HONDURAS

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El combate a las maras hondureñas, pandillas juveniles conocidas por el uso de la violencia extrema y el tráfico de drogas, ha provocado numerosos abusos, incluso asesinatos, de parte de oficiales de la policía y grupos de vigilancia, contra jóvenes acusados de ser miembros de estas organizaciones.

La denuncia proviene de un capacitador en resolución de conflictos, el colombiano Ricardo Torres,  que ha dedicado los últimos ocho años a confraternizar con los jóvenes pandilleros, y fue recogida por  la Agrupación Menonita Latinoamericana de Comunicaciones (AMLAC), pero también ha sido formulada en reiteradas oportunidades por grupos defensores de los derechos humanos.

Torres ha trabajado con miembros de pandillas en muchas ciudades del norte de Honduras, sea en las calles, en sus sitios de reunión, en campos de fútbol y en prisiones. Una vez que se gana su confianza, él les pregunta sobre la historia de sus vidas y les ofrece ayuda para dejar las maras.

“En nuestro lenguaje de iglesia, este es un proceso de evangelización”, dice Torres. “La juventud realmente necesita acompañamiento pastoral”, agrega.

Torres trabaja en el Proyecto de Justicia y Paz, una organización menonita de Honduras, en La Ceiba, con otros cuatro miembros del personal y veintevoluntarios, en tres regiones del norte de Honduras, en la rehabilitacion de actuales y antiguos miembros de bandas, con énfasis en la prevención de VIH/SIDA.

Ellos visitan a los pandilleros en el hospital y en la prisión. Organizan partidos de fútbol y viajes a la playa, y usan esas actividades como oportunidades para hablar sobre cómo mejorar la autoestima y resolver conflictos de manera no violenta.

Para muchos miembros de pandilla, comenzar un estilo de vida diferente, es difícil, afirma Torres, pues se sabe que los pandilleros matan a los miembros que tratan de salir de sus grupos.

Pero la violencia no es sólo interna;  muchos pandilleros, hombres jóvenes con tatuajes que los caraterizan, son a menudo golpeados por oficiales de la policía o arrestados y retenidos sin juicio por tiempos prolongados. “La violencia de la  prisión a la larga separa a los miembros de las pandillas de la sociedad, dice Torres.

El 5 de abril del 2003, un motín en la prisión El Porvenir, en La Ceiba, dejó un saldo de  69 internos muertos a manos de soldados, guardias, policías y otros prisioneros. Según un reporte del gobierno, la mayoría de las víctimas era sospechosa de ser miembro de pandillas. El Proyecto de Justicia y Paz ayudó a miembros de las familias a organizar un funeral masivo.

En diciembre del año pasado el “Hermano Ricardo”, como es conocido entre las maras, fue homenajeado por el Centro de Prevención, Tratamiento y Rehabilitación para Víctimas de la Tortura, una organización hondureña por los derechos humanos.

Fuente: ALC
 
30 May '06

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