AYER Y HOY – ALEGRIA Y ¿DECEPCION?

Por Dr. Alvaro Pandiani


Los cristianos evangélicos no podemos estar ausentes ni ser ajenos a los hechos que hacen a la vida del país en el que vivimos, y que es en definitiva nuestra patria. En ninguna parte de la Biblia, nuestra “Constitución” espiritual, dice que porque la vida en este mundo sea un peregrinaje hacia la patria celestial, no debamos amar (o debamos abstenernos de amar) nuestra patria terrenal; en nuestro caso, el Uruguay. La Iglesia de Jesucristo debería considerarse llamada a tener participación en la sociedad del país en que desarrolla sus actividades, sean éstas evangelísticas espirituales, sociales, humanitarias, y por qué no también, políticas. Sí, políticas; no olvidemos que, por ejemplo, cada vez que la Iglesia se opone a un proyecto de ley de despenalización del aborto, haciendo llegar su voz y opinión al Parlamento, no solamente hace una defensa de la vida del nonato basado en la ética cristiana y el principio bíblico del respeto a la vida humana como un don de Dios, sino que también hace oposición política a aquellos legisladores que propugnan el referido proyecto de ley. Es preciso que comprendamos lo necesaria que es la participación política del cristiano y la Iglesia en temas tales como el aborto, la drogadicción, la delincuencia, el abuso infantil, la prostitución infantil, la violencia doméstica, la pobreza, marginalidad y exclusión social (que debería llevarnos a evaluar lo justo o injusto de las políticas económicas y sociales de cada gobierno de turno), haciendo oír una opinión, y posición, basada en los perennes valores cristianos y bíblicos. Y es preciso que comprendamos que tener participación en políticas sociales y temas de emergencia social, es bien diferente de meterse en política partidaria. Pues si la Iglesia como institución se inmiscuye en política partidaria, se tiñe de un color político, se parcializa hacia una colectividad, lo que no es conveniente; no es conveniente porque la Iglesia tiene el deber primordial y prioritario de entregar al mundo un mensaje que no puede ni debe tener fronteras. El mensaje del evangelio de Jesucristo no admite fronteras nacionales, ni étnicas, ni raciales, ni ideológicas, ni aún religiosas. Es para todos.


Cuando la noche del 31 de octubre de 2004 Oscar Botinelli dijo por las pantallas del Canal 4 de Televisión abierta: “Tenemos presidente”, afirmando que la proyección del recuento de votos daba a Tabaré Vázquez el triunfo en primera vuelta, la alegría de centenares de miles de uruguayos que se volcaron a las calles a gritar, cantar, llorar, reír, sonar bocinas, agitar banderas y bailar, fue un fenómeno emocionante, impresionante, contagioso e inolvidable. No sería descabellado pensar que en esos momentos más de un millón de uruguayos en todo el país festejaban la victoria. Un imponente preámbulo de esa manifestación fue la concentración de medio millón de personas en el acto de cierre de campaña del Encuentro Progresista Frente Amplio el miércoles 27 de octubre de ese año, inmortalizado por las fotos de la prensa. Esa expresión de alegría desbordante, diferente en mi apreciación personal a cualquier cosa que haya visto antes (incluidos los triunfos deportivos, tan escasos estos últimos años), fue realmente conmovedora, y mueve a la reflexión. Una reflexión modesta, que no pretende entrar en análisis propios de sociología o psicología social, sino con la mira puesta en nuestra reacción, nuestra actitud, y sobre todo nuestra conducta basada en el interés cristiano que, se supone, debemos tener en las personas con sus pensamientos, opiniones, emociones, aspiraciones y anhelos, ilusiones e incertidumbres, temores y dudas. En suma, el ser humano, destinatario último del mensaje de amor, perdón, salvación y vida en abundancia que Cristo entregó al mundo.

Una posible actitud es la mirada crítica, dado que se pone la fe y la esperanza en el hombre, en contraposición a confiar solamente en Dios.

