LA ESPERANZA CRISTIANA EN LA ERA POSCRISTIANA

La esperanza cristiana en la era poscristiana
Por Álvaro Pandiani


La visión cristiana de la muerte, una visión tan buena como cualquier otra ideología mística o religiosa que esté en boga hoy en día, requiere ser rescatada de cierta desfiguración, fruto de la ignorancia. En el marco teológico cristiano, la muerte es principio del castigo por el pecado humano (Romanos 6:23). Sin entrar en consideraciones más profundas acerca de la disquisición entre muerte espiritual, muerte física y muerte eterna, la idea básica es que la muerte representa la terminación de la existencia en este mundo; y a partir de ahí se abre un gran signo de interrogación, cerrado por algunos mediante la asunción a priori de que dicha terminación representa la completa aniquilación de la personalidad (“dejó de existir” es uno de los eufemismos utilizados más a menudo para referirse al fallecimiento de una persona). Por otro lado, otros pretenden llenar ese vacío ignoto de ultratumba con la noción de una vida extraterrena; allí encajan en parte las doctrinas cristianas del hombre, su pecado y salvación, con el concepto de la inmortalidad inherente del alma humana, claramente expresado en la Biblia (Mateo 10:28; 2 Corintios 5:1; Apocalipsis 20:4), y la noción de la muerte como una separación, un abandonar el cuerpo biológico gastado y enfermo por parte del ser inmaterial del hombre, donde reside su personalidad (“… el cuerpo sin espíritu está muerto”; Santiago 2:26. Véase Eclesiastés 12:7). Y unido a esto va la idea de un destino inexorable e inescapable para esa alma liberada del cuerpo por el trance de la muerte; destino que, cielo o infierno, depende de las elecciones morales que el individuo haya hecho en su vida. Resulta curioso cómo a través del tiempo, la descarnada dureza del concepto de la condenación eterna, en sufrimiento consciente por edades sin fin, ha sido suavizado por intentos como la inmortalidad condicional, y el universalismo. Es aún más interesante desde el punto de vista de la evolución del pensamiento moral de nuestra sociedad poscristiana, ver la manera como una doctrina proveniente de religiones orientales ha permeado la imaginería popular colectiva; la reencarnación ha sustituido en la mente de muchos no solo a la existencia incorpórea pos mortem, sino que también ha alejado de toda consideración del individuo la esperanza de una resurrección corporal personal. Quién cree en la reencarnación tiene como esperanza la sucesión de vidas diferentes a lo largo del tiempo, hilvanadas por un alma inmortal que va cambiando de cuerpo en cuerpo, como quién cambia aceite de envase en envase; los requerimientos morales son mínimos, pues la sucesión de vidas implicará un “aprendizaje” hacia una superación y perfección ultraterrena, aunque uno no recuerde absolutamente nada de su vida anterior.
Más allá de toda esta mitología pagana se destacan dos puntos, uno psicológico y otro místico, que convergen a una conclusión común. El primer punto está signado por la búsqueda de respuesta ante el hecho fatídico y definitivo de la muerte; respuestas sancionadas por el aval de la antigüedad, y el ser creencia compartida con numerosos seres humanos, que brinden fortaleza y esperanza para soportar lo terrible de la pérdida. El segundo punto estriba en la creencia en un espíritu inmortal, asiento de la personalidad del difunto con sus pensamientos, ideas, recuerdos y emociones, y la creencia de que éste migra de un cuerpo a otro, según la reencarnación, o entra en dimensiones espirituales diferentes a nuestra realidad, según el cristianismo y otras religiones. Creencia popular superficial en la que está totalmente diluida la noción de marcha de la historia humana hacia un futuro escatológico en que la normal sucesión de nacimiento – vida – muerte habrá de cambiar. La respuesta a la angustiosa zozobra de la pérdida (aguda o no) mediante el recurso de la creencia en un mundo espiritual paralelo donde los que han partido viven como almas libres y felices, siguiendo el tal reino ultraterreno un curso propio, independiente del nuestro, implica la consideración del hecho de morir como algo normal; el fin natural y obvio de todo ser vivo, el umbral que necesariamente se debe cruzar para “ascender” a esos reinos espirituales.
