
(1 Corintios 13:5-8a).

Muchas “estrellas
sagradas” que brillan en el firmamento espiritual del reino de Dios en su
marcha actual, están allí porque Dios allí los ha puesto; y allí se mantienen
porque Dios los tiene por dignos de tal posición. Pero esta situación da lugar
a dos consecuencias, sobre las que es necesario explayarse.

Consecuencia del establecimiento de un sistema
eclesiástico

La primera es la más
obvia, y también la más grave. Es consecuencia de un sistema eclesiástico
mínimo necesario, que requiere la existencia de un grupo dir igente que guíe,
conduzca y “pastoree” (es decir, alimente y proteja, en un sentido retórico,
espiritual) a la masa de creyentes.

Estos creyentes
una vez que han pasado por la experiencia cristiana, habiendo decidido seguir a
Cristo, son como niños recién nacidos, necesitando crecer en el conocimiento de
su fe, para evitar caer en la tentación de regresar a la forma de vida que
antes llevaban, así como en un sentido positivo, avanzar hacia la adquisición
de una experiencia con Cristo cada día mas profunda.

También aquí, como
en el antiguo Israel, los maestros son necesarios; y toda vez que la enseñanza
y la edificación cristiana no se obtiene exclusivamente en las aulas de un
seminario, sino que por ser una enseñanza de vida, puede recibirse en forma
cotidiana (al decir de algunos evangélicos, Dios “puede hablarle a nuestro
corazón a través de una palabra, una oración, una canción”), aquellos
mencionados predicadores, pastores, evangelistas, misioneros, músicos y
cantantes, constituyen en cierta forma esa clase d irigente investida del noble
propósito de impartir conocimiento de fe a la cristiandad.

La necesidad de
esa clase di rigente es lo que la vuelve peligrosa; esto debido no a una
imperfección del sistema, que en última instancia parte de la mente de Dios,
sino a la lamentable perfidia del corazón humano, que no vacila ni siquiera
ante lo sagrado, sino que pisotea por así decirlo el recinto del templo, si en
ello ve algo que puede usar para su propio provecho.

El Antiguo
Testamento nos refiere la historia de un rey judío, Uzías, quien aparentemente
vio en el sumo sacerdocio un honor mayor que el que le correspondía a él como
monarca (que no era poco) y entonces “cuando ya era fuerte, su corazón se
enalteció para su ruina; porque se rebeló contra el Señor su Dios, entrando en
el Templo del Señor para quemar incienso en el altar del incienso. Y entro tras
él el sacerdote Azarías, y con él ochenta sacerdotes del Señor, hombres
valientes, que se opusieron al rey Uzías y le dijeron: no te corresponde a ti,
rey Uzías, el quemar incienso al Señor, sino a los sacerdotes hijos de Aarón,
que son consagrados para quemarlo”
(2 Crónicas 26:16-18a). De la
historia del periodo ínter testamentario sabemos que, luego del periodo
glorioso de los Macabeos, que a mediados del siglo II A.C. liberaron al pueblo
judío de toda dominación extranjera, sucedió una dinastía de gobernantes que
eran al mismo tiempo sacerdotes. La dinastía asmonea, que duro hasta el 63 A.C.
en que Palestina cayo bajo el control de Roma, se vio sacudida por varios
asesinatos (las dos primeras víctimas fueron los últimos macabeos originales,
hijos del sumo sacerdote Matatías), actos tiránicos, conspiraciones, y una
final amenaza de guerra civil que dio ocasión al general Pompeyo para entrar al
país y convertirlo en provincia del Imperio Romano. Recordemos que quienes
luchaban entre si por tomar el poder eran todos miembros de la familia
sacerdotal.

Uno podría llegar a creer que con la venida de Cristo al mundo
y el subsiguiente inicio de un movimiento nuevo, el cristianismo, y una
institución nueva, la Iglesia, ambos la manifestación de una fuerza espiritual
nueva inyectada en el mundo por Dios, y cuyo cimiento era el amor, la cosa
cambiaría. Sin embargo, ya en los prístinos días de la idealizada Iglesia
Primitiva, el apóstol Pablo nos informa que en su tiempo “Algunos… predican a Cristo por
envidia y rivalidad”
(Filipenses 1:15a).

El apóstol Juan
afirma tácitamente el peligro encerrado en muchos que pretendían traer mensajes
de parte de Dios: “Amados, no crean a todo espíritu, sino prueben los espíritus si son de
Dios, porque muchos falsos profetas han salido por el mundo”
(1 Juan 4:1).
El apóstol Judas refiere cómo este tipo de individuos puede llegar a integrar
la clase dir igente: “…algunos hombres han entrado ENCUBIERTAMENTE…hombres impíos, que
convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único
soberano, y a nuestro Señor Jesucristo”
(Judas 4).

El apóstol Pedro
se hace eco de estos anuncios, y expone uno de los frutos de estos individuos: “Hubo
también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre ustedes falsos
maestros que introducirán encubiertamente herejías destructoras y hasta negaran
al Señor que los rescato, atrayendo sobre si mismos destrucción repentina”

(2 Pedro 2:1). Volviendo a Pablo, el también predice características de estas
personas: “vendrá tiempo cuando no soportaran la sana doctrina, sino que teniendo
comezón de oír, se amontonaran maestros conforme a sus propias pasiones, y
apartaran de la verdad el oído y SE VOLVERÁN A LAS FÁBULAS”
(2 Timoteo 4:3,4),
y motivaciones ocultas que no son precisamente la gloria de Dios, la extensión
de su reino, y el bienestar temporal y eterno de las gentes: “…hombres
corruptos de entendimiento y privados de la verdad, que toman la piedad como
FUENTE DE GANANCIA”
(1 Timoteo 6:5).