El festejo desenfrenado pero pacífico, admirablemente pacífico, evidenció una realidad palpable en la gente: la necesidad de algo o alguien capaz de darle esperanza. Durante la campaña electoral del 2004, el senador José Mujica dijo que muchos de los votantes del Frente Amplio eran ciudadanos decepcionados de los partidos tradicionales. Decepcionar es sinónimo de desengañar, una de cuyas acepciones es quitar las esperanzas o ilusiones; esto nos sugiere dos observaciones. Primero, la medida en que el ciudadano uruguayo deposita sus esperanzas de progreso material, económico y financiero, a nivel personal, familiar y nacional, en los dir igentes políticos de la nación. Si bien esta observación parece de carácter obvio, este hecho no es tan evidente desde el momento en que vemos, en lo cotidiano y fuera de los períodos electorales, la profusión de recursos a los que el uruguayo común acude como caminos alternativos para procurar el progreso material propio y de su familia: por un lado los juegos de azar y las apuestas, léase lotería, cinco de oro, casinos, hipódromos, etc.; por otro lado las múltiples formas de apelar a lo sobrenatural, sea a través de la magia, astrología, las religiones afrobrasileñas o las iglesias pseudocristianas, que especulan con la necesidad de la gente efectuando ritos y oraciones (a precios elevados) en procura del concurso de Dios u otras potencias supernaturales en el proceso de prosperidad del interesado. Una segunda observación referida al desengaño de muchos ciudadanos en cuanto a los partidos tradicionales se refiere, es que estos ciudadanos esperaban que la aplicación de políticas económicas específicas, de acuerdo a la orientación ideológica de cada gobierno, llevara al mejoramiento progresivo de la situación financiera del estado, el saneamiento y la reactivación de la economía, los emprendimientos públicos y privados que generaran fuentes de trabajo, la disminución de la desocupación, y de la subocupación (es decir, aquellos que trabajan percibiendo salarios paupérrimos que no llegan a cubrir ni siquiera la canasta familiar básica), al punto que tales mejoras alcanzaran al ciudadano común, el que brega día a día para lograr con su trabajo el sustento de su familia. Es esta una esperanza más racional y concreta que las esbozadas en la primera observación. Es por otra parte una esperanza legítima. El partido que estaba en el gobierno, en el período anterior, dijo durante su campaña electoral del año 2004 haber logrado, tras la terrible crisis financiera del año 2002, el mejoramiento financiero, el saneamiento y la reactivación económica; pero falló en un punto: la gente no lo percibió; no llegó a su bolsillo. La gente solo pudo ver un viejo orden oligárquico y demagógico asociado a la corrupción, el fracaso de un modelo de país, el desastre económico que llevó a la emigración en masa, el aumento de la pobreza y la desocupación, y la anulación de toda perspectiva de progreso, personal y nacional. Esas personas decepcionadas, desengañadas, a las que se les “quitó la esperanza”, dieron su voto a otra fuerza política. Cuando esa fuerza política triunfó, renació la esperanza. Ahora bien, reitero una opinión muy personal: es esta una esperanza legítima; pues si bien es poner la fe y la esperanza en el hombre (genéricamente considerado; más concretamente en un partido político, y en sus di rigentes), se trata de esperar que los hombres hagan lo que deben hacer desde su lugar de gobierno en el que fueron puestos por el pueblo. Un lugar que, en definitiva, los cristianos creemos proviene en última instancia de Dios: “… no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas” (Romanos 13:1).

Otra posibilidad es adoptar una actitud de conmiseración, interpretando las manifestaciones de adhesión política y alegría popular como una búsqueda por parte del hombre de un sentido y una orientación para su vida.

