EL MAGNIFICO DERRUMBE – Cap. 5


Capítulo 5

Señales contemporáneas

Un capítulo como éste que ahora comenzamos es, a los efectos del tema que nos ocupa en este trabajo, quizás uno de los menos necesarios. Se trata de echar una mirada al mundo que nos rodea, a la civilización globalizada que nos ha tocado integrar, dado el tiempo en que nos fue dado vivir. Será una mirada difícilmente objetiva, pues la haremos desde una posición filosófica y religiosa definida, y tanto más, porque la realidad moral de nuestra civilización globalizada choca frontalmente contra los valores perennes de la fe cristiana. No obstante, no es este capítulo un comentario de intención moralizadora, con alma de simple sermón, sino más bien un conjunto de observaciones sobre las características éticas y morales de la sociedad poscristiana. Características que por lo antiéticas e inmorales ponen en tensión la estructura misma de dicha sociedad; tanto, que podría hablarse con propiedad de un cierto peligro de ruptura, de derrumbe de la civilización tal como la conocemos. Como hablamos en la Introducción, la sociedad poscristiana es una cultura en la que la “sal” casi “se ha desvanecido”; vale decir, una sociedad que se ha quitado de encima el yugo religioso de la Iglesia Cristiana, quedando dicho yugo circunscripto a los grupos de individuos que voluntariamente lo aceptan como parte y guía de sus vidas. Esto, ya lo comentamos en el capítulo anterior, es una buena oportunidad para el cristianismo, pero es intrínsecamente malo para el mundo en general; lo es, por razones teológicas que tienen que ver con el evangelio y la salvación individual, como también fue dicho, y por razones prácticas que tienen que ver con la permanencia de la sociedad y la familia, tal como las conocemos. La benéfica influencia del cristianismo en el mundo fue definida como un factor protector, un principio en actividad con acción anticorruptora (Mateo 5:13). Sin forzar demasiado la metáfora, ni que fuera necesario tampoco, podemos decir libremente que la disminución progresiva en el tiempo de la influencia del ideal religioso cristiano en el mundo va jalonada por un aumento progresivo de los síntomas de putrefacción moral; en las personas, en las familias y en las naciones. El apóstol Juan hace un magistral resumen de la producción moral de un mundo sin Dios; dice: “…todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo” (1 Juan 2:16). En esta retórica expresión hay una alusión que se repite: un triple yo. En los “deseos de la carne” hay una expresión de deseos de placer: “yo quiero placer”; los “deseos de los ojos”, expresan deseos de posesiones: “yo quiero tener”; en la “vanagloria de la vida”, se expresa un deseo de poder: “yo quiero ser”. Esta trilogía de ambiciones, placer, posesiones y poder personal, apunta en última instancia a la gratificación del yo; es el principio del egoísmo, religión multiforme en la que cada “adorador” elabora su propia doctrina, aquella con la que se servirá a sí mismo, “haciendo la suya”, muy a pesar de sus semejantes. El principio del egoísmo puede razonablemente considerarse como la causa motriz de muchas perversiones morales y relaciones dañadas en forma consciente, a todo nivel. Es una tendencia natural del ser humano el mirar por sí mismo; podríamos decir, una tendencia animal, que se correlaciona con la conducta normal en las bestias de enfrentamiento y lucha para asegurar el territorio, la hembra y la comida. Contrasta violentamente con el principio de amor preconizado por el cristianismo desde sus inicios; con el ejemplo supremo de Dios, que entregó a su Hijo para salvar a los pecadores; con el amor de Cristo; que dio su vida para rescatar a los perdidos. También contrasta con el ejemplo de desprendimiento y sacrificio de millares que vivieron al correr de los siglos, entregando sus posesiones, sus anhelos y sus vidas por amor a sus semejantes.

Un barniz de civilización, de cultura y educación, cultura en la que va enrabado el ideal religioso, suaviza el instinto animal, adaptando al hombre a la vida en una sociedad humana organizada, con derechos y deberes asignados a cada individuo. A mucha mayor altura está el aprender a ser feliz con la felicidad de los demás (sobre todo de los más desdichados), y trabajar por esa felicidad; es una ciencia de difícil aprendizaje. Siempre es más fácil reaccionar de forma natural y “animal”, liberando la bestia que está al acecho; algo que hoy en día se fomenta en algunos círculos.