El conocimiento en
este caso no es conocer a Dios; es decir, profundizar en el intimo compañerismo
espiritual con el Señor, percibiendo cada vez más, al estar cada día más cerca
de Él, la grandeza de su majestad, santidad e infinitud; formidable telón de
fondo contra el cual resalta nuestra condición lamentable, pecadora e indigna.
Quizás era esta experiencia lo que hizo que Pedro, al ver el milagro de Jesús
en el mar de Galilea, exclamara de rodillas: “Apártate de mi, Señor, porque
soy hombre pecador”
(Lucas 5:8).

O también lo que
llevo a Pablo a escribir: “no soy digno de ser llamado apóstol”
(1 Corintios 15:9). Éste es el conocimiento de muchos grandes hombres y mujeres
de fe, sea que brillen en el firmamento artificial que nos hemos fabricado o
no. Pero el conocimiento de estos otros tipos es el del arte y la técnica de
parecer piadoso; es el de conocer la Biblia para adaptarla a sus propios
intereses; es el saber la necesidad psicológica, muy humana, de creer y tener
esperanza, así como conocer el orgullo humano, y su natural rechazo a que se le
señalen culpas y responsabilidades, y tener la pericia de adaptar su discurso a
estas condicionantes. No es el conocimiento que eleva a lugares celestiales
(Efesios 2:6), pero también nos pone en la responsabilidad de hablar toda la
Palabra de Dios (Hechos 20:27). Es el conocimiento mezquino que tiene por
objeto obtener prestigio, popularidad y poder. Es
una contradicción de los ideales de Jesús, como ya dijimos; ésta es nuestra
observación. Atenta contra la Iglesia, su misión, su integridad y su
credibilidad; éste es nuestro comentario.

Más consecuencias

La segunda
consecuencia tiene que ver con las reacciones que el sistema referido provoca
en el creyente que inicia sus primeros pasos en la vida de fe.

En primer lugar es
necesario reconocer que muchos de esos nuevos cristianos seguirán a lo largo de
su vida siendo eso: cristianos; es decir, personas que acudirán a la iglesia
cada domingo (y quizás algún otro día de la semana), cumpliendo con todo lo que
se espera de un cristiano, desarrollando una genuina comunión con Dios, y tal
vez colaborando modestamente en alguna de las actividades de la iglesia; pero
nada mas.

Otros en cambio,
desde temprano sentirán el llamado vocacional a servir como ministros,
pastores, predicadores, consejeros u otra actividad, y a ello consagraran sus
fuerzas, su oración y su vida, enfocando su preparación con ese objetivo.
Muchas de esas vocaciones se despertaran al ver el ejemplo de los que ya están en
el ministerio espiritual; el llamamiento tendrá el atractivo de responder a una
invitación del Señor para dedicar la vida al servicio de la humanidad (“Vengan
en pos de mi, y haré que sean pescadores de hombres”
; Marcos 1:17).

El idealismo, el
altruismo, el amor a Dios y a partir de éste, el amor a la gente (sin ningún
tipo de distinción) prevalece sobre el egoísmo y la mezquindad propias del ser
humano, y lleva a dejar de lado los planes previos, para tomar una decisión que
apareja profundas repercusiones para el resto de la vida (“y dejándolo todo, lo siguieron”;
Lucas 5:11). Todo esto se corresponde con historias maravillosas, casi épicas,
de hombres y mujeres que dieron todo de sí por sus semejantes, inspirados en el
ejemplo imperecedero de Cristo.

El problema surge
cuando las precoces vocaciones se fundamentan en otro tipo de atractivo. Dicho
atractivo es, justamente, el prestigio, la popularidad, el brillo, y lo que
todo eso apareja: el respeto, la honra, el poder o ascendencia sobre otros, y
también beneficios económicos. Estas cosas forman parte de la vida de hombres
de iglesia cuya tarea ha hecho que su nombre trascienda los muros de su
parroquia, muchas veces que alcance renombre nacional, o que trascienda
fronteras.

Pero para los
auténticos hijos e hijas de Dios el renombre, la popularidad y todo lo demás,
solo es una molestia, un estorbo al trabajo que se debe realizar, una constante
prueba para un carácter que debe mantenerse humilde y dependiente de Dios, y
una lastimosa afrenta a Aquel que es el único digno de recibir la gloria y el
honor (Salmo 115:1).

Para otros en
cambio, estas cosas son un fin en sí mismo. Trabajar para obtener renombre y
fama en el ambiente religioso no es solamente arrancar torcido y gastar las
fuerzas y capacidades con una motivación defectuosa. Es también peor que
procurar alcanzar renombre en las ciencias, el arte o el deporte. Porque en el reino espiritual quien
procura su propia gloria esta robándole la gloria a Dios. Y esa no es una
posición muy saludable (Lucas 14:11); y además, será un esfuerzo estéril
(Proverbios 25:27).

Por eso, pese a lo
que uno pueda ver como brillante, apetecible y atractivo en las glorias del
liderazgo cristiano, es necesario recordar cuál debe ser la ambición de nuestro
corazón, en cuanto a progreso en la fe y en el camino de Cristo.

“¿Y tú buscas para ti grandezas? ¡No las
busques!”
(Jeremías 45:5a).

“Alábese en esto
el que haya de alabarse: en entenderme y conocerme, que yo soy el Señor, que
hago misericordia, juicio y justicia en la Tierra, porque estas cosas me
agradan, dice el Señor”
(Jeremías 9:24).

Tomado del libro “SENTIRES”
observaciones y comentarios sobre fenómenos espirituales y manifestaciones
emocionales en la experiencia cristiana. Parte 2, capítulo 5. Editorial ACUPS,
setiembre 2000. Dr. Álvaro Pandiani.

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7 Abr '07

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