¿Y el Líbano?


No nos confundamos.
Israel fue, es y será el pueblo elegido de Dios.
La Iglesia Cristiana (sin distinción de denominaciones; el cuerpo de los que han creído en Cristo y nacido de nuevo), también es el pueblo de Dios, tomado “de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas” (Apocalipsis 7:9). Pero Israel es en forma especial y única el pueblo de Dios. El apóstol Pablo es enfático e insistente en este sentido: “¿Ha desechado Dios a su pueblo? En ninguna manera” (Romanos 11:1); “¿Han tropezado los de Israel para que cayesen? En ninguna manera” (Romanos 11:11).


La Iglesia Católica Romana perdió de vista este hecho, y persiguió a los judíos durante varios siglos, en la Edad Media.
Hoy en día los cristianos evangélicos creemos que Israel es el pueblo de Dios, para el cual aún hay un futuro particular, revelado por las profecías bíblicas, y que ha de cumplirse. Creemos que Israel tiene un lugar de capital importancia en el plan de Dios para la humanidad, y que será protagonista de hechos del tiempo final, según se revela en las Escrituras. Muchos ven a los judíos como un pueblo a evangelizar, y destinan oración y esfuerzos a la predicación dirigida en especial hacia ellos. Y creemos que eso está bien. Oramos por Israel. Pedimos por la paz de Jerusalén, según se nos invita a hacer en el salmo 122:6. Cuando vemos a los judíos enfrentados a diversos enemigos, recordamos la promesa de Dios a Abraham: “Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré” (Génesis 12:3); y también recordamos la promesa de Dios al pueblo israelita: “seré enemigo de tus enemigos, y afligiré a los que te afligieren” (Éxodo 23:22).


Entre tantas otras.
Por eso, incluso podemos llegar a celebrar los triunfos de Israel frente a sus enemigos, y a todos aquellos que les afligen y oprimen. Cuando pensamos en los enemigos de Israel, hoy en día, de inmediato aparece la imagen de Hizbollah, Al Qaeda, y otras organizaciones islámicas, enemigos declarados e irreconciliables de los judíos, pero también, por su condición de musulmanes, seguidores del profeta Mahoma, enemigos históricos del cristianismo a lo largo de toda la Edad Media, y quienes hoy persiguen y oprimen a los cristianos en los países islámicos.

Como cristianos evangélicos desaprobamos siempre la guerra, y toda forma de violencia. Pero cuando vemos a Israel avasallado por sus enemigos, celebramos sus victorias, como victorias del pueblo de Dios, y por lo tanto, victorias de Dios.

No nos confundamos.
Veamos más detenidamente el pasaje bíblico citado en último lugar, que encontramos en Éxodo 23:21,22: “He aquí yo envío mi Ángel delante de ti para que te guarde en el camino, y te introduzca en el lugar que yo he preparado… Pero si en verdad oyeres su voz, e hicieres todo lo que yo te dijere, seré enemigo de tus enemigos, y afligiré a los que te afligieren”. Hay un elemento clave que consiste en oír y obedecer la voz de Dios, para que Su protección esté con Israel, y Él conceda la victoria a su pueblo. Lo cual significa que no todo lo que Israel haga estará bien, y deberá ser apoyado, de la misma manera que no todo lo que la Iglesia ha hecho a lo largo de los siglos estuvo bien, ni tampoco todo lo que hace hoy en día está bien, y debe ser apoyado.

Entonces, cuando dirigimos los ojos hacia el conflicto que actualmente desangra la Tierra Santa, yo me pregunto sinceramente qué pensar. Como sucedió en 1973, en 1978 y en 1982, el Líbano es otra vez atacado con furia por un Estado de Israel envalentonado por el incondicional apoyo de los Estados Unidos de América (según la prensa, sectores cristianos de extrema derecha de Estados Unidos hacen esfuerzos por legitimar las acciones de Israel; también, Estados Unidos “mandó suavizar” las declaraciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, luego que el Secretario General Kofi Annan dijera que la muerte de cuatro observadores de la ONU fuera provocada “deliberadamente” por Israel).
Dos soldados israelíes secuestrados son el motivo, que a esta altura parece ya pretexto, para lanzar contra la castigada tierra libanesa una ofensiva militar violenta e indiscriminada. En el Líbano corre la sangre, se amontonan los muertos, se multiplica el llanto y crece el sufrimiento. Milicias islámicas refugiadas y acuarteladas en el sur de ese país son el móvil para que los israelíes ataquen incluso Beirut.

Cual es el límite de esta escalada de violencia, no lo sabemos. Como cristianos debemos hacernos algunas preguntas: ¿es correcto tomar partido por uno de los bandos? En otras palabras, ¿debemos “legitimar” lo que hace Israel disparando cañones y misiles sobre territorio libanés, y preparándose para una nueva invasión? ¿Y el Líbano? ¿Y los cristianos maronitas libaneses, que han sufrido ya tanto a manos de los palestinos, de los israelíes, y de los propios musulmanes libaneses? ¿Qué pasa con los cristianos maronitas, los únicos que creen en Jesucristo en medio de ese caldero infernal?
No nos confundamos. No caigamos en extremismos; ni políticos, ni mucho menos extremismos proféticos pseudobíblicos. Oremos por Israel, pero también oremos por el Líbano. Oremos por las víctimas de la guerra. Oremos por la paz.
Una paz para todos.
Por: Dr. Álvaro Pandiani
www.iglesiaenmarcha.net
31 Jul '06

Deja un comentario

*