EL MAGNIFICO DERRUMBE – Cap. 6

Capítulo 6

Un futuro incierto

Cuando miramos el Nuevo Testamento, un pasaje llamativo salta a la vista para quienes, como nosotros, tenemos el privilegio de mirar el pasado con la perspectiva que da la historia. Uno de los discípulos de Jesús, exteriorizando su orgullo como judío, le señaló el imponente esplendor del Templo de Jerusalén, diciéndole: “Maestro, mira qué piedras, y qué edificios” (Marcos 13:1), seguramente incitándole a decir algo sobre la grandeza del emblema religioso más importante de la nación israelita. Cuál no sería su sorpresa cuando Jesús respondió en forma inesperada: “¿Ves estos grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra, que no sea derribada” (versículo 2). Surge de los documentos de aquel período, temprano en el siglo I, que nadie sino Jesús de Nazaret pareció capaz de prever el final sangriento que la nación judía tendría en pocas décadas más, y nadie esperaba que algo así sucediera. Ni siquiera los propios cristianos, pese a que Jesús había anunciado en varias oportunidades y de diferentes maneras la próxima ruina (Mateo 23:37,38; Lucas 19:41,44; 21:20). La falta de conciencia de la catástrofe que se avecinaba era tal, que Eusebio de Cesarea dice, en el Libro III de su Historia Eclesiástica, que antes de la guerra que culminó con la destrucción total de Jerusalén y la masacre de un millón de judíos en el año 70 D.C., un oráculo profético ordenó a los cristianos salir de inmediato de la ciudad.(11) De hecho, la historia de Eusebio registra la salida de los cristianos de Jerusalén antes de la revuelta judía, para trasladarse a Pella, al otro lado del Jordán; la profecía que ordenó la movilización para escapar del desastre puede perfectamente ser aceptada por la fe, aunque no esté registrada en el Nuevo Testamento, como tantos otros hechos portentosos de aquel tiempo memorable. Pero el punto a destacar es la total ausencia de una noción acerca de la inminente caída de un orden vigente.

En el capítulo 3 citamos al profesor León Homo, quién hablando de la caída final del Imperio Romano de occidente, refiere que los contemporáneos no midieron la importancia del cambio.(4) No había idea, en los años que precedieron al 476 D.C., de que el dominio de Roma, un señorío de siglos, tocaba a su fin. También cabe plantearse si, al iniciarse el siglo XV, alguien podría haber previsto que los inventos y descubrimientos de la época harían que la humanidad dejara atrás la Edad Media, para entrar a una nueva era. En cualquiera de los tres casos, así como en los cambios habidos en los siglos que siguieron, las circunstancias de cada época podrían haber despertado la expectación de personas atentas, quienes pueden haber sospechado, esperado o anhelado, que un cambio de magnitud sobrevendría.
El primero ejemplo, la caída de Jerusalén, fue resultado de un proceso que venía gestándose desde varias décadas atrás, tal vez desde el mismo momento de la conquista romana de Palestina, en el 63 A.C. El nacionalismo a ultranza del pueblo judío, la muy particular comprensión de su carácter como pueblo elegido de Dios, que los llevaba a considerarse una nación especial y odiar por tanto al dominador extranjero que los subyugaba; su también particular esperanza mesiánica, expectativa por la venida de un Mesías guerrero que derrotara al conquistador romano y estableciera la supremacía de Israel, y la manera en que estos factores hacían que los judíos tolerasen muy mal los avasallamientos de un dominador extranjero, todo desembocó en una guerra devastadora, sin cuartel, sin tregua, sin misericordia, sin piedad, en la que el único final posible era la aniquilación del enemigo. Eso les tocó en suerte a los judíos. Los relatos de Flavio Josefo sobre el sitio de Jerusalén, la destrucción de la ciudad, y el fin del último bolsón de resistencia, Masada, son espeluznantes. Todavía ese odio irreconciliable entre romanos y judíos tuvo su coletazo final en la guerra del falso Mesías judío Bar Cocheba, en la primera mitad del siglo siguiente, que terminó con la matanza de más de medio millón de judíos. La dispersión mundial de Israel, resultado de la guerra devastadora con los romanos, se prolongaría hasta el siglo XX, y cesaría en parte con la creación del estado de Israel, en 1948.

