LAS MOSCAS MUERTAS

Las Moscas Muertas
Por Alvaro Pandiani

El cristiano ejerce una influencia en su medio ambiente a través de su ejemplo, conducta y testimonio (amén de ser portador de la Palabra) que lleva o debería llevar a quienes le rodean (y quieren escuchar) a tomar conocimiento del evangelio de Jesucristo. Un palabra, un folleto, pero también un acto, un gesto de pureza y honestidad, en medio de un mundo de sinvergüenzas, puede provocar la pregunta que tantas veces hemos oído: “¿cómo es eso del evangelio?”, que abre la oportunidad de anunciar el evangelio en su claridad y pureza (si es que sabemos hacerlo), con más detalle que un simple “Dios te ama”, “Cristo salva”, o “Jesús viene”; porque si pensamos en ello, ¿cuantas personas en todo el país no han oído aún esas expresiones? (a pesar de lo cual, insistamos en proclamarlas; suenan mejor que “Fulano vive en nuestra lucha”, “Vote a Mengano, la salvación”, o “Consulte su telehoróscopo”).

Volviendo al punto, nuestras palabras y nuestro comportamiento en la vida diaria son los que nos dan la oportunidad de dar a conocer el Evangelio de Jesús en forma personal, y con los detalles particulares que nuestro interlocutor necesita se le aclaren o expliquen. El apóstol Pablo lo dice con estas palabras: “Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento” (2 Co. 2:14). Es decir que el cristiano puede compararse con un frasco de perfume que, abierto, esparce la fragancia espiritual del conocimiento de Cristo. O tal vez sería más feliz la comparación con un perfumista, que diestro en su arte, va creando diferentes fragancias según el gusto del consumidor. De igual modo el perfumista cristiano, diestro en el manejo de la Palabra de Dios, ajusta los detalles de su mensaje para crear la fragancia espiritual adecuada, que vivificará el corazón del que escucha y espera.

Y ya que hablamos de detalles, llegamos a la raíz del problema, que son justamente los detalles. El oficio de perfumista es permanente, porque lo queramos o no, lo notemos o no, el olor (influencia; ejemplo, o mal ejemplo) de nuestra vida se esparce de continuo. Lo importante no es lo que podamos decir desde el púlpito de la iglesia; cuando el momento llega nos ponemos la corbata, abrimos la Biblia y empezamos a hablar, o a gritar. Pero el sermón dicho desde la plataforma es insulso, desde el momento que no permite sentir la fragancia de una vida santa; tan solo muestra la mayor o menor pericia del predicador en el dominio del arte y las técnicas de la homilética. Los detalles de la vida cotidiana, los actos y actitudes, la humildad o la arrogancia, la sencillez o la pedantería, la sinceridad o la hipocresía, la pureza o la corrupción, condicionan el olor espiritual que desprendemos; si nuestra vida cristiana despide un fragante aroma, que atrae al perdido en busca del Cristo que irradiamos, o si nuestro cristianismo hiede y apesta, espantando al alma que tanto necesita al Señor.

¿Qué tamaño tiene una mosca? Muy pequeño ¿Y cuanto vale muerta? Absolutamente nada. Y sin embargo, tiene el poder de echar a perder un buen perfume. “Las moscas muertas hacen heder y dar mal olor al perfume del perfumista; así una pequeña locura al que es estimado como sabio y honorable” (Eclesiastés 10:1).

Las moscas muertas hacen heder nuestro testimonio; las moscas muertas producen mal olor en nuestra vida espiritual; las moscas muertas hacen que nuestra persona apeste. Son pequeñas, no valen un comino, pero pueden echarlo todo a perder. Una vida de honradez, un testimonio radiante, un ministerio fructífero, todo, todo, todo, arruinado por una pequeña locura. Un pequeño pecado, un desliz “inocente”, y adiós al cristiano sabio y honorable (al menos en apariencia).

A volver a empezar. Arrepentimiento, humillación, llanto, disciplina.
Feo, ¿no? ¿Porqué no evitarlo?
¿Y cómo?

En principio, evitando que las moscas muertas caigan dentro del frasco de perfume. En otras palabras, evitando que el mensaje que irradia nuestra vida (y no solo nuestra boca) se contamine con los feos olores que producen las cosas de este mundo, sean pequeñas locuras, pequeños pecados, insignificantes actitudes, o diminutas mentiras, que acumulándose terminan por transformar en una mentira nuestra vida cristiana toda.

Imaginate hermano que tu vida espiritual apesta por causa de las moscas muertas. Pero tenés el frasco bien cerrado; no se siente el verdadero hedor. Tampoco la buena fragancia de Cristo; todo lo más, se percibe el discreto olor dado por una apariencia de piedad. Pero la verdad está oculta tras la escenografía de un vivir cristiano que no es verdad, sino tan solo una teatralización.

¿Puede tal situación prolongarse indefinidamente? Eso es dudoso: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado” (Gal. 6:7); “… no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a luz” (Mr. 4:22). Tarde o temprano el tarro se va a destapar, y entonces el hedor, cuanto más tiempo estuvo concentrado, más intenso va a ser, y más lejos va a llegar. Y entonces aquel cristiano a medias, aquella consagración solo en parte, aquella hipocresía, codicia, soberbia, o vaya a saber qué otra cosa, al descubrirse se extenderá como olor penetrante y enchastrará no solo el nombre, vida y ministerio (actual o potencial) del implicado, sino que también ensuciará el Evangelio, desacreditando el testimonio cristiano.

Y el Evangelio de Jesucristo es lo más maravilloso que Dios nos ha dado; demasiado puro y limpio para que lo hagamos oler a podrido con nuestros malos actos y peores actitudes.

Por eso, antes que Dios destape el tarro, es mejor que lo hagamos nosotros, y de una vez y para siempre desalojemos las moscas muertas que llevemos ocultas, renunciando a ellas. Y a través del arrepentimiento, la confesión a Dios y un nuevo empezar, irradiemos la fragancia espiritual de Cristo a nuestro alrededor.

“Antes bien renunciamos a lo oculto y vergonzoso, no andando con astucia, ni adulterando la Palabra de Dios, sino por la manifestación de la verdad, recomendándonos a toda conciencia humana delante de Dios” (2 Co. 4:2).

18 Sep '04

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