“EL MAGNIFICO DERRUMBE” – Capítulo 3


EL MAGNIFICO DERRUMBE

Capítulo 3

 


La Edad Media

Citando nuevamente la Nueva Historia de Roma, el profesor León Homo escribe al final de su obra, final que lógicamente hace referencia al fin del Imperio de Occidente, que la fecha en la cual se considera que dicho fin tuvo lugar, el año 476 D.C., Odoacro, un bárbaro oficial de la guardia, destronó a Rómulo Augústulo, un niño de catorce años, último emperador de Roma, constituyéndose rey de Italia. Agrega León Homo que los contemporáneos no midieron la importancia del cambio.(4) En verdad, el año 476 D.C. es tomado posteriormente para señalar, al ser el tiempo de la caída del último césar de Roma, el momento final de una desintegración progresiva que había comenzado mucho antes. La desintegración del Imperio más grande que la humanidad había hasta entonces conocido. Comenzaba de hecho la edad media “término con que generalmente se designa el período de la historia europea que va de la caída de Roma a la Reforma protestante. El centro de la vida durante este milenio fue la Iglesia Católica Romana, hasta el punto en que el mundo medieval occidental fue un Estado-Iglesia ”.(5)

Efectivamente, la vida siguió su curso en las postrimerías del siglo V, al entrar en ese milenio en que la Iglesia primaría en la vida religiosa, social y política de aquella fracción de la humanidad que quedó bajo su égida. Como dijimos en el capítulo anterior, mal que nos pese a los protestantes, la estructura jerárquica generada en torno al obispo de Roma, que colocó a éste en la cúspide del edificio eclesiástico de la cristiandad, pudo muy bien formar parte de un providencial plan delineado en un orden superior, cuyo objetivo fue preservar la continuidad de la Iglesia Cristiana. Todos los evangélicos reconocemos los males que el papado romano trajo al cristianismo, globalmente considerado, durante siglos. El punto es: si es cierta la hipótesis de que la superestructura eclesiástica que iba desarrollándose en torno al papa de Roma permitió a la Iglesia sobrevivir, mientras el mundo entero se hundía en la barbarie, entonces debemos acercarnos a estos hechos de la historia cristiana como cristianos sin más, en lo posible sin prejuicios sectarios. No es ésta una apología del papado, ni mucho menos del catolicismo en su forma actual; es un comentario sobre hechos de gran magnitud y honda significación histórica para la Iglesia, en un intento por asimilar las lecciones de esa historia.
Un ejemplo de esa historia puede ser ilustrativo. Dicho ejemplo lo ofrece la Gran Bretaña. Con un cristianismo originado en el testimonio de cristianos emigrados desde Galia hacia la isla, dicho cristianismo casi extinguido por oleadas de invasiones bárbaras que avanzaron sobre las islas una vez que las legiones romanas las abandonaron, la isla fue nuevamente evangelizada por monjes misioneros enviados desde Roma.(6) Especialmente importantes para la suerte del cristianismo en los quinientos años posteriores a la caída del Imperio Romano fueron los monjes irlandeses e ingleses, quienes extendieron el cristianismo por áreas mucho más extensas que antes abarcadas por dicho Imperio (Escocia, Alemania, la propia Irlanda). Si a esto agregamos la extensión que la fe estaba experimentando en oriente, partiendo desde el centro paralelo de Constantinopla (China en 635; Bulgaria; Hungría; Rusia al final de esos primeros quinientos años del período medieval), podemos notar cómo esta era posterior a la Roma Imperial implicó una expansión mucho mayor del cristianismo que la obtenida bajo los césares. En forma paralela a dicha expansión, se desarrolla una alta penetración del ideal religioso cristiano en la sociedad medieval. Así como podemos dudar razonablemente del nivel de comprensión del evangelio, y conversión, alcanzado por la neta mayoría de los hombres y mujeres comunes de dicha sociedad, no cabe duda de que el corazón de las comunidades estaba impregnado por la religión cristiana. El ideal era el de una sociedad perfectamente cristiana; impresión indeleble dejada en las conciencias de las gentes por De Civitate Dei (La Ciudad de Dios), de San Agustín. La meta a alcanzar: un estado, un imperio, gobernado por gobernantes cristianos, según principios cristianos, sobre súbditos cristianos. Una meta que no cristalizaría nunca en una realidad, ni siquiera aproximada, pero que empujaría a diversos grupos e individuos a concretar intentos por alcanzar dicha utopía. Uno de dichos intentos de conformar una sociedad cristiana lo constituyó el Santo Imperio Romano.