En el segundo ejemplo, la caída del Imperio Romano, el desmoronamiento se gestó durante siglos. La herida de muerte para el imperio se producirá en el siglo III, el siglo anterior a la oficialización del cristianismo, y más de doscientos años antes de la caída final; pero los elementos preparatorios se habían desatado aún antes. La paralización interna de un imperio otrora agresivo y conquistador, con una actitud de permanente defensa contra las tribus bárbaras que avasallaban las fronteras del mundo romano; la guerra crónica con Persia, y el agotamiento de recursos que de esto se derivaba, y la continua degeneración moral de una sociedad corrompida, solo superficialmente tocada por la doctrina cristiana, dieron cuenta del Imperio Romano.
Con el tercer ejemplo que tomamos, el fin de la Edad Media, asistimos a un caso diferente, pues la transición se da, no sin guerra, pues en el siglo XV la caída del imperio de Bizancio ante los turcos marca un cambio de considerable envergadura. Pero se da sobre todo por el aflujo de ideas nuevas, hecho que no es extraño ni ajeno al cristianismo, pues cristaliza en forma positiva en la Reforma y Contrarreforma de la centuria siguiente. Se da también por los descubrimientos e inventos que extienden la comprensión por parte del hombre de su universo, mucho más allá de los mezquinos límites impuestos al hombre medieval. Entre estos descubrimientos cabe citar el de grupos humanos en estadíos más primitivos de desarrollo cultural y técnico, lo que fue visto por algunos como una oportunidad de enriquecimiento a expensas de la explotación de dichos individuos, y para otros representó una oportunidad cristianizadora y una responsabilidad evangelizadora. También resultó en la necesidad de proteger a estos nuevos seres recientemente descubiertos.

¿Podemos nosotros saber si en verdad el futuro próximo nos reserva un cambio de gran magnitud que lleve a la caída de nuestra civilización? Contestar afirmativamente esta pregunta sería como decir que podemos adivinar el porvenir, lo que no es el caso. Tampoco es el caso pretender interpretar la profecía escatológica de la Biblia en términos de los sucesos de nuestro tiempo, pretendiendo arriesgar apocalípticas secuencias de eventos para los próximos años, e incluso anunciando el regreso de Cristo para una fecha calculada más o menos esotéricamente. Antes al contrario, quizás este trabajo y estos planteos desagraden a los apocalípticos milenaristas, porque no estamos proponiendo un próximo y escatológico final de la historia. Antes al contrario, nos planteamos qué pasaría si la historia humana prosiguiera por mucho tiempo, pero con la eventualidad de sufrir un nuevo cambio.