Más allá de toda esa laxitud moral implícita en el creer que todos los muertos, independientemente de cómo hayan vivido sus vidas, se van a algún lugar a ser felices para siempre (creencia que se derrumba ante las doctrinas bíblicas del pecado y la salvación solo en Jesucristo), también debemos tener en cuenta que según las Sagradas Escrituras Dios no creó al hombre para ser un espectro o fantasma inmaterial, flotando en el cosmos por las edades, sino que Dios: “formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz aliento de vida y fue el hombre un ser viviente” (Génesis 2:7).
El hombre es un ser biopsicosocial, nos dicen hoy como una novedad maravillosa, descubierta en los últimos decenios; como cristianos asentimos a este postulado, introduciendo eso sí, una pequeña modificación: el hombre es un ser biopsicoespiritual y social ( “… todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo”; 1 Tesalonicenses 5:23). La muerte en este contexto es un factor anormal, una usurpación, un elemento de sospecha de que algo anda mal en la naturaleza humana; una evidencia, en fin, del juicio y castigo de Dios por el pecado inherente a aquella naturaleza, que trunca la vida creada por Dios y arroja hacia ignotas y fantasmagóricas regiones a espíritus desvalidos, almas desnudas, seres incompletos. No podemos negar, si miramos solamente la creación natural, que la muerte aparenta ser el final normal de la vida. Pero si estamos abiertos a un mundo esotérico y aceptamos la existencia de esos seres inteligentes, no humanos, incorpóreos, a los que podemos dar cualquier nombre, pero que en la cosmología bíblica son llamados ángeles o demonios, también debemos aceptar que esas razas u órdenes de seres distintos fueron creados para vivir, y para ellos la muerte no forma parte de su existencia.
No podemos aceptar la muerte con naturalidad, por mucho que nos esforcemos. Las imágenes de una producción televisiva, basada en una narración de ciencia ficción en la que se presentaba una sociedad futurista recibiendo con tranquilidad la muerte de sus integrantes (“Mundo Futuro”), dista mucho de nuestra cotidianidad. A pesar de haber progresado tanto, teniendo a las espaldas cinco o seis mil años de civilización, y perteneciendo la mayoría de la humanidad a alguna religión de las que ofrecen esperanza para esta vida y la venidera, la muerte sigue siendo un golpe desolador y desesperante.
Así como decimos que ese final natural de la vida es un final que cuesta terriblemente aceptar como normal, es no menos difícil aceptarlo como necesario. Desde el punto de vista cristiano la muerte es necesaria en dos aspectos. En primer lugar es como ya dijimos el principio del juicio y castigo definitivo por el pecado; este juicio y castigo se inicia por el estado de muerte espiritual, o separación de Dios, quién es la vida, de aquel que, ateo, agnóstico o simple indiferente, “vive sin Dios” (Efesios 2:1; Colosenses 2:13; 1 Tesalonicenses 5:6); y tiene su conclusión definitiva en el estado de muerte eterna, o segunda muerte.
“… a vosotros, los que sois atribulados, daros reposo junto con nosotros, cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Estos sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder ” (2 Tesalonicenses 1:7-9; véase también Apocalipsis 20:14,15; 21:8).
La muerte física es entonces necesaria como punto de corte de la historia vital individual de una persona; conclusión de un período de prueba y de ejercicio de la paciencia amorosa y llena de gracia de Dios hacia el humano pecador. En segundo lugar, así como hay personas de vida fructífera que aplican toda su inteligencia, tiempo y saber para el bienestar de sus semejantes, y del mundo en general, también existe la contrapartida negativa en seres humanos cuya indecencia, locura y maldad los ha convertido en verdaderas plagas que requirieron ser extirpadas. La muerte homogeneiza la situación quitando del escenario a los actores de los mejores y peores dramas de la humanidad y llevando a cero las condiciones que debe enfrentar cada nueva generación. Según la Biblia, la primera preocupación del Creador una vez que el pecado se infiltró en su creación, fue evitar que los humanos prolongaran su existencia en ese estado, caído en pecado y maldición (Génesis 3:22-24). En este sentido la necesariedad de la muerte, impuesta por Dios, es un acto de misericordia de su parte. Asusta intentar imaginarse qué sería el mundo si todos los tiranos, dictadores, asesinos, psicópatas, herejes, etcétera, que la raza humana ha producido en su triste historia, estuvieran hoy aún con vida, empujándose unos a otros para obtener un lugar.