El Santo Imperio Romano fue iniciado el día de navidad del año 800, cuando el papa León III coronó en Roma como emperador a Carlomagno, el más grande de los monarcas de la alta edad media, protector de la Iglesia, y quién fomentó la extensión del cristianismo. Este respaldo de Carlomagno a la extensión de la fe cristiana fue motivado en parte por razones puramente religiosas, y en parte porque conllevaba la extensión de sus propios dominios. Por esto, en ocasiones no vaciló en “predicar el evangelio” con la espada. Este expediente se repetiría más adelante, notoriamente cuando se desarrollaron las Cruzadas. El Imperio de Carlomagno, originalmente rey de los francos y con dominio territorial sobre la Galia (Francia), se trasladaría territorialmente hacia lo que es en la actualidad Alemania, y acabaría siendo llamado el Santo Imperio Romano de la nación germánica, entidad política que se extendió en el tiempo hasta principios del siglo XIX. Es decir, mil años, la mayor parte de los cuales mantuvo un dominio solo nominal sobre la mayoría del territorio que decía gobernar.(7) Algunos de sus gobernantes protagonizaron los más lamentables episodios de tira y afloje entre papas y emperadores por la supremacía dentro de ese “Estado-Iglesia”, tal como se concebía a la cristiandad de la Europa medieval.
Tampoco el estado cristiano hizo ni más ni mejor cristiana a la cristiandad, sino que la sociedad siguió su corriente, influenciando y siendo influenciada por los tiempos, las civilizaciones contemporáneas, vecinas y lejanas, y por las ideas nuevas que iban surgiendo en hombres leales al evangelio cristiano, y en aquellos que no lo eran tanto. Sin embargo, el Imperio cristiano medieval queda como testigo histórico de la formidable fuerza con que aquella fe, iniciada en torno a un individuo crucificado en la recóndita Palestina, había conquistado aquellas tierras y aquella fracción de la humanidad, predecesora inmediata de la civilización occidental que en la era moderna habría de expandirse por el mundo entero.
Evidencia adicional de esa conquista es la influencia de la Iglesia en los aspectos cotidianos de la sociedad, en las creencias individuales y comunitarias, en la creación del calendario religioso anual, en los esfuerzos por poner límites a la práctica de la guerra, en las obras de caridad, en la fundación de hospitales, etcétera. También debemos considerar aquí el fenómeno de renovación de la idea monástica, a principios del segundo milenio, y el impacto de un movimiento nuevo, las órdenes mendicantes, que recorrían toda Europa predicando a Cristo en pleno contacto con las gentes y el mundo. El nacimiento de las universidades, instituciones educativas de genuina patente cristiana, pertenece también a este período; en éstas, la instrucción superior estaba centrada por le teología (“la reina de las ciencias”, expresión proveniente de este período). Las grandes luminarias intelectuales de la alta edad media descollaron en esta disciplina, y algunos de ellos son recordados como los “Doctores de la Iglesia”.
Fue ésta una época en que la ascendencia de la Iglesia sobre la sociedad y el estado era tal, que el brazo armado de dicho estado servía a los designios y decretos de la Iglesia. Esto dio lugar a la persecución (y en algunos casos masacre) de grupos que discrepaban con la doctrina oficial, como los valdenses, los cátaros y otros, y al surgimiento de aberraciones contradictorias hasta lo imposible, como la triste mancha en el prontuario histórico de la Iglesia Católica Romana llamada la “Santa Inquisición”. Fue también el ideal religioso, predominando sobre otros indudablemente presentes, el que dio lugar a otro de los capítulos tristemente célebres de la historia del cristianismo: las Cruzadas. Son estos los aspectos de este período, ricos en detalles y riquísimos en los resultados que es posible extraer con un buen análisis, todo lo cual puede encontrarse en textos sobre la historia del cristianismo, algunos de los cuales se incluyen en la bibliografía de este breve ensayo. Interesa la mención rápida de los aspectos de la influencia del ideal religioso cristiano sobre la sociedad medieval, para valorar la medida en que el cristianismo se convirtió, más que en parte integrante, virtualmente en el eje de esa civilización que se levantó desde las ruinas de Roma y la era antigua. En algún momento, siglos después, un movimiento artístico y literario llamado romanticismo tendría entre sus filas a quienes añorarían nostálgicamente la Edad Media como la edad de oro del cristianismo.
De hecho, es dudoso que el cristianismo haya gozado de un período que verdaderamente pueda llamarse con
propiedad edad de oro. Cada conquista implicó concesiones; cada avance conllevaba un retroceso. Como la vieja historia del caracol que durante el día sube una pared, y por la noche se desliza hacia abajo, así el cristianismo debió proseguir en la esperanza de que el paso adelante fuera de mayor magnitud que el retroceso consiguiente, para así confiar en que hubiera un avance neto, si acaso mensurable con el paso de los siglos.