Las grandes interrogantes que surgen de las circunstancias adversas de la vida, las injusticias, el sufrimiento de los desamparados, la opresión del hombre por el hombre, las desigualdades sociales, han movido a hombres y mujeres a buscar y formular razones y explicaciones para el drama de la vida humana. Las ideologías políticas han jugado un papel en ese intento por explicar y a la vez aportar vías de solución a muchas de las adversidades que azotan a las gentes. Recordemos por ejemplo la elevación y caída del marxismo, ideario filosófico y político proclamado por sus adherentes como el remedio a todos los males de las sociedades civilizadas. Aún aquellas cosas que escapan al estricto concurso de la voluntad humana, como por ejemplo la enfermedad grave, crónica o letal, devienen en tema político, al preconizar, o protestar contra, las políticas de salud del gobierno de turno. La ideología política ocupa un lugar en la vida de un individuo que procura orientar su existencia, hallándole un sentido a la misma. Esto debe ser cabalmente comprendido por aquellos que hemos encontrado ese sentido de la vida en Jesucristo, y procuramos darlo a conocer como Aquel en el cual se aquietan definitivamente todas las tormentas del alma y (en sentido poético) el corazón. Sin olvidar, empero, que la fe en Cristo, considerada por la gente como credo o sentimiento religioso, no excluye nuestra participación en la sociedad a través de aquellas cosas que como cristianos podemos aportar para beneficio de la comunidad en la que estamos insertos. Aporte para el bien de la comunidad que constituye, en definitiva, un accionar político, bien que no político partidario. Por lo tanto cuando vemos uno que trabaja con entusiasmo en los planes del partido político al que ha entregado su lealtad, puede que milite entregado a una idea, o un ideal, que dé sentido a su vida; o puede que su activismo surja de una convicción más profunda que lo lleva a entregar todo por los demás; emulación voluntaria o no de Aquel que entregó su vida por la humanidad. En este marco la alegría del triunfo, como la del 31 de octubre de 2004, puede inscribirse como hecho puntual en la búsqueda de un norte para la vida, o en la búsqueda de caminos y oportunidades para ese accionar a favor de otros.

En cualquiera de los dos casos, cuidado con las actitudes distantes. No estamos por encima de nuestra sociedad, ni de sus males, ni de sus necesidades, ni de sus alegrías. No podemos estar lejos de quienes nos rodean, pues nuestro acercamiento a la comunidad, y nuestra aceptación por ésta como parte de la misma, abrirá puertas para el testimonio del mensaje que no conoce fronteras: el evangelio de Jesucristo, superior a todas las ideologías políticas, pero fuente de todo lo bueno, noble y honrado que en éstas pueda haber.

La otra opción es una actitud abierta, que comprende la necesidad psicológica muy humana de alegría y esperanza, que comparte la legitimidad de la alegría popular de aquel 31 de octubre, sin cerrar los ojos a las realidades que precedieron a ese día, ni a las que vinieron después, y siguen viniendo. Como cristianos conocemos el carácter falible de los hombres, sobre todo de aquellos que están en el poder, o de los que llegan a un puesto de poder largamente anhelado, una vez en el cual se puede llegar a incurrir en los mismos hechos de corrupción que se criticaron y denunciaron en los que estuvieron antes. Conocemos también el carácter voluble de las masas, su capacidad de pasar de un frenético entusiasmo a un descontento creciente que llegue al rechazo. Viene muy al caso un pasaje del Antiguo Testamento, en tiempos en que otras formas de gobierno estaban en uso: “Mejor es el muchacho pobre y sabio que el rey viejo y necio que no admite consejos, aunque haya salido de la cárcel quién llegó a reinar, o aunque en su reino naciera pobre. Y vi a todos los que viven debajo del sol caminando con el muchacho sucesor, que ocupará el lugar del otro rey. La muchedumbre que lo seguía no tenía fin; y sin embargo, los que vengan después tampoco estarán contentos de él.” (Eclesiastés 4:13-16).

Cualquier parecido con nuestra realidad actual, en marzo de 2006, cuando aún hay grandes temas pendienes, tales como reforma impositiva, derechos humanos, sistema nacional integrado de salud, plantas de celulosa, etcétera, es pura coincidencia (¿es pura coincidencia?).

En conclusión, los cristianos tenemos Alguien mejor en quién poner nuestras esperanzas, y una patria venidera mejor, sí. Pero no es conveniente que incurriendo en un pontificado de nuestras creencias, juzguemos y dogmaticemos sobre los hechos y sucesos de nuestro país, alejándonos de las realidades sociales y de nuestra gente.

23 Mar '06

Hay 1 Comentario.

  1. Esta organizacion empresarial tiene mucho interes en sostener y desarrollar relaciones con su Institucion. Queremos conocer mas de Ustedes. Algunos ministerios, que estan afiliados a nuestra Organizacion tienen miembros que son ciudadanos de su pais. En lo personal, quien les escribe es el Sr. Juan de Dios Torres, y como dominicano que soy, aunque vivo por muchos anos aqui en USA, he seguido con mucho interes la vida del pueblo Uruguayo y tengo interes en continuar haciendolo.
    Mucho les agradecere hacer contacto con nuestras oficinas del Sur Central de Florida.

    Que Dios les bendiga….!!!

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