EL MAGNIFICO DERRUMBE – Cap. 4


Capítulo 4

Lugar de la iglesia en la sociedad actual

Esa historia que prosigue es la que nos lleva al momento actual. Saltemos los últimos quinientos años, y pasemos a considerar el lugar del cristianismo y de la Iglesia Cristiana en la civilización presente; sin olvidar que ni el racionalismo de la Ilustración del siglo XVIII, ni el positivismo científico del siglo XIX, ambos movimientos surgidos en una civilización cristiana, que di rigieron sus armas intelectuales contra la fe cristiana (entre tantos otros), ni uno ni otro lograron erradicar el cristianismo de la faz de la tierra y de las conciencias de los individuos. Tampoco el marxismo, otro producto surgido en el seno de una cultura cristiana, que dominó en los países del este de Europa durante gran parte del siglo XX, consiguió desarraigar el ideal religioso cristiano de las gentes, pese a feroz y prolongada propaganda.


Una mirada al lugar que actualmente ocupa nuestra fe en la sociedad, más o menos aplicable a cualquier sociedad occidental u occidentalizada, ofrece una imagen de agudos contrastes, una cuadro cargado de bizarros claroscuros; quizás más bizarros que en ningún otro momento de la historia en los pasados dos mil años.
Un primer punto acerca del cual reflexionar es el virtual cumplimiento final, aunque incompleto, de aquel mandato del Fundador del cristianismo de hacer oír su nombre “hasta lo último de la tierra”. Cumplimiento final, pues podemos decir que los cinco continentes y prácticamente todas las naciones de la tierra cuentan con presencia cristiana dentro de sus fronteras. En ese aspecto podemos asimismo afirmar que la extensión geográfica de la fe cristiana es verdaderamente mundial.

Cumplimiento incompleto, por otra parte, debido a la ineficacia demostrada en la tarea de hacer oír el testimonio de Cristo hasta el fin de la tierra; esto, en dos aspectos. En primer lugar cabe preguntarse si verdaderamente todas las etnias, tribus y grupos humanos han recibido dicho testimonio, la predicación del evangelio de Jesucristo; sabemos que la respuesta a esa pregunta es no. Aún en países de presencia cristiana prolongada en el tiempo, quedan grupos étnicos que no han oído hablar de Cristo; o que han oído, pero no a un nivel al que sean capaces de responder, según lo que se espera de la invitación de Cristo (“vengan en pos de mí”).

Ese es precisamente el segundo aspecto; se refiere a la eficacia del testimonio cristiano predicado en la redondez de la Tierra. Eficacia relacionada directamente con la calidad de la presentación de dicho testimonio, y con el nivel teológico y espiritual del contenido del mensaje. La presencia cristiana es desigual en los cinco continentes, tanto en cantidad como en calidad. Los baluartes históricos del cristianismo, Europa y las Américas, retienen aún un mayor porcentaje de población para dicha religión, en virtud de la profesión de fe nominal de muchos individuos, cuya real adhesión a la fe que dicen profesar, no obstante, no se escruta en profundidad. Las áreas más recientemente cristianizadas, en términos históricos, son en contraste lugares donde la fe cristiana, minoría dentro del total de la población, aparece como más pujante y vital en el concierto global de la Iglesia; es decir, en las distintas confesiones y denominaciones en que se halla dividido el cristianismo.

Lo recién mencionado nos lleva directamente a otro aspecto del estado actual de la religión cristiana: la partición de la Iglesia. Escándalo para algunos, evidencia de vitalidad para otros, el cristianismo en el curso de su historia se ha visto enfrentado numerosas veces al surgimiento de grupos y movimientos que jalonaron la marcha de dicha historia. Estos grupos y movimientos, tomando como centro de su énfasis particular detalles menores de doctrina, conducta o liturgia, enfrentaron y/o distanciaron a quienes se decían cristianos; en algunas oportunidades lo hicieron en forma temporal, pero la mayoría de la veces de manera permanente. La cristiandad, tambaleante durante el transcurso de la alta edad media, se partió por la mitad a mediados del siglo XI. El oeste quedó unido bajo la autoridad del pontífice romano, el papa, mientras en el este los cristianos se repartieron en un grupo de iglesias autocéfalas, unida cada una bajo su patriarca, con cierta preeminencia del patriarca de Constantinopla. Cinco siglos después, esa cristiandad partida sufre una nueva división permanente, la cual tiene lugar en el noroeste de Europa. Esa triple división del cristianismo entre Iglesia Católica Romana, Iglesias Católicas Ortodoxas y Protestantismo, ha persistido hasta el presente, sin desmedro de que en cada uno de esos tres grandes grupos se hayan producido divisiones, que en el caso de las iglesias católicas han desafiado la autoridad central y enfrentado la excomunión, para mantener lo que cada cual ha considerado es “la verdad”. Una verdad lo suficientemente buena como para pelear por ella, y enemistarse con aquellos a los que antes se les llamaba hermanos. Una verdad tan absoluta como para que valga la pena morir por ella; o incluso matar. De igual modo, en el protestantismo la ausencia de una autoridad eclesiástica central, hecho del cual se enorgullece esta rama del cristianismo, ha fomentado la partición en innumerables grupos confesionales y denominacionales, algunos de características sectarias y con doctrinas tan distanciadas de la Biblia que bien merecen el calificativo de heréticos.