Cambio cuyas causas podemos conjeturar, como un ejercicio intelectual imaginativo, en base, ahora sí, a las realidades de nuestro tiempo. Esas conjeturas ocuparán el resto de este capítulo.
La primera de esas conjeturas es imaginar las consecuencias de una guerra global devastadora. Ya vimos cómo en el pasado la guerra ha sido causa desencadenante del colapso de civilizaciones. Naciones bíblicas como Moab, Edom, Filistea, Amón, Israel según vimos en más de una ocasión; grandes imperios como Asiria, Babilonia, la misma Roma, como también vimos, han desaparecido en un torbellino de sangre, fuego y humo. En el siglo XX el avance formidable de la tecnología del transporte y las comunicaciones ha llevado progresivamente a la humanidad a la globalización, a vivir en una verdadera civilización planetaria. Pero son también esos avances, los que han permitido que hoy en día no sea descabellado considerar la posibilidad de una guerra global, de la que la Segunda Guerra Mundial, con su colofón final dado por el uso de armas atómicas, no sería sino un ensayo. De hecho, la humanidad cambió en la posguerra; el desarrollo de la tecnología nuclear, la electrónica, la informática y los vuelos espaciales son áreas en las que la tecnología se ha desarrollado con una formidable velocidad, en la segunda mitad del siglo XX. Una guerra global, con el uso en la misma de armas de destrucción masiva, fue tema recurrido por los escritores de ciencia ficción desde por lo menos la década de 1950, reflejo del temor que desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial embargó a buena parte de la humanidad; un temor permanentemente latente, debido al enfrentamiento entre las superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética. Los restos de humanidad que los autores de ficción imaginaron en sus narraciones, mal llamadas apocalípticas, y las situaciones en que quedaban luego del holocausto nuclear, han sido tan diversos y numerosos como escritores han abordado el tema. Desde el inverosímil surgimiento de inteligencia en una raza animal, o de una inteligencia artificial, cualquiera de las cuales dominaría al hombre, pasando por la no tan inverosímil aniquilación total de toda forma de vida en la Tierra, si los arsenales nucleares fueran verdaderamente detonados, hasta el retroceso de la humanidad a etapas más primitivas de civilización, incluso hasta la edad de piedra. Por supuesto, el cristianismo y la fe han tenido poco o ningún lugar en estas visiones fantásticas de un salvaje futuro. Porque quienes escribieron esas narraciones fueron de aquellos que no consideran pertinente, oportuno o útil tener en cuenta al cristianismo; o visto desde otro ángulo, porque ningún escritor cristiano tiene tales lúgubres y pesimistas expectativas sobre el futuro que Dios prepara para el mundo, y por lo tanto considera una estúpida pérdida de tiempo tales ejercicios imaginativos, y sus traducciones literarias.
Ahora bien, nadie que haya visto en una pantalla de televisión el imponente y aterrador espectáculo dado por la explosión de un artefacto nuclear, y haya leído la Biblia, puede dejar de recordar aquellas palabras del apóstol Pedro: “…el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas … los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán” (2 Pedro 3:10,12). Por supuesto, estas palabras se refieren al “día del Señor”, y por lo tanto tienen implicancias proféticas y apocalípticas; y no es el propósito de este ensayo aventurar interpretaciones escatológicas. Tan solo observar cómo una antigua ocupación del ser humano, la guerra, expresión de la permanente manía del hombre de odiarse y destruirse a sí mismo, podría hoy día, tiempo de globalización, y con el uso de armas de destrucción masiva, trastornar gravemente la civilización que hemos levantado y disfrutamos. Cabe pensar, y esperar, que si una catástrofe de tan descomunales proporciones nos quitara la seguridad de una sociedad humana bien estructurada y basada en el derecho, si nos arrebatara los adelantos de la tecnología, dejándonos sin los beneficios de la medicina moderna, sin computadoras, sin telefonía celular, sin autos, aviones, satélites, alimentos congelados, juegos de video, realidad virtual, quizás hasta sin energía eléctrica y agua potable, quedarían aún, como algo no enajenable, la fe y los valores clásicos del cristianismo: el amor, la pureza, la lealtad, la honradez, la justicia, la equidad, la nobleza, el sacrificio. Justamente esos valores, que por siglos la misma Iglesia descuidó, y que hoy en día se menosprecian en muchos ámbitos, serían los pilares para volver a construir, para soñar, otra vez, con un mundo mejor.

