UNA OPINION


UNA OPINION SOBRE “EL CODIGO DA VINCI”

En breves líneas intentaré dar
una semblanza de este tema que tantas repercusiones ha causado y sigue causando
en el mundo entero, y sobre el cual se han expedido autoridades teológicas y
eclesiásticas de mucho mayor peso.

Desde nuestro punto de vista,
como cristiano evangélico, los postulados de fondo que subyacen bajo la trama
de tipo policial de la historia (novela, película) El Código Da Vinci generan
una suerte de repugnancia selectiva, que complica la necesaria objetividad con
que deberíamos evaluar una obra de este tipo. El punto es, que si
verdaderamente pudiéramos enfrentar una obra de esta clase con absoluta
objetividad, la novela nunca habría llegado al cine, ni habría vendido cuarenta
millones de ejemplares, ni habría alcanzado la popularidad de que ahora goza.
Indudablemente, la fuerte polémica que la novela desata contra la Iglesia
Católica Romana y las raíces de la fe cristiana es su principal elemento de
mercadeo. La proposición básica, que el cristianismo lleva dos mil años
engañando a la humanidad acerca de la verdadera identidad, carácter y mensaje
de Jesús de Nazaret, se desarrolla en supuestos que no solo son arbitrarios,
sin fundamentación histórica de ningún tipo, sino que incluso llegan a
constituir blasfemias, entendiendo por tal la “palabra gravemente injuriosa contra una persona, doctrina, institución
u objeto respetado”
(Diccionario Salvat Editores; Barcelona, España, 1992;
Pág. 198). Tal vez generar una polémica contra la fe que profesan, por lo menos
en forma nominal, más de dos mil millones de seres humanos en todo el planeta,
haya disparado primero las ventas, enriqueciendo a escritor y editores, y
dispare ahora la taquilla; pero lo que se hace al envolver la persona de
Jesucristo en esta mercantilizada historia de ficción, es manosear lo más
sagrado que millones de personas atesoran en las profundidades de su alma. A
riesgo de caer en una sensiblería barata, de la que procuramos apartarnos,
podemos decir que se manosea algo (o Alguien) que para incontables seres
humanos constituye lo único, o lo último, a que aferrarse. Y esto en aras del
enriquecimiento monetario de unos pocos. ¿Qué opinión puede merecernos esto?
Huelgan comentarios.

Las proposiciones histórico –
religiosas de El Código Da Vinci, la “verdad” oculta por siglos, que el
lector y/o espectador es invitado a buscar, son disparates cósmicos tan
fácilmente refutables, que en verdad llama la atención el que personas serias
se embarquen en discusiones y ponencias seudo eruditas, en libros, documentales
y especiales televisivos, sobre estos dislates históricos. Aunque en realidad
esto no debe asombrarnos; es una evidencia más de que al deseo de conocimiento
se antepone la avidez por ganancias económicas; y si es posible, unido a esto,
el afán de renombre. Los uruguayos tenemos una expresión para esto: subirse al
carro. Leer la novela, o ver la película, ver los documentales, y leer los
libros que El
Código Da Vinci ha generado como secuelas, y creer sin más que esta
ficción comercialmente redituable que Dan Brown ha construido es una auténtica
investigación histórica sobre los orígenes del cristianismo, es
intelectualmente deshonesto (igual que leer y creerse los libros de Michael
Baigent, el seudo investigador que demandó por plagio a Brown, ya que ha
publicado las mismas ideas en trabajos que
pretenden ser investigaciones históricas). Es intelectualmente deshonesto, pues
se forma opinión sobre un tema sin antes documentarse debidamente, analizar
dicho tema a fondo, sopesar las evidencias, ni escuchar las opiniones
contrarias (la “otra campana”). Es la actitud del tipo que dice: “yo la Biblia
no la leo porque no la entiendo”, y cuando le preguntás cuantas veces leyó la
Biblia, te dice: Nunca.