Fuimos hijos de Dios y reyes de la creación hasta el siglo XIX; a partir de Darwin nos hemos convertido en bichos. El proceso de pensamiento de los filósofos poscristianos, como vemos, resulta ser muy interesante. Son síntomas intelectuales de la pérdida de esa vara rectora dada por la influencia del ideal religioso cristiano; pérdida que también se manifiesta en la casi ausencia de influencia del ideal religioso cristiano en el arte, en las instituciones (por ejemplo, la crisis del matrimonio como opción legítima de vida en pareja), en las esperanzas del individuo, y en la moral pública y privada. La ambigüedad moral de antaño, con su carga de hipocresía y cinismo, se vuelve una ambigüedad moral más compleja, pues se desaprueba en otros las mismas cosas que se excusan en uno mismo; o también, una conducta determinada es buena o mala según la situación, o dependiendo de las circunstancias; o también, un hecho particular es visto con malos ojos y desaprobación en el contexto de un determinado círculo de personas, pero entre otros se toma como evidencia de una mente rápida, una personalidad “lista” o “viva”, y da lugar al repetido y muy odioso “está bien, que haga la suya”.

Quizás uno de los peores signos del degeneramiento general de estos tiempos sea la profusión de hechos de corrupción oficial a nivel de los gobiernos de las naciones grandes, así como de las pequeñas; tanto en países del primer mundo, como en aquellos en vías de desarrollo, y también en los subdesarrollados, se da este fenómeno. La mentira y el doble discurso en que incurren algunos miembros de la clase gobernante están entre los peores rasgos de nuestros tiempos. El honor y la dignidad de los puestos oficiales, desde los cuales, se supone, se sirve a la patria y se trabaja a favor del pueblo, recurrido slogan de cada campaña electoral, se transforma en desencanto, vergüenza y desilusión ante la flaqueza e iniquidad humana; ante el destape de cada nuevo hecho de corrupción y/o inmoralidad por parte de alguno de los que están en eminencia. Estos malos ejemplos, excesivamente notorios y que sirven a la prensa sensacionalista, hacen que los buenos ejemplos, si los hay, pasen totalmente desapercibidos. Más aún, la degeneración moral lleva a que en algunos casos se llegue a considerar tontos, torpes, lerdos o idiotas a quienes prefieren alejarse de la corrupción, manteniéndose en un camino de honradez. Uno puede llegar a creer, al ver a estos señores y sus hechos, que todos los valores más excelsos de los que podemos tener conciencia: el honor, la dignidad, la honestidad, la transparencia, y también la justicia, todo está en venta, y cada uno tiene su precio; precio por el cual se llegará a satisfacer los “deseos de placer, deseos de tener, y deseos de ser”.

Y uno puede llegar a preguntarse con desazón hasta cuando puede aguantar la estructura sobre la que descansa la civilización contemporánea, cuando las reglas son violadas continuamente y la justicia es burlada con casi total impunidad. Preguntémonos ¿son los modelos políticos o económicos los que sustentan la sociedad que nos hemos construido? ¿ No es la continua deslealtad del hombre para con sus semejantes la que genera distanciamientos y tensiones que amenazan con la ruptura a familias, y otros grupos de relación, que las gentes forman para sentirse emocionalmente apoyados y materialmente respaldados en la lucha con la vida?