La expansión mundial del Islam.
Sin necesidad de imaginar catástrofes bélicas, podemos considerar una situación real y presente: nuestra cultura choca frontalmente con una sociedad que gira en torno a una religión, y cuya ideología domina todo el norte de África y el suroeste de Asia, extendiéndose hacia el este hasta incluir países del lejano oriente, y también naciones del África subsahariana: el Islam. “El Islam es una de las religiones más importantes del mundo. Según las últimas estadísticas, cuenta con unos mil millones de seguidores. Su mayor atractivo lo constituyen tanto su concepción optimista de la naturaleza humana como su firme promesa de un cielo eterno entre tibios y frondosos jardines, gozando con la compañía de bellas huríes, para cuantos se sometan a la obediencia a Alá, manifestada en el Corán”.(12) Esa religión, con su influencia sobre tantos millones de personas a las que tiene sometidas a una especie de Edad Media con tecnología del siglo XXI, palpita en el seno de su territorio histórico. Originado en la desértica península arábiga en el siglo VII, en pocas décadas Arabia, Siria, Persia y el norte de África estaban bajo el poder del Islam. Cien años después España, el sur de Francia y algunas partes de la península itálica había caído bajo las huestes de Mahoma, así como Asia Menor y grandes territorios del continente asiático, hacia el este.(13) Expulsados de la Europa Occidental hacia el final de la Edad Media (Caída de Granada, España, 1492), y circunscriptos, en el continente europeo, al sur de Europa oriental para fines del siglo XVII, el Islam permaneció en ese territorio durante casi tres siglos, pulsando ahora en nuevas oleadas de expansión. Esto, por un procedimiento diverso de la guerra santa, y más acorde a nuestros tiempos. “Además de ser probablemente la más extensa de todas las religiones no cristianas, es la única a la que verdaderamente podemos calificar de misionera o proselitista”.(12) “El paulatino fortalecimiento del Islam en este siglo se verifica hacia afuera como una expansión geográfica, y hacia adentro como un resurgimiento de la religión y los valores culturales de la civilización clásica de la Edad Media. El Islam avanza más y más en África”(14) ¿A qué quedaría reducido nuestro modo de vida ante el advenimiento de un gobierno que implantara el Islam y su cultura, como sucede en los países de la nación árabe? Quizás una muestra muy representativa sea observar la situación de la mujer en semejante cultura.

