RAZONES PARA CREER

 
RAZONES PARA CREER

Experiencia de lectura

Nada reemplaza el contacto directo y la experiencia personal de una obra. Antes de leer “El Código Da Vinci” (ECDV), había traducido un artículo que hablaba de esta obra, y tenía una idea somera de su argumento, sus errores y sus peligros. No me sentí urgido a salir corriendo a comprar y leer el libro, que no parecía tener demasiadas virtudes, y mucho menos un precio accesible. Pero cuando en Razones para Creer nos propusimos dar una charla-debate sobre ECDV, no quedó más remedio que sumergirme en sus más de 500 páginas. Tres días después salí a la superficie con una impresión de primera mano, bastante distinta a la que tenía antes.

Me encontré con una trama de cierto suspenso, con varias situaciones bastante inverosímiles, sin nada serio que objetar en cuanto a la exactitud de la información. Sólo un par de referencias erróneas al “árbol de la Ciencia”, que simplemente anoté en el archivo de mi memoria, hasta que, allá por la mitad del libro, en el capítulo 55, página 286, empiezan los fuegos artificiales. Para decirlo gráficamente, si yo fuera un profesor y estuviera calificando el trabajo, estaría pensando en darle un “9” hasta aquí. Sin embargo, la gran cantidad de errores de la segunda mitad me llevaría a reprobarlo.

Durante las siguientes 50 páginas aproximadamente, participamos como lectores de una serie de “clases magistrales” dadas por Leigh Teabing, un ficticio historiador real británico, a una sorprendida Sophie Neveu, acompañada del también ficticio experto en simbología estadounidense, Robert Langdon, intercaladas por breves capítulos de acción. Es decir que algo así como el 10% del libro contiene casi la totalidad de la información impactante y explosiva que el autor introduce en la mente del lector desprevenido como un verdadero caballo de Troya. Para tener un punto de comparación, si empezáramos a leer ECDV en enero y lo finalizáramos en diciembre, prácticamente todo el tratamiento de estos temas estaría comprimido en la primera quincena de julio. Una vez que salimos de este túnel atestado de información, allá por la página 336, hay muy pocos datos sustanciosos que no tengan que ver con el desarrollo de la trama, aunque también con errores.

Preguntas y más preguntas

Surgen entonces varias preguntas. ¿Cuál es esta información sustanciosa? ¿Por qué es tan importante? ¿Cuántos errores contiene? ¿Qué importancia tienen estos errores?
Los temas que se tratan en esta sección central del libro son variados y profundos. Veamos. El Santo Grial, Leonardo Da Vinci y sus cuadros, el canon del Nuevo Testamento, Constantino, el Concilio de Nicea, los gnósticos, los manuscritos del Mar Muerto y de Nag Hammadi, el culto a la divinidad femenina o diosa, María Magdalena, los evangelios gnósticos, la leyenda de Jesús casado, los merovingios, el Priorato de Sión… Sí, ¡todos estos temas en menos de 50 páginas! Salta a la vista la gran saturación de información. Seamos honestos: ¿cuántos de los lectores conocen alguno de estos temas en profundidad, como para evaluar la veracidad de lo que se dice. Seamos más realistas: ¿cuántos de los lectores conocen más de un par de estos temas aun someramente? Sin embargo, la actitud cómplice del autor hace que el lector se quede con la impresión de que ha sido iniciado en no menos de diez temas medulares y se le ha dado en este curso acelerado información confidencial, sustancial y revolucionaria, previamente oculta a los mortales.
¿Por qué es tan importante esta información? Simplemente porque el mensaje central del libro es que la iglesia cristiana está implicada en un gigantesco complot para ocultar información que, de conocerse, significaría su ocaso y la liberación de las tinieblas para una humanidad engañada por siglos. Casi nada, ¿no? Se acusa a la religión judeocristiana y a la iglesia cristiana de reemplazar la prístina e idílica religión original, centrada en la diosa, por una religión patriarcal opresiva. Inclusive, Jesús habría querido poner a una mujer a cargo de su iglesia pero fuerzas maléficas y conspiradoras lograron imponer una línea patriarcal que perdura hasta el día de hoy. Si es cierto lo que se dice, deberíamos hacer algo. Pero, si es falso, también. Es tanto y tan sustancial lo que leemos en estas páginas, que la única opción que no podemos permitirnos es la indiferencia.