Desde un punto de vista religioso nuestra época es una verdadera Babilonia. Esa Babilonia religiosa corre paralela a una secularización creciente, pero poco entendida. En el siglo XIX G. L. Holyoake acuñó el término secularismo para referirse a un sistema mundano que prescinde de ideas u obligaciones religiosas. Este término fue ampliamente usado por un ateo, Carlos Bradlaugh, que luchó por desterrar la religión de la vida pública, en su sociedad, en ese siglo. Hoy en día el término es utilizado habitualmente para denominar aquello que no tiene relación con lo religioso; también nos encontramos el término, relacionado a las características prevalentes en una sociedad. Un proceso de secularización destierra la idea religiosa del pensamiento colectivo, y reduce el concepto de Dios a una figura del lenguaje, la cual emerge en exclamaciones estereotipadas, sin ningún contenido espiritual o piadoso (“si Dios quiere”; “gracias a Dios”; “Dios mío”). La secularización del pensamiento hace que la confrontación con el evangelio cristiano resulte como la presentación reciclada de la arcaica religión de los abuelos, o un sucedáneo algo parecido. Esto, salvo que una situación vital estresante ponga al individuo especialmente receptivo hacia algún tipo de ayuda proveniente de un poder superior (los evangélicos llamamos a eso “haber sido preparado por Dios”). Sin embargo, esa elevada receptividad puede canalizarse hacia otros “poderes superiores”, que ofrecen su “desinteresada” ayuda a precio módico, y sin demandas de tipo moral. La erradicación de los aspectos éticos y morales tradicionalmente conectados con la religión cristiana es una característica obvia del secularismo, por lo que la Babilonia mística de astrólogos, parapsicólogos, tiradores de cartas, etcétera, que en los últimos años han proliferado, no es tan contradictoria con la idea de una sociedad secularizada. Quizás debamos plantearnos, aunque sea un planteo atrevido, si la resistencia a tomar un compromiso con el Cristo viviente y personal, unida a la apertura a todas las formas de magia barata, superficiales en cuanto a contenido espiritual y nulas en cuanto a contenido moral, no será otro síntoma, aunque velado, de secularismo. La ausencia de compromiso con Dios, implicando independencia del mismo, sentido original del secularismo, se contrapone a la noción de pacto con Dios y dependencia de El, permanentemente presente a lo largo de la Biblia, y es expresión del indomable orgullo del hombre, que exalta la autoconfianza y aplaude el logro de objetivos, basado puramente en el esfuerzo humano. Ante esta mentalidad, la presentación del mensaje cristiano, un mensaje que exalta la pura gracia de un Dios que ya lo ha hecho todo, porque el hombre de todas maneras no puede hacer nada, resulta en el choque de dos filosofías opuestas.(10)

A ese choque el cristianismo llega en una situación desventajosa. La crisis del cristianismo actual está dada por una situación interna multiforme. Ya hablamos en el capítulo anterior del panorama ofrecido, desde un punto de vista colectivo, por la partición del cristianismo en sus tres grandes ramas históricas: catolicismo romano, catolicismo ortodoxo y protestantismo; a esta división debe agregarse la subdivisión de estas ramas, fundamentalmente el protestantismo, en innumerables grupos. Algunos de estos grupos fueron el fruto de movimientos de renovación de vida espiritual y retorno a las fuentes bíblicas exclusivas de la doctrina; surgidos simultánea o sucesivamente en lugares geográficos diferentes y sin conexión primaria entre sí, pero compartiendo puntos doctrinales capitales de la fe cristiana, no constituyen realmente opciones religiosas diferentes dentro del cristianismo. Otros grupos, en cambio, nacieron como resultado de perversiones groseras y escandalosas de la doctrina bíblica, al punto de alejarse tanto de las enseñanzas fundamentales de Cristo y los apóstoles, que los vestigios de cristianismo que quedan en estos grupos no alcanzan para merecerles el calificativo de cristianos.

Desde un punto de vista individual, la crisis del cristianismo se manifiesta en cuatro aspectos: el compromiso superficial, la búsqueda de la forma, la idolatría ministerial, el negociado eclesiástico.

El compromiso superficial

Una vez más, y con palabras distintas, procuremos describir la relación entre el Señor Jesucristo y sus discípulos, experiencia subjetiva y espiritual, riquísima y vasta, que los cristianos del siglo I, modelo nuevo testamentario de los creyentes de todos los siglos, entendieron como una renuncia total a todo lo que no fuera Cristo y sus enseñanzas, y una entrega total a Cristo y sus enseñanzas. Renuncia total y entrega total, que llegaba al punto de ofrendar gustosamente la propia vida, antes que renegar de Cristo. Es difícil no contrastar con estos brillantes ejemplos de la prístina historia de la Iglesia, la calidad de nuestro actual compromiso con la fe que decimos profesar. Asusta pensar en qué medida el pacto sagrado e irrevocable de fidelidad a Cristo se ha vuelto, en muchos de los que hoy llevan el nombre de cristianos, en un contrato basado en las utilidades, en los beneficios, que han de recogerse por profesar la fe cristiana; en un contrato que mira exclusivamente por las “bendiciones” que ha de recibir uno mismo, y su familia: salud, prosperidad económica, tranquilidad familiar, comodidad, quizás hasta prestigio. La medida en que estas “bendiciones” lleguen y estén presentes, marcará la intensidad de la fe, y su ausencia redundará en una fe débil o inexistente. En verdad, una fe de este tipo es siempre una fe muy débil. La débil profesión de fe, es un elemento de crisis.

