“EL MAGNÍFICO DERRUMBE” CAPITULO 1

“EL MAGNÍFICO DERRUMBE”

CAPÍTULO 1 
La aseveración referida previamente, acerca de estar viviendo una era poscristiana, debe contrapesarse lógicamente con el otro aspecto de la realidad: la vitalidad desplegada por el cristianismo actual. Esa vitalidad, que será objeto de un análisis reflexivo posterior, es desarrollada por un cuerpo de creyentes cuyo número se cuenta hoy en más de dos mil millones; cuerpo que tiene al momento actual una presencia virtualmente mundial, no faltando cristianos aún en estados antagónicos a dicha religión, tales como las naciones islámicas y los países comunistas (los pocos que van quedando). Esa cristiandad multitudinaria y mundial trae a sus espaldas dos mil años de historia; período prolongado, jalonado de sucesos de todo tipo: Grandes personajes, algunos de los cuales han quedado como lumbreras de la humanidad, y tiempos, sazones y vicisitudes que constituyen una enciclopedia viva de ejemplos, enseñanzas y amonestaciones para la Iglesia Cristiana.
Una Iglesia Cristiana que encara el tercer milenio, afrontando cambios globales hondamente significativos para el individuo y las comunidades, con el deber y la responsabilidad, el derecho, la oportunidad y el privilegio de, hoy más que nunca, ser fiel a su comisión original: llevar el conocimiento de Jesucristo a todas las gentes.
La arriesgada y atrevida hipótesis con que introdujimos este ensayo, a saber, la posibilidad de que se derrumbe la civilización que conocemos, y la interrogante subsiguiente acerca de qué repercusiones tendría tan magnífico suceso en la Iglesia Cristiana, nos obliga a mirar hacia aquellos momentos del pasado en que las culturas con las cuales la religión de Cristo estuvo íntimamente ligada pasaron, y cómo afectó este hecho a nuestra fe.
Tendiendo entonces la mirada hacia el pasado, nos sorprende encontrar que la primera vez que esto sucedió, el cristianismo aún no llevaba medio siglo de existencia sobre este planeta. Tal revisión específica de la historia nos obliga a remontarnos hasta los orígenes de la fe cristiana, poniendo nuestros ojos en una tierra, Palestina; y dentro de ésta, en particular, en la ciudad de Jerusalén.
Los orígenes del cristianismo se relacionan estrechamente con el pueblo de Israel, esa “nación singular” al decir de su gran rey David (2 Samuel 7:23). Es Israel un pueblo de origen peculiar, “pensado” por Dios para ser una avanzada de monoteísmo en la tierra caída y maldita, entregada a las inteligencias malignas que engendraron el politeísmo idólatra; un pueblo testigo del único y verdadero Dios; un pueblo letrado que entregara a la humanidad el producto literario más excelso, las Sagradas Escrituras; un pueblo que alentara la esperanza, repetida una y mil veces en las promesas proféticas, de la venida de Uno que saldaría la deuda que el hombre contrajo con el Creador, para llevarnos de nuevo a Dios.
Un pueblo, en fin, que dio al mundo el mejor de los regalos, la persona del mesías, Jesús de Nazaret, el galileo nacido en Belén, de la tribu de Judá; “…son israelitas, de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas. A ellos también pertenecen los patriarcas, de los cuales, según la carne, vino Cristo…” (Romanos 9:4,5).
Entonces, el Cristo es Joshua el judío, quién comienza su carrera pública en Galilea durante el reinado del césar Tiberio en Roma, alrededor del año 26 después de Cristo (D.C.). Toda Palestina es territorio del Imperio Romano desde casi noventa años atrás, habiendo caído Jerusalén en manos romanas en el 63 antes de Cristo (A.C.). Judea, Samaria y Galilea son algunas de las regiones en que se divide la tierra santa, y están en el poder hombres conocidos por la lectura de los evangelios. Herodes Antipas sobre Galilea, como rey títere a las órdenes de Roma; sobre Samaria y Judea, Poncio Pilato, un romano.