De la mano con esa independencia virtual de la congregación local, o de un grupo de congregaciones, con respecto al cuerpo total de iglesias protestantes, la pérdida del brazo secular de la iglesia tuvo su incidencia más importante en facilitar el surgimiento de grupos doctrinalmente disidentes. Esta pérdida del brazo secular afectó la totalidad de las ramas del cristianismo. Se produce al verificarse la ruptura de la Iglesia con el Estado, disolviendo esa unión anómala, no presente en el lejano principio de la fe cristiana en el siglo I, ni en los dos siglos siguientes, y que se constituyó a partir del siglo IV con la fusión iniciada por Constantino. Durante siglos los diversos estados, desde feudos a reinos y naciones, pusieron sus fuerzas armadas a disposición de la Iglesia para pelear sus guerras, hacer cumplir sus decretos y perseguir a los herejes, a los sectarios y a todo aquel que se atreviera a desafiar los dictados doctrinales e ideológicos de la Iglesia oficial. Las historias de torturas, matanzas y ejecuciones en la hoguera perpetradas por la Inquisición y agencias similares, son tenebrosas y escalofriantes; pero sobre todo tal intolerancia religiosa, semejante represión de ideas llevada adelante en nombre de Cristo por quienes, dotados de investidura eclesiástica, tenían como misión ser mensajeros del amor de Dios, es hoy día totalmente inaceptable, incomprensible e inaudita.

Recordemos un hecho histórico, sucedido en el año 2000: el anterior pontífice romano, el difunto papa Juan Pablo II, organizó una gran ceremonia para pedir perdón por la Inquisición, las Cruzadas, y toda forma de violencia e intolerancia que la Iglesia Católica Romana cometió o permitió. Este perdón fue pedido por la Iglesia a la humanidad, y suponemos que también a algunos cientos de miles de cristianos protestantes.
La ruptura de la unión entre la Iglesia y el Estado dejó al libre albedrío del individuo la profesión de fe, y la subsiguiente dedicación de la vida cotidiana a los requerimientos de esa fe. También rompió el control ejercido por la Iglesia sobre la moralidad pública y privada, dejando vía libre a todo tipo de ideario filosófico y religioso. Toda manifestación artística e intelectual perdió las restricciones impuestas por los cánones de doctrina cristiana y dogma eclesiástico. La ética de todas las expresiones humanas quedó reducida al juicio de la conciencia individual, dando lugar en muchas ocasiones a una ética de situación, una búsqueda del beneficio propio que conlleva la aprobación de todo lo que sirva a dicho objetivo. Es en este sentido que podemos decir con propiedad que estamos viviendo en una civilización poscristiana; tal situación es ambigua, pues si bien es mala para el mundo, es una excelente oportunidad para la iglesia.

Desde un punto de vista estrictamente bíblico, punto de vista que obviamente compartimos como cristianos, el mundo entero está perdido a causa del pecado, caído bajo el poder del maligno, y marchando rumbo a la ruina y destrucción eterna. Toda vez que la humanidad considere estas aseveraciones como mitología pasada de moda, y por lo tanto prescindible, tal situación se prolonga agravándose sin remedio. El evangelio de Jesucristo es el regalo de Dios para remediar la situación desgraciada de la humanidad. Es el único remedio, ya que Cristo es el único camino. Desechar el cristianismo a favor de otras opciones religiosas, o de ninguna, es dejar de lado el único remedio para el peor problema que afronta la existencia humana. Por eso, desde un enfoque bíblico y cristiano, haber llegado a una civilización poscristiana es malo para el mundo.

