“EL MAGNÍFICO DERRUMBE” – CAPITULO 2


“EL MAGNÍFICO DERRUMBE”

CAPÍTULO 2
El Imperio Romano

No menos tempestuosa que la relación tenida por la Iglesia Cristiana con el judaísmo y la nación israelita, fue la desarrollada con la potencia entonces dominante en Palestina y todo el mundo mediterráneo. Pero a diferencia del caso anterior, la civilización grecorromana, entonces en su apogeo, tuvo en primera instancia una actitud oficialmente tolerante para con el cristianismo. Parece un hecho providencial el que durante los primeros treinta años de historia de la Iglesia, justamente el período de oposición violenta por parte de los judíos, las autoridades romanas no molestaran a los cristianos, y que cada vez que fueron convocados para resolver los problemas ocasionados por los disturbios judaicos, juzgaran a los mismos con equidad. Podemos realmente definir a éste como un período de convivencia pacífica, y tenemos del mismo diversos ejemplos puntuales en el libro de los Hechos de los Apóstoles.
Si bien es cierto que Jesús de Nazaret fue juzgado y ejecutado bajo la autoridad y por orden de un gobernador romano (al decir del credo: “padeció bajo Poncio Pilato”), es no menos cierto que dicho gobernador dio la orden bajo la intensa presión de los jefes religiosos judíos, y del pueblo de Israel, soliviantado por aquellos. Es notable la insistencia con que Pilato trató de librar a Jesús de la condena a muerte que los judíos exigían. La razón es clara: Pilato no veía en Jesús una amenaza para la hegemonía política de Roma sobre Palestina. Contrasta con las motivaciones de los judíos, eminentemente religiosas, o por lo menos teñidas de religión, las motivaciones políticas de los romanos: conservar la supremacía, manteniendo la paz en los territorios sometidos. El carácter práctico del espíritu romano, y su noción del derecho de Roma a gobernar el mundo, son elementos del genio de este pueblo que deberán tenerse en cuenta a la hora de evaluar su relación con la Iglesia Cristiana.
Los primeros tiempos, entonces, se desenvuelven en el marco general de tolerancia que el estado romano otorga a todas las religiones. A lo largo de nueve capítulos, que abarcan alrededor de diez años, Lucas relata las vicisitudes vividas por los primeros cristianos, en sus relaciones con las autoridades judías, en un enfrentamiento que alcanza su clímax en la persecución desatada por Herodes Agripa I, rey títere a las órdenes de Roma, con dominio sobre Judea y Samaria. En todos los sucesos de ese período se entrevé, tras esos líderes religiosos y detrás del rey de ascendencia idumea, la presencia superior del dominador romano. Pero es una presencia revestida de una actitud condescendiente para con las autoridades locales, siguiendo los dictados de la política de la que hablamos: mantener la supremacía, sin ofender ni molestar a las naciones sometidas, con el fin de evitar revueltas; esto, a los efectos de que el uso de la fuerza armada fuera un expediente que Roma pudiera ahorrarse todo lo que fuera posible. Dos veces en ese mismo siglo, desviarse de la política de tacto y gentileza con los judíos tuvo efectos negativos. En el 36 D.C. la crueldad de Pilato con los samaritanos provocó protestas que terminaron en su remoción del cargo, llevándolo al exilio en la Galia; en el 65 D.C. la brutalidad de otro gobernador romano, Floro, llevó a una insurrección general que culminó con la destrucción de Jerusalén, cinco años después.
Por lo tanto, condescendencia cortés y deferente con el judaísmo, que persiguió con libertad a los discípulos de Jesús aquellos primeros años, pero no acción directa contra los cristianos. Es notable el hecho de que el primer contacto de uno de los pilares del grupo apóstolico, Pedro, con un representante de la máquina militar romana, fuera la evangelización del centurión Cornelio y la conversión de éste, su familia y amigos (Hechos 10). Otro de los grandes pilares de la Iglesia Primitiva, el apóstol Pablo, vive también un episodio destacable, cuando durante su primer viaje misionero junto a Bernabé, en su primera estación en Chipre, predican ante el procónsul Sergio Paulo, quién creyó en el evangelio (Hechos 13).
El final del libro de los Hechos refiere la más violenta oposición de los judíos contra el apóstol Pablo, que llegó a un intento de linchamiento público en las afueras del Templo de Jerusalén. Aquí, otra vez, destaca la presencia poderosa de los romanos, rescatando primero a Pablo del tumulto (Hechos 21), protegiéndolo de la turba judía y de los mismos dirigentes religiosos (Hechos 23), y proporcionando una fuerte escolta militar ante el peligro de un atentado contra la vida del prisionero; es notable asimismo el trato benevolente y justo dado a Pablo, que culmina con el envío a Roma del prisionero en respuesta a su apelación al César (Hechos 24,25).