Desde el punto de vista humano la necesariedad de la muerte se confunde con su carácter inexorable en la situación de enfermedad irreversible. Familiares, médicos, y en última instancia, en algunos pero no en todos los casos, los propios enfermos, anhelan ese final liberador de una situación triste, desesperada y sin esperanza. Y sin embargo cuando el desenlace se produce el dolor de la pérdida y la angustia de la separación son difícilmente mitigados por el recurso del consuelo que representan todos los argumentos acerca del descanso final al que el difunto finalmente llegó.

El carácter inexorable de la mortalidad del hombre se expresa en la Santa Biblia en diversas formas, y cada una agrega algún aspecto a ese principio general de lo inevitable:
“Todos de cierto morimos y somos como agua derramada en tierra que no puede volver a recogerse” (2 Samuel 14:14a). “Agua derramada en tierra que no puede volver a recogerse” es una apropiada figura para ilustrar el carácter definitivo y sin retorno del morir.
“Yo se que me conduces a la muerte, y a la casa a donde va todo ser viviente” (Job 30:23). Destaca aquí que el solo hecho de vivir implica desplazarse por la línea del tiempo hacia un destino único y universal, lo que también se nota en el Salmo 49:10: “… se ve que aún los sabios mueren; que perecen del mismo modo que el insensato y el necio, y dejan a otros sus riquezas”.
Eclesiastés 8:8 expresa otro punto importante: “No hay hombre que tenga potestad sobre el aliento de vida para poder conservarlo, ni potestad sobre el día de la muerte. Y no valen armas en tal guerra, ni la maldad librará al malvado”. “No valen armas en tal guerra” puede entenderse, entre otras cosas, como una alusión a los esfuerzos terapéuticos aplicados en un intento de retrasar a lo menos el desenlace final.

Colgado en el pasillo de uno de los pisos de internación del Instituto de Enfermedades Infectocontagiosas de Montevideo, Uruguay, luce un cuadro firmado por un tal Franz Glaubacker, y fechado en 1928. Representa a un moribundo semidesnudo, sobre uno de cuyos miembros se ha cerrado ya la mano esquelética de la Muerte. El enfermo caído se aferra a un hombre de pie, vestido de camisa, corbata y pulcra túnica blanca, que con la mano extendida en autoritario gesto, parece ordenar a la Muerte detenerse. Siempre me pareció que sería más apropiado que el lugar del médico en ese cuadro fuera ocupado por Jesucristo, único verdadero vencedor de la muerte. Este fue mi parecer como creyente, la primera vez que vi la pintura. Catorce años después, al volver a verla ya como médico, sabiendo en líneas generales qué se puede curar, qué se puede paliar, y ante qué situaciones no somos más que espectadores impotentes de un drama que tiene siempre el mismo desenlace, mi parecer no ha cambiado.

Ese drama cotidiano de la vida y el morir es el que motiva esta reflexión.
Mil años es un buen período de tiempo para establecer comparaciones entre culturas diferentes. Tal vez por estar viviendo los primeros años de un nuevo milenio, ese número sea pertinente para echar una mirada al pasado; o por lo menos, es tan bueno como cualquier otro. En los primeros años del segundo milenio, la cultura que antecedió a la civilización occidental y (pos)cristiana, fue la sociedad medieval de la Europa occidental. Agudos contrastes, y obvios, por ser culturas separadas por mil años, se presentan en varias áreas, y también en el tema que nos ocupa. La muerte y el morir ocupan un lugar bien diferente en ambas. En la sociedad medieval la muerte era tema popular. El auge permanente de la idea y los sentimientos religiosos con su énfasis característicamente prerenacentista en la vida de ultratumba, y un escaso interés en el mundo actual, por lo menos en teoría, por una parte; y por la otra, una medicina casi por completo ineficiente, que determinaba escasa capacidad de combatir las enfermedades y las secuelas de los accidentes, reforzaban seguramente esa situación. El hombre y la mujer, el niño, y cuánto más el anciano, en la cultura medieval, convivían con la muerte. Casi con seguridad esa impresión se incrementaba notablemente en las épocas de epidemia; notoriamente cuando la peste, la “muerte negra”, asoló Europa. También era esto así en tiempos de guerra. Lo inestable y relativo de la vida era asumido por las gentes, quienes sacaban de su existencia toda la gratificación posible, sin olvidar que podían ser repentinamente llamados a rendir cuentas delante de Dios en cualquier momento. “La Danza de la Muerte fue tema muy popular en la literatura y las artes medievales. Con la muerte han de danzar reyes y plebeyos, ricos y pobres, el sabio y el ignorante” (Enciclopedia Ilustrada de Historia de la Iglesia. Vila – Santamaría. Ed. Clie).