Ahora bien, ¿cuántos errores hay? ¿Son tantos? Baste decir que son muchos, y de todo calibre. Hay quienes han contado 100 errores y aún han superado esa cifra. De hecho, una forma creativa de encarar ECDV sería ver cuántos errores encontramos. Algo así como “el juego de los 100 errores”. En cuanto a la seriedad de los errores, van de decir que la pirámide invertida del Louvre tiene 666 paneles (un número siniestro) y fue encargada por Mitterand cuando en realidad tiene 673 paneles (un número anodino) y Mitterand no tuvo nada que ver con esta obra, a que “para la elaboración del Nuevo Testamento se tuvieron en cuenta más de ochenta evangelios” y “la Biblia, tal como la conocemos en nuestros días, fue supervisada por el emperador romano Constantino el Grande”, cuando la realidad indica que la cantidad total de documentos de distintos tipos no superaron los sesenta, de los cuales sólo una docena pueden considerarse “evangelios”, y Constantino no tuvo nada que ver con la elaboración del canon bíblico, que estaba prácticamente cerrado más de un siglo antes de su aparición en escena.

Entre un extremo y otro, los errores se suceden a una velocidad pasmosa: los merovingios no fundaron París, el dios Mitras no fue llamado Hijo de Dios, Luz del Mundo, ni fue enterrado en una tumba y resucitó en tres días, la “divina proporción” entre abejas macho y hembra no es el número Phi sino algo así como 50 veces ese número, el Vaticano no existió hasta el siglo XIV, la comunidad de Qumrán responsable de los rollos del Mar Muerto no era cristiana sino judía, no hay monjes en el Opus Dei, los Dossier Secrets están escritos a máquina, no en pergaminos, los primeros cristianos adoraban el día domingo, “¡Oh, miserables mortales, abrid los ojos!” no es una cita de Leonardo referida a la Biblia, el Evangelio de Felipe no está escrito en copto, sino en arameo, los “muchos historiadores” citados repetidamente por Dan Brown no incluye un solo historiador de profesión… y muchos más.

La última pregunta que nos habíamos hecho era: ¿Qué importancia tienen estos errores? En realidad, si no fuera por la página 7, justo antes del inicio de la novela, tendría muy poca, y difícilmente hubiéramos preparado la charla, yo no hubiera escrito este artículo y usted no lo estaría leyendo. Sucede que, bajo el sugestivo título “Los hechos”, dice lo siguiente:
El Priorato de Sión -sociedad secreta europea fundada en 1099- es una organización real. En 1975, en la Biblioteca Nacional de París se descubrieron unos pergaminos conocidos como Les Dossier Secrets, en los que se identificaba a numerosos miembros del Priorato de Sión, entre los que se destacaban Isaac Newton, Sandro Botticelli, Víctor Hugo y Leonardo da Vinci.
La prelatura vaticana conocida como Opus Dei es una organización católica de profunda devoción que en los últimos tiempos se ha visto inmersa en la controversia a causa de informes en los que se habla de lavado de cerebro, uso de métodos coercitivos y de una peligrosa práctica conocida como “mortificación corporal”. El Opus Dei acaba de culminar la construcción de una de sus sedes, con un coste de 47 millones de dólares, en Lexington Avenue, Nueva York.

Todas las descripciones de obras de arte, edificios, documentos y rituales secretos que aparecen en esta novela son veraces.
Si bien es una novela, es el último párrafo (“Todas las descripciones… son veraces”), junto con las constantes referencias a supuestos historiadores que respaldan las afirmaciones de los personajes (conté no menos de 40 de estas referencias en todo el libro), hace que el lector desprevenido, que no conoce los temas tratados y no puede manejar tanta información en tan poco tiempo, empiece a creer inconscientemente que lo que lee es cierto o, al menos, parcialmente cierto. Por eso es fundamental saber de qué estamos hablando cuando hablamos de ECDV. Por un lado, es “sólo una novela”, una más entre tantas. Pero, por otro, la información que recibe el lector (representado por la asombrada Sophie Neveu) de los expertos ficticios Teabing y Langdon (voceros del autor) va mucho más allá de la trama de suspenso y es el verdadero motivo de la escritura del libro (la “agenda oculta”) y de su éxito de ventas.