Este primer período de convivencia no deja de estar jalonado por dos hechos puntuales, en los cuales la oposición violenta se desencadenó directamente de parte de los paganos, sin instigación judía: la azotaina y el encarcelamiento de Pablo y Silas en la ciudad de Filipos, y el descomunal tumulto en Éfeso, que probablemente incluyó también encarcelamiento para Pablo. Estos sucesos son premonitorios de un período siguiente en que las relaciones cambiarían radical y dramáticamente. Sus motivos son también notables, pues en estos hechos se mezcla lo religioso con lo material. En Filipos, los misioneros exorcizan a una joven esclava, desalojando de ella al espíritu que la transformaba en pitonisa, habilidad que deparaba buenas remuneraciones a los amos de la muchacha. En Éfeso, el abandono de la idolatría por los numerosos conversos al cristianismo hizo decaer las ventas de pequeños templos de Artemisa, pensados seguramente para uso personal en el culto doméstico. Esta mezcla de lo religioso y lo material, incluido lo económico, está en la raíz de las reacciones que el mundo grecorromano tuvo ante el evangelio.
Una vez que el cristianismo rompió el cascarón del judaísmo y se derramó impetuosamente por la civilización mediterránea, el poder de la nueva fe hizo retroceder a las fuerzas espirituales demónicas escondidas en el politeísmo pagano, propuso una concepción del universo drásticamente diferente a la prevaleciente en la cultura grecolatina, y chocó frontalmente con el estilo de vida y costumbres de una sociedad opulenta, corrupta y acomodaticia. El resultado obvio fue también la oposición violenta.
Para cualquier cristiano lúcido y atento a los tiempos que corrían los primeros años de la década del sesenta del primer siglo, la idea de una estrecha asociación entre el Imperio y la Iglesia le habría parecido descabellada. Los cristianos tenían mucho que decir sobre una cultura cimentada en el paganismo, la corrupción, la inmoralidad, el desenfreno sexual, y otros múltiples vicios, antes incluso que esa cultura decidiera que los seguidores de Cristo debían ser suprimidos a sangre y fuego. A partir de esos años sesenta del siglo primero, y por casi dos siglos y medio, hombres tan desquiciados como Nerón y Domiciano, o tan aparentemente justos como Trajano, Marco Aurelio o Diocleciano, ordenaron, propiciaron o condescendieron con una serie de hasta diez periódicas tempestades de intolerancia religiosa, que apenas si tocaron a los adeptos de las muchas religiones no exclusivistas que pululaban en el Imperio, pero que tenían un muy especial efecto sobre la Iglesia Cristiana, institución religiosa exclusivista si las hay. La historia del cristianismo en sus primeros siglos es una potente demostración, ante los ojos del mundo contemporáneo, de la verdad contenida en las palabras divinamente inspiradas del apóstol Pablo: “…lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es” (1 Corintios 1:28). La ferocidad cruel de los siglos de persecución fracasó en su intento de extirpar el cristianismo, y no solo eso; esa religión de pobres y esclavos, inextinguible bajo los fuegos de la persecución, fue entretejiéndose en forma subterránea, en los cimientos mismos de esa sociedad, y al final de ese período emergió triunfante para ocupar un sitial de preeminencia en la estructura social del Imperio, al que habría de sobrevivir.
Esa supervivencia de la Iglesia sobre una civilización que llevaba casi un milenio de esplendor, es el tema de este capítulo.
Y esa integración progresiva, que llevó al cristianismo a la victoriosa supremacía sobre el resto de las religiones del mundo mediterráneo y oriental, es la base del siguiente período. Período de estrecha asociación entre la Iglesia y el Imperio. Estrecha asociación que llevó a que la Iglesia enfrentara el derrumbe del Imperio como su propio derrumbe.
El período de libertad comienza a principios del siglo IV. Luego de la abdicación de Diocleciano, y tras el cese de la última y más feroz de las persecuciones, el hombre que llegó al Imperio, Constantino, sería recordado por la historia como aquel que sacó a la Iglesia de las catacumbas, sentándola en silla de honor junto al trono. De esta simpatía inicial del hombre que finalmente llegó a dominar como Augusto sobre todo el Imperio Romano en oriente y occidente, nacería el proceso de triunfo del cristianismo sobre el viejo azote de la persecución; pero de ese mismo proceso se gestarían nuevos peligros.(2) Las consecuencias inmediatas de esa unión tuvieron vigencia mientras el Imperio se mantuvo en pie, pero algunas persistieron luego que éste se hubo desmoronado.