La carrera pública de Jesús, conocida por el mundo entero, es el gran tema de esos cuatro manuscritos del primer siglo, que no son exactamente biografías, sino soberbias presentaciones de un hombre que los primitivos cristianos consideraron Dios venido en forma humana para redimir al mundo. Mateo, Marcos, Lucas y Juan escriben con un trascendental propósito, expresado por éste último al final de su evangelio: “…para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 20:31). En Jesús el Mesías cristalizan las promesas proféticas de esperanza para un Israel sometido y subyugado. Es el “Hijo de David” prometido, y por lo tanto su relación primordial es con la nación de Israel: “No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mateo 15:24). Es destacable un hecho: las palabras recién citadas fueron dichas por Jesús en Fenicia, la única vez en su vida adulta que salió fuera del territorio de Israel; es decir, del territorio que histórica y tradicionalmente perteneciera a los israelitas, y que en ese momento estaba en manos de Roma.
“¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuantas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, pero no quisiste!” (Lucas 13:34). Ésta es otra exclamación de Jesús, angustiada quizás, acerca de sus compasivos intentos de proteger a esa nación, frustrados por la terquedad de los israelitas.
No obstante, el Fundador de la Iglesia entra en Jerusalén, muere junto a Jerusalén, y frente a dicha ciudad sus pies abandonan la tierra para desaparecer hacia las alturas. Y es en Jerusalén donde nace la Iglesia Cristiana; por ende, puede decirse que la capital de la nación israelita fue la cuna del cristianismo (Hechos 2:1-5).
El libro de los Hechos de los Apóstoles es una joya literaria que narra los comienzos del cristianismo y su expansión a través del mundo mediterráneo. Un libro que posee la peculiaridad de ser eventualmente el único de la Biblia escrito por un no judío, el médico, historiador y evangelista Lucas. La narración de los primeros treinta años de vida de la Iglesia corre a lo largo de casi treinta capítulos, y la tercera parte inicial de dicha narrativa es de marca estrictamente judía. Judíos eran los apóstoles, núcleo de la flamante iglesia, y quienes les acompañaban (Hechos 1:12-15); judíos eran los primeros tres mil convertidos al cristianismo de aquel memorable día de Pentecostés (2:36-41), y los cinco mil que se agregaron algunos días después (3:26; 4:4). Judíos eran también los primeros siete diáconos, oficiales de la iglesia distintos de los apóstoles (6:3-5), si bien sus nombres griegos indican que eran judíos de la diáspora; es decir, nativos de territorios fuera de Palestina, siendo éste el sentido de la palabra “griegos” en 6:1.
La tendencia natural de aquellos primeros cristianos israelitas era hablar el evangelio de Cristo solo a sus compatriotas (Hechos 11:19). Los samaritanos, por ejemplo, eran mestizos raciales y religiosos, descendientes de las uniones entre israelitas y otros pueblos implantados en el norte de Palestina por el asirio Sargón II, siete siglos atrás; estos mestizos eran despreciados por los judíos. Cuando los samaritanos recibieron el evangelio por la predicación de Felipe el diácono, la “Iglesia madre” de Jerusalén envió allí, apresuradamente, a Pedro y Juan; no simples embajadores, sino importantes puntales de la iglesia. El propio Pedro, enviado por Dios a una reunión de “gentiles” (no judíos), no comprendió de inmediato que Dios quería que esa gente también escuchara el evangelio de Jesús, y preguntó, casi diríamos tontamente: “¿Por qué causa me habéis hecho venir?” (Hechos 10:29b). Quienes en esa ocasión acompañaron a Pedro, quedaron de boca abierta cuando Dios tuvo a bien dar el bautismo en el Espíritu Santo a esos no judíos (Hechos 10:44,45). Al regresar Pedro a Jerusalén y reunirse con la “Iglesia madre”, tuvo problemas con los “de la circuncisión”, es decir, judíos celosos de su raza y religión, que no concebían esa clase de fraternidad con los gentiles (Hechos 11:1-3). Éstos mismos debieron cerrar la boca, cuando comprendieron que el evangelio de Jesucristo no era una posesión exclusiva de Israel. Este primer incidente, con gentiles entrando en masa a la Iglesia Cristiana, seguramente clarificó para aquellos primeros cristianos judíos las diferentes formas en que Jesús expresó lo que se conoce como la Gran Comisión: “a todas las naciones” (Mateo 28:19; Lucas 24:47); “por todo el mundo” (Marcos 16:15); “hasta lo último de la tierra” (Hechos 1;8). E indudablemente, también amplificó su visión.