Si miramos la premisa más audaz y
ofensiva de El
Código Da Vinci, a saber, que Jesucristo no era considerado Dios por los
cristianos, hasta que el emperador romano Constantino convocó el Concilio de
Nicea, reunido el año 325, en el cual forzó a los obispos a votar la apoteosis
del hombre Jesús, declarándolo Dios, seleccionando después los evangelios que
debían formar parte de la Palabra de Dios, los que además fueron corregidos de
acuerdo a las conveniencias del emperador y de la naciente Iglesia Católica, ya
tenemos un cúmulo impresionante de barbaridades históricas que requieren ser
corregidas. En primer lugar, si la divinidad de Jesucristo no hubiera sido un
artículo de fe de la Iglesia Cristiana antes de Nicea, el propósito de
Constantino habría sido considerado por los obispos como el intento de
introducción de una herejía aberrante y descomunal. Como bien dice el teólogo
venezolano, Dr. Jesús María Yépez: “Muchos
de los obispos de Nicea eran veteranos supervivientes de las persecuciones de
Diocleciano, y llevaban sobre su cuerpo las marcas de la prisión, la tortura o
los trabajos forzados por mantener su fe. ¿Iban a dejar que un emperador
cambiase su fe? ¿Acaso no era esa la causa de las persecuciones desde Nerón: la
resistencia cristiana a ser asimilados como un culto más?”
(LAS MENTIRAS
DEL CODIGO DA VINCI; www.iglesiaenmarcha.net;
15-04-06). Tanto Brown como Baigent, cuando hablan de Nicea, omiten
olímpicamente la figura que motivó ese concilio, y que dio lugar a la famosa
votación: Arrio, presbítero de Alejandría, que dio origen al arrianismo: “Herejía que negaba la eternidad de
Jesucristo el Hijo de Dios como el Logos. Fue condenada por el Concilio de
Nicea en 325”
; “Arrio afirmó que
debido a que Cristo es engendrado tiene que haber tenido un principio”
; “el Credo Niceno insistió en que Cristo es
de la sustancia del Padre, no sacrificando así ni la impasibilidad de Dios ni
la Deidad del Hijo”
(Mikolaski S.J.; Arrianismo; Diccionario de Historia de
la Iglesia; Editorial Caribe, Colombia, 1989; Pág. 82 -3). A principios del
siglo IV, Arrio negó la divinidad de Jesucristo; sus ideas le granjearon
seguidores, y se desató en el seno de la Iglesia una controversia teológica que
amenazó con dividir a la cristiandad. Sumamente interesado en mantener la
unidad de la Iglesia, a la que veía como la nueva fuerza moral que mantendría
unido a su imperio, Constantino (en cuyas motivaciones para convertirse al
cristianismo se intrincan, es verdad, la fe personal y la conveniencia
política) convocó el Concilio de Nicea. En Nicea, los obispos no votaron a
favor de la apoteosis de Jesús; votaron en contra de Arrio y a favor de
mantener la fe histórica de la Iglesia en la deidad de Jesucristo.

Arrio figura en todos los libros
de historia.

Si después de Nicea la Iglesia
Católica hubiera corregido los manuscritos apostólicos para que se ajustaran a la
“nueva fe”, a saber, Jesucristo como Dios, entonces deberían haber corregido no
solo los cuatro evangelios, sino también el libro de los Hechos de los
Apóstoles, todas las Epístolas Apostólicas, y el Apocalipsis de San Juan, pues
en casi todos aparece Jesús visto como Dios por los primitivos cristianos. De
lo que hablamos es que deberían haber sido corregidas TODAS LAS COPIAS DE LOS
LIBROS DEL NUEVO TESTAMENTO que circulaban a lo largo y ancho del Imperio
Romano. Pero también deberían haber corregido algunos libros del Antiguo
Testamento, tales como Isaías, profeta que anunció (700 años antes de Cristo): “un niño nos ha nacido, hijo nos ha sido
dado, y el principado sobre su hombro. Se llamará su nombre Admirable
Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz”