Mucha agua ha corrido bajo el puente en mil años, y al mirar el lugar de la muerte y el morir en la sociedad contemporánea podemos ver una serie de cosas curiosas. En primer lugar, ni la fuente de la eterna juventud ha sido hallada, ni tampoco se ha descubierto, inventado o diseñado el suero universal que cura todas las enfermedades; incluso, los procedimientos de resucitación que existen la mayoría de las veces no son efectivos, y ni siquiera pueden aplicarse en todos los casos, por lo que no constituyen una opción. La muerte sigue siendo el destino inexorable de la vida biológica, como dijimos antes. Las guerras cobran vidas por procedimientos más eficazmente mortíferos que los usados en la antigüedad; los desastres naturales matan como siempre. Y la enfermedad, combatida eficazmente por la medicina moderna, es un capítulo aparte; y lo es pues precisamente la enfermedad grave es la que nos lleva a esa frontera de lo irreversible y terminal, umbral entre la vida y la muerte. El logro de nuestra época al respecto es ese avance fenomenal en el diagnóstico y tratamiento de enfermedades, con eventual cura de muchas de ellas, que ha cambiado el perfil de la población de los países industrializados, y de aquellos en vías de desarrollo. El abatimiento de la mortalidad infantil, el control de las infecciones, la ostensible mejora de los procedimientos y técnicas quirúrgicas, el tratamiento de soporte en las enfermedades crónicas, las técnicas de sustitución de órganos y/o funciones desfallecientes, etcétera, ha determinado que la expectativa de vida se alargue, siendo actualmente de setenta y cinco años en nuestro país (Uruguay). Eso quiere decir que más gente llega a la vejez, y eso determina que tengamos, como se dice usualmente, una población envejecida. Por supuesto, una consecuencia obvia es que un alto porcentaje de miembros de esa población de viejos llegan a la ancianidad cargados de enfermedades, habiendo sufrido algunos numerosas intervenciones quirúrgicas, consumiendo un sinnúmero de medicamentos, cada uno de los cuales “es importantísimo que no le falte”, y con los riesgos de efectos adversos e intoxicaciones debidas a dicha polifarmacia.
Esto hace que la calidad de vida sea inferior. Hace también que la práctica médica con estas personas sea tediosa, compleja y riesgosa. Hace que cuando llega el final quienes rodean al anciano lo acepten con un dolor mitigado en parte porque el viejo estaba “muy enfermo”, y la situación “no daba para más”; y en parte porque la muerte del anciano enfermo libera a la familia de la carga de cuidarlo. Pero tiene otro interesante efecto sobre la mentalidad general de la gente y sus conceptos sobre el tema. Toma forma la idea de que la muerte es cosa de los viejos, sino exclusiva, por lo menos casi. Otra derivación interesante de esta idea es que la religión es cosa de los viejos, pues se considera a la misma como una suerte de pasaporte para lograr un buen destino en el más allá. Nadie convive con la muerte; se la relega a las salas velatorias y al cementerio. No se la nombra, no se piensa en ella; se le teme, como se teme a lo desconocido, y a aquello para lo cual uno no está preparado. No forma parte de los pensamientos en una sociedad cuyos miembros están ocupados en y preocupados por obtener el placer ya, la alegría ya, las cosas buenas de la vida ya, la felicidad, ya. Como consecuencia la muerte sorpresiva de quién no se esperaba que muriera, sea víctima de accidente, crimen o enfermedad fulminante y fatal, es un choque devastador para los seres queridos del difunto. Si a esto agregamos la pérdida generalizada de la fe religiosa, único sistema de ideas o creencias que brinda esperanza ante lo “irreparable”, podemos empezar a comprender cómo y porqué el dolor agudo de una pérdida deja en numerosas personas secuelas permanentes en la forma de trastornos de la personalidad y alteraciones de tipo neurótico, debido a la incapacidad para elaborar adecuadamente el duelo por esa pérdida.