La búsqueda de la forma

A lo largo de milenios, el hombre alienado de Dios se ha extraviado una y otra vez en su conducta religiosa, poniendo su fe y esperanza en lo visible y tangible. El fruto más evidente de esta desviación del instinto religioso humano es el paganismo idólatra, cuya multiforme variedad da testimonio de cuánto y cómo el espíritu del hombre anda a tientas, palpando en la oscuridad como un ciego, en busca de la verdad. La religión del Israel antiguo, cargada de ritos y ceremonias, símbolos visibles y preparatorios de realidades por venir, es en este contexto una concesión temporal, hasta la venida de Cristo y su revelación de verdades espirituales absolutas. La subsecuente inundación del cristianismo de ritos, ceremonias, iconos, figuras visibles que representan los objetos de fe a los ojos del adorador, constituye desde este enfoque un retroceso. Las sucesivas oleadas de reforma, que pretendieron llevar las cosas a su cauce puramente espiritual, eliminando las figuras innecesarias del ritualismo católico, han sido seguidas por el brote, en medios supuestamente protestantes, de formas de acercamiento a Dios estáticas y repetitivas, cuando no auxiliadas por cosas materiales: velas, sahumerios, sal, piedras, palos, trapos, aceite (fuera de su contexto bíblico), otros líquidos, etcétera. Todo evidencia de un sincretismo que deforma el cristianismo. En todo esto el adorador se respalda y deposita su confianza, en lugar de buscar la esencia interior de la fe, elemento fundamental que hace único al cristianismo. La incapacidad de muchos miembros de la cristiandad para desarrollar una auténtica relación puramente espiritual con Dios, es un elemento de crisis.

La idolatría ministerial

Otra versión del problema anterior. La clase sacerdotal o pastoral, según la rama del cristianismo de que se hable, ejerce una influencia sobre los feligreses que una y otra vez se ha torcido, alejándose de los ideales bíblicos de representar una guía, un ejemplo, respaldo espiritual y fuente de enseñanzas para el cuerpo de creyentes. Sea la majestuosa y sagrada solemnidad de los sacerdotes católicos, o el resplandeciente aire de estrellas de cine y televisión de los predicadores evangélicos, la ascendencia sobre los fieles, sobre todo sobre las mentes simples y menos cultivadas, ha redundado en casos de veneración soñadora y reverente respeto, cuando no en enamoramientos mal entendidos, que regresando hacia el que está en pie tras el altar o el púlpito, han mareado sus pensamientos, confundido sus sentimientos, o amenazado su vocación de servicio. El uso del sagrado ministerio cristiano para fines diversos del humilde y abnegado servicio a Dios y a los seres humanos, es un elemento de crisis.

El negociado eclesiástico

Ya el apóstol Pablo escribió en una ocasión sobre la situación creada en su tiempo por “…hombres corruptos de entendimiento y privados de la verdad, que toman la piedad como fuente de ganancia” (1 Timoteo 6:5). La sana legislación bíblica acerca de ofrendas y diezmos, que establece cómo estos deben ser medios por los cuales la comunidad sostenga económicamente el templo y sus instalaciones, y a quienes están dedicados al servicio religioso, se tuerce y deforma de manera violenta, grosera e inaudita, llegando a que aquellas ofrendas y diezmos se vuelvan un fin en sí mismo. Esto sucede en muchos lugares, entre diferentes grupos de ramas diversas del cristianismo, donde se procede a desplumar metódicamente a los creyentes. Contando historias maravillosas acerca de cómo Dios devuelve “el ciento por uno” a quién generosamente vuelca sus ahorros en las arcas de la Iglesia, se promete prosperidad, salud, felicidad y otros beneficios temporales, virtualmente enseñando a los creyentes a “pagar” por las bendiciones de Dios. De hecho, no faltan grupos extremistas donde la oración a Dios se llega a tarifar según el pedido específico, siendo más onerosa la intercesión cuanto más difícil es el problema. Una variante de esta desvergonzada práctica es la de los predicadores que cobran honorarios por sus sermones, llegando a facturar por hora.

Este verdadero desastre con fachada de Iglesia es el cristianismo que se merece este mundo desquiciado e insensible, pero no es el auténtico cuerpo de Cristo, cuyos miembros medran aún, procurando hacer conocer la Palabra de Dios a dicho mundo. Un mundo maduro, preparado para un cambio de gran magnitud, o para un juicio devastador.

Perspectivas no excluyentes, tal vez escondidas en un futuro próximo.

www.iglesiaenmarcha.net

17 May '06

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