El medioevo, como otros períodos de la historia humana, debía finalizar. No por confrontación directa con un poder superior, con la consiguiente destrucción, como fue el caso de Israel, ni por sucesivas oleadas de invasión, con el resultado de sufrir un fraccionamiento y disgregación progresivos, tal como sucedió con el Imperio Romano. Dos fuerzas internas estaban en actividad, desde mucho antes de otra fecha arbitraria, 1453, año de la caída de Constantinopla ante los turcos otomanos, que para la historia marca el fin de la Edad Media y comienzo de la Era Moderna. Una de las fuerzas era un proceso de putrefacción, la otra un impulso de renovación. La corrupción reinaba en el centro histórico, emblemático y casi místico de la Iglesia Católica Romana, la ciudad de Roma. Recuperada la institución del papado de las inconcebibles profundidades de degradación e inmoralidad en que había caído a finales del primer milenio, por los grandes papas de los siglos XI, XII y XIII, el siglo XIV trajo una nueva declinación. Papas rivales, dos y en una oportunidad hasta tres; pontífices y cardenales manteniendo concubinas en el mismo núcleo del cristianismo, y colocando a sus hijos bastardos, aún a temprana edad, en puestos de influencia e importancia en la Iglesia (cardenalatos, obispados, abadías); la corrupción desbordaba el papado y su corte, derramándose por toda la cristiandad. Esta situación tiene su trágico corolario en la encarnizada persecución de aquellos miembros de la Iglesia que, asqueados de ver pisoteada la sana doctrina (y conducta), levantaron la voz en pro de una reforma (la condena póstuma de Juan Wycliff; la muerte de Juan Huss en la hoguera, o de Jerónimo Savonarola en la horca).(8)
La renovación cristaliza en un momento histórico llamado y recordado como el Renacimiento, “un nuevo interés en la literatura, el arte y la ciencia”, surgido en Italia como un movimiento cuyo interés se centraba en el hombre y el mundo presente; diferencia fundamental con el pensamiento medieval, centrado en Dios y la eternidad. Este movimiento, el humanismo, estaba integrado por pensadores de peso, ninguno de los cuales era miembro del clero religioso; antes al contrario, eran escépticos en cuanto a religión, e interesados en los textos clásicos griegos y latinos, de contenido pagano. Si bien cuando dicho movimiento traspasó los Alpes, llegando al norte de Europa, las ideas se modificaron por el contacto con el cristianismo, dando lugar al llamado humanismo cristiano, probable precursor de la Reforma protestante, la actitud original del Renacimiento no era halagüeña para la fe.(9) La pudrición venía progresando dentro de la Iglesia; la renovación lo hacía por fuera de ella. Cuando los grandes descubrimientos e inventos del siglo XV y principios del XVI cambiaron drásticamente el mundo entonces conocido, trastocando la cultura y abriendo las puertas a una nueva etapa de la historia humana, el horizonte no podía ser más negro para el cristianismo.
Sin embargo, la fe cristiana sobrevivió a la disolución de la civilización medieval. Como siguiendo los designios de un plan trazado con mucha antelación, nuevamente la vital energía interior del evangelio produjo formas y caminos que llevaron a la Iglesia en su conjunto al siguiente período. Tal como ya dijimos, la forma de humanismo desarrollada en el norte de Europa contribuyó, digamos que indirectamente, a la Reforma protestante, que llevó a la purificación de la doctrina, la expurgación de innumerables leyendas y supersticiones acumuladas por siglos, y el regreso a la fuente del evangelio y la vida cristiana, el Nuevo Testamento. Un efecto de gran magnitud producido por la Reforma protestante fue un movimiento paralelo de reforma eclesiástica conocido como la Contrarreforma, que quedó dentro de la Iglesia Católica Romana. La Contrarreforma hizo ingentes esfuerzos por depurar a la Iglesia de sus peores vicios y corrupciones, comenzando por su cabeza visible, la institución del papado. Renovó y vigorizó viejas órdenes de predicadores, como los dominicos y franciscanos, y produjo nuevas, destacando entre todas la Sociedad de Jesús. Cuando los viajes y descubrimientos de la época extendieron las fronteras geográficas del mundo conocido en una forma sin precedentes, estas órdenes fueron la punta de lanza de la Iglesia Católica Romana en la expansión de la forma de cristianismo que esa Iglesia entendía como la adecuada.

Con una visión misionera que precedió en casi tres siglos a las iglesias protestantes, estos frailes fueron los principales agentes de la extensión de la fe cristiana.

Desaparecida la civilización medieval, la fe iniciada por aquel hombre de Galilea, mil quinientos años antes, floreció y creció, desparramándose por todo el planeta y conquistando tantas naciones, pueblos y etnias como nunca antes.
Y la historia proseguía.

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15 Abr '06

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