¿Qué es la verdad?

 


Y acá llegamos al nudo de la cuestión, el tema más importante: la verdad. ¿Es verdad lo que dice la novela? ¿Qué partes son verdad y cuáles mentira? Profundizando más: ¿Se puede afirmar que algo es verdad sabiendo que es mentira? ¿Importa si algo es verdad o no? El anuncio de la contratapa, tan importante para vender cualquier libro, dice, por ejemplo:
Un apasionante juego de claves escondidas, sorprendentes revelaciones, acertijos ingeniosos, verdades, mentiras, realidades históricas, mitos, símbolos, ritos, misterios y suposiciones en una trama llena de giros inesperados, narrada con un ritmo imparable que conduce al lector hasta el secreto más celosamente guardado del inicio de nuestra era.
O sea, se nos está diciendo que una mezcla de formas literarias y de verdades y mentiras (sin dejar en claro cuál es cuál) nos puede llevar a encontrar un secreto oculto por siglos. No parece tener demasiada lógica, ¿no?
Veamos algunos pasajes más del libro:
-Lo que quiero decir -cortó Teabing- es que casi todo lo que nuestros padres nos han enseñado sobre Jesús es falso. Igual que las historias del Santo Grial (pág. 292).
-Tampoco se puede demostrar la autenticidad de la Biblia -replicó Teabing, soltando una carcajada.
-¿Qué quiere decir con eso?
-Quiero decir que la historia la escriben siempre los vencedores. Cuando se produce un choque entre dos culturas, el perdedor es erradicado y el vencedor escribe los libros de historia… Dada su naturaleza misma, la historia es siempre un relato unilateral de los hechos
-… Y al final, escoger con qué lado de la historia nos quedamos se convierte en una cuestión de fe y de exploración personal…(pág. 317-318).
… ¿Qué pasa con esa gente, Robert, si las persuasivas pruebas científicas demuestran que la versión de la historia de Jesús que propone la Iglesia no es exacta, y que la mayor historia jamás contada es en realidad la mayor historia jamás inventada? (pág. 331).

Antes de analizar estos tres pasajes clave, hagamos un breve paréntesis para recordar cómo el concepto mismo de la verdad ha ido cambiando en la sociedad, desde el premodernismo (hasta el año 1850: un universo centrado en Dios, basado en la revelación; la verdad es absoluta) al modernismo (1850-1945: el mundo del Iluminismo y la ciencia; la verdad es relativa) y al posmodernismo (desde 1945: pérdida de esperanza de la verdad; la verdad es creada). ECDV, como típico exponente del posmodernismo, considera que la verdad no se descubre sino se crea y que la verdad no existe salvo como el individuo quiere que exista.
¿Qué nos dicen los tres pasajes anteriores? En el primero, pone en un mismo nivel la historia sólidamente respaldada por documentos muy próximos a la existencia de Jesús y una leyenda fantasiosa como la del Santo Grial. ¿Tienen el mismo valor de verdad? En el segundo, asocia la verdad exclusivamente con el poder y la elección personal. ¿La verdad es cuestión de gustos, de preferencias? En el tercero, dice que todo el cristianismo no es más que un gran invento, un gigantesco embuste. ¿Un engaño que duró dos mil años y recién ahora se descubre?