Mientras transcurría el poco más de siglo y medio entre la libertad religiosa inicial para el cristianismo y el desmembramiento final del Imperio Romano, fruto de las continuas invasiones bárbaras, se desarrolla un proceso diríamos de afirmación de la Iglesia, en una sociedad tambaleante, una independencia de la injerencia estatal en los asuntos eclesiásticos, fuerte en los días de Constantino, y finalmente la teoría de la supremacía del poder espiritual sobre el temporal (Iglesia sobre Estado).
“Paralelamente a un desarrollo doctrinal cuyas posibilidades de aplicación son en principio muy remotas, tiene lugar un proceso institucional del que surgirá una Iglesia centralizada en torno al primado de Roma, liberada de la tutela imperial y con su centro de gravedad en occidente. La autoridad pontificia se establece a través de un dilatado proceso histórico, que conduce paulatinamente de una primacía de honor que no le venía necesariamente del evangelio, sino de la organización eclesiástica del siglo IV que estaba calcada de las instituciones del imperio romano, a una concentración del poder efectivo en sus manos”(2). Más allá del hecho de que esa primacía del obispo de Roma, como dice el Dr. Samuel Vila, “no le venía necesariamente del evangelio”, hay aquí un hecho providencial a destacar. Efectivamente, parecía estar operando otra vez el mecanismo de seguridad que ya había funcionando cuatro siglos antes, aunque de una forma asaz distinta. La civilización fundada y sustentada por Roma se caía a pedazos. Antiguas provincias eran ahora, fundamentalmente al promediar el siglo V, reinos bárbaros con un nivel cultural inferior. La propia sociedad romana estaba en decadencia; las guerras intestinas se sucedían entre los distintos cuerpos del ejército, cada uno pugnando por poner a su líder en el trono imperial; trono en el que duraría poco, debido a intrigas palaciegas y asesinatos. Dice el profesor León Homo en su Nueva Historia de Roma que entre el 455 y el 476 D.C. reinaron nueve emperadores, incluyendo en ese tiempo nueve meses de interregno.(3) El agotamiento de los recursos provocado por las continuas luchas internas, la situación indefensa de las fronteras debida a este mismo motivo y a la falta de efectividad de las legiones, pálido reflejo de la máquina militar de la Roma de otros tiempos, sumergía a las gentes en un estado de incertidumbre y grave inseguridad. La corrupción del estado y las presiones fiscales asfixiantes, método desesperado implementado por el gobierno para obtener recursos, agravaban dicha situación. Los ciudadanos entonces buscaron refugio en la Iglesia. Desde varios siglos antes, muchos súbditos del Imperio huían a la soledad de los desiertos, para escapar de las presiones impuestas por el estado. En esta época muchos evadían sus obligaciones, imposibles de sobrellevar, refugiándose en los monasterios. En un hecho puntual pero muy significativo, cuando Alarico conquistó Roma, en el 410 D.C., con el Imperio aún en pie, las basílicas de San Pedro y San Pablo se transformaron en refugio de una población desesperada por escapar al saqueo. Los godos de Alarico, cristianizados por los arrianos a fines del siglo anterior, respetaron las iglesias.
Había aquí una institución paralela al Imperio. Una religión estructurada y organizada según los moldes del Imperio. Una fe arraigada sino en el corazón, por lo menos en el sistema oficial de ideas y creencias del Imperio, y entretejida en el credo al que la vasta mayoría de sus habitantes rendían adhesión. La Iglesia Cristiana de este período fue la Iglesia Imperial; pero cuando el Imperio Romano de occidente cayó, aquella se sacudió el mote de “imperial”, y siguió su marcha hacia el futuro. Probablemente, podría decirse que el cristianismo usó a ese Imperio Romano que había intentado antes destruirlo; y lo usó como trampolín, para proyectarse hacia el destino que le deparaba la historia.
Es un hecho incontestable que, la segunda vez que la Iglesia Cristiana se enfrentó a la caída de una civilización con la que había estado íntimamente relacionada, sobrevivió, entrando en un período de nueva expansión y logros aún mayores.

Foto:www.roman empire.net

30 Mar '06

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