(9:6; versión Reina Valera 1995). Menudo trabajo, porque tendrían que haber
corregido las copias de Isaías que circulaban entre los cristianos, y también
las que circulaban entre los judíos. Y también, como si eso fuera poco, se
habrían visto en la necesidad de corregir los escritos de los Padres
Apostólicos, los que siguieron luego que los apóstoles hubieron desaparecido de
la escena, en los siglos II y III d.C. (anteriores a Nicea). Clemente de Roma
(fines del siglo I): “El Señor
Jesucristo; el cetro de la majestad de Dios… Los sufrimientos de Cristo son
descritos como sufrimientos de Dios.”
(Seeberg R; Historia de las
Doctrinas; Casa Bautista de Publicaciones, 1967; Pág. 66); Hermas (primera
mitad del siglo II): “Cristo, el Hijo de
Dios, es tanto la antigua Roca, de la cual ha sido tallada la torre de la
Iglesia, como la nueva Puerta por la cual entramos a esa torre”
(obra
citada; Pág. 69); Ignacio (principios del siglo II): “el Padre, el cual se manifestó a sí mismo por medio de Jesucristo, su
Hijo, que es Palabra suya, que procedió del silencio” “la boca infalible por la
que el Padre nos ha hablado verdaderamente”
(obra citada; Pág. 73-4); Ireneo
(125 – 200 d.C.): “Dios no necesitaba sus
Horae (los ángeles) para hacer las cosas que había predeterminado que habían de
ser hechas, como si no tuviera sus propias manos. Porque están siempre
presentes con el la Palabra y la Sabiduría, el Hijo y el Espíritu, mediante
quienes y en quienes hizo todas las cosas libre y espontáneamente.”
(obra
citada; Pág. 129); “Jesucristo es vere
homo, vere Deus” (verdadero hombre, verdadero Dios)
(Pág. 132); Orígenes
(185 – 254 d.C.): “dentro de las
limitaciones del hombre que apareció en Judea … Si uno quiere concebirlo como
Dios, percibe en seguida su mortalidad; si lo considera humano, le ve venciendo
el reino de la muerte, retornando con los despojos de la muerte … de esa manera
se demuestra la realidad de las dos naturalezas en una y la misma persona.”

(obra citada; Pág. 158).

Y así podríamos seguir hasta
llenar un libro. Es abrumadora la evidencia que indica que la Iglesia Cristiana
llega al Concilio de Nicea creyendo firmemente en la divinidad de Jesucristo. Y
en dicho concilio, defiende esa fe histórica frente a la herejía de uno que
pretende negarla. Frente a la magnitud que cobra la persona de Jesucristo en
los escritos, en la doctrina, en la consideración y en la fe de los primitivos
cristianos (anteriores a Nicea), los supuestos de una relación marital entre
Jesús y María Magdalena, de la que habría surgido una descendencia que
constituiría la dinastía merovingia, así como que la primitiva adoración
cristiana se tributaba a una dualidad masculino-femenina, con predominio de
ésta última, se tornan premisas absurdas, rayanas en el ridículo, que no tienen
ninguna base histórica documental fidedigna. Es imposible, por falta de tiempo
y espacio, entrar en la consideración de la formación del Canon del Nuevo
Testamento (la regla de libros sagrados que forman el Nuevo Testamento), y de
cómo y por qué evangelios apócrifos como los de Tomás, Felipe, y de María
Magdalena, fueron excluidos de dicho Canon. Baste decir que muchos de dichos
evangelios apócrifos eran productos de sectas gnósticas (especie de sincretismo
pagano – cristiano, en el que destacaba como creencia fundamental una división
entre el espíritu como bueno, y la materia como algo malo, incluyendo el cuerpo
humano); en estos evangelios hay una fuerte repulsa del aspecto sexual (Douglas
J.D., Hillyer N; Nuevo Diccionario Bíblico; Apócrifos del Nuevo Testamento;
Ediciones Certeza; U.S.A. 1991; Pág. 87 – 94). Así que, mal pueden ser base a
la creencia en una descendencia de Jesús y María Magdalena.

En suma, El Código Da Vinci no es
más que un policial de ficción, que comete la grosería de meterse con aquello
que cala más hondo en la conciencia y en el alma de las personas sencillas que
entregan su corazón a una fe. Y esto, como dijimos, en aras de fama y dinero
para los que se “suben al carro” de un éxito editorial innegable, pero no más
creíble que la invasión de extraterrestres telepáticos de la recordada “Día de
la Independencia”, o que el mundo mágico de Harry Potter.

La imperativa invitación “Busca
la verdad” de la película es muy sugestiva. Yo la interpreto así: “Busca la
verdad acerca de Jesucristo, y no te conformes con esta fantochada que estás a
punto de ver en la pantalla”.

Dr. Alvaro Pandiani

www.iglesiaenmarcha.net

25 May '06

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