Pero es bueno para la Iglesia Cristiana. Como dijimos, es una excelente oportunidad. En primer lugar, vivir en una sociedad poscristiana no implica una sociedad sin presencia de cristianos, pues de hecho los hay, y muchos. No es el tipo de era poscristiana que pudo haber imaginado Nietzsche, el filósofo del siglo XIX que preconizó la idea del “superhombre”, con una moral “más allá del bien y del mal”, y quién declaró que Dios había muerto. No es tampoco el mundo poscristiano de Voltaire, quién vaticino que la muerte y olvido del cristianismo acaecería pocas décadas después de su propia muerte, la que tuvo lugar en 1778. Incluso, sociedades y culturas sin presencia de cristianos compartieron el mundo durante siglos con países “cristianos”, cuando el cristianismo era preeminente en el mundo occidental. Otro interesante comentario al respecto, de naturaleza teológica si se quiere, es que la desaparición total de los cristianos, con erradicación de la Iglesia de sobre la tierra, no significaría en sentido absoluto la erradicación de Dios del control del universo. Jesús de Nazaret dijo en una ocasión: “cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (Lucas 18:8b); expresión críptica que entre otras cosas abre la interrogante acerca de la existencia de cristianos en el mundo al tiempo del regreso de Cristo a la tierra (interpretación ésta algo atípica, pero posible).

El sentido pleno de civilización poscristiana es, justamente, el de una cultura en la que el cristianismo ha perdido su preeminencia oficial. Esta situación es excelente para la Iglesia; coloca al cristiano del siglo XXI en la misma posición, frente a la sociedad, que el cristiano del siglo I: su fe es una opción religiosa más entre una miríada de ofertas religiosas de todos los tipos y múltiples orígenes que pululan por todas partes; pero él sabe que tiene la verdad de Cristo. La Iglesia del siglo XXI, al igual que la del siglo I, tiene todo un mundo para conquistar; un mundo más amplio y más vertiginoso, pero igualmente necesitado. Como en aquel Imperio Romano del primer siglo, el gobierno no se entromete en los asuntos internos de la Iglesia; no se inmiscuye en cuestiones doctrinales, ni mucho menos participa en el nombramiento de los líderes y autoridades espirituales. Tampoco levanta impuestos de la población para el sostén de los pastores del rebaño, pero eso determina que dicho sostén deba provenir de las contribuciones voluntarias de los fieles, tal como sucedía en la primitiva Iglesia Cristiana del Nuevo Testamento. Si acaso, el gobierno ha perseguido en algunos casos a los cristianos, como ha sucedido en algunos países comunistas y musulmanes (no nos adentremos en las persecuciones entre católicos y protestantes), pero tal persecución de cristianos por las autoridades también fue una experiencia de la iglesia del primer siglo.

También hay otro aspecto. Durante mucho tiempo la sociedad cristiana fue una comunidad recubierta de un tenue barniz de cristianismo, bajo el cual se revolvían vicios rastreros y todo tipo de pecados, ocultos de la luz pública en aras de mantener una forma de moral comunitaria. La patente hipocresía de la sociedad cristiana hería las conciencias sensibles, y aquellos menos dispuestos a favor del cristianismo tendieron a considerar dicha hipocresía una cualidad inherente a la fe cristiana. En la sociedad poscristiana, liberada de los moldes éticos de la religión, existe un verdadero culto a la autenticidad; el “hacé lo que sientas”, y no te molestes en ocultarlo, porque tenés derecho a hacerlo. Malo y podrido en sí mismo, le saca la máscara a los hipócritas que antaño se barnizaban de religión, en pro de lograr la aceptación social. Por supuesto que esto no purifica a la Iglesia, pues hoy en día hay aún quienes pretenden una posición de prestigio, influencia y poder dentro de las comunidades religiosas, muy a pesar de la indignidad derivada de sus ocultos vicios personales. Pero depura en gran parte dicha Iglesia, ya que determina que quienes concurren a las congregaciones lo hagan por propia convicción, y no por imposición o convencionalismo social. En medios protestantes, o evangélicos, se tiende, en la mayoría de las denominaciones, sobre todo las más recientes, a aquel tipo de iglesias “cosechadas”, que empezaron a preconizar los anabaptistas y otros reformadores radicales del siglo XVI. Contra el tipo de iglesia integrada por todos los nacidos en un territorio, bajo una autoridad civil que favorece la religión cristiana, este modelo de iglesia se compone de todos los que voluntariamente hacen profesión de fe y dedican su vida a Cristo. Al decir de aquellos reformadores, una iglesia formada por aquellos que podían relatar una experiencia personal de nuevo nacimiento y conversión a Jesucristo. Representa un regreso al modelo del Nuevo Testamento; a una Iglesia formada por quienes oían el evangelio predicado por los apóstoles, y resolvían abandonar el paganismo y seguir a Cristo.
Después de dos mil años, la Iglesia ha vuelto esencialmente a los principios. Puede ser éste un momento especial de la historia. En este momento, la Iglesia de Cristo tiene una oportunidad sin par de extender su influencia benéfica por el mundo entero.


1 May '06

Deja un comentario

*