Falta de fe y de espiritualidad; falta de conciencia de lo inexorable de la muerte; falta de preparación adecuada para el final inescapable, la conclusión de una vida.
Vivimos en una sociedad que no sabe morir.
El universal temor a la muerte que acompaña a la humanidad, es un temor ancestral según un escritor sagrado: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (Hebreos 2:14,15). Una nota de esperanza emerge de la obra de Cristo a la que se refiere el autor sagrado. Pero el punto es que en nuestra época de vida colorida, veloz, interesante y frenética, el temor a morir es conjurado por medio de la más deliberada negación; y esa negación se apoya en miles de superficialidades que llenan la mente, los pensamientos y las conversaciones, momento a momento, día a día, de modo que estamos tan ocupados por el trabajo, las compras, los bienes materiales, las deudas, las preocupaciones, el confort, las diversiones, lo que está en “onda”, las modas, los entretenimientos, las obligaciones, que uno pudiera llegar a creer que finalmente hemos encontrado la manera de vivir para siempre. Y por lo tanto lo más importante de la existencia humana es lograr cambiar el auto, pintar la casa, tener mejor salario, mejor figura, mejores ropas …
Si ese libro del Antiguo Testamento llamado Eclesiastés no hubiera sido escrito hace tres mil años, hoy tampoco nadie lo escribiría. ¿Quién se haría célebre hoy día filosofando sobre la vida y la muerte con expresiones tales como:
“… aborrecí la vida, pues la obra que se hace debajo del sol me era fastidiosa, por cuanto todo es vanidad y aflicción de espíritu. Asimismo aborrecí todo el trabajo que había hecho debajo del sol, y que habré de dejar a otro que vendrá después de mí. Volvió entonces a desilusionarse mi corazón de todo el trabajo en que me afané, y en el que había ocupado debajo del sol mi sabiduría. Pues lo mismo les sucede a los hijos de los hombres, que a las bestias: como mueren las unas, así mueren los otros, y todos tienen un mismo aliento de vida. No es más el hombre que la bestia, porque todo es vanidad. Todo va a un mismo lugar; todo fue hecho del polvo, y todo al polvo volverá. Me volví y vi todas las violencias que se hacen debajo del sol: las lágrimas de los oprimidos, sin tener quién los consolara; no había consuelo para ellos, pues la fuerza estaba en manos de sus opresores. Alabé entonces a los finados, los que ya habían muerto, más que a los vivos, los que todavía viven. No hay hombre que tenga potestad sobre el aliento de vida para poder conservarlo, ni potestad sobre el día de la muerte. Y no valen armas en tal guerra, ni la maldad librará al malvado … si el árbol cae hacia el sur, o hacia el norte, en el lugar donde el árbol caiga, allí quedará” (Eclesiastés 2:16,17,20; 3:19,20; 4:1,2; 8:8; 11:3b).
Incluso, y salvando las obvias diferencias, este artículo que usted está leyendo tiene muy mala onda. ¡Mire qué tema!
Y sin embargo, los hospitales están entre los lugares más alegres que pueda usted imaginarse. Los cuartos médicos y las áreas de enfermería son lugares donde las risas y las humoradas llegan a veces a convertirse en una verdadera jauja. La explicación de este fenómeno es muy simple. Trate usted de recordar qué sintió la última vez que “por cumplir” debió concurrir a una sala velatoria; o peor aún, a un sepelio en pleno cementerio. Basta pensar en aquella solemnidad, aquella tristeza que se respira casi, el llanto desesperado, expresión patética del dolor que causa lo irremediable; la opresión en la garganta, los pelos de punta quizás, todo el cuerpo erizado, y el anhelo casi irrefrenable de que el muerto sea bajado de una vez a la tumba para largarse de allí.