El reverendo Juan T. Sanz, en su artículo “Una aproximación a la mujer en el Islam”, escribe: “Especialmente en los países más fundamentalistas dentro de lo que se llama la Nación Árabe, se observa que la mujer juega un papel determinado e irrenunciable que le obliga, ya desde su infancia, a conocer cuál debe ser su conducta “correcta” en la sociedad en que ha nacido”. Más adelante dice: “El Corán y las tradiciones musulmanas han creado en torno a las mujeres casadas una telaraña de leyes tan tupida que difícilmente las cumplirán, y entonces no se salvarán de la crítica, la humillación y el repudio de su esposo y de la sociedad”. Y ya sobre algo tan superfluo en apariencia y sin embargo tan importante, por formar parte de la vida cotidiana, dice: “Tienen absoluta y rigurosamente prohibido salir a la calle por la noche, entrar en cafés o bares aún de día e ir a la piscina o a la playa aún cuando fuera en compañía de su marido”; “Debe tratar de engendrar, si no quiere verse sustituida o acompañada por otra esposa. Debe hacer lo que el marido le mande, evitar lo que le prohiba, es decir, obediencia absoluta. Debe procurar el bienestar de su esposo con buenas comidas, ropa limpia y perfumes fragantes. Debe honrar a la familia de su marido”.(15)
Afganistán bajo los talibanes fue un ejemplo contemporáneo de esta compulsión retrógrada a un estilo de vida y costumbres perimido hace siglos. Antes que estos fanáticos islámicos tomaran el poder, y pese a que Afganistán estaba ya bajo un gobierno musulmán, las mujeres podían seguir estudios, incluso en la Universidad, y no faltaban entre las afganas doctoras, abogadas, y otras profesionales universitarias. Los talibanes sacaron a todas las mujeres de sus trabajos, centros de estudio, ocupaciones y profesiones, recluyéndolas en sus hogares, porque: “las jóvenes islámicas … tienen conciencia de que la familia y la sociedad les han inculcado su vocación máxima: ¡Ser un día esposas y madres!”(15)
He aquí un ejemplo de la suerte que correrían las sociedades occidentales y occidentalizadas ante la expansión mundial triunfante de esta religión y su cultura.
“Mientras en los países norteafricanos cada vez más iglesias son transformadas en mezquitas, se construyen más y más mezquitas en el interior de Europa”. “En Bélgica, el Islam ya está reconocido oficialmente como comunidad religiosa. El Estado belga ha tomado a su cuenta el salario del imán. Las autoridades provinciales belgas se preocuparán de la conservación de las mezquitas”. “África negra es sencillamente sembrada con mezquitas; son regalos de los países situados a lo largo del Golfo Pérsico o de Libia a los países pobres del Tercer Mundo”. “En la ciudad del Ródano se ha construido la mezquita más grande de Suiza”. “En Londres se levantó la mayor mezquita de Europa … con una universidad islámica en Regent´s Park”. “…parece que nadie comprende lo que la construcción de mezquitas en el bastión del catolicismo, Roma, o del protestantismo, Ginebra, significa para el mundo islámico. Es la marcha victoriosa del Islam, que se ha propuesto como tarea el dominio del mundo”.(14)
He ahí una de las posibilidades: que el mundo entero se cubra de mezquitas, turbantes y velos. Y que como sucedió una vez en Palestina, el norte de África, y en la misma Constantinopla, el Corán y la Media Luna se eleven triunfantes sobre la Biblia y la Cruz, emblemas de un cristianismo desechado por nuestra sociedad poscristiana y liberal en materia de moral y religión. Es de esperar que ante el avance de unas ideas y unas gentes cuyo programa “excluye compromiso, diálogo y tolerancia”(15), la iglesia cristiana sea fiel a Cristo y a su propia historia; y que si el cambio de magnitud a a sufrir por nuestra civilización globalizada fuera una derivación hacia la expansión triunfal del Islam, la Iglesia Cristiana esté integrada por auténticos cristianos, que aprendan de la fidelidad y paciencia de los cristianos de todos los siglos, que debieron sufrir la intolerancia, a veces apurando persecución y martirio, y lo hicieron porque confiaban en la promesa del regreso del Señor, triunfo final de Cristo y sus fieles, y no de ningún falso profeta.

El hallazgo de vida extraterrestre.
Al leer este subtítulo, algunos sonreirán; otros torcerán la cara en una mueca, más de incredulidad que de suspicacia, por lo que leerán a continuación. No es un tema muy visto ni tratado en la literatura cristiana evangélica. Además de algunos libros vagamente relacionados con el tema, que tratan sobre el fenómeno OVNI desde una óptica cristiana, un capítulo del libro Dios, el Átomo y el Universo, del ingeniero cristiano James Reid, aborda el tema del posible hallazgo de vida inteligente fuera de la Tierra. Probablemente se hayan escrito otros, pero nos concentraremos en éste. En el capítulo once del referido libro, titulado: “Dios creó otros seres”, el doctor Reid, escribiendo en la década del sesenta del siglo XX, refiere que algunos cristianos albergaban cierto temor acerca de lo que pudiera traer aparejado el avance de los descubrimientos y conocimientos, incluyendo, particular y específicamente, el hallazgo de una civilización extraterrestre. El autor expresa su optimismo en dos puntos. Primero, en cuanto al descubrimiento de inteligencias extraterrestres, lo cuál él pensaba que sucedería en pocos años más. Esto es comprensible, pues su época fue de entusiasta expectación por las cosas que podrían encontrarse en el espacio, estando en plena marcha el programa espacial, la carrera a la Luna y la exploración fotográfica orbital de Marte y Venus, desarrollada por las sondas Mariner. Casi cuatro décadas después, pisada la Luna varias veces (hasta que se terminó el dinero), explorado algo de la superficie de Marte, y muy poquito de la de Venus, no se ha encontrado absolutamente nada que se parezca a algo vivo (salvo algunos fósiles, que sería bueno confirmar si es verdad que llegaron volando de Marte a la Tierra). Tampoco se ha visto nada que parezca dotado de vida en Mercurio, o en los satélites de los planetas gigantes que están más allá de los asteroides. Salvo que sean ciertas las leyendas cinematográficas sobre las evidencias de vida extraterrestre mantenidas en estricto secreto por los gobiernos de las naciones del primer mundo, no tenemos pruebas de que no estemos solos en el Universo.