El rasgo por el que se hace más evidente que el cristianismo estuvo íntimamente ligado al judaísmo, es la adhesión de los propios líderes cristianos a la fe y costumbres judías (Hechos 3:1; 5:12; 10:14,28; 15:5). Pablo de Tarso, el apóstol de los gentiles, quién dedicó su vida a evangelizar a los no judíos, llegado en una oportunidad a Jerusalén, también se sometió a un rito judaico para reconciliarse con los cristianos judíos (Hechos 21:18,20,23,26).
La insistencia de estos cristianos judíos en imponer el cumplimiento de la ley ceremonial judaica como requisito para la salvación, una vez que, indudablemente, habían aceptado la entrada de gentiles a la iglesia como un hecho irreversible, dio lugar a que el mismo apóstol Pablo diera a luz dos grandes joyas de la doctrina de la salvación: la epístola a los Gálatas, y los primeros capítulos de la epístola a los Romanos, aquellos que hablan de la justicia de Dios mediante la fe. Estos judaizantes, como los llama la historia, se prolongaron como una secta, llamados ebionitas; aislados del resto de la cristiandad luego de la destrucción de Jerusalén, derivaron en algunas doctrinas heréticas, y finalmente desaparecieron.
Frente al intento de judaizar por completo el cristianismo, manteniéndolo plenamente integrado a la religión de Israel, esa secta judía, la Iglesia Cristiana, a diferencia de fariseos, saduceos y esenios, no se contuvo en dicho molde. Antes bien, explotó y se derramó extensamente por la cuenca mediterránea, conquistando el corazón de toda clase de culturas y gentes. Esto parecía premonitorio de lo que habría de venir.
La intranquilidad judía bajo el yugo violento y brutal de los procuradores romanos finalmente estalló el año 65 D.C. en una insurrección general. Primero cayó Masada, luego Jerusalén, y luego otras ciudades de Judea. Al año siguiente, un general romano de nombre Cestio invadió Palestina desde Siria, llegó a las puertas de Jerusalén, y luego se retiró. En esa retirada, los judíos envalentonados ejecutaron a miles de soldados romanos; parecían dueños de la situación. Pero esa fue la calma que precedió a la tormenta. Vespasiano, general y futuro emperador de Roma, invadió el norte de Palestina con sesenta mil soldados, sembrando la desolación. Cuando Vespasiano debió volver a Roma para vestir la púrpura imperial, el 69 D.C., su hijo Tito marchó sobre Jerusalén con ochenta mil soldados. Arribó en febrero del año 70 D.C., comenzó el sitio durante la Pascua, y cinco meses después, el 8 de setiembre, su ejército entró en la ciudad. Los romanos derribaron el templo piedra por piedra, devastaron la ciudad y aniquilaron un millón de judíos. Decenas de miles de prisioneros judíos fueron vendidos como esclavos a lo largo y ancho del mundo romano. Masada, el último reducto de resistencia, cayó tres años después.(1)
Destruido el templo, centro de la vida religiosa nacional, arrasada Jerusalén, capital histórica y ciudad emblemática de Israel, y dispersados los judíos hacia los cuatro puntos cardinales, Israel dejó de existir como una nación en su propia tierra. Palestina pasó por sucesivos períodos de dominación extranjera, romano, bizantino, persa, árabe, cristiano durante las cruzadas, turco otomano, británico, y no sería sino hasta el año 1948 que la nación judía recibiría la oportunidad de habitar nuevamente en su propia tierra, y así reconstituiría el Estado de Israel.(1)
De esta manera, la estructura social y nacional con la cual el cristianismo estuvo estrechamente relacionado desde su nacimiento, virtualmente desapareció.
Pero el cristianismo se había preparado desde antes que esto sucediera, diseminándose entre las gentes de toda raza, cultura y credo; y cuando la cultura que le dio el marco y la herencia para su desarrollo inicial pasó, la Iglesia Cristiana prosiguió su expansión, floreció, y alcanzó conquistas que sobrepujaron los sueños de los más optimistas judíos o cristianos de aquel memorable primer siglo de nuestra era.
Foto:
imagesoftheworld.org

16 Mar '06

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