Ganarse la vida trabajando en un hospital, lugar donde dichas escenas se repiten casi a diario (en realidad donde se inicia, a veces estando el enfermo aún con vida, ese drama que continúa en el velorio y concluye en el cementerio), acabaría por abrumar a quienes deben cotidianamente enfrentar tales situaciones. El humor, chabacano y superficial, y no pocas veces obsceno, es un recurso muy socorrido por algunos, en mi opinión para mitigar la angustia; una forma de cubrir los propios sentimientos encontrados, de tapar y ahuyentar la torturante idea de que eso mismo que estamos viendo podría estar pasándonos a nosotros, o a uno de nuestros seres queridos.
Una consideración final acerca de esta temática gira sobre los recursos de consuelo. Paliativos y dudosamente eficaces, constituyen aquellas prácticas, creencias y frases de consuelo, que traen el sabor de la resignación, y la casi ausencia de esperanza en un reencuentro; reencuentro que sí es nota típica de la fe religiosa que forma parte vital de la existencia. Este punto se puede ver en el contraste establecido por el apóstol Pablo entre la situación emocional de aquellos que han perdido seres queridos, pero por su fe cristiana tienen “palabras para alentarse unos a otros” en virtud de las perspectivas escatológicas ofrecidas por la Palabra de Dios, mientras por otro lado estaban “los otros”, aquellos que no poseían en aquel momento una fe viva y eficaz (1 Tesalonicenses 4:13 – 18).
O aquellos que han rechazado esa fe, la han descuidado, por indiferencia la han dejado, o ni siquiera les ha sido enseñada por una sociedad autosuficiente y materialista. Sociedad y cultura que carece de respuestas adecuadas a la hora de enfrentar los conflictos más graves de la vida. Esto es lo que obliga a recurrir a sucedáneos más ricos en forma que en contenido; sustitutos visibles de una fe inexistente, que alimentan la resignación con su figura, color y solemnidad, y dan pábulo a la esperanza con la certeza espuria de un fácil acceso a una vida de ultratumba, a un reencuentro futuro, o a una mejor reencarnación. Panteones fastuosos, o sencillas tumbas coronadas de cruces, o del símbolo religioso de ocasión; ritos religiosos periódicos conmemorativos; expectación esperanzada basada en las historias de vida después de la vida, muy popularizadas periódicamente. Frases estereotipadas, convertidas casi en un slogan: “él está con nosotros”; “ella siempre estará a tu lado”; “él lo hubiera querido así”; “desde donde está, nos observa” (realmente cinematográficas).
Por encima de todo, el formidable esfuerzo por superar el peor de los reveses con que el ser humano pueda enfrentarse, la muerte; hecho definitivo y absoluto en un mundo donde todo se ha relativizado, lo que lo hace más difícil de aceptar, soportar, sobrellevar y superar.
Frente a esta desesperanza hueca, vacía, desesperante, se levanta inamovible la esperanza cristiana, aún en una época, una sociedad y una cultura “poscristiana”. Esperanza sólidamente cimentada en la eterna Palabra de Dios, con aseveraciones inmutables como:
“Tú, enemiga mía, no te alegres de mí, porque aunque caí, me levantaré; aunque more en tinieblas, el Señor será mi luz” (Miqueas 7:14).
“Yo sé que mi Redentor vive, y que al fin se levantará sobre el polvo, y que después de deshecha ésta mi piel, en mi carne he de ver a Dios” (Job 19:25, 26).
“De manos del sepulcro los redimiré, los libraré de la muerte. Muerte, yo seré tu muerte; seré tu destrucción, sepulcro. La compasión se ocultará de mi vista” (Oseas 13:14).
“Cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: “Sorbida es la muerte en victoria”. ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? ¿Dónde, sepulcro, tu victoria?” (1 Corintios 15:54, 54).
“Y oí una voz que me decía desde el cielo: Escribe: Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen” (Apocalipsis 14:13).
Y muchas más.
18 Sep '04

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