Y ese es precisamente el punto; que un robot no encuentre nada después de explorar algunos quilómetros cuadrados del suelo de Marte, o que no se vea nada en fotos de Ganímedes, o de Titán, tomadas desde el espacio, no significa que allí no haya nada. Y aunque las condiciones ambientales reinantes en esos lugares sean tales que no permitan el desarrollo de la vida tal como la conocemos, hay aún un universo por explorar. Cientos de miles de millones de estrellas, en un cosmos cuya vastedad produce vértigo; en cada una de estas estrellas, la posible existencia de uno o más planetas. Y en algunos de éstos, la eventualidad de que haya surgido la vida.
¿O como cristianos deberíamos decir, la eventualidad de que Dios haya creado allí la vida?
Este es un argumento viejo, pero aún irrefutable; no demuestra nada, pero mantiene abierta la puerta a la posibilidad de que haya en el cosmos otra raza, con la que algún día podamos tener contacto. Porque ¿los procesos que llevaron a la aparición de la vida se producirían solo en la Tierra, entre cientos de millones de presuntos planetas similares al nuestro? O como cristianos deberíamos decir: ¿crearía Dios un universo inconmensurable, y pondría solo en un planeta vida inteligente, es decir, capaz de conocerle y tener comunión con Él?
Y a partir de aquí se abren las conjeturas. Los tales seres, si es que realmente existen, ¿cómo son?; ¿qué aspecto tienen?; ¿qué piensan, qué logros han obtenido? Y fundamentalmente, ¿en qué creen?
El segundo punto en que expresa su optimismo el autor de Dios, el Átomo y el Universo, es en que el descubrimiento de la existencia de una raza extraterrestre significaría, no un golpe mortal para las religiones en general y el cristianismo en particular, sino antes bien, un triunfo para la fe cristiana. “El día en que un ojo electrónico envíe de regreso a la tierra una fotografía que demuestre que hay vida en otro mundo no será éste un día de luto para los cristianos. Constituirá sin duda un día de triunfo. Demostrará de nuevo que el hombre le ha fijado un límite demasiado reducido a Dios”.(16)
De hecho, la noción de que el hallazgo de una civilización extraterrestre derrumbará definitivamente la cosmogonía y cosmología bíblicas es más un producto de propaganda antirreligiosa, surgida de diversas fuentes, que una necesaria verdad. No obstante, no cabe duda que la visión del cosmos, de nuestro mundo y del sentido de la vida del hombre cambiaría radicalmente ante dicho hallazgo. El cambio que afectaría a nuestra civilización global no sería un retroceso a formas de vida más primitiva, fruto de una destrucción bélica extensa, ni una violenta y traumática transformación de la cultura, resultado de la expansión victoriosa de una religión, sino un modificación de la mentalidad actualmente vigente, una ampliación de las fronteras de la humanidad en el universo, una toma de conciencia de posibilidades técnicas que afectan la vida cotidiana, insospechadas o solo soñadas. ¿Pero un tiro de gracia para la fe? Siendo la fe una cualidad inherente a la naturaleza humana, es decir, que la capacidad y necesidad de creer en algo es compartida por todos los seres humanos, una civilización extraterrestre, por muy avanzada científicamente que esté, ¿nos ahorraría esa necesidad? ¿Nos robaría la fe? ¿No tendrían ellos también la necesidad de creer en algo superior a ellos mismos? El hombre ha imaginado que el progreso en el conocimiento y comprensión del universo finalmente hará innecesarias las creencias religiosas. Esa torpe e infundada esperanza lleva a algunos a imaginar razas extraterrestres que ya han recorrido el camino que a nosotros nos resta recorrer, logrando virtualmente resolver todos los problemas de la existencia. Abundan ejemplos de esto en grupos que sostienen haber sido contactados por extraterrestres, llegados a nuestro planeta en naves espaciales procedentes de otros mundos. Estas creencias, que ubican en los cielos seres casi perfectos que traen soluciones a nuestros problemas, no son más que una expresión moderna del instinto religioso del hombre, que ubica a sus nuevos dioses en el olimpo galáctico y los imagina viajando, no en carrozas de fuego, sino en astronaves impulsadas por antigravedad, o algún otro portentoso fruto de la imaginación.
La religión de los OVNI, incluso, en opinión de algunos escritores cristianos, muestra ciertas características que evidenciarían un probable origen demoníaco.
Resta aún considerar otra eventualidad, que nadie parece tener en cuenta, salvo nuevamente algún escritor de fantasía científica. La posibilidad de que el hombre, en su expansión por el espacio, se encuentre con alguna raza inteligente que se halle en un estadío de desarrollo tecnológico inferior al nuestro. Es decir, que se reproduzca en cierta forma, y salvando las diferencias, la situación que se dio a fines del siglo XV cuando los europeos llegaron a las costas de América y encontraron pueblos más primitivos, y por ende indefensos ante las armas europeas, pasibles de ser dominados y esclavizados. En este caso, deberíamos temblar al pensar en la suerte que correrían estos presuntos “indígenas” extraterrestres, y como en aquel tiempo lo hicieron los misioneros cristianos, prepararnos para defenderlos y llevarles la luz espiritual de Cristo.
Quizás esta sección haga que alguno sonría, considerándola un superfluo ejercicio de ciencia ficción. Tal vez nunca pase de eso. Pero también es cierto que al momento de escribir estas líneas, peinan canas quienes hace medio siglo se deleitaban leyendo revistas de ciencia ficción, con historias de hombres viajando por el espacio y caminando sobre la Luna. Y eso ya no es más ciencia ficción, sino que incluso pertenece al pasado. El cristianismo, viejo sobreviviente de cambios que sacuden los cimientos de la sociedad, deberá estar preparado para todas las eventualidades, aún las más inverosímiles, llevando a todos y a todos lados la palabra de Cristo como esperanzadora respuesta a todos los dilemas de la existencia.