Me siento tentado a dar una infinidad de argumentos para rebatir estas afirmaciones. Por ejemplo: ¿Es creíble que tantos cristianos sufrieron como mártires por una “verdad inventada”?. ¿Es verosímil que la iglesia católica, por ejemplo, sea reacia al lugar de la mujer cuando le da tanta importancia al culto de María, la madre de Jesús? O, siguiendo el argumento del autor, el poder de la iglesia que habría manipulado y ocultado la “verdad” del casamiento de Jesús, ¿no puede haber sido reemplazado hoy por el poder del dinero que encuentra que la “verdad” de ECDV vende? El argumento central hace agua por donde se lo mire.
Pero eso sería caer en una trampa. Porque en realidad al autor no le importa la verdad. Puede decir en el mismo aliento que todo lo que dice es verdad y que la verdad es un invento de los vencedores, que uno escoge el lado de la verdad según su fe. Sin pestañear, puede decir que está descubriendo una gigantesca mentira y dudar del concepto mismo de la verdad. Respalda verdades con verdades, medias verdades y mentiras por igual. Todo vale. Y, según la visión posmoderna, todo vale, porque cada uno crea su propia verdad. Pero la inconsistencia es evidente. Lo irónico del concepto posmoderno de la “verdad” es que se autodestruye, porque si toda verdad es creada y está influida por el poder, ¿qué me asegura que esa misma verdad, o ese mismo concepto de la verdad, no esté influida por el poder? En este caso, el poder del dinero.

No es casual que nuestro lema en Razones para Creer sea “A favor de la verdad”. Para nosotros, la verdad es sumamente importante, en dos sentidos diferentes. No sólo nos interesa conocerla y defenderla de la mentira y el error, sino que pensamos que el concepto mismo de la verdad necesita ser defendido hoy. ECDV es un ejemplo típico del minado intencional e irresponsable de la verdad, no tanto por la gran cantidad de falsedades y errores, sino porque dice que la verdad no existe, no puede conocerse, y es un mero producto de la sociedad, del poder, de la conveniencia individual.

Un producto de nuestro tiempo

 


Leemos en la cubierta posterior:
¿Qué misterio se oculta detrás de la sonrisa de la Mona Lisa? Durante siglos, la Iglesia ha conseguido mantener oculta la verdad… hasta ahora.
Es extraño el concepto de verdad del autor y de la editorial. Si no se han ocupado de corregir tantos errores evidentes y que de ninguna forma habrían superado el análisis de un historiador profesional, ¿cómo pretenden que les creamos? No importa. Lo que importa es vender. Supongamos por un momento que en un arrebato de sinceridad y honestidad eliminaran todos los errores e inconsistencias del libro. ¿Qué quedaría? Muy poco ¿Seguiría vendiéndose el libro? Mucho menos ¿Tendría éxito la película que se está produciendo, y los libros que están previstos para aprovechar este éxito? No. Es evidente que este gigantesco negocio se sostiene en la distorsión y manipulación de la verdad.

El Código Da Vinci es un producto de nuestro tiempo en los dos aspectos que vimos: en su concepto de la verdad y en su afán desmedido por el lucro. Desde el punto de vista del autor y el comercializador, todo vale para ganar dinero, todo se puede sacrificar -instituciones, sentimientos, conceptos fundamentales como la verdad- ante el altar del dinero. Pero es también un producto de nuestro tiempo en la búsqueda de respuestas de los lectores. Ya sea por falta de información o porque no les convencen las respuestas que han recibido hasta ahora, están interesados en los temas que plantea el libro. Y esto es un toque de atención y una oportunidad. Quienes amamos la verdad y seguimos a la Verdad tenemos la responsabilidad de luchar por ambos. Porque el camino alternativo que nos plantean libros como éste significa destruir la misma base sobre la cual estamos asentados, con resultados que ya estamos viendo y con un final imprevisible.

Brown, Dan. El Código Da Vinci, Barcelona, Editorial Umbriel, 2003.
En realidad, “árbol de la ciencia del bien y del mal”, donde ciencia = conocimiento, no disciplina: 1) “…la manzana [incorrecto] del Árbol de la Ciencia”, pág. 60; 2) “…del fruto [correcto] del Árbol de la Ciencia”, pág. 158.
En el original en inglés, el título es “Fact”, que es mucho más fuerte, con el sentido de “hecho comprobado, realidad”.
En la tapa de la edición original en inglés dice “The Da Vinci Code – A Novel”, a diferencia de la versión española.
En el original en inglés, la palabra usada es accurate = “preciso, exacto”
 
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Tomado con permiso por: www.iglesiaenmarcha.net
 
11 Jul '06

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