¿BÍBLICO, ABÍBLICO O ABÍBLICO FUNCIONAL?


 

¿BÍBLICO, ABÍBLICO O ABÍBLICO FUNCIONAL?


Para los cristianos que creemos que la Biblia es la Palabra de Dios, es clave asegurarnos de que realmente la conocemos y la seguimos. El conocimiento y obediencia bíblicos son también fundamentales al evaluar a personas, instituciones o iglesias, o aún sermones y artículos. Es válido y necesario hacernos siempre la pregunta: “¿Es bíblico …?” (¿Es bíblico ese predicador? ¿Es bíblica esa iglesia? ¿Es bíblico este libro?).

Pero, ¿qué significa que algo o alguien sean bíblicos? Comencemos por lo que no es bíblico:

  • Predicar un mensaje o escribir un artículo o un libro lleno de citas bíblicas (los Testigos de Jehová y la Iglesia Universal usan tantas citas bíblicas como nosotros, o más)
  • Alimentarnos con versículos aislados o “promesas bíblicas” exclusivamente
  • Leer la Biblia en forma irregular
  • Leer sólo algunos pasajes de la Biblia
  • No leer la Biblia y quedarnos con lo que recordamos del pasado o lo que escuchamos en el mensaje del domingo
  • No hacer como los de Berea al escuchar un mensaje o leer un artículo o libro

Fíjese la característica común que tienen las prácticas anteriores. En todos los casos corremos el peligro de hacerle decir a la Palabra lo que queremos que diga, ya sea escogiendo los pasajes, omitiendo otros, sacándolos fuera de contexto o dándoles explicaciones que pueden no coincidir con el mensaje general de la Biblia.

Ahora bien, si no consideramos que estas personas, instituciones o iglesias son bíblicas, ¿cómo las denominaríamos? Podríamos llamarlas abíblicas, así como las personas que no saben leer o escribir se las denomina analfabetas. Pero muchas de estas personas no desconocen la Biblia; la leen, la usan, la citan, la mencionan repetidamente, así como una persona alfabeta sabe leer y escribir. La diferencia está en el uso adecuado y sostenido de esta habilidad, la capacidad de entender y aplicar correctamente lo que lee o escribe. Hay personas que han aprendido a leer y escribir pero prácticamente no usan estas capacidades en su vida cotidiana, o las usan inadecuadamente. Según un autor, estas personas, denominadas analfabetas funcionales, “saben descifrar los signos alfabéticos, ligarlos entre sí y convertirlos en una palabra, y esa palabra ligarla con palabras sucesivas. Sin embargo, el grueso de su lectura se compone de los letreros y anuncios publicitarios en las calles y de alguna que otra historieta del diario dominical, la sección deportiva en los periódicos y los panfletos que hay en los puestos de revistas. Es lectura obligada o de esparcimiento, no disciplinada, sin el propósito de ampliar el horizonte de conocimientos de forma deliberada.”.

Usemos esta definición de un analfabeta funcional para definir al abíblico funcional. ¿Qué sería un abíblico funcional? Parafraseando libremente la definición anterior del analfabeta funcional, un abíblico funcional sería “una persona que sabe encontrar los libros de la Biblia y textos bíblicos, ligarlos entre sí y convertirlos en una ´palabra´, y esa ´palabra´ ligarla con ´palabras´ sucesivas. Sin embargo, el grueso de su lectura se compone de versículos o pasajes sueltos, libros sobre cómo tener éxito espiritual, libros que están de moda o libros de predicadores conocidos, además de revistas y artículos cristianos. Es lectura obligada o de esparcimiento, no disciplinada, sin el propósito de ampliar el horizonte de conocimientos espirituales de forma deliberada”. Creo que la analogía es bastante clara.

Finalmente ¿qué sería, en contraposición, una actitud bíblica? Creo que la palabra “todo” nos puede ayudar.

  • Leer toda la Biblia: Dios nos dejó un libro -en realidad, 66 libros- para que lo leamos todo, o todos. Lo que nos gusta y lo que no nos gusta, lo que entendemos y lo que no entendemos, lo que está de moda y lo que no está de moda. Incluyendo sus genealogías, repeticiones e historias terribles. Cuando elegimos algunas partes sobre otras corremos el peligro de hacer nuestra propia versión de la Biblia, tal como hizo la crítica literaria de la Biblia en el siglo XIX o las sectas en la actualidad. “Toda la Escritura es inspirada por Dios…”.
  • Leer la Biblia, todos: Una de las grandes conquistas de la Reforma y la lucha de tantos traductores, editores y difusores de la Biblia de todos los tiempos, pagando inclusive con su vida, fue poner la Palabra de Dios al alcance de todos: del intelectual y del hombre o mujer comunes, del clero y de los laicos. Hoy, cuando en gran parte del mundo ha dejado de ser un problema acceder a la Biblia “para todas las personas de nuestro país, en el idioma que puedan leer y entender, al precio que puedan pagar”, las presiones del tiempo y de la vida -o tal vez simplemente nuestra comodidad y pereza- han llevado a que dejemos que los “profesionales” (pastores, predicadores, escritores) se encarguen de leer y estudiar la Biblia por nosotros.
  • Leer la Biblia todos los días: Leer la Biblia primero, y estudiarla después, debe ser un hábito, una necesidad, parte de nuestra vida. Hay tanto en la Palabra para nosotros y tantas necesidades en la vida cotidiana, que no alcanza con abrir el libro una o dos veces por semana y pretender estar en sintonía así con el corazón y la mente de nuestro Señor.
Además, una persona o iglesia bíblica lee libros enteros. Y los lee varias veces. Sí, porque la unidad básica de la Biblia no es el capítulo o versículo (agregados artificiales no inspirados hechos en el siglo XIII y XV respectivamente, y que muchas veces alteran o interrumpen el sentido real del texto bíblico). El abíblico funcional, en cambio, entresaca versículos o capítulos libremente sin tener en cuenta el contexto inmediato o el libro al que pertenecen, haciéndole decir a la Palabra de Dios muchas veces cosas que no dice.
La persona o iglesia bíblica lee otros libros, pero nunca deja de leer la Biblia y siempre lee más la Biblia que cualquier otro libro, secular o religioso (incluyendo comentarios bíblicos). Sugiero una regla práctica: por cada libro que lea, lea dos veces el largo que leyó en pasajes bíblicos. Tomemos un caso práctico y actual. Si usted, o su iglesia, leyó el éxito de librería “Cuarenta días con propósito”, habrá leído unas 50.000 palabras. Según esta regla, usted, o su iglesia, tendrían que haber leído, en ese mismo período, algo así como la mitad del Nuevo Testamento.

Tratemos de vivir todos -personas, instituciones e iglesias- realmente sujetos a la autoridad de toda la Palabra de Dios, todos los días y momentos de nuestra vida.


Alejandro Field
 
Tomado con permiso:
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6 Ago '06

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