Una última posibilidad que queremos comentar brevemente antes de finalizar este capítulo es quizás la más verosímil; es más verosímil tanto por alejarse de las opciones anteriores, opciones que implican violentas alteraciones del curso que llevan las sociedades contemporáneas, como por estar a favor de dicho curso. En la Introducción a este trabajo lo mencionamos, refiriéndonos al sentido figurado, poético si se quiere, pero también práctico, y quizás profético, de la expresión de Jesús di rigida a sus seguidores: “Ustedes son la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres” (Mateo 5:13). La idea aquí contenida, repetimos, es que la sociedad poscristiana, la civilización que ha dejado de prestar oídos a la Palabra de Dios, sufrirá un proceso de descomposición progresiva; una verdadera putrefacción moral que provocará la desagregación de las estructuras institucionales que hacen que una comunidad pueda considerarse civilizada. La perspectiva entonces es la desintegración de la sociedad en un caos y anarquía crecientes.

Sobre las cenizas de una civilización caída por el peso de sus propios pecados, pensamos, se levantará aún, con su influencia pacificadora, restauradora y civilizadora, la fe y doctrina cristianas. Quizás como en los días de salvaje anarquía que siguieron a la caída del Imperio Romano, heroicos apóstoles de paz, voceros de un orden superior, mensajeros del Cristo de amor, conduzcan a las gentes de regreso a la esperanza en el retorno de Aquel que terminará con los amargos sinsabores de este convulsionado mundo: el Señor Jesucristo.

Dr. Alvaro Pandiani

www.iglesiaenmarcha.net

1 Jun '06

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