EL AMOR Y EL LATIGO

EL AMOR Y EL LATIGO
Por Alvaro Pandiani Figallo

Días atrás una colega, médico pediatra con muchos años de práctica, me
comentaba con semblante y tono horrorizado que en el Hospital Pereira
Rossell de Montevideo habían empezado a ver nuevamente niños pequeños con
cuadros de desnutrición grave “como hace muchos años no se veía”, agregando
que políticas sociales instrumentadas en otros tiempos para combatir la
mortalidad infantil y ayudar a las franjas más carenciadas de la población
con alimentos, habían dado por resultado la desaparición de tales cuadros,
que ahora lamentablemente han vuelto.

No es fácil mirar a nuestro alrededor, cuando nuestro país está sufriendo la
peor crisis de su historia, y ver las cosas que suceden a diario, desde la
violencia doméstica a los niños pequeños que mueren de hambre; desde la
marginación, pasando por familias enteras que no tienen techo, hasta el
espectáculo dado por niños que en las frías noches de lluvia se paran ante
los autos detenidos momentáneamente por el semáforo, para hacer su número
con las tres pelotitas. Desde el desempleo, en niveles nunca antes vistos,
hasta la emigración en masa de decenas de miles de uruguayos hacia un exilio
económico para el que no se avizora regreso.

Parece que como cristianos debemos hacer algo; y de hecho se está haciendo,
a través de organizaciones y redes que unen esfuerzos para hacer frente a
esta crisis despiadada. Pero también parece que como cristianos debemos
decir algo; a mí me da la impresión que, incluso, la sociedad espera que
nosotros digamos algo. Porque esta situación tiene responsables. Si lo
miramos desde un punto de vista espiritual, podríamos llegar a pensar que el
Uruguay se merece lo que le está pasando, por su dureza a la Palabra de
Dios; pero no quiero entrar en tales consideraciones. Hablemos mejor de
responsabilidades; dicho así queda menos fuerte que decir: hablemos de
responsables. Ya sé, todos somos responsables; pero, caramba, ¿los tres
millones de uruguayos tomamos decisiones acerca de los destinos de nuestra
nación? Apenas podemos hacerlo cada cinco años, cuando vamos a las urnas;
pero, ¿y después? Nosotros los cristianos evangélicos, ¿no tenemos más nada
que decir? Se nos ha enseñado, a algunos por lo menos, que los cristianos
evangélicos no debemos inmiscuirnos en política; por lo tanto nos quedamos
recluidos en nuestros templos, y otros conducen el país en que vivimos.
Quienes sustentamos como guía de nuestras vidas una escala de valores basada
en la Palabra de Dios, en la que tienen importancia fundamental los
principios de honestidad, transparencia, pureza, justicia, honradez y
equidad, nos retraemos y dejamos que personas con otras escalas de valores y
otros principios, sino manifiestos sí íntimamente mantenidos, sean las
autoridades a las que debemos obediencia civil. E incluso nos permitimos
criticar a aquellos pocos arriesgados que se atrevieron a lanzarse a la
arena política, creyendo que la verdad cristiana que sostienen puede marcar
la diferencia.

Curioso, porque Jesús tuvo mucho que decir de las autoridades de su patria,
en su tiempo; y cuando algo no le cuadraba, no se callaba. Y en una
memorable ocasión, cuando con el beneplácito de las autoridades aquellos
infaltables que comercian con lo más sagrado habían invadido el templo,
convirtiéndolo en “cueva de ladrones”, aquel hombre que nos enseñó sobre el
amor de Dios pasó a la acción: tomó el látigo, y barrió con todos ellos.

Hablemos de responsabilidades, sino de responsables. Porque junto a la
pobreza, miseria, desempleo, emigración forzada, que castiga a nuestro
pueblo uruguayo, se yergue la reiteración de hechos de corrupción a nivel
oficial y privado, unido a la pérdida de los valores más elementales de la
solidaridad y moralidad, más grave y notorio cuanto más públicos son sus
tristes actores. Si habláramos de responsables, deberíamos hablar de tantas
cuevas de ladrones que a fuerza de robar nuestro patrimonio más preciado,
sin importarles absolutamente más nada que su propio beneficio, nos han
dejado el país en esta aciaga situación. Entonces sí, nos sentiríamos
tentados a tomar el látigo, en vez de la paciencia y la palabra de amor.

Hablemos de responsabilidades; empezando, sí, por la nuestra. Hablemos de
realidades actuales, y de caminos a seguir. Hablemos de proyectos concretos,
pero antes que eso, de actitudes concretas, y correctas, con las cuales
encarar la casi utópica tarea de recuperar un país en el que valga la pena
vivir, y por el que valga la pena luchar, en todo sentido. Hablemos como
cristianos, como ciudadanos, como personas, de aquello que nos afecta a
todos.

¿La seguimos?

18